Persuadir, disuadir, manipular

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Hay fronteras  sutiles  entre persuadir y disuadir. En el primer caso, alguien razona con alguien y por medio del  razonar intenta convencerle de algo. Si tal cosa la realiza para provecho propio en detrimento del provecho del otro,  estaremos ante una persuasión negativa. Con ella no pretende otra cosa que inducir a otro a actuar como le conviene al inductor. Por tanto, estamos ante un manipulador.

Pero si se trata de un razonamiento  impersonal a favor de quien es inducido a razonar, estaremos ante una persona  decente o  un amigo y ante una persuasión positiva.

El  que persuade positivamente  no impone: expone. No quiere inclinar la voluntad del otro a favor de sus pensamientos o deseos con ardides, y por tanto  favorece la libertad y el libre albedrío de un interlocutor.  Esta forma de actuar conduce a grupos y  sociedades libres, pero, por desgracia, es la menos presente en nuestro mundo, porque para que alguien pueda tener esta actitud desinteresada tiene que ser antes una persona desinteresada, no egocéntrica. Y por desgracia estas sí son mayoría en nuestro mundo.

El otro término que anunciamos al principio, disuadir, también tiene dos caras. Porque si nos encontramos ante alguien que tiene una idea que le perjudica, pongamos por caso un intento de suicidio,  es legítimo intentar quitarle de l cabeza semejante actitud, intentando desanimarle para llevar a cabo su propia muerte. Lo mismo cabría decir si se trata de disuadir a alguien para que no se drogue o para que no cometa un delito. Esta sería una disuasión positiva. Para ejercerla se precisa de ciertas cualidades, como habilidad para razonar y  capacidad de ponerse en el lugar del otro, o compasión. ¿Quién dispone de estas cualidades? Quien las tenga puede disuadir legítimamente. Por desgracia,  en nuestro mundo son minoría.

La  cara negativa de la disuasión es el intento de obligar a otro a abandonar sus propias ideas, a hacerle desistir de lo que piensa o hace, el buscar  doblegar su voluntad para imponerle la propia. Para ello el que sí actúa no tiene reparos en utilizar cualquier recurso, como el chantaje, el miedo o la mentira, con tal de conseguir que el otro se doblegue a sus deseos. Esta es la disuasión negativa. Y quien así actúa es un individualista, carente de ética, egocéntrico e interesado solo por lo propio. Por tanto, con un serio déficit de empatía y compasión. Por  desgracia esta forma de actuar es la más extendida.

La disuasión negativa se  inicia en el terreno de las relaciones personales, donde uno quiere que el otro se le someta con toda clase de trucos, y termina en el mundo de la política, donde los gobiernos quieren que cada ciudadano esté sometido a su voluntad. Las herramientas y procedimientos son semejantes. Por eso dice Cristo – y también el Kybalion egipcio lo contaba- que en todo lo pequeño se encuentra  lo grande. Cristo nos habla del microcosmos y el macrocosmos.  Lo que es arriba, es abajo.

Con el dominante  equipaje social,  los  gobiernos son representativos del pensamiento de la mayoría, que, precisamente, es la peor gente del conjunto,  pues la mayoría nunca actúa desinteresadamente, ni está a favor de la justicia, la igualdad o la libertad. Solo a favor de sí mismo cada uno.

Está tan extendida la indiferencia, el amor propio excluyente  o el deseo de que otro cumpla la propia voluntad , que  en el caso –poco probable en estas condiciones- de que en un país se  votase a grupos de ideología contraria a  esos principios, lo harán sin duda pensando en su propio beneficio, no en el del conjunto. Por tanto, los cambios así no tienen futuro, pues pronto  se volcará la gente a favor de quien parezca mejorar la oferta a su propio favor sin pensar en el ajeno.

La búsqueda del propio provecho es la causa del carácter pendular del poder político o religioso, ejercido por gentes que buscan disuadir por todos los medios,  torcer voluntades, intimidar a quienes caen bajo sus garras. Por eso  la política del miedo es la preferida por los gobiernos o las Iglesias  cuando pretender imponer su voluntad por encima de la voluntad popular.

El terrorismo o el Infierno en cada caso se agitan ante las masas para convertirlas en dóciles corderitos. Los gobiernos y las Iglesias, principales sembradores de terror politico, militar y al Mas Allá  no buscan persuadir positivamente,  sino inducir negativamente,  imponerse con  violencia, mentiras u otros ardides porque carecen de altruismo, empatía y compasión. Esta es la causa profunda de que  jamás haya  gobiernos ni Iglesias justos. Justos no, pero sí representativos de las mayorías en  la humanidad, el cuerpo globalizado de sumisos, serviles, indiferentes, apáticos, carentes de voluntad personal, imitadores y  admiradores del poder en todas sus versiones, oportunistas, ateos o teístas amorales o inmorales, fariseos de todos los pelajes y soñadores de paraísos exclusivos caiga quien caiga, Y  todos y cada uno de ellos, por supuesto,  miedosos hasta las vísceras.

 

 

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