PODEMOS puede -y debe- recuperar la iniciativa en el debate y los tiempos políticos

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Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado

Escribe Pablo Iglesias en Público un artículo sobre la diferencia entre ocupar la centralidad del tablero político y aquello que tradicionalmente se identificó en el «sentido común» colectivo como el «centro político». La centralidad no es el centro, afirma muy acertadamente el Secretario General de la formación de los «círculos»: «Ocupar la centralidad del tablero y establecer los términos del debate de país con un relato ineludible para el resto de actores, que se ven obligados a posicionarse al respecto, es la aspiración de cualquier opción política que pretenda ganar las elecciones. Sin embargo, esa centralidad no tiene por qué coincidir con lo que en el pasado se llamó centro ideológico«. Pablo explica luego que es necesario poner en el centro del debate la lucha contra las políticas de austeridad y sus consecuencias sociales, además de aquello de la lucha por la regeneración del sistema político e institucional español.

A mi juicio, una lectura muy certera e inteligente del momento político actual, y, en consecuencia, lo que espero que sea el inicio de un nuevo cambio de estrategia política y comunicativa que lleve a PODEMOS, el PODEMOS estatal -porque en Andalucía se han mantenido básicamente fieles a esto-, de vuelta al camino, el único camino posible, que les puede hacer ganar las elecciones generales a corto, medio, o largo plazo.

Era obvio que de un tiempo a esta parte se había perdido la iniciativa, en el debate y en la praxis política, por parte de PODEMOS. Hábilmente entre unos y otros los estaban llevando hacia un terreno político que no era el suyo, hacia un espacio ideológico que no era el suyo y hacia una forma de afrontar los debates y los acontecimientos políticos que ya no estaba siendo determinada por su propia fuerza comunicativa sino por la de otros actores políticos -medios y partidos adversarios- que sabiamente habían sabido subirse al carro de la «centralidad del tablero» impuesta por PODEMOS desde las elecciones europeas, reacondicinando tras ellos sus discursos políticos y comunicativos a ese nuevo espacio generado tras aquel ya lejano 25-M o aprovechándose directamente de él para crecer desde prácticamente la nada (muy ilustrativa a este respecto la portada de El Jueves de la semana pasada).

La arena política se había embarrado en los últimos meses de tal forma que la pelota de PODEMOS hacia la victoria electoral había dejado de rodar, y ahora eran las fuerzas clásicas del sistema quienes estaban de nuevo llevando la iniciativa en el encuentro. PODEMOS había dejado de estar a la ofensiva y había pasado a ocupar un papel subordinado y subalterno en la actualidad discursiva del estado español, ubicándose en esta nueva etapa de contrataque del régimen del 78 como una fuerza que debía estar continuamente a la defensiva, haciendo frente a los constantes y muy duros ataques de sus adversarios.

Dicho en términos futbolíticos, al Real Madrid le sorprendes una vez poniendo a Messi entre líneas y le cascas un 2-6, puede que una segunda y le enchufas un 5-0, pero a la tercera, sobre todo si tienen a un Mourinho como entrenador, tienen 6 tíos rodeando a Messi y ya la táctica de la sorpresa se te ha ido al garete: el rival poco a poco te va quitando la iniciativa y así hasta que ya no sabes cómo ganarles y acabas perdiendo el partido. Eso fue lo que ocurrió con PODEMOS y todo lo que ha venido a ocurrir después.

Su irrupción tras las pasadas europeas pilló por sorpresa a las defensas de los adversarios. Su sabio manejo de la comunicación política y su énfasis en centrar el debate en aquellos puntos que más estaban alimentando a la opinión pública española en su camino de desafección hacia las fuerzas políticas tradicionales (corrupción y políticas de austeridad), les permitió crecer hasta límites que pocos hubiéramos creído posibles tan solo unos años atrás, pero el enemigo es fuerte, muy fuerte, y cuenta con verdaderos animales políticos entre sus filas, así que pasada esa primera fase, supo contratacar con éxito y sacar el debate político de tal marco comunicativo, llevándolo hacia otros espacios en los que PODEMOS tuviera que pasar a ser el que hablara por boca de los demás y no a la inversa. Las campañas contra Monedero, Errejón y el propio Pablo Iglesias, así como, sobre todo, la alimentación sobredimensionada del debate político sobre la realidad venezolana (con una desinformación constante a la que PODEMOS no solo no ha sabido hacer frente sino que, en cierta medida, ha alimentado con su propia tibieza), han hecho mucho daño. La aparición de Ciudadanos como nueva fuerza del sistema, como partido recambio, ha hecho el resto.

PODEMOS, tras todo ello, ya tiene sus propios escándalos de corrupción, un pasado – y presente- vinculado a la «dictadura» venezolana y un adversario capaz de disputarle el debate sobre la regeneración política e institucional desde sus propias coordenadas discursivas, pero que, además, no cuenta con ninguna de las dos cosas anteriores. El contrataque del sistema, la respuesta de la casta, ha hecho posible que en la centralidad del tablero actual existan ya todas estas variantes, y ello no es un hecho menor: no basta con tener razón y negar la mayor, simplemente están.

