PODEMOS y la cuestión nacional: De la nación al ser

La nación y el ser

La nación no existe realmente ni en la Naturaleza ni en el espíritu (…), como objetividad real, no puede llegar a ser comprobada porque no existe (…). Ha fracasado, prácticamente, la idea de nación (…). Son realmente pintorescas las elucubraciones de los tratadistas que, sin haber llegado a descubrir qué sea la nación, hablan de naciones, mayores o menores de edad”. Así se expresa el padre de la Patria Andaluza, Blas Infante, en su inacabado libro –por culpa de los fascistas que lo asesinaron en nombre de una de esas naciones, la española- “Fundamentos de Andalucía”. «Yo no me propongo fundamentar una nación, sino un ser«, diría también.

Los que hemos estudiado filosofía sabemos que desde finales del XIX, y principios del XX, en especial después de Nietzsche, Heidegger, y otros, la ontología, la reflexión sobre el «ser», ya no es solo una cuestión de «esencias», sino también de existencias: de formas de estar en el mundo y de acontecimientos. Aplicando esto al escenario histórico-político actual, eso mismo les diría yo a los dirigentes de PODEMOS: que no se propongan fundamentar una patria, una nación, sino un ser. Un ser en el que el concepto nación española, tal y como lo han entendido hasta ahora, ellos mismos y la historia oficial, no tenga cabida, donde, en cambio, se sea capaz de estar «a la altura de los acontecimientos» y donde, en dicho ser, se puedan integrar las diversas realidades, políticas e identitarias, que caracterizan al estado español.

Un ser que no sea ni indisoluble ni esencial, sino existencial: abierto, dinámico, mutable, capaz de elegirse a sí mismo no desde un único yo sino desde su concreta pluralidad de “yoes”, que se construya desde el diálogo entre pueblos y el respeto pleno a la soberanía de los mismos, acabe en lo que acabe eso. Incluso aunque acabe con la disolución de España tal y como se entiende hoy. Si la historia, que la hacen los pueblos, así lo quiere, que así sea. Ninguna barrera política se puede interponer entre tal “ser” y la realidad histórica. En el estado español no existen naciones de primera y naciones de segunda, no existen naciones mayores y menores de edad, solo existen realidades. Realidades dialécticas y dinámicas que, transformadas en hechos políticos, en acontecimientos históricos, definen y determinan la realidad nacional de este estado, sin que pueda existir prevalencia alguna de una de estas supuestas naciones sobre las demás. España no puede ni debe ser un aglutinador común que dé forma a estas realidades, básicamente porque la historia, que la hacen los pueblos, que la hacen las personas con sus luchas y sus circunstancias, no lo ha hecho posible.

Parafraseando al filósofo, España es España y sus circunstancias, y si no las salvan a ellas, no podrán salvar a España. Esas circunstancias son negadoras de la propia nación española como suma de naciones – ya no digamos como unidad indisoluble y demás sandeces nacional-catolicistas-, así que la única manera posible de la que gozan aquellas personas que de verdad se sientan cercanas a la defensa de la unidad de España para poder conseguir “salvar” a su querida España pasa, paradójicamente, por asumir la inexistencia real de la misma en tanto que nación cultural e identitaria, depositaria de derechos políticos que se puedan situar por encima de los derechos políticos que le corresponden a las diferentes naciones que componen el estado. España no es una nación, no existe ni en la naturaleza ni en el espíritu, y, por descontado, nunca podrá serlo. Como mucho podrá ser un pueblo: un pueblo configurado y determinado por la existencia de diferentes identidades nacionales subjetivas, con diferentes marcos de soberanía nacional-política, configurado por la intersección de diferentes procesos históricos que pueden incluso llegar a ser contrapuestos. Un pueblo que en ningún caso se expresa bajo la forma de “nación de naciones”, sino como la suma de diferentes pueblos, con diferentes identidades nacionales, que lo hacen posible. Un pueblo de pueblos cuyos derechos políticos residen en la diversidad del ser de cada pueblo y no en el “ente” común llamado España.

España, como nación, es un “ente”, un estado, un órgano administrativo y de gestión, y es necesario que se supere la visión que se tiene de ella en cuanto tal, para que se pueda convertir en un ser: el ser de los pueblos que conforman dicho estado y sus derechos democráticos a la libre determinación, desde todos los aspectos posibles. Un ser al que ya no se le podría llamar “nación española”, y que no sería más que puro acontecimiento.

