Peripecias de poca monta

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Adivinando que no iba a haber entreacto, salí al cabo de una hora a los Lava­bos. Ya no me permitió el acomodador volver a entrar en la sala. «No se permite el acceso a la sala una vez empezada la representación», reza un cartel de la taquilla, me respondió. Ahí es nada. Aunque di­cen que genio y figura hasta la sepultura y yo me he pasado la vida luchando a brazo partido (como buenamente he podido) contra la injusticia y co­ntra la estupidez –la&nbsp más insoportable de las injusticias-, no le di el gusto al acomodador: me salí y di un paseo por la calle hasta que la representación acabó para reunirme con mi familia…

Segunda.&nbsp Esto vengo observándolo desde hace unos tres meses. Como lo oyen… El día 27 del pasado mes de abril cargué el teléfono móvil de prepago con 10 euros. Figura en el Registro. No he hecho llamada alguna desde que lo cargué. Ayer he recibido dos mensajes prácti­camente seguidos de Mo­vistar advirtiéndome el primero de que mi saldo es inferior a los 3 euros, y a continuación, pasadas apenas dos horas, otro comuni­cándome que es inferior a 2 euros. ¿Quid prodest? ¿A quién beneficia el crimen?&nbsp

Tercera.&nbsp Una de mis&nbsp hijas, casada por la Iglesia pero arrepentida, le diagnosti­can en un centro hospitalario de la Seguridad Social&nbsp un condiloma, un tumor genital. Alar­mada, acude con su marido a un especialista privado. ¿Diagnós­tico?, em­barazo. Vuelve al centro para decírselo, córtesmente, sin acritud, a la médico que la había atendido y hecho el atroz diagnós­tico ante­rior, y ésta le arrebata de las manos la ecografía y los análi­sis. Al cabo de unos meses aquel falso «condiloma» resulta ser mi nieto, un infante tranquilo, majísimo y sanísimo.

Cuarta.&nbsp No pasa un día sin recibir, en el teléfono fijo de mi domicilio, tres o cuatro lla­madas de agentes comerciales que en nombre de la firma inte­rrumpen nuestra comida, nuestro reposo, nuestra ducha o nues­tro sueño. Disponen de todos los datos personales que yo no les he fa­cilitado y por cuya seguridad dicen mirar nuestros Servido­res te­lefónicos, nuestras policías, nuestros gobernantes y nuestro sis­tema…

Así vivimos. Todo el mundo sabe que la realidad en la Villa y Corte supera a la más canallesca de las fantasías…

Otrosí digo:&nbsp ¿Estoy gafado? ¿Soy yo el tonto o el prin­gado de esta detestable Comunidad? ¿Me ha echado una maldición? Me temo que no. Son fétidos fluidos que se deslizan de las mentes porcinas, que van a más desde que la capital del reino se revistió con el manto de lo que algunos llaman demo­cracia.

Nota del editor. Cuando alguien nos cuenta una incidencia en la que se ha visto en vuelto o de la que ha sido víctima, nosotros sole­mos quitarle impor­tancia al asunto o pensamos que exagera. Pero luego, cuando nos ha ocurrido a nosotros eso mismo u otra tontada, ponemos el grito en el cielo y lo contamos como una tragedia. Sea­mos ponderados. Demos importancia sólo a las cosas que verdade­ramente la tienen. E importancia la tiene, y mucha, vivir o no vivir en feudos del PP. Pues en los dos territo­rios entre los que reparto mi existencia jubi­lada aparece en el cielo el espectro democrático e im­perecedero de Aznar, de Fraga, de Aguirre, de Trillo, de Rajoy, de Zaplana, de Acebes y de la madre que los parió a todos. Horro­roso… No sé si esto es peor que una dictadura en toda regla. Al menos en ellas sabe todo el mundo a qué atenerse.

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