Por el pleno e incondicional reconocimiento de Kosovo

 Para otros, entre los que me cuento, se trata de un pueblo que ha ejercido su derecho a la autodeterminación y ha proclamado su independencia unilateralmente, al no obtener un reconocimiento por parte de Serbia. Y seguramente hay la posición intermedia que consiste en aceptar el estado de Kosovo ya que los estados “democráticos”, e imperialistas, lo han reconocido.

Más allá de que seguramente también a cada posición debe haber una cierta correspondencia ideológica, siendo la primera más cercana a la de los antiguos comunistas, la segunda más cercana a los grupos o movimientos independentistas, y la tercera a la socialdemocracia, intentaré basarme en los argumentos.

Kosovo como “invento imperialista”

En la primera posición se encuentra gente que defiende que Kosovo es una “invención”. Ciertamente esta gente habla, por lo general, muy desde fuera, sin saber que existe un pueblo albano-kosovar, que habla una lengua diferente al serbo-croata, el albanés. Que tiene tradiciones culturales también diferentes que vienen de tiempos de la dominación otomana. Que ya durante Tito ese pueblo se manifestó a favor de ampliar sus derechos y constituirse como República, en igualdad de condiciones con las restantes repúblicas de la Federación Yugoslava. Que al suprimir su autonomía Milosevic, se organizó como “un estado dentro de otro estado”, al ser despedidos de las empresas públicas los kosovares-albaneses por las huelgas que hicieron en defensa de su autonomía. Que se continuó enseñando el albanés en escuelas paralelas, una vez prohibido y despedidos sus profesores; que se recaudaban impuestos, donaciones; que existía un Parlamento paralelo. Y que, a pesar de la política de “colonización” por parte de Serbia que ofrecía ventajas, tierras, trabajo, a los serbios para desplazar a los albaneses, éstos siempre fueron la gran mayoría de Kosovo.

Pero es cierto que los albaneses confiaron en la OTAN y en Estados Unidos para deshacerse del estado que les oprimía, del ejército que los desalojaba y mataba, el de los vecinos de Serbia. ¿Es esto extraño? ¿Debería esta cuestión cambiar o, peor aún, anular el derecho a la autodeterminación del pueblo kosovar por haberse apoyado en el imperialismo en un momento decisivo de su historia?

Recordemos los momentos cruciales. Era 1999 y la entrada del ejército serbio, junto a las milicias paramilitares (recordemos el papel que habían jugado en Srebrenica y muchos otros lugares de Bosnia y Croacia), generó el terror entre la población. Por miles, centenares de miles, familias enteras con viejos, mujeres, niños, huían despavoridas por las montañas hacia Albania o hacia Macedonia, Montenegro. Los guerrilleros del UÇK no podían detener las tropas serbias. En Europa ningún gobierno ofrecía, ni política, diplomática, ni económicamente, una clara resistencia que mostrara a Milosevic que su ataque iba a tener graves consecuencias. Después de las guerras emprendidas por Milosevic en Croacia y Bosnia, parecía que la de Kosovo era la última donde “demostraría” a su pueblo que Serbia aún era una potencia regional. Pretendía así desviar el malestar por todos sus fracasos militares, económicos y sociales.

Pues bien, no fue una ilusión ni un invento imperialista occidental. En efecto, existía un “pueblo kosovar” amenazado. Existía una política y una amenaza real de “limpieza étnica”. Los dos millones y medio de albano-kosovares estaban convencidos de que Serbia quería borrarlos del mapa, bien por medio del exterminio, bien por el desplazamiento forzoso. Toda la parte oriental de Bosnia, la parte que hoy se llama República Srpska, había seguido esa misma limpieza.  Había muertos civiles cada día. ¿No era lógico que se agarraran al “clavo ardiendo” de la OTAN y de Estados Unidos que le ofrecía parar la ofensiva por medio de sus ataques militares al ejército y a instalaciones en Serbia?

En el estado español hubo un debate importante en esa época. La izquierda rechazaba, en general, los ataques de la OTAN. Veíamos que el interés del imperialismo y su alianza no era el pueblo kosovar – por quien no había hecho nada hasta entonces- sino sacar partido de la situación de división y partición de Yugoslavia, quedarse con tropas en la región para controlarla y, de paso, aislar a Rusia. Sin embargo otra parte de la izquierda, más parlamentaria, profesional y de ONG, se basó ante todo en el criterio “humanitario” para ocultarse a sí misma el papel e interés nada humano de las “guerras humanitarias” y de la conversión de los ejércitos profesionales como si fueran “grandes ONG”. Pero lo que consiguió unir el grueso y la parte más coherente de la izquierda social y política fue la unidad de ambos aspectos: la defensa de Kosovo a ejercer su derecho a la autodeterminación y el rechazo a la injerencia imperialista. Pero lo primero significaba, claro está, la condena de la intervención semi-imperialista de Serbia. Un escrito encabezado por el profesor Carlos Taibo sentó esa posición común. El escrito se titulaba: “Derecho a la autodeterminación de Kosovo. No a Milosevic. No a la OTAN”.

El interés de los gobiernos españoles en no reconocer Kosovo

Han pasado los años. Kosovo se proclamó unilateralmente como estado independiente en 2008. Serbia juró no reconocer jamás ese estado ya que era la “cuna” de Serbia. Con ello enconaba una situación que no tenía salida. Como escribió Radoslav Pavlovic, un militante serbio de los que fundaron la campaña Ayuda Obrera a Bosnia, tras la retirada serbia y la vuelta de los refugiados, “los albano-kosovares no volverán ya más bajo la bota serbia”. Estaba claro que Kosovo sería independiente algún día. Nunca aceptarían volver a ser una “provincia serbia”. Y lo hizo tras el fracaso (anunciado) de las negociaciones entre autoridades políticas de Kosovo y Serbia.

