Piratas en la estela de Emilio Salgari

“Un hombre descendió desde el puente de mando. Vestía completamente de negro, con una elegancia poco frecuente entre los filibusteros del Golfo de México. Llevaba una rica casaca de seda negra con encajes oscuros y vueltas de piel, calzones en el mismo tono negro e idéntica tela; calzaba botas largas y cubría su cabeza con un chambergo de fieltro, sobre el cual había una gran pluma que le caía hacia la espalda”… Así empieza uno de los cinco libros escritos por Emilio Salgari y basados en el personaje del corsario Negro. La acción se desarrolla en el Mar Caribe, durante el Siglo XVII, en una época de esplendor en la piratería, y combina personajes imaginarios con otros reales como Henry Morgan o el Olonés. El protagonista principal es el Corsario Negro, Emilio di Roccabruna, señor de Ventimiglia, se convierte en bucanero para vengar la muerte de uno de sus hermanos, traicionado por el noble flamenco Wan Guld, quien es elevado por su villanía al cargo de gobernador de Maracaibo. Otros dos hermanos que lo acompañan en su venganza, el Corsario Verde y el Corsario Rojo (título de una novela previa del norteamericano James Fenimore Cooper) también caen víctimas de Wan Guld, por lo que el Corsario Negro jura exterminar a toda su familia. Unos días después hace prisionera a una bella dama, Honorata, de la que pronto se enamora, y que resulta ser nada menos que la hija del pérfido flamenco. Con el corazón en pedazos por la enésima pérdida debida al traidor, Emilio la abandona en una chalupa en medio del mar.

Cuando llega la hora de una cara a cara entre Emilio y Wan Guld, la embarcación donde se enfrentan estalla en pedazos. Los fieles lugartenientes Carmaux y Van Stiller logran salvarlo, y los tres, a la deriva, llegan a una isla donde hallan sana y salva a Honorata, convertida en reina de los caribes de la isla, que la creen una diosa. El amor marca el fin de las correrías del Corsario, que retorna a Italia a casarse con su amada y a ser padre de una hija, Yolanda, quien pese a su nombre (más propio de una comadre de barrio que de una pirata) sería a su turno una bucanera más. Estamos hablando de toda una dinastía de piratas, expresada en El corsario negro (1898), La reina de los caribes (1901), Yolanda, la hija del corsario negro (1905), El hijo del corsario rojo (1908) y Los últimos filibusteros (1908), una colección de novelas populares que se siguen reeditando generación tras generación. .

Esta serie alimentó todo un ciclo del cine de piratas en Italia. Solamente al director Vitale De Stefano se le deben cuatro películas en 1921 sobre adaptaciones de los tres corsarios. Pero aparte de otras versiones mudas ya ignotas, hay que hablar de una adaptación de un cierto empaque en 1937, II Corsaro Nero, obra de Amleto Palermo, uno de los cineastas más versátiles y reconocidos del cine mudo italiano, y al que se le considera como uno de los antecesores del neorrealismo. Este Salgari no se encuentra entre sus títulos más relevantes, y su intencionalidad real no era otra que ofrecer una oportunidad a Ciro Verratti campeón olímpico italiano de esgrima. Mucho más interesante sería La hija del Corsario Verde (1940), realizada ya en plena decadencia por Enrico Guazzoni, que había sido uno de los grandes del “colosal” primitivo pero que no había hecho más que declinar con el cine hablado. La película cuenta una vez como el hijo del virrey español de Maracaibo se infiltra en las filas del pirata “Zarpa de hierro”, enamora a la hija del corsario verde y en nombre de las pasadas grandezas de éste, vence al cruel pirata. Protagonizada por galán Fosco Giachetti (una especie de Alfredo Mayo del “fascio”) y Doris Durante, una de las “estrellas” del cine italiano de entonces, más la española Carmen Navasques que pone la nota española con un cuplé. La película rodada con una cierta holgura todavía se puede ver con cierta benevolencia, aunque se nota el tufo fascista con las gracias sobre los “amanerados”. Lo más singular es la aparición del entonces celebérrimo campeón de boxeo Primo Camera, interpretando al personaje del gigante mestizo “El Cabezo”. Carnera se despidió del cine por lo alto encarnando al díos Anteo que se enfrenta Steve Reeves en el Hércules que hizo célebre a éste.

Antes de la caída estrepitosa del fascismo hubo otros dos Salgari, ambos dirigidos por Marco Elter con sendos guiones de Sergio Amidei (antes de trabajar con Rossellini), Los últimos filibusteros con Nerio Bernardi como protagonista, y El hijo del Corsario Rojo (1943), con Vittorio Sanipoli que interpretó el papel de Enrico Di Ventimiglia.  De por entonces (1944) data la versión mexicana de El Corsario Negro, obra de Chano Urueta, con el espléndido Pedro Armendáriz como protagonista, más Mª Luisa Zea, June Marlowe y José-Elias Moreno, y que resulta una verdadera curiosidad.

