Por el control social de la Ciencia

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La Ciencia tiene dos caras, como todo lo que se institucionaliza para cumplir un papel social. Una de ellas es crítica, abierta, flexible, y se inclina hacia lo holístico y la integración. Los científicos que asumen esta actitud descubrieron hace tiempo las limitaciones de Newton, y perdieron el miedo a buscar la raíz de la materia cósmica asombrados de su tendencia a ser energía pura regida por leyes desconocidas por la Ciencia pero asombrosamente próximas a las experiendias místicas. Esto acerca a un proceso revolucionario sin precedentes en el que resultaría posible unir lo que una vez fue desunido: ciencia y espiritualidad . Unión posible desde unos niveles de conocimiento de ambos como jamás se dieron, ni mucho menos se difundieron.

El rostro sombrío&nbsp lo representan las peligrosas investigaciones que se llevan a cabo a nuestras espaldas en las que tantos científicos no ponen obstáculos en ceder sus conocimientos a quienes pueden usarlos incluso de un modo destructivo o inmoral.¿Cómo habrían de poner obstáculos si trabajan para ellos y sirven a sus demandas sin titubear? Ni Einstein escapó a esta servidumbre que muestra la contradicción entre el rostro amable que inventa la penicilina o el microchip y el rostro terrible que hace lo mismo con la bomba atómica, el napalm, el fósforo blanco, las armas bacteriológicas, o el programa HAARP. No podemos dejar de recordar los experimentos con genes,vacunas ni otros productos farmaceuticos, unos y otros investigados&nbsp para favorecer el poder de las multinacionales y sumarlo al&nbsp control sobre la herencia genética y las especies.
Los dos rostros de la ciencia son incompatibles entre sí, porque entre el descubrimiento de la penicilina, pongamos por caso, y las bombas de Hiroshima, el uso del napalm en Vietnan o del fósforo blanco contra la población civil palestina existe una enorme brecha no sólo en cuanto a la finalidad sino en cuanto a los principios éticos más elementales, cuya ausencia convierte a la ciencia en una máquina destructora en manos de los poderosos, y a los científicos que entran en este juego los hace cómplices de sus crímenes.

Entre la ciencia que busca sanar y favorecer la vida y la que busca enfermar y destruirla existe el suficiente desgarro como para que un cientifico se cuestione su propio trabajo y para que la humanidad despierta se plantee seriamente la necesidad de controlar a la ciencia y a los científicos.Asombrosamente esto no forma parte de los programas de ninguna llamada izquierda a pesar de su evidente gravedad.

Frente a la ciencia sin conciencia que caracteriza a la mayoría de científicos, existe la conciencia frente a la ciencia.Pero no se trata de reivindicar un nuevo romanticismo científico como el que encarnaron gentes como Pasteur o Ramón y Cajal, sino de buscar y profundizar en las raíces del árbol de la ciencia, yendo por el tronco y desechando tantas falsas ramas que la han apartado de su milenario sentido que es servir únicamente al bienestar de la humanidad. Para ello es preciso sustituir aquella ingenua fe en la ciencia como sustituta de la religión,trampa en la que tantos caen, pero que mantiene de aquella sus elementos más retrógrados: dogmas, misterios inaccesibles y hasta intocables pontífices que en definitiva sirven a la Gran Máquina: al Sistema capitalista destructor.

Afortunadamente los seres humanos tenemos enormes potenciales,pues nuestro origen sobrepasa las fronteras de la materia, al ser nuestra alma de naturaleza energética más sutil que la energía densa de la materia que la envuelve en cada encarnación.El alma humana resulta así mucho más compleja que la Gran Máquina que intenta aplastarla y confundirla, porque hunde sus raíces en el corazón de Dios que la alimenta y la inmortaliza, mientras que el Sistema destructor se nutre del egoísmo, la ambición, la envidia y otros impulsos negativos a los que intenta arrastrar servidores para convertirlos en cómplices o en víctimas atrapadas en su red.

El alma humana liberada de lo negativo alcanza la verdad que hace libres, mientras el Sistema sólo esclavos conducidos por otros esclavos. Pero la Ciencia necesita algo más que gentes honradas: necesita urgentemente un control social ejercido por estas gentes honradas. Todos los poderes de este mundo están necesitando urgentemente ese control y la ciencia en esto no puede quedarse al margen, pues no solamente forma parte, sino que es su más peligrosa aliada.

Los pueblos tenemos que saber QUÉ SE INVESTIGA, CON QUÉ OBJETO, Y QUÉ CONSECUENCIAS VA A TENER TODO ESO para nosotros y la madre Tierra con todas sus especies de vida.Y lo tenemos que saber porque SOMOS QUIENES FIANANCIAMOS TODO ESO Y PORQUE NOS VA AFECTAR NO SOLO EN EL PRESENTE SINO EN EL FUTURO.Y los gobiernos están obligados a explicarse y a someterse a quienes representan.

Todo el mundo da por sentado el axioma de que la ciencia es necesaria.Qué duda cabe que lo es.Lo que se cuestiona es su papel como aliada de la Gran Máquina y como parte de ella.Lo que se cuestiona es lo que pone en peligro nuestra existencia y la de las demás especies bajo la alianza Ciencia-Capitalismo y sus aplicaciones en contra de otras leyes divinas como son las leyes de la naturaleza.

Con asombro me pregunto cómo son tan escasas las voces que claman por este control social&nbsp sobre &nbsp la Ciencia, que no se hacen oir ni en los trasnochados Parlamentos, ni en los medios ni en las cátedras de las universidades. ¿Quiénes pueden asumir esta denuncia, levantar su voz? Sólo los que han descubierto este juego sucio.Una vez arrojada la piedra sobre el agua estancada, las o­ndas buscan los límites del estanque.Y aquí está la clave de los tiempos, el gran dilema ante el que es preciso decantarse irremediablemente : ¿La inteligencia libre o la inteligencia del Poder? Cada una determina una u otra cara de la Ciencia y también de la existencia personal. Entre tanto, la imagen de un Gran Hermano belicista, destructor y enemigo de la libertad pretende asfixiarnos en su gran telaraña, a no ser que tú…yo…los otros…La voz del l Yo multitudinario&nbsp debe acabar por prevalecer&nbsp sobre &nbsp &nbsp el Yo gregario, sumiso y conformista del&nbsp silencio de los corderos.

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