Políticos, medios, necios e infieles

  Cuando ya hasta en la sabiduría popular está encastrado ese tópico de que una mentira repetida mil veces acaba convertida en verdad, ellos, erre que erre, todos los días dedican media docena de páginas a dar más pábulo al asunto… Antes nuestros periódicos destinaban esa media docena al fétido asunto vasco. Ahora se las reparten entre ambos. Políticos, profanos, politólogos y hasta escritores y literatos, coaccionados por el periodista de turno, no pierden ocasión de hacer alusión al fenómeno de los fenómenos del siglo XXI, el terrorismo islámico; tan fabuloso como el mito griego.


  En su obra capital Encomium moriae seu Laus stultitiae, su famosa “Elogio de la locura”, Erasmo de Rotterdam emplea la palabra “locura” en el sentido de estulticia. Como un de­jarse engañar, como un engañarse, como un mirar a otra parte, o fingir todo eso. Su obra la recorre la idea de que gracias a ese artificio, a esa locura, a esa estulticia, la humanidad puede escapar a una insufrible existencia. Y es cierto que toda esa maquinación asumida por los seres humanos con­tribuyen a olvidarnos de las penas, a ignorar la miseria y la miserable condición humana, y a ignorar el su­frimiento de tanto seres humanos y vivos que agonizan y se retuercen como la lombriz que hemos partida en dos.

  Pero yo no empleo aquí la palabra estulticia y la pala­bra necedad en el sentido honroso a que se refiere Erasmo cuando nos recuerda las palabras de San Pablo en su Carta a los Corintios: “Dios ha querido salvar al mundo por medio de la estulticia”, o como en el Libro de Isaías, cuando por boca del Profeta dice que el mismo Dios exclama: “Confun­diré la sabiduría de los sabios y condenaré la prudencia de los prudentes”. No la empleo como alabanza. No. Además, las Sagradas Escrituras del Cristianismo están plagadas de enigmáticas “estulticias”, vista la cosa con la óptica mínima racional de por lo menos tres mil años de pensamiento y cuatro siglos de pensamiento humanista.


  Habiendo sido sólo dos hechos de catastrófica envergadura (además de una autoría bien sospechosa hasta hacer pensar cada día a más seres humanos que, en el primer caso el autor fue la propia administración neocons y en el segundo las cloacas del partido hoy en la oposición española), todos los que miden y pesan en los países de la Tierra hablan del terrorismo como si fuera una plaga bíblica. Los politicastros, los políticos, los medios de buena fe y los medios panfletarios, todos, están empeñados en sugestionar al mundo con la obsesión de que el planeta está polucionado por los terroristas islámicos y por el terrorismo islámico (frente al verdadero terror que es el que practica metódicamente el Poder). Que sean efectivamente todos ellos unos necios o lo finjan por millones de conveniencias, no les da derecho a tomarnos por necios a los demás. ¡Ya está bien!


  Y todos esos interminables, mentirosos y pútridos discursos están siendo calculadamente diseminados por el globo cuando el terrorismo está donde ha estado siempre: allá donde la bota del poder y el oprobio gratuito o retribuído se hacen insufribles para pueblos enteros; ahora en Irak, en Afganistán, en Palestina y en Chechenia. Y sólo en ellos. Pues… ¿en qué otros lugares el islam es una amenaza? ¿dónde, fuera de los lugares donde se hacen sentir más opresoramente los intereses estadounidenses, rusos o judios, el islamismo responde de manera sangrienta? Ellos, los repetidos politicastros, políticos y medios se han concitado para hacer del mundo un paraíso psiquiátrico habitado por seis mil millones de neurasténicos y de esquizofrénicos, dirigidos malamente como autómatas por unos cuantos miles de psicópatas presididos por el que se apoltrona en el despacho oval.


  Nota: Confío, que por lo dicho más arriba y por mi propia dignidad, no se tomen los politicastros y los periodistillas la palabra necio como un insulto personal. Porque quizá estemos equivocados y sean ellos los elegidos del Señor, mientras que nosotros, los despejados y los que nos resistimos a su recalcitrante manipulación estemos predestinados al infierno.

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