Percepción distorcionada del socialismo

El pasado 24 de enero apareció en el sitio norteamericano OPEN LEFT un artículo intitulado Are we socialist yet? ("¿Ya somos socialistas?"), en el que el autor, Chris Bowers, asegura que, como el gobierno norteamericano realiza casi el 50 por ciento del gasto de la nación, Estados Unidos está a punto de convertirse en una economía socialista.

Equiparar el estatismo con el socialismo podría constituir un ejercicio intelectual sumamente torpe; no obstante, posiblemente se trate de una broma, ya que el final del artículo el autor habla del lemon socialism (socialismo limón), que en la jerga económica se refiere a un sistema económico en el que el gobierno apoya reiteradamente a las corporaciones en problemas por medio de "rescates financieros", con el pretexto de que estas medidas impiden la quiebra de las empresas, el despido de asalariados y el subsecuente incremento del desempleo. En otras palabras, el socialismo limón no es otra cosa que un sistema capitalista en el que el Estado interviene en la economía cuando los desmanes de la plutocracia amenazan con dislocar a toda la sociedad, como está ocurriendo actualmente en casi todo el mundo.

Desafortunadamente, en el Internet abundan artículos de este tipo que de ninguna manera son ejercicios de ironía, sino más bien reflejan una concepción increíblemente distorsionada del socialismo por parte de los autores. En algunos casos ni siquiera se trata de torpeza o miopía intelectual, sino de acciones deliberadas de desprestigio del socialismo, presentándolo como un sistema burocrático, ineficiente y esclavizante, cuyo paradigma fue el sistema soviético. Por ejemplo, para los