España fue uno de los pocos países europeos que no reconoció Kosovo como estado independiente. Eran tiempos del gobierno de PSOE de Zapatero y con el ministro de exteriores Moratinos. ¿Lo hizo por antiimperialismo? Ni mucho menos. Lo que determinó su posición, como también la negativa de Rusia y la de Grecia, fue la propia cuestión nacional, dentro de sus fronteras. Aquí no quisieron dar ningún argumento al reconocimiento del derecho a la autodeterminación en Kosovo pues eso les ponía en un aprieto a no hacerlo en el estado español respecto a Catalunya o al País Vasco.

El PP ha ido más lejos. En su empeño por recentralizar el estado español y recortar los derechos de las autonomías, sobre todo de las naciones históricas, ha reafirmado su posición de no reconocimiento de Kosovo precisamente cuando los jefes de gobierno de Kosovo y de Serbia, forzados por la UE y por sus propios problemas económicos, empiezan a reconocerse mutuamente. Y el ridículo del gobierno Rajoy, “más papista que el Papa”, llega a la insensatez de impedir que médicos kosovares participen en un congreso en España “porque no son de un país reconocido”. El nacionalismo gran-español se erige así en una barrera hacia soluciones pacíficas, pactadas y civilizadas respecto al reconocimiento mutuo e igualdad entre las naciones de Europa.

La izquierda española, despistada

Pero la izquierda española y europea no tiene una posición clara ni de principios. Por ello le cuesta encontrar una posición política consecuente respecto a Kosovo. Negarse a reconocer la actual República de Kosovo por ser aún proclive a Estados Unidos (cada vez con menos entusiasmo pues el imperialismo americano no ha resuelto nada de la vida cotidiana de los kosovares), es negarse a ver que el pueblo kosovar sólo se puede desprender de sus ilusiones respecto a los imperialistas si ve que su derecho democrático a existir independientemente de Serbia es respetado y garantizado por el conjunto de pueblos y naciones europeas, y no sólo por EEUU.

Por ejemplo considero un error el tratar de “poner condiciones” para tal reconocimiento, pidiendo como previos que se rompa con la diplomacia EEUU, con la UE o se jure que jamás se va entrar a la OTAN. Eso sólo puede reforzar el sentimiento de que un pequeño país necesita la “protección” de un imperio para subsistir. Hasta hoy “el enemigo” in situ de los kosovares ha venido del vecino más poderoso, no de fuera de la región. Cierto que EEUU usó Irak para su guerra por el petróleo y control de las materias primas en Oriente Medio. Pero no es lo mismo en la Europa balcánica.

Lo que dicen y hacen los sindicalistas balcánicos

Los sindicatos del metal de Kosovo, algunos de Serbia, de Macedonia y Bosnia, han podido trabajar en común antes, durante y después de las guerras de Bosnia y Kosovo. Su objetivo común, la defensa del trabajo, de las condiciones y de los derechos de los trabajadores  de la industria, uno de los sectores más castigados desde la guerra, les une frente a sus respectivos gobiernos neoliberales y corruptos.

Pero esa unidad es posible porque existe el respeto a la independencia de Bosnia, de Macedonia y de Kosovo. No es al revés. Respeto que no quiere decir convicción por la separación. Respeto quiere decir simple, pero decisivamente, que los serbios acatan lo que la voluntad mayoritaria del pueblo kosovar, en su mayoría albanesa, quiere. Y ellos quieren ser independientes, así lo expresan los sindicalistas y ciudadanos. Quieren regirse por ellos mismos. Es decir, quieren no volver a estar bajo administración serbia, pero tampoco quieren volver a ser un protectorado de la ONU que les dictó las leyes y estranguló y privatizó la economía durante su mandato. La independencia de Kosovo es un estadio superior, más progresivo, al que estuvieron bajo el periodo de guerra y de post-guerra. Y los demócratas y sindicalistas serbios lo aceptan –no lo aman- porque prefieren ser buenos vecinos de los kosovares y trabajar juntos en intereses comunes, antes que pelearse. Lo mismo respecto a las otras Repúblicas.

Como concluía recientemente el presidente del sindicato del metal de Kosovo, Hasan Abazi, la experiencia de los últimos diez años mostraba que “es necesario un mercado común en la región”. Es decir, que hay que reconstruir los puentes, los lazos, el comercio y la cooperación industrial en el conjunto de la región de los Balcanes, sino no hay soluciones viables. La independencia del imperialismo, o el poder estar fuera del “paraguas” militar de la OTAN, depende también de la relación dinámica que se establezcan entre pueblos, gobiernos, economía productiva, relaciones culturales y comerciales, de una región. Si un pueblo agredido en el pasado no está seguro de su vecino, no se le puede pedir como previo que primero “rompa con los imperialistas” y luego ya construiremos algo en común. Sobre todo si quien lo pide es el sub-imperialista de la región que le hizo todos los destrozos posibles. En la medida que se construyan esos puentes, lazos económicos y culturales, se crean las condiciones para esa independencia real, además de la formal.

Desde el estado español lo que corresponde es pues favorecer el acercamiento entre los pueblos y sus gobiernos, no poner condiciones al reconocimiento de la República de Kosovo . Y que se deje inmediatamente paso libre de sus ciudadanos por nuestros territorios. La izquierda deberíamos ser los primeros en exigir esa política de nuestro gobierno.

Alfons Bech es el responsable  de cooperación con los sindicatos de los Balcanes por la Fundación Pau i Solidaritat de la CONC (CCOO de Catalunya).

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