Los hechos y el acontecimiento: la España cenital

En consecuencia a lo dicho, España no puede ser vista como una foto fija que refleja y representa unos hechos que en ella acontecen, sino como un acontecimiento. Los acontecimientos son aquellas vivencias que emergen de los hechos, pero que no se pueden reducir a los hechos. Un cadáver expresa una visión de un hecho, pero el acontecimiento que subyace tras esa visión es la muerte misma, que no se puede reducir al hecho de que exista un cadáver. Ese cadáver te indica que ha pasado algo: que la muerte ha llegado a esa persona. Los acontecimientos expresan realidades que solo pueden ser vividas mediante la conciencia, sentida y vivida, de lo que tales realidades suponen, es decir, de lo que implican como actos o acciones, como procesos, lo que de verdad las nutre de sentido y significado como hechos realmente existentes.

La foto de España no se puede reducir a la existencia de unas u otras naciones, de unas u otras relaciones entre pueblos, de una u otra estructura territorial, de una u otra estructura socio/política y económica. La marginalidad histórica en la que ha vivido Andalucía desde hace varios siglos no es una foto, un hecho, es un acontecimiento, que implica realidades, presentes e históricas, y que, como tal, obligan a tomar decisiones al respecto. Para superar el carácter de ese acontecimiento y transformarlo en otro distinto, que exprese otras realidades, capaz de acabar con tal situación de marginalidad, no basta con ver la existencia del hecho, sino que hay que impulsar los cambios estructurales que sean necesarios para que tal hecho mute en otro hecho de carácter distinto, capaz de expresar realidades distintas: un nuevo acontecimiento.

Esto implica romper con la visión que se ha tenido hasta ahora de España, su estructura de relaciones económicas, las relaciones centro-periferia establecidas entre sus diferentes territorios, algo que necesariamente pasa por devolver a Andalucía su propia soberanía, capaz de permitirle desarrollar sus propias políticas, orientadas hacia la superación de ese estado de cosas que han conducido a su situación actual, a su expresión actual como acontecimiento. Implica, en consecuencia, romper con lo que el “ente” España supone en estos momentos para Andalucía, y la implicación que dicho ente, como acontecimiento, con sus relaciones estructurales y sus marcos de dependencia coloniales inherentes, tienen en el propio acontecimiento Andalucía. No caben fotos fijas en este orden de cosas, y mucho menos responder al desafío con una reproducción en similares pautas de otra nueva España de similar naturaleza, que cambie en las formas, en los hechos, pero no en el alcance del acontecimiento.

Lo mismo se podría decir, con sus particularidades en cada caso, para la realidad colonial de Canarias, o para el actual proceso soberanista abierto en Catalunya, o para la resolución del conflicto vasco en unos términos democráticos y de respeto a los derechos humanos. De igual forma que tampoco se podría pensar en reproducir los mismos esquemas que hoy están vigentes, a través de lo que expresa y supone el régimen del 78 y sus circunstancias, para solucionar los graves problemas de desempleo, exclusión social, pobreza, falta de expectativas, y otros hechos del estilo que a diario sufren los ciudadanos de todas estas naciones. A problemas viejos no se le pueden dar soluciones viejas, a problemas generados por unas determinadas causas históricas y políticas, no se les puede dar solución con la aplicación de una terapia farmacológica sustentada en esas mismas causas que han generado la enfermedad. Las soluciones requieren de nuevas formas, de nuevos hechos, que construyan un nuevo acontecimiento, capaz a su vez de definir un nuevo ser.

PODEMOS parece haber entendido a la perfección esto último aplicado a la situación socio/política, al menos en lo referido a su capacidad para plantear una alternativa ilusionante para aquellas personas que buscan un cambio en el paradigma dominante, desde sus planteamiento de un proceso constituyente por hacer capaz de acabar con los vicios adheridos al régimen del 78 y sus instituciones más representativas, pero, en cambio, no parece que haya tenido la misma capacidad a la hora de aplicar dichas recetas a su manera de abordar el problema nacional en el que vive inserto dicho régimen. Un problema que no solo se expresa como un problema identitario, sino, principalmente, como un problema democrático, y en algunos pueblos, como Andalucía, aunque no se manifieste explícitamente en su forma “nacionalista”, como un problema poco menos que existencial. En unos casos la realidad obliga a respetar los procesos soberanistas en marcha, en otros a subvertir el orden relacional existente. Si PODEMOS quiere de verdad construir una nueva “España”, ambas cosas son ineludibles.

