Podemos, y su reciente giro discursivo a la socialdemocracia

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La reciente adscripción discursiva de Podemos al «modelo socialdemócrata a la danesa» ha generado no pocas dudas, por parte del ala izquierda de su electorado potencial y militancia, sobre el verdadero potencial de ruptura de Podemos con la actual economía mercantilista y explotadora del hombre por el hombre a manos de los jerarcas de la Troika, el FMI, políticos vendidos y grandes bancos y empresas, llamada capitalismo, y con el régimen del 78 que le sirve de sustento en nuestro país. Baste un análisis minucioso del último documento publicado por el economista Juan Torres, que ha recibido el apoyo público de la promotora, para notar una cualitativa rebaja programática en muchos de los puntos clave que habían servido de caballo de batalla a Podemos: la jubilación a los 60 años, el no-pago íntegro de la deuda ilegítima y la Renta Básica. Éstas pasarían, en caso de que Podemos aceptase oficialmente dicho documento como programa económico a la jubilación a los 65 años, a una reestructuración y quita parcial de la deuda ilegítima (no sabemos cómo de parcial) y a la Renta Mínima. Dicho programa parece, por lo menos, haber sido asumido ya de facto de manera parcial por Podemos: una de las primeras medidas que se ha tomado en toda la organización es la retirada oficial de Podemos de los actos de recogidas de firmas de la ILP por la Renta Básica. En cuanto al tema de la deuda externa, venimos observando los primeros síntomas de lo que parece ser una rebaja discursiva, no sabemos si con contenido real; no olvidemos, sin embargo, que la deuda es ilegítima no por un capricho de la promotora de Podemos sino porque ha sido generada al emitir, el gobierno de Rajoy, bonos de deuda pública al mercado de valores para su compra por parte de especuladores privados, esto es: España pide prestado dinero a especuladores y otras entidades financieras privadas y se lo devolvemos transcurrido X tiempo con intereses. El objetivo de este préstamo es rescatar a los bancos privados españoles de su deuda privada, convirtiéndola en deuda pública; esta política es la verdadera causa que está detrás de la mayoría de los recortes en servicios públicos, ayudas, salarios y empresas estatales que estamos sufriendo los españoles; fue la causa del recorte a la subvención a los precios del carbón que se tradujo en la huelga, por más de dos meses, del colectivo minero en León y Asturias, ante el peligro de cierre que esto generaba para muchas minas. Es por eso una reivindicación ya desde hace largo tiempo esgrimida por Izquierda Unida el no-pago íntegro, sin ningún tipo de concesión, de la deuda ilegítima (aproximadamente entre el 80 y 90% de la deuda estatal, a juzgar por el volumen millonario en euros de los rescates inyectados por Rajoy con dinero público a la banca privada). Nuestros políticos pagados por la banca (que financia sus campañas políticas) se dedican a «jugar con nuestras vidas como si fueran lerdos» desde las instancias del Estado, y ante este hecho no se puede ser tibio.

Así, los partidarios de este viraje discursivo, de esta rebaja gradual del programa de Podemos, apuntan a que dicho «cambio» no es más que un viraje táctico para asegurarse ganar más votos del centro-derecha y de sectores socialdemócratas de centro-izquierda del electorado.

El problema parte de lo siguiente: si «ya le iba bien así», si manteniendo un discurso de aparente indefinición ideológica sin sacrificar su programa ya había cosechado un enorme apoyo, sin precedentes en la historia de este país por parte de un partido electoral de nuevo cuño, ¿por qué retractarse ahora? ¿Por qué sacrificar medidas básicas de ese programa que le había encumbrado al éxito? Es un hecho más que comprobado que con sus anteriores medidas programáticas había logrado generar un enorme consenso y respaldo popular creciente, ilusionando y despertando a la política a sectores de la población humilde, trabajadora y parada que antes se veía a sí misma ajena o reacia a todo tipo de participación o interés políticos. Esta adscripción «formal» a la socialdemocracia puede entenderse como una forma de «romper los esquemas», «callar» y dejar sin argumentos a la derecha mediática y quienes les hacen eco; el problema es que de cara a un sector del electorado eso le hace perder credibilidad y genera dudas. ¿Por qué retractarse? ¿Por qué esta rebaja repentina de su programa de mínimos que le había granjeado tal éxito y consenso en intención de voto, hasta llegar a situarse como partido más votado en las encuestas?