Está también el caso de Primo Zeglio (Buronzo, Vercelli, 1906-¿), un cineasta actualmente completamente olvidado que inició su carrera en las postrimerías del fascismo, y que en los años cincuenta se especializado en las películas de capa y espada  (Capitan Fantasma, il Tesoro della Indie, 1952), y en el “peplum”, hasta eurowesterns con los nombres de Omar Hopkins o Anthony Greepy, también trabajó en coproducciones como sucedió en el Morgan de Reeves cumpliendo una exigencia sindical italiana. Zeglio fue el realizador de La venganza del corsario, en blanco y negro en 1951, aprovechando la popularidad de María Montez, y su muy envidiado marido, el ya veterano (debutó en el cine en 1931)  Jean-Pierre Aumont, con la colaboración de varios actores reconocidos en la época como Milly Vitale, Roberto Risso y el entrañable Paul Müller. Se trataba obviamente de una adaptación de Emilio Salgari, y en la publicidad se decía: “La muerte estaba en cualquier espada. El amor sólo en aquella mujer”. Ya he mencionado la versión del 58 con Lex Barker.

Un punto y parte de calidad  lo pondrá el refinado y creativo escritor y cineasta turinés Mario Soldati (1906-1999), que dirigió una tras otra las dos mejores adaptaciones de Salgari: Los tres corsarios, y Yolanda, la hija del corsario negro…ambas entre el verano y el otoño de 1952 y basadas en obras de Emilio Salgan, en El Corsario Verde” en la primera que es la que ahora nos importa. Aunque actualmente no parece haber manera de encontrarla, Los tres corsarios causaron sensación en su tiempo, y facilitó la popularidad de Yolanda…Fue obra casi del mismo equipo al servicio de Ponti-De Laurentiis con algunas salvedades. Los guionistas son los prestigiosos Age Scarpelli, Ennio De Concini, Agenore «Age» Incrocci, y Franco Brusati, la música fue del gran maestro Nino Rota para que fuese imitada por en muchas otras películas de piratas, la fotografió Tonino Delli Colli, el operador Sergio Bergamín, Bruno Telli estuvo como director de producción Bruno Todini; el ayudante de dirección Cesare Olivieri más un tal Sergio Leone que iniciaba su aprendizaje…También cuenta con actores coincidentes y a veces en los mismos papeles, dados la conexión temática: Barbara Florian (Isabella), Renato Salvatori (El Corsario Rojo), Cesare Danova (El Corsario Verde), Marc Lawrence, un sólido actor secundario, habitual del “noir” made in USA,  Ignazio Balsamo (Von Stiller), etc.  La trama transcurre durante la guerra entre los españoles y los francopiamonteses, y el castillo del conde de Ventimiglia es tomado por las armas gracias a la traición del sórdido Van Gould (Marc Lawrence), quien asesina al viejo conde e impone la detención de sus tres hijos, Enrico (Ettore Manni), Rolando (Renato Salvatori) y Carlo (Cesare Danova). Cuando los tres son llevados a las Antillas a bordo de un galeón español, resultan libertados por unos corsarios que abordan su navío. Los tres hermanos desembarcan en la isla Tortuga, y en consonancia con su afán de venganza, se unen a los filibusteros, adoptando los nombres de guerra de Corsario Negro, Corsario Rojo y Corsario Verde. Los tres consiguen hacerse legendarios en el Caribe…Su metraje de 90 minutos fue reducido a 82 en Francia, y en España se suprimió toda acción en los territorios españoles así como el nombre de España, una medida que se reproduciría en mayor o menor grado en otras películas de piratas. El autor de estas líneas la tiene como uno de sus mayores recuerdos de la “sesión infantil”, y tiempo después de su proyección, los chavales nos repartíamos los papeles de los hermanos.