Incluso aunque ello, como decimos, implique la desaparición de España en su forma actual. Porque lo importante no es el hecho España, el ente España, sino el acontecimiento España. Que podrá existir mientras pueda existir, pero que no necesariamente debe existir para siempre, cual esencia platónica indisoluble, inmutable e indestructible. Si su forma de existir es imponiéndose sobre los acontecimientos Andalucía, Catalunya, Canarias, Galiza o Euskal Herria, ese acontecimiento España solo puede ser considerado como opresor. Y ese estado de cosas no es precisamente lo que puede ayudar a la convivencia entre pueblos.

España no puede ser un ente que proyecte sus propias sombras y miserias, como arma arrojadiza, contra las naciones que lo conforman. España debe ser una España cenital, que no proyecta sombras sobre nadie más que sobre sí misma, que se eche sobre sus espaldas el peso de sus propias sombras y miserias, que cargue con ellas, que las asuma como propias a su propio proceso histórico y su propia realidad existencial, y que, en consecuencia, por encima de todo, no las use para confrontar o negar a esas otras realidades nacionales que buscan su propio camino y reconocimiento. Una España cenital así no puede ser nación de naciones.

Esto es, la construcción de una “nueva España” no puede sustentarse en una anulación, por confrontación o por negación, de las naciones que se integran en ella. No puede ser una España que se constituya en nación de naciones, porque esa es, precisamente, la fórmula con la que esta España de ahora, caduca y moribunda, negadora de los derechos de los pueblos, usurpadora de identidades, proyecta sus sombras hacia el futuro, arrojándolas sobre los deseos, sentimientos y aspiraciones de los pueblos que buscan su propio camino.

PODEMOS y la cuestión nacional

Hace unos días el equipo Claro que PODEMOS, de Pablo Iglesias, Errejón, y compañía, presentando en facebook una noticia sobre los 10 integrantes de su lista para la ejecutiva de PODEMOS que son andaluces/zas, definía a Andalucía, con todo desprecio y desconsideración por la lucha de este pueblo durante el proceso de autonomía, como «región». Cualquier persona mínimamente informada de lo que supuso para Andalucía su lucha por la autonomía, lo que implicó y lo que puso en juego aquello, podrá entender la gravísima falta de respeto a lo expresado en aquellos años por la voluntad popular de los andaluces y andaluzas que definir de esa guisa a Andalucía supone. Poco después leo algunos de los análisis que han hecho sobre Catalunya varios de sus principales referentes, y el enfoque que le dan a los mismos (haciendo prevalecer la cuestión «española» sobre la propia cuestión «catalana», como foco de resolución del “conflicto”), y antes ya había escuchado varias veces a sus principales dirigentes hablar de España como de una “nación de naciones”. Realmente, comparativamente hablando, viendo y escuchando o leyendo todo esto, no puedo dejar de pensar que, en el fondo, no hay tanta diferencia entre el discurso a este respecto que han mantenido desde siempre organizaciones como el PSOE o IU, y el que soterradamente se puede ver en PODEMOS.

El problema de PODEMOS, pienso, es que arrastra una visión del problema «nacional» muy condicionado por el pensamiento y los planteamientos que siempre ha hecho suyos el señor Julio Anguita (similares a los que hacen suyos también desde hace mucho Monedero, Pablo Iglesias y, en cierta medida -esto me sorprende-, Errejón -al que siempre había visto con otra forma de ver las cosas a este respecto-), es decir, sustentados en un claro y nítido eje de visión «nacional» española, dando con ello presunción de existencia -de veracidad- a una supuesta nación española, que ellos tratan, a su manera, de recuperar, regenerar y arrebatársela a la derecha para ponerla al servicio de un proceso de transformación política de corte nacional-popular (Somos patriotas y defendemos nuestra soberanía frente a los mercados, etc.).

Por un lado tiene su lógica. Saben de la importancia que el elemento «patriótico», por su carácter aglutinador, su capacidad para llenar de contenido el significante vacío que ahora mismo resulta ser la política española en su factor «territorial», ha tenido en procesos como el cubano, el venezolano, y etc., y creen, sobre esa base, que trasladar ese esquema al marco del estado español puede ser un buen elemento simbólico en torno al cual construir hegemonía. Pero que tenga su lógica no quiere decir que sea un planteamiento correcto. Mucho menos un planteamiento “regenerador”, capaz de escapar de las viejas lógicas que han llevado al acontecimiento “España” a su situación actual. Es más, diría que sirven plenamente para reproducir tales lógicas opresoras y opresivas. No entienden, no comprenden, o, tal vez, no quieren o no les interesa entender, que esos esquemas no son, nunca lo han sido, aplicables al estado español, en tanto que no existe algo similar a la nación española que sirva para aglutinar voluntades de cambio globales y que tampoco puede existir una nación de naciones, ni un estado plurinacional tal y como ellos lo entienden: como nación de naciones.

