Pierre Lemaître escribe entre la pos- y la preguerra

Por Iñaki Urdanibia

Segunda entrega de la trilogía – que anuncia el escritor galo- que se inició con su exitosa Nos veremos allá arriba, y cuyo título genérico es Los hijos del desastre.

Por Iñaki Urdanibi

Si nos atenemos al dicho de que nunca segundas partes fueron buenas, cabría esperar que la novela del escritor francés nombrado ( París, 1951) no fuese de interés y me estoy refiriendo a « Los colores del incendio » ( Salamandra, 2019) que continúa la historia iniciada en su anterior obra Nos veremos allá arriba, publicada en 2014 por la misma editorial, un año después de que le fuese concedido el premio Goncourt ( * ).

Si en la anterior novela se presentaba una peña de desalmados que en el fragor de las trincheras acabaron descubriendo su vocación de auténticos arribistas que negociaban con los muertos por la patria, erigiéndoles Monumentos, y traficando con cadáveres, ataúdes y otros y obteniendo pingües beneficios de tal sucio negocio ; en la presente se nos sitúa en 1927 y se inicia con un funeral al que no falta nadie de la crème de la crème de la sociedad francesa, incluido el mismo presidente Gaston Doumergue; el fallecido, Marcel Péricourt se ha suicidado, la hija el fallecido y hermana de Edouard, que se ha suicidado ha ya unos años, parece estar marcada por la muerte y la mala fortuna, ya que coincidiendo con las exequias a las que asiste , su hijo Paul se arroja desde la ventana al ataúd de su abuelo, quedando paralítico.

Madeleine hereda la inmensa fortuna de su padre, que hubiera correspondido, o habría de haber compartido con, su suicidado hermano, teniendo que hacerse cargo de la banca familiar, dándose la circunstancia de que ella no controla este tipo de asuntos, negocios de los que ha de hacerse cargo ella sola ya que su marido Pradelle está en prisión debido a los negocios sucios de los que ya se nos dio cuenta en la novela anterior. La incapacidad de la mujer para afrontar la tarea le va a llevar a rodearse de una serie de consejeros cuya esencia no está forjada precisamente por tipo alguno de honestidad, no desentona entre ellos su tío Charles; a esta responsabilidad financiera se añade el cuidado de su hijo paralítico, para lo que contrata una chica polaca que no sabe ni pío de la lengua francesa. La mujer ha de ingeniárselas para evitar caer en las trampas que le rodean como si de una tupida red se tratase, como una pegajosa tela de araña de la que no es fácil desprenderse, mas la inteligencia y la habilidad de maniobrar, sin obviar aquello de que la venganza es un plato que se sirve frío, van a lograr que la mujer rehaga su vida en el mundo de los tiburones que le rodea y atosiga, no sin pasar previamente por duras pruebas como la ruina, el declinar de los negocios, el desclasamiento… en los mismos momentos en el que el calor, y el color, de las llamas van cogiendo fuerza en su país…y en sus países vecinos, en un amenazante chisporroteo.

El retrato que ofrece el libro es el de la Francia de los treinta y el protagonismo es, en su mayor parte, femenino: unas mujeres que han de luchar para salir adelante en medio de un ambiente francamente hostil dominado por un férreo patriarcado; afilada crítica centrada en las esferas de las finanzas y los tiburones dados a los chanchullos y a no preocuparse más que de sus beneficios por encima de cualquier valor común ; a estas escenas francesas se suma el ascenso de los totalitarismos de distinto pelaje que triunfan a lo largo y ancho del Viejo continente, amenazando la frágil e inestable paz que sucedió a la primera conflagración.

La descripción certera de los personajes y el tira y afloja que entre ellos se da, en un juego de alianzas y traiciones, hacen que la lectura se deslice con fluidez y la curiosidad se convierta en constante en una dosificación de historias, vueltas y revueltas, que están aseguradas al paso de las páginas, lo que es facilitado por la sencillez, aliñada con finos toques de humor e ironía afilada, de la prosa del autor que mantiene el pulso sin flaquear , lo cual no es tarea fácil, si se tiene en cuenta que el libro supera con creces las cuatrocientas páginas .

El escritor francés siempre desarrolla sus historias sobre el filo de la navaja como borde entre los comportamientos plausibles y los deleznables , ocupando estos últimos el centro de gravedad, habilidad en la que se había curtido en su inicial escrituras de polars.

Esta segunda entrega será completada según anuncia Lemaître con una tercera que continuará en los años posteriores en los que se detiene la presente , para abarcar los cuarenta, con lo que la toma de pulso del periodo de entre-guerras quedará completado.

Si Walter Benjamin hablaba de los alertadores del incendio, refiriéndose a algunos autores que habían profetizado avant la lettre lo que iba a llegar, el título de esta novela , tomado de un verso de un poema de Louis Aragon, escrito en 1941, casa con el ambiente de cuando las llamas del incendio guerrero ya se habían extendido por Europa, acercándonos el escritor a dichos colores y calores haciendo bueno aquello que declarase en una entrevista acerca del propósito de sus obras que no era dar lecciones sino provocar emociones, sin dudar puede afirmarse que lo logra, abriendo la puerta a diferentes interrogantes que se plantean a lo largo de sus novelas, en las que no se han de esperar respuestas sino cuestionamientos que cercan la postura de los personajes haciendo que tales contagien las dudas en la mente lectora; se constata que al escritor no le cuesta iniciar sus novelas ( tampoco continuarlas con paso firme), ya lo había mostrado en la anterior, con brío y de manera impactante, haciendo que desde el inicio nos veamos conmovidos, en esta ocasión por las desgracias encadenadas que se suceden en la vida de Madeleine, personaje central que en la anterior novela ocupaba una presencia meramente secundaria…y conste que aun sin haber leído Nos veremos allá arriba, o habiendo olvidado las historias y los avatares de los distintos personajes de aquélla, puede leerse la presente novela sin ningún problema de cara a la comprensión de la historia presentada. Desde luego , tras el éxito clamoroso de la anterior novela Lemaître tenía puesto el listón muy alto, mas no se arredró ante la peliaguda y arriesgada empresa y con valentía la afrontó y con absoluta dignidad la culminó hasta el punto de que tras finalizar la trepidante novela uno se quede con las ganas de que llegue la siguiente que cerrará la trilogía.