La promotora de Podemos pretende adaptarse al nivel de conciencia reformista de un sector de la clase trabajadora poco politizada e hipócrita que penaliza electoralmente a aquellas propuestas que defienden nítidamente la confrontación con su idea ingenua de conciliar reformas sociales con la economía salvaje y expoliadora de mercado; «volver a lo que teníamos antes», dicen muchos, en lenguaje llano popular, dentro de este sector de gente: hablan de volver al «Estado de bienestar». El problema es que este Estado de bienestar se asentaba sobre la base de la explotación del mundo colonial y de mantener un sistema de explotación en las empresas públicas y privadas, con largas jornadas, sin contemplar horarios de vida familiar y social, que devolvía a la empresa muchas veces el equivalente a lo pagado en salario. Es un “bienestar” entre comillas; bienestar a costa del sacrificio de la clase obrera y colonizada de otros países. Este sistema “de bienestar” se asentaba sobre bases colonialistas y clasistas. A esto se le llamó “keynesianismo”. El keynesianismo es la concesión de reformas sociales para la clase trabajadora manteniendo intacto el orden de clases: la explotación de la mano de obra y la usurpación por el patrón de la mayor parte del beneficio que genera con su trabajo (a este beneficio no retribuido en salario ni destinado en mantener la empresa se le llama plusvalía). Para evitar que el obrero tome mayor conciencia de esta situación o se rebele y pueda reclamar lo que es suyo, el keynesianismo busca «contentarlo», en los países ricos, con concesiones sociales y laborales. Pero como el keynesianismo se sostenía en los países ricos sobre la base de expoliar a los países pobres a través del colonialismo y neocolonialismo y de condiciones míseras cercanas a la esclavitud, creaba una brecha, una falsa división entre países «enriquecidos» y «empobrecidos», haciendo que los trabajadores de los países ricos aceptasen este sistema atroz, y terminasen por besar la mano de sus patrones. Se dispersaba de este modo la rabia contenida con regalías, evitando una revolución, huelgas generales o sectoriales, que pudiesen disolver el orden de clases.

Quienes creen que volver a este modelo «de bienestar» todavía es posible se engañan: en las últimas décadas las grandes empresas y bancos han estrechado enormemente sus márgenes de ganancia: la implantación de medidas como la reducción de salario y de ayudas sociales (que en España, dada su historia, llegó tarde y mal) y la subida de precios, la privatización de sectores públicos, la subida del precio de la vivienda, los alquileres y de las hipotecas, etc., han destruido el nivel adquisitivo de una parte creciente de la población aumentando las dificultades de las empresas para colocar sus productos en el mercado, dando lugar a la pérdida de beneficios y al cierre o la absorción de las empresas más débiles (fortaleciéndose las más fuertes), lo que se ha traducido en despidos y paro. Los capitalistas prefieren destruir sus propias infraestructuras, que han creado en estos años, para regatear en «costes de producción», antes que exponerse a una pérdida de beneficios, o incluso a la quiebra. Por eso el modelo de «bienestar» no es posible, porque pasaría por expropiar a la mayoría de grandes empresas y bancos del sector privado y ponerlas en manos públicas, bajo control no de políticos sino de los trabajadores y del pueblo. Ningún rico puede querer algo así a menos que deje de querer seguir siendo rico (y acepte vivir como ciudadano “normal”). Así, vemos que volver al modelo «de bienestar» ya no es posible en el contexto de la actual crisis capitalista, sin salirse del capitalismo en su conjunto.

