¿Podremos?

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Por Miguel Martin

Podemos, a pesar de los numerosos tropiezos que ha sufrido desde las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, debería convencerse de que tiene una valiosa ventaja sobre el resto de partidos políticos: no tiene la necesidad de subsistir en el tiempo ni de convertirse en un organización centenaria. ¿Qué importa si Podemos deja de existir dentro de una década? Lo esencial es que en estos próximos diez años se avance de forma efectiva en aquello que se señaló como fundamental en el programa original de Podemos.

Véanse, por ejemplo, las siguientes propuestas: frenar las ayudas a la banca privada y crear una banca pública; no subyugar la política a los intereses de las compañías eléctricas y nacionalizar, si es necesario, partes del sector energético de nuestro país; no depender de la OTAN y, por lo tanto, de los EE.UU, para llevar a cabo operaciones militares y apostar por desarrollar un política exterior autónoma dentro de la UE; invertir más dinero en proyectos de I+D y elaborar una estrategia contra el Cambio Climático; defender y fortalecer la sanidad, la educación y las pensiones públicas como derechos fundamentales de nuestra sociedad; apostar por una Renta Básica Garantizada que posibilite una vida digna a cualquier ciudadano desde el punto de vista material; crear parques de vivienda públicos y programas de alquiler asociados a las rentas de cada persona; elaborar un plan sobre migración que, además de contemplar el retorno de ciudadanos españoles a nuestro territorio, contemple la creación de áreas informativas y de asesoramiento tanto para las personas migrantes que llegan a nuestro país (independientemente de su nacionalidad) como para las personas migrantes con nacionalidad española que se encuentran fuera de nuestras fronteras, etc.

El resto de asuntos no es importante, salvo para aquellos que quieren vivir a toda costa del partido o no tienen otro horizonte profesional que el de la política. En ese sentido, creo que el conflicto que está teniendo lugar en Podemos sobre cómo debe presentarse a las próximas elecciones municipales y autonómicas, especialmente en la Comunidad de Madrid, debería enfocarse desde otro punto de vista. En primer lugar, considero un error haber consultado a las bases (gente, inscritos, militantes… quién sabe ya cómo se llaman las bases de Podemos) sobre esta cuestión sin haber potenciado desde la propia organización de Podemos charlas, reuniones, encuentros, etc. en los que se haya debatido sobre las diferentes posibilidades existentes.

Esta ausencia de debate público, lejos de haber creado un movimiento comunitario, ha atomizado Podemos y ha permitido que el principal punto de referencia de sus simpatizantes sean programas televisivos como “La Sexta Noche”, “Al Rojo Vivo” o “Las Mañanas de Cuatro”; programas que, en definitiva, no tienen como objetivo principal que se produzca un cambio en nuestro país, sino que su audiencia aumente. Es decir, que si hablan de Podemos no es para discutir seriamente sobre su última propuesta contra el paro o la despoblación, sino que es, por ejemplo, para acentuar el espectáculo sobre el disenso entre Errejón e Iglesias. Esto, a pesar de que parece evidente, se hace necesario recordarlo, pues se avecina otro bochornoso episodio de “dimes y diretes” entre errejonistas, pablistas y fans de Pikachu.

Si tuviese que hacerles una propuesta al respecto o darles un consejo, les diría que, por favor, dado que existe un foro de debate tan valioso como “Fort Apache” en el que ellos mismos pueden controlar los tiempos, los asuntos de interés, etc. que lo utilicen. Que se sienten y discutan sobre política, no sobre lo que le interesa visibilizar a Ferreras para mantener la atención de sus telespectadores.

En segundo lugar, creo que durante estos cuatro años de existencia se ha confundido constantemente en Podemos el plano organizativo con el plano institucional. Es claro que ambas dimensiones se complementan y que tiene que existir una coherencia entre lo que defiende Podemos como organización política de cara a la sociedad y lo que sus representantes públicos defienden, proponen y votan en las instituciones. Sin embargo, la manera de funcionar de una organización política en la calle es distinta a la manera de funcionar de un grupo municipal o parlamentario en las instituciones. Calle e instituciones siguen dos ritmos diferentes y por ello pienso que debe haber cierta autonomía a la hora de conformar la estrategia que se sigue en cada uno de estos dos espacios. Del mismo modo, creo que las personas que ocupan puestos orgánicos en un partido no tienen por qué ser las que posteriormente ocupen un puesto en las instituciones (y viceversa).

Aprender a respetar esta autonomía es fundamental para no caer en la tentación de querer controlar absolutamente todo. Pues es precisamente esa tentación la que ha conducido a que se reproduzcan continuamente enfrentamientos personales entre unas corrientes políticas y otras. Este tipo de disputas no influye positivamente sobre el bienestar de nuestra sociedad y dan una imagen pésima de lo que significa hacer política, un hacer que debería ocuparse principalmente de los problemas colectivos y no de lo intereses privados. En esta línea, pienso que aquellos que ostentan responsabilidades organizativas dentro de un partido político deberían emplear sus esfuerzos en construir una organización fuerte desde el punto de vista social. Esto significa estar presentes en los barrios, crear espacios de debate y canales de participación efectivos, organizar encuentros ciudadanos, potenciar talleres, etc. que fomenten la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos.

En este tiempo, los mal llamados Consejos Ciudadanos de Podemos, lejos de haber hecho eso, se han centrado en configurar listas, negociar asientos y limitar la participación ciudadana a una simple consulta telemática. Sin duda alguna, un error que se ha traducido en desafección y falta de entusiasmo. No es lo mismo dirigir un partido que configurar una candidatura a unas elecciones y en una época en el que las siglas han dejado de ser tan importantes y se ha apostado por la creación de espacios de confluencia, es fundamental que los aparatos de los partidos, al menos los aparatos de las organizaciones que se dicen progresistas, se centren no tanto en alcanzar el poder para ellos mismos, sino en catapultar a las elecciones a personas capaces de liderar un cambio para los diferentes municipios y regiones de nuestro país y con cierto reconocimiento social.

Por último, recordar que Podemos surgió en la política española para generar un nuevo sentido común, para poner en el centro del discurso político cuestiones hasta ese momento marginales para nuestros representantes públicos, pero de las que dependía nuestra dignidad como sociedad. Esas aspiraciones, sin embargo, se han reducido paulatinamente y pocos son ahora los que se atreven a arriesgar por miedo a perder su asiento en las instituciones o su empleo dentro del partido. Domina el tacticismo, la consecución de objetivos nimios y los mensajes vacuos. Es tal el conservadurismo de Podemos que parece celebrar que las encuestas les den un aumento del 0´5%. Pero obtener 50 ó 60 diputados, como se ha demostrado, no es suficiente, al menos si el objetivo es el de conseguir ocupar la centralidad del tablero. El cielo parece quedar lejos, veremos si ahora comienzan a ocuparse de asuntos más terrenales. ¿Podremos?

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