Piratas en la estela de Emilio Salgari

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No creo que existan muchos escritores con una filmografía tan extensa como Emilio  Salgari (Verona, 1863 – Turín, 1911). Su obra ha sido determinante en buena parte del cine de acción, basada en una obra suya en la que la Antigua Roma aparece como imperialista y depredadora y de aventuras italiano. Lo que resulta visible también en el más popular (e italiano) de los subgéneros,  el “peplum”. La literatura de Salgari se palpa en obras tan determinantes como Cabiria (1914), un título que quedó como cumbre insuperable de su época más temprana y creativa. Otro ejemplo lo tenemos en la coproducción italiano-hispano-francesa Cartago en llamas (Carmine Gallone, 1956), en cuya trama Roma era la agresora y Cartago su victima. Escasamente valorado académicamente, pero reeditado constantemente a través del tiempo en las más diversas ediciones populares, introductor a la lectura de diversas generaciones, Emilio Salgari es, por excelencia, el gran escritor del cine de piratas italianos, con una producción variada a lo largo de varias décadas, cimentando en lo fundamental la variante italiana del cine sobre la piratería.…

Salgari cuenta con una biografía parecía tan apasionante como su prolífica y variada obra -86 novelas  más cien relatos-, obra en la que las “recrea los múltiples rostros de la aventura, los riegos de la selva y del mar, las peripecias inaquietables de la pura acción que no busca más que perpetuar su juego” (Fernando Savater, La infancia recuperada)…Inició sus estudios en el instituto técnico y naval de Venecia, pero la inquietud que bullía en Salgari le impidió terminarlos. En ese período sus experiencias como hombre de mar se limitaron a breves excursiones a lo largo de las costas del Adriático, sin embargo, al igual que nuestro Valle-Inclán, tejió sobre ellos una leyenda obviamente imaginaria, en el curso de las cuales llegaba a sortear toda clase de aventuras y riesgos por todas las selvas y mares. Lo cierto es que todo transcurrió en la fértil realidad de su imaginación desde que comenzó su carrera literaria con  I selvaggi della Papuasia (1883), publicada por entregas en el periódico milanés “La valigia”. En 1892, después de casarse, Emilio se trasladó a Turín y escribió La cimitarra de Buda (1892), y tras una estancia de dos años en Sampierdarena, donde entró en contacto con los ambientes marítimos de la Liguria para obtener nuevas ideas para sus libros, regresó a Turín y produjo los llamados ciclos de «los piratas de Malasia» y de «los corsarios del Caribe».

En el primero destacan precisamente Los piratas de la Malasia (1896), Los dos tigres (1904) y El rey del mar (1906), relacionados entre sí a través de populares personajes como Sandokán, Yáñez o Kammamuri, mientras que en el segundo sobresalen El corsario negro (1899), La reina del Caribe (1901) y Yolanda, la hija del corsario negro (1905)…Se ha escrito que, en última instancia, la historia del corsario negro, es la de un héroe depresivo y loco, que, acodado en la borda, escruta el mar buscando las almas de sus hermanos muertos. Todos estos seres literarios son imágenes de los que desaparecieron, sombras que les imitan y que ni siquiera cuentan con sus nombres para parecerse a sí mismos. La historia les condenó. Si nos acercamos a ellos con simpatía, debemos hacerlo antes desde la literatura —su mejor amiga— que desde la historia que les odió ferozmente. No es de extrañar que esta tímida ciencia se sintiera terriblemente amenazada por quienes no quisieron dividir el tiempo en tres partes.

Hay muchas lecturas posibles. Pero esta montaña de libros demuestran la febril imaginación de Salgari,  capaz de dar vida a personajes y héroes que, en sus aventureras empresas, encarnan los sentimientos más elementales, como la justicia, el honor, la amistad o la defensa de los débiles, una línea radical que se refuerza en su apartado más conocido: en el ciclo dedicado a Sandokán. Según algunos biógrafos, Salgari escribió toda su obra en la mesa de un café de un puerto de Génova, donde recogía los relatos de los marineros. Otros sostienen que sus libros más célebres (la saga del Corsario negro, la de los Tigres de Malasia, Los pescadores de perlas, El león de Damasco… estuvieron inspirados por los viajes que Salgari realizó entre 1881 y 1888 como mero capitán de la marina mercante italiana. De todas maneras, parece que no todas las obras firmadas con su nombre fueron suyas, aunque -como en el caso de Alejandro Dumas-, Salgari dejó su impronta en las que (presumiblemente) solamente no escribió.

Cualquiera podría pensar que con una obra tan descomunal y tanto impacto popular permitió que el autor fuese un personaje rico y feliz, pero no fue ni una casa ni otra. Los beneficios de sus obras fueron a parar casi íntegramente a los editores en una historia que tiene su punto de contactos con esas películas cuyos derechos integrales…pertenecen al productor. Se le considera una víctima del amor por su esposa Ida Peruzzi, cuyos atributos oscuros se han descrito fatalmente como los de una actriz caprichosa, escandalosa, y como una mujer exuberante e indiferente a las convenciones sociales. Alcohólica, contagiada de sífilis, ninfómana según sus médicos, aunque también se dice era obligada por su esposo a disfrazarse de “Perla de Labuán”, cuando los estudiantes llegaban de visita.

En 1910, una profunda depresión llevó a Salgari a una primera tentativa de suicidio. El cuchillo con que se apuñala el corazón no acaba con su vida, pero su ánimo y el de su familia están seriamente afectados. Hacia finales de ese mismo año, su esposa Aída pierde la razón. No hay más remedio que internarla en el hospital psiquiátrico de Collegno. “He perdido cuanto más tenía de querido, ¡mi Aída! Aquella que todo lo compartió conmigo, aquella que sufrió con mis pesares, mi inspiradora, mi amiga, mi alma… Me siento perder, mi vida declina, ha llegado el fin, ha llegado el fin”, dice en sus memorias escritas por estas mismas fechas. Antes de su suicidio, redacta unas  líneas a los directores de los periódicos de Turín en la que refleja su profunda depresión: “Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar sus gastos, me quito la vida. Tengo muchos admiradores en Europa y América. Les pido señores directores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mis cuatro hijos y pagar los gastos de mi mujer mientras esté en el hospital. Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre. Estoy seguro que ustedes, señores directores, ayudarán a mis desgraciados hijos y a mi mujer. Con las gracias más sentidas, me despido”.

En otra carta, el desdichado escritor dirá a sus hijos: “Queridos hijos: Soy un vencido. La locura de vuestra madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas. Yo espero que los millones de mis admiradores, a los que durante años he distraído e instruido, os salgan al encuentro. Os dejo sólo 150 liras, más un crédito de 600 liras, que recogeréis de la señora Nusshaumar. Os dejo la dirección. Que me entierren como pobre, ya que estoy arruinado. Manteneos buenos y honestos y pensad, en cuanto podáis, en ayudar a vuestra madre. Os besa a todos, con el corazón sangrando, vuestro desgraciado padre”. Pero todavía hay otra misiva para sus editores: “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi sudor manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o algo peor, pido sólo que, en compensación de las ganancias que os he proporcionado, paguéis los gastos de mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma”.