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( * ) Adjunto el comentario que publiqué con ocasión de su publicación

Traficando con la muerte

No daban por bueno los protagonistas de esta conseguida novela la prescripción evangélica de << dejad que los muertos entierren a sus muertos >>, y montaban sus sucios negocios en base a los morts pour la patrie.

La guerra siempre ha servido a los intereses económicos de los banqueros, fabricantes de armas y otros tiburones. A la sombra de estos ladrones de guante blanco que no se manchan sus manos de rojo, pues hay una tropa destinada a ello, brotan en las situaciones de conflicto o en los tiempos posteriores negocios de desalmados, bajo la forma de estraperlo, mercado negro, etc. Siempre hay gente dispuesta a medrar con la sangre, el hambre y la necesidad del personal.

En esta novela de Pierre Lemaitre ( << Nos veremos allá arriba >>. Salamandra, 2014) que ganó el prestigioso premio Goncourt del pasado año, se nos presenta en toda su crudeza una colla de gente sin escrúpulos dispuesta a aprovecharse de la situación para subir en el escalafón social y económico. El retrato es conmovedor, lo cual no quita para que el autor, en medio de casuales carambolas, de rienda suelta a un medido sentido del humor.

La narración se inicia en el campo de batalla, cuando la primera guerra llama a su fin, en el que un teniente arribista –sería ascendido por supuestos méritos de guerra al grado de capitán- manda al matadero a sus subordinados, que no otra cosa suponía la toma de una posición -la línea 113- controlada por los boches. El ataque ordenado por dicho sujeto es un verdadero suicidio , además sin ningún sentido si se tiene en cuenta que la contienda ya está prácticamente finalizada; pero…el caballero quiere más condecoraciones, por mostrar su coraje y su carácter intrépido -a costa de la vida de la tropa- y ser considerado como un intrépido héroe hasta el último momento.

Entre quienes son utilizados como carne de cañón en la mentada operación, va a haber dos soldados que trabarán una amistad de por vida, cuando precisamente están al borde de la muerte, entre barro, sangre y cadáveres.

El teniente de ilustre y aristocrático apellido es de los que espera obtener méritos que luego le sirvan para acceder a negocios…vamos que espera que le monten un estanco ( es un decir, ya que los vuelos de dicho personaje son de mayor altura y se desarrollan por otros lares). Finalizada la contienda los tres personajes van a ir a París, mas mientras uno de ellos, el capitán

d´Aulnay-Pradelle se casa con Madeleine, chica de familia adinerada, los Péricout, y hermana de uno de los dos amigos mutilados de los que hemos hablado ya; el tal Pradelle ve cómo crecen sus turbios negocios organizando inmensos cementerios para los caídos en combate, y sus respectivas redes de fabricantes de ataúdes y con el tráfico de cadáveres que se intercambian con los que anuncian las placas recordatorias, contando con el apoyo de una red de colaboradores fieles y con algunos apoyos institucionales que le vienen debido a su matrimonio , matrimonio que se pasa una y otra vez por el arco del triunfo, tales contactos le servirán de parachoques a pesar del informe de un celoso inspector que describe las condiciones horrorosas con que son tratados los cadáveres, troceados para que entrasen en los pequeños ataúdes…; los otros dos malviven: Édouard Péricourt escondido -su familia piensa que ha muerto- y sin mandíbula, enganchado a la morfina y tramando un pufo con el fin de vengarse de la poca receptividad que la sociedad ha mostrado con los soldados heridos, mientras que el otro, Albert Maillard, consigue al principio algunos trabajos sin fuste y se dedica a cuidar de su amigo y cede – a pesar de sus escrúpulos morales iniciales – ante las pretensiones de éste de servirse de supuestos monumentos a los caídos…para coger la pasta y volar; mientras que Albert sueña obsesivamente con vengarse del desalmado Pradelle, Édouard sueña con una venganza al por mayor que no se ciña a una sola persona sino a la generalidad de ellas ( empezando por su propio padre que nunca ha respetado su comportamiento y menos todavía sus ocurrentes e irreverentes dibujos). No abundaré más en el logrado argumento y su magnífica estructuración narrativa, ni en las múltiples situaciones marcadas por los encuentros azarosos y por los singulares enredos de singulares personajes que asoman en el frente y que afloran en la retaguardia…

La novela está montada con maestría, y supone una denuncia inequívoca del desmembrado tejido social que siguió a la guerra y que permitió el florecimiento de una amplia gama de negocios basados en la muerte. Se entrecruzan en ella los retratos de personajes con sus respectivos infiernos, un retrato de la sociedad del momento, diferentes rebotes que arrastran a los personajes en un confuso totuum revolutum, y una denuncia de la guerra y de quienes se aprovecharon de ella para triunfar ; sin obviar sus consecuencias, crítica realizada -como queda dicho- con un corrosivo humor y con una mirada comprensiva para quienes vieron su vida truncada a causa de la contienda.

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