Cada nación del estado, así lo ha querido la historia, lo es por sí misma, y lo son porque su configuración como tales no se puede definir en integración con, sino en confrontación con, la «nación» española, en tanto y cuanto esa nación española es fruto de, precisamente, por un lado, la confrontación con esas otras identidades nacionales (lo español lo es, ante todo, como oposición a lo catalán, lo vasco, etc.), así como, por otro lado, por la usurpación de la identidad -por anulación- de otras identidades nacionales (como la andaluza). Lo español se ha construido desde sus mismos orígenes no como construcción de pueblos, sino como confrontación entre pueblos. Confrontación primero con lo andalusí o lo judío, posteriormente contra lo indio, y finalmente contra lo propio interior-diferencial. Del Santiago matamoros se pasó al Santiago Mataindios, y de aquí, nacido el nacionalismo moderno en el interior de sus fronteras, contra lo que suponían los “desafíos” de lo vasco, lo catalán, lo gallego o lo andaluz. Véase, por ejemplo, el artículo de Javier Pulido en los 80: La catalanofobia como expresión ideológica de masa del españolismo. A su vez, como no podía ser de otra manera, la identidad de la mayoría de estas naciones no se ha construido como parte integradora de lo español, sino en confrontación abierta con lo español. Es un proceso recíproco, muy propio de las lógicas binarias que tan características han sido de la construcción identitaria en la modernidad, pero que tiene como consecuencia algo evidente: que no es posible afirmar una de esas naciones sin negar a la otra, y viceversa. Nada similar a una nación de naciones.

Que, por tanto, mientras no entiendan que un estado plurinacional solo es posible desde la base de no considerar a esas otras naciones como integrantes de ninguna nación de naciones, sino por sí mismas, para sí mismas, con su propia soberanía y su total autonomía, no será posible de verdad un marco de integración común, porque, desde luego, como bien se sabe desde la vieja Grecia, existe aquello que se llama principio de no contradicción, esto es, que las cosas no pueden a una misma vez ser y no ser, y eso es precisamente lo que estas visiones pretenden hacer posible: lo no posible. La nación catalana, como la vasca, la galega, la canaria o la andaluza, no pueden ser a una misma vez nación catalana, o vasca, o gallega, o canaria, o andaluza, y a su vez, nación española. Eso es, sencillamente, no posible. Una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. Y eso es exactamente lo que ocurre en este caso. Si lo español-contemporáneo se ha construido sobre la confrontación con lo vasco y lo catalán, o sobre la negación, mediante la usurpación identitaria, de lo andaluz, ¿cómo iba a ser posible?

Si quieren llenar de contenido realmente atractivo para estos pueblos ese vacío de significante, llamado España, que ahora pretenden recuperar, han de entender esto sí o sí. De lo contrario tornarán las oscuras golondrinas, antes o después, y la resolución del problema nacional será, sin más, una no-resolución: un paliativo, una ilusión, y a poco más llegará. Justo lo contrario de lo que en un momento histórico como el que vivimos, donde todo se ha tornado voluble, donde lo sólido se ha vuelto líquido, necesitamos. Este es un momento en el que este problema se puede dejar cerrado desde unas pautas democráticas y respetuosas con los derechos de los diferentes pueblos. No se puede desaprovechar.

PODEMOS me agrada en muchos sentidos, me gustan -y mucho- sus dirigentes más destacados, su capacidad de análisis, su valentía política (en el sentido de apostar por nuevos métodos y discursos), y más cosas del estilo, pero si fuese vasco, o catalán, desconfiaría profundamente de quien define a España como «nación de naciones». Como andaluz también desconfío, pero asumo las debilidades propias de mi tierra y sé que no es la misma situación. Pero como vasco o catalán, visto lo visto, andaría ojo a avizor, pero mucho, mucho. Espero, no obstante, que en lo sucesivo afinen su visión, porque así, al menos en este tema en concreto, no me parece que vayan por un buen camino para todos.

                                                              

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