Por eso las proclamas del tipo de «somos la socialdemocracia a la danesa» no se sostienen, no en un país como España y ante la actual crisis (que muchos economistas serios anuncian que puede durar y empeorar en los 25 próximos años). Otros países han pasado por una crisis parecida en los 80: Latinoamérica. Por regla general la respuesta de los partidos del capital y la banca fue incrementar políticas de privatizaciones y recortes, sumiendo a estos países en la pobreza y miseria más absoluta, hasta unos niveles que todavía no podemos ni imaginar aquí, con un paro generalizado que se amortiguó mediante la venta ambulante, servicios por cuenta propia ofrecidos en masa como el taxismo o conducción y cobro de microbuses o el cambio de divisas, y en algunos casos mediante el aumento de la delincuencia común y el narcotráfico. En este contexto surgen gobiernos como el de Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, y Evo Morales en Bolivia, que buscan revertir estas políticas renacionalizando sectores privatizados y algunos ya desde antes en manos privadas e incrementando ayudas sociales, salarios, reduciendo precios, etc. Estas políticas han permitido el crecimiento y desarrollo del país con una mejora del nivel de vida de las clases pobres y trabajadoras, pero han pasado por una serie de políticas muy concretas: el no-pago íntegro de la deuda ilegítima es una de ellas, la nacionalización de amplios sectores de la banca y otros sectores estratégicos es otra. Así como un sinfín de ayudas sociales, como un salario para las amas de casa, ordenadores subvencionados y otras ayudas a las clases “baja” y media. Aun así, estas políticas tienen unos límites: bajar los precios implica una mejora de la calidad de vida para los consumidores pero una dificultad para vender o mantenerse a flote para negocios privados (sobre todo los débiles; con el estrechamiento de los márgenes de ganancia para los fuertes). Al final volvemos al mismo problema: la mejora paulatina de la calidad de vida de los pobres llega un momento en que se enfrenta a la supervivencia de la economía de mercado. En la medida en que este problema no es resuelto mediante un cambio íntegro del sistema, comienza la agitación y los problemas, en este caso por parte de la gran patronal y sectores afines a los grandes empresarios: comienza la exportación en masa de productos del sector privado hacia el extranjero provocando desabastecimiento, comienzan las retenciones clandestinas de productos, la destrucción ilegal de convoyes llenos de productos importados en la frontera, y la organización de «huelgas patronales», caceroladas y boicots, tales como la obstaculización continua del tráfico, el acoso o asesinato a activistas pro-gubernamentales y la quema de edificios públicos, instalaciones sanitarias y autobuses que se saltan este boicot, todo para provocar la desestabilización del gobierno. Al final intentar mejorar la vida de los pobres pasa por la eliminación total del sistema de mercado, y esto pasa por la nacionalización del grueso de la economía bajo control democrático, no de políticos profesionales sino del pueblo, para evitar casos de corrupción, mala gestión ajena a los intereses del pueblo, etc. Estas medidas son incompatibles con la socialdemocracia: implican salirse de la economía capitalista de mercado que la socialdemocracia busca mantener y “mejorar”, no abolir, y apostar por el socialismo, o economía democráticamente planificada bajo control social (algo que hoy sólo existe en regiones como el Estado indio de Kerala, y es uno de los Estados más prósperos, desarrollados y con mejor nivel adquisitivo de la India). Tarde o temprano, Pablo Iglesias y el equipo coordinador electo de Podemos deberán enfrentarse a este problema desde el gobierno; y ahí se demostrarán una y mil veces los límites de la retórica «socialdemócrata a la danesa» de la dirección de Podemos.

Porque los capitalistas anteponen su propio lucro privado hasta el punto de estar dispuestos a llevar a toda la sociedad al colapso, con ayuda de gobiernos títeres, y desestabilizando a todo gobierno no títere que se les cruce por medio. El resultado de todo este giro discursivo de Podemos a la «socialdemocracia» es, por tanto, entrar en una peligrosa espiral de tener que retractarse y rebajar su programa para contentar a los mercados y la derecha mediática, no generando en la población una conciencia alternativa que tienda a cuestionar las reglas de juego y relaciones socioeconómicas clasistas existentes, y amenazando con convertir a Podemos en una fuerza vacilante, ambigua, fácilmente absorvible por el sistema en la medida en que sus actuales líderes sean reemplazados por otros, con menor claridad de ideas o menor conciencia anticapitalista, lo que sería a medio plazo (aunque no a corto) enormemente retardario para la lucha de quienes quieren acabar con la explotación del hombre por el hombre y construir un mundo sin ninguneo del pobre por el rico, como actualmente, bajo los gobiernos de PP-PSOE, ocurre.