Podemos a través del espejo

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Por Rafael Cid
La metamorfosis ideológica de Podemos es tan recurrente como las admoniciones que recibe de sus contumaces adversarios. Pero ni unas ni otras reflejan adecuadamente su verdadero potencial. Más allá de los discursos, sermones y jaculatorias, la realidad está marcando una mapa que poco tiene que ver con lo que se percibe a primera vista. Aunque algo de ese submundo estaba presente desde el principio en las “autopsias” demoscópicas que se hicieron sobre la sorprendente irrupción en la vida institucional de esta startup política que amenaza desplazar a las formaciones más veteranas del lugar.

Echando mano de la hemeroteca, recordaremos que en sus inicios las encuestas que se publicaron poco después de su éxito en las elecciones europeas de mayo de 2014, revelaban una circunstancia curiosa sino aberrante desde el plano de la estricta lógica. A la hora de responder a la preguntas de cómo situaban en el dial ideológico a Podemos, votantes, afiliados y simpatizantes de “pablismo” respondían mayoritariamente que “de extrema izquierda”. Sin embargo, esa identificación perdía todo su significado cuando esas mismas personas, preguntadas ahora por su propia adscripción, se definían principalmente como “de centro”.

La explicación que entonces se dio a esa aparente contradicción por parte de los todólogos de cabecera sostenía que tan disparidad radicaba en el hecho de que Podemos se beneficiaba oportunísticamente de una doble concurrencia.

Por un lado, y de ahí lo de “extrema izquierda”, porque recogía el malestar que durante los últimos años se había manifestado en las calles y plazas de España por una ciudadanía harta de corrupción, recortes y ajustes. Y de otro, y este era el fiel de la balanza que mantenía la virtuosa equidistancia, porque los efectos de la crisis se habían cebado sobre todo con la clase media española, que ahora andaba a la zaga de un nuevo banderín de enganche con el que recuperar el estatus perdido.

Eso casaría bien con los bandazos ideológicos dados por los dirigentes de Podemos en los dos últimos años. Primero respecto al eje arriba-abajo y las transversalidad como método. Poco después, reservando sus energías para participar en las elecciones generales, rechazando comprometerse con su marca en la pugna municipalista, clara expresión de ese arriba-debajo de su arranque. Cara al 20-D, arruinando todo intento de coalición con los rojos de Izquierda Unida, no fuera que el mensaje resultara demasiado perturbador para sus seguidores, aunque marcaba territorio con las confluencias autonómicas proclamando como línea roja el referéndum vinculante. Y finalmente, con la vista puesta en el sorpasso del 26-J, fagocitando a IU y al mismo tiempo dejando el derecho a decidir como un punto subalterno de su programa.

Por supuesto este vaivén o rigodón, según sea el compañero de viaje elegido, se complementa con un nuevo viraje ideológico que bascula entre autonombrase como la “cuarta socialdemocracia”, en la zona gris del ni carne ni pescado, y admitir que Podemos tienes “rasgos del peronismo”, seguramente por aquello de dar contenido al continente (significante vacío) de su soterrado populismo. Lógicamente, en esta última singladura ya no se plantean temas duros como el de la república, la OTAN, la deuda ilegítima, la renta básica universal, la derogación (“derogación” no reversión ni reforma) del artículo 135 de la Constitución Española, el abandono del euro, y otros conflictos de parecido calado.

El mensaje de Podemos se mueven entre dos pulsiones: la lucha contra las desigualdades y la mejora de la condición social de la clase trabajadora. Ahí es donde ha clavado sus señas de identidad. ¿Pero es en ese magma ciudadano dónde Podemos cuenta con más posibilidades de éxito? Pues no. De lo que traslucen los últimos y reiterados sondeos, su reino no es precisamente de ese mundo. O, como poco, no significativa ni esencialmente. Los parias de la tierra no parecen ser su principal arsenal de votantes.

Los datos cantan. Según la proyección electoral de la serie de estudios sectoriales realizados por Metroscopia para el diario El País, en las próximas elecciones Podemos se convertiría en la primera fuerza política en Euskadi, Comunidad Foral de Navarra, Catalunya, Baleares y Valencia. Y salvo en el caso de Valencia, que tiene en parte otra lectura, en todos los demás territorios se afirman dos factores que difieren del sesgo político-ideológico tradicional que suele atribuirse al partido morado. Se trata de las zonas más prósperas, igualitarias y con una población más cultivada y europea de todo el país. Nada que ver con la España profunda (Castilla, Andalucía, Extremadura), que sigue enfeudada al bipartidismo PP/PSOE. Por tanto, es en la clase media burguesa donde Podemos cuenta con más apoyo.

Eso en el aspecto social, pero lo mismo se puede decir en cuanto al esquema igualdad/desigualdad. Sin que pueda sacarse de contexto más allá del elemento puramente fáctico, algunas de esas comunidades (Euskadi, Navarra) son por imperativo constitucional (los llamados derechos históricos reconocidos en la disposiciones transitorias) las áreas con mayor grado de competencias y “privilegios” del Estado. Una elipsis en el programa de Podemos que sin duda se dejará sentir en la práctica política en el supuesto previsible de que Podemos se convierta en equipo ganador el 26-J. Si no fuera porque las confluencias van por dentro y dejarán sentir su poder sobre la marca de la casa, cabría decir que Podemos en la nueva unión de centro democrático. Ceteris paribus.

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