Políticamente correctos, socialmente impresentables

Votar o no votar y para quién

La inmensa mayoría de las personas hoy día  vive insegura en tantos aspectos que necesitan aferrarse a pilares sólidos. Algunos lo intentan con las religiones institucionales en las que muchos se refugian en busca de consuelo, sin mucho éxito a la vista de las iglesias que se vacían año tras año. Otros muchos recurren a alguna clase de adicción que tampoco aporta otra cosa finalmente que disgustos y frustraciones.  Sin embargo, para unos y otros un  pilar  verdaderamente sólido  es el Sistema. Creen que la organización de la sociedad tal como está puede garantizar su tranquilidad y solucionar sus necesidades. Por ello quieren participar en la organización del Sistema, porque presumen los egos ciudadanos que sólo así  pueden mejorar sus vidas.Y  el Sistema dominante trabaja intensamente a fin de que  los ciudadanos- clientes- servidores sientan que efectivamente este es su Sistema, y no otro; que este es el único posible para garantizar sus sueños de vivir bien en este mundo.

Así que un buen día se inventaron los Parlamentos con sus señorías de la derecha y de la izquierda, sus conservadores y sus laboristas, sus republicanos y sus monárquicos, sus liberales y sus demócratas, sus “etc.”. y  sus otros “etc” en una inacabable división de la Mismidad. Se inventaron  las urnas y se convenció a los ciudadanos  de que usarlas cuando se les indicara  era un acto de madurez cívica, un gesto patriótico y una garantía de conseguir todo eso que los diversos programas de los políticos anunciaban como bienes a conseguir en caso de ser elegidos.

 Es  tal el  fervor  de los gobiernos por las urnas, que a veces obligan a votar, como ha sucedido y aún sucede  en algunos países del mundo. Así que podríamos pensar –si desconociéramos sus intenciones- que los gobiernos son unos apasionados defensores del respeto a los derechos de los ciudadanos y que necesitan saber nuestros deseos para cumplirlos como en el cuento de Aladino, con el que tienen en común  una sola cosa: el cuento. Y como todos los cuentos tienen su final, una vez pasadas las votaciones, se vuelve al mundo real con la misma naturalidad y el mismo resultado de  todos los cuentos y  de todas las votaciones anteriores.

Al parecer, los sueños siempre pueden esperar, pero hay que ser políticamente correctos y aceptar el juego que se nos propone si es que necesitamos que se nos considere ciudadanos de buena conducta.

 

Políticamente correcto, socialmente impresentable

Ejercer el derecho al voto en las sociedades bautizadas como democráticas  simplemente por el hecho acudir a votar cada cierto periodo de tiempo; dar voz y autorización a decidir el destino colectivo a elegidos  previamente  por otros (los candidatos) a los que no se tiene  acceso a cambiar ni a juzgar por los electores cuando mienten o incumplen sus promesas, que es lo normal, no parecen suficientes garantías para las personas con espíritu crítico. Por eso, entre otras razones, existe mucha abstención, a pesar de necesitar solucionar todos esos problemas que se les presentan como señuelo para votar.

 Las gentes que votan tienen que limitarse hasta las próximas elecciones a contemplar pasivamente los desmanes de los políticos o a manifestarse por las calles si no se les resuelven sus problemas.Y con menores probabilidades de éxito cuantos mayores son estos.

El resultado más  común  cuando pierden la paciencia colectivos siempre en minoría con respecto al conjunto, es que se encuentren ante las fuerzas policiales, pues autoritarismo y violencia son algo inherente al Sistema Mundial de las Desigualdades, con o sin su aparente democracia. Por eso, aunque los gobiernos cambien, los ficheros de la policía permanecen.

Las fuerzas uniformadas  que proceden del pueblo y de sobra conocen sus dramas por haberlos vivido en primera persona ellos mismos y sus familias, son los brazos ejecutores de los  enemigos del pueblo cuando este se rebela exigiendo seriamente que se satisfagan sus necesidades, que se cumplan  de verdad las promesas que se les hacen y que se cambie el orden que produce dolor en lugar de salud social y personal. Es entonces cuando aparecen las fuerzas que defienden este orden y  no dudan en actuar   contra los suyos cuando se les dice, hasta el punto  disparar si se les ordena. Y es que en cuanto juran lealtad al uniforme se convierten en defensores del uniforme en lugar de defensores de sus familias, de sus amigos, de sus vecinos, y si fuéramos orientales diríamos que del honor de sus antepasados. Este es finalmente el muro contra  el que se estrellan quienes se toman en serio reivindicar  que otro mundo es posible y que no basta con las urnas para conseguirlo si quienes ponen las urnas son unos farsantes.

De modo que la solución nunca puede ser la violencia ni de unos ni de otros, sino la conciencia. Es preciso que el mundo cambie, sí. Pero para que tal cosa sea posible tenemos que cambiar cada uno para llevar a cabo la famosa máxima cristiana: Lo que quieras que te hagan a tí, hazlo tú primero a otros» y » No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a tí». Creo que no hay otro camino para conseguir un mundo ideal  que el del amor así expresado. Todos los demás ya han sido explorados con los resultados que tenemos a la vista en todas partes.

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