El broche final lo puso El juramento del Corsario Negro, coproducción entre Italia, Francia, Alemania y Gran Bretaña, que apoyándose en dos novelas de Emilio Salgan, El Corsario Negro y La reina de los Caribes, llevó a cabo el exitoso equipo de Sandokán con Sergio Sollima y Kabir Bedi, montaje a cargo de Alberto Gallitti, y una banda sonora compuesta por los pegadizos hermanos De Angelis, mientras que su protagonismo absoluto recaía la pareja Bedi-André, amén de contar con la presencia del veterano Franco Fantasia, dentro de un reparto en el que no faltaban las caras conocidas, como la del norteamericano Mel Ferrer dando vida un flamenco al servicio del rey de España que era entonces la máxima autoridad en el Caribe, y que parece tratar de rememorar a su Marqués de Maynes de la Scaramouche de George Sydney, y el insoportable Sal Borgese, especialista en dar coscorrones a cual más tonto. Rodada en Colombia con una, al menos aparente, holgura de medios, la trama no presentaba novedades: Emilio Di Roccabruno, conocido como el Corsario Negro y conde de Ventimiglia ha luchado durante diez años contra Van Gould (Mel Ferrer rememorando su papel en Scaramouche), que mató a su padre y le desposeyó de sus riquezas. Los dos hermanos del Corsario Negro, el Corsario Rojo y el Corsario Verde, han luchado junto a él pero son traicioneramente asesinados en un falso duelo, aprovechando que Emilio está ocupado intentando salvar una aldea india de la acción depredadora de los conquistadores españoles. El Corsario Negro sólo puede salvar a la princesa Yaro (Sonja Jeanine como una bella amazona bastante improbable), y tras descubrir la muerte de sus hermanos, el margado Emilio se alía con el pirata Margan (Angelo Infanti) para formar un frente y conseguir así su venganza, suma y sigue…Demasiadas cuerdas para un solo violín. Todo se resuelva sin convicción, y la película naufraga en todos los aspectos. A veces resulta francamente irrisoria, y la pareja protagonista parece sacada de una función de teatro parroquial.

Italia releva a Hollywood.

Mientras que en pleno apogeo del cine de piratas en los Estados Unidos durante los años cincuenta, Italia apenas si produjo a lo largo de la década media docena de títulos (dos de Soldati, y dos de Zeglio y poco más), en los años sesenta y mitad de los setenta, la producción italiana sobrepasa los treinta y cinco títulos, incluyendo claro está las numerosas coproducciones realizadas con Francia, España, y también con los Estados Unidos donde los piratas se han marchado. Se da por lo tanto un relevo.

Semejante relevo señala el final del cine de piratas “clásico” realizado en Estados Unidos, y su tentativa de prolongación en Europa donde la televisión todavía permite que el cine siga siendo el principal medio de evasión, sobre todo en las barriadas de las grandes ciudades industriales donde se aglomeraba un público proletario ávido de aventuras sencillotas y desbordantes, que junto con tantas películas de acción baratas y reiterativas (al lado de la “bondmanía” el cine de piratas resulta imaginativo), también podrá cine del grande, cine italiano que en la otra acera estaban realizando los grandes cineastas del país…No hay que olvidar que Italia era un país pequeño y muy atrasado en relación a América del Norte, la primera potencia mundial, y muy especialmente en la producción cinematográfica. Además, acabada de padecer un régimen fascista y había sido frente de guerra.

En el caso de las aventuras relacionadas con la piratería, los italianos contaban con relaciones sólidas con otros países (para la coproducción y para la distribución) en sus expectativas, con la rica tradición salgariana, amén de unos hermosos paisajes marinos y con más edificios históricos que ningún otro país, y por supuesto una gran historia…contaba también con una industria que ya de gran valor, así como con un grupo de artesanos capaces de encadenar en poco tiempo una película con otra. Este cambio es también coincidente con una significada redefinición de los códigos formales y conceptuales de este tipo de cine, un cine “povero” que, al contrario de los neorrealistas (que hacen de la necesidad virtud), trata de recrea el referente de Hollywood, imitando sus temas, y de aprovechar el nombre de sus actores (y en menor grado, directores), que atravesaron los mares para encontrar nuevos espacios, y se integraron en esta nueva expedición desde que trataron de rememorar lejanos días de gloria.

Salvo excepciones, en esta nueva fase de un subgénero inserto en la serie B (a la italiana, contará todavía con menos presupuesto que una década atrás apergaminaron directores como Sidney Salkow o Lew Landers,  un detalle que se hará más que evidente en algo tan primordial como los navíos que será sustituidos por las maquetas en escala o por las cubiertas montada en los estudios. En cuanto al tiempo, el criterio según el cual lo importante no era hacer una buena película sino terminarla pronto, se cumplirá incluso en un “pronto” más breves. Sus artífices serán unos realizadores  (Primo Zeglio, Dominico Paolella, Luigi Capuano, Mario Costa, Humberto Lenzi, Sergio Grieco, etc) formados en el melodrama convencional y en el cine de capa de espada que resultó especialmente activo en los años cincuenta. Se trata de grupo con una capacidad de trabajo  stajanovista al frente de un mismo equipo técnico. Los directores que como Andre de Toth o Jacques Tourneur, que ocasionalmente trabajaron en el mismo sistema, quedaron sorprendidos ante la poca exigencia en los rodajes de estos equipos. De ahí que entre tanta paja apenas si se puede encontrar algún trigo. De lo que no hay duda es que fueron tiempos felices para Cinecittá. Los estudios de Roma y Vía Veneto bullían de profesionales y de extras con trabajo. Existía una industria que producía películas que tenían su público en Francia, España, norte de África, hasta en los Estados Unidos. Habría que añadir que los sesenta  se hacen en color y en formato cinemascope como corresponde a los tiempos.

 

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