Para PODEMOS, pues, es totalmente necesario devolver los debates a aquellos espacios que los han traído hasta aquí, ajustados al momento concreto. Principalmente, en este punto, teniendo en cuenta todos los elementos que ahora mismo están encima de ese tablero político sobre el que se viene disputando la batalla española, PODEMOS debe identificar con meridiana claridad al potencial votante que les puede dar la mayoría necesaria para ganar unas elecciones en el estado español, aquel que le puede servir como base central de su construcción de una mayoría de gobierno, y ese es un votante de izquierdas, centro-izquierdas y abstencionista. El agregado «centrista» le vendrá luego, si le ha de venir, por añadidura -como ocurre siempre-. El espacio de la derecha y el centro-derecha, de hecho, si es que alguna vez pudo orbitar en torno a este proyecto, lo hizo de manera meramente tangencial e ilusoria.

Era cuestión de tiempo que esa ilusión se desvaneciera por completo, como así ha sido. La trayectoria política de sus dirigentes más conocidos no se podía ocultar y salvo que PODEMOS se deshiciera de Pablo Iglesias, Monedero y Errejón -cosa que, obviamente, sería como acabar con el propio PODEMOS-, su identificación como partido de izquierdas, entre el sentir general de la ciudadanía española, su «sentido común» inherente, era inevitable. Ahora es un hecho.

La cuestión central en este momento, como, por otro lado, lo viene siendo igual desde hace varios años y con toda seguridad lo seguirá siendo por mucho más, la ha señalado entonces, en su citado artículo de hoy, Pablo Iglesias a la perfección: no solo se trata de una batalla semántica de lo nuevo contra lo viejo, no solo es una disputa en lo institucional o lo más estrictamente político, es, sobre todo, una disputa en lo económico, en lo material.

Valdría aquí citar aquella famosa frase de un asesor del Presidente Clinton (es la economía, estúpido), pero realmente es algo que va, incluso, más allá. Es la economía, sí, pero es también el modo que las personas tienen de sentirla en sus propias experiencias cotidianas: es la lucha por la dignidad de aquellos a los que el sistema les ha arrebatado el futuro, es eso de devolver el orgullo de ser parte del pueblo a esa parte del pueblo al que las políticas austericidas del capitalismo salvaje ha empujado a los márgenes de la vida política y social cotidiana. La economía, al fin y al cabo, no es un hecho técnico sino social, sus víctimas no son números sino personas, y sus consecuencias no son, en definitiva, meras cifras que constantan la existencia de una determinada situación de exclusión o de injusticia social: todas y cada una de esas personas afectadas por tales situaciones tienen un rostro, un nombre, una vida, y sienten un profundo dolor como consecuencia de tales hechos vividos en carne propia.

Regeneración política y anti-austeridad, son, pues, un todo que actúa en un mismo conjunto de circunstancias economómicas y políticas, pero también, sobre todo, vitales y existenciales. Un todo que solo puede ser expresado, para que pueda conectar con esas mayorías sociales que sienten en carne propia la injusticia social o que tienen la suficiente capacidad empática como para vivirlo así aunque no les afecten directamente a ellos como personas concretas, desde una perspectiva rupturista: no hay otra manera posible de hacer frente a todos los «adversarios» que ahora deben enfrentar, cada cual centrado en explotar su propia estrategia comunicativa básicamente anti-PODEMOS (es decir, capaz de combatir a PODEMOS en aquellos frentes, simbólicos, políticos y comunicativos, que hicieron posible el ascenso de PODEMOS y que pusieron «patas arriba» la vida política en el estado español).

Lo de la casta, su éxito como discurso y como estrategia comunicativa, en definitiva, era eso: la existencia de una élite corrupta, sí, pero que además, y sobre todo, estaba exprimiendo al pueblo para poder mantener intactas sus posiciones en el tablero, usando todo lo que tienen a su alcance.La existencia de ese estado de hechos en la realidad concreta de la sociedad española fue lo que permitió a PODEMOS hacer una traducción correcta de la misma y expresarla con absoluta brillantez, por su capacidad abrumadora de poner nombre a lo que era de dominio general en el pensamiento de millones de personas, a través de ese término: casta. Y eso sigue en plena vigencia. Las palabras son eso: palabras, pero lo que de verdad importa son los hechos; y esos hechos no ha variado ni un milimetro.

De hecho es lo segundo, la existencia de esa desigualdad económica y social sustentada en la explotación de los privilegios que son propios de esa élite corrupta, lo que ha llevado a que lo primero, la existencia de tal élite corrupta, acabase por ser algo que de verdad indignaba a la gente. La corrupción siempre indigna más cuando los que son expoliados por ella, además, están sufriendo para poder vivir decentemente, para, simplemente, vivir con dignidad.

Todo el movimiento que se ha dado desde el 15-M hasta ahora ha venido de esa dinámica, y eso es algo que PODEMOS no puede olvidar jamás. No ha sido la corrupción per se, sino la injusticia, la pérdida de expectativas, la visualización del futuro como un no-futuro, el sufrimiento vivido en carne propia a consecuencia de las políticas criminales impulsadas desde las élites ocrruptas que nos gobiernan -en los gobiernos y en la sombra-, lo que ha hecho posible que la sociedad española diera vida a su propio proceso destituyente en marcha.

De hecho ya en el 15-M ese debate, la discusión entre el movimiento meramente reformista y el movimiento rupturista, estuvo muy presente en las plazas, y entonces se acabaron por imponer las tesis de quienes querían algo más que meras reformas electorales, institucionales o similar. Ahora solo puede volver a pasar lo mismo. Básicamente porque en el sentir mayoritario de la indignación reside esa esencia rupturista, y ese el camino que pueda llevar a PODEMOS a una victoria electoral a corto, medio o largo plazo. No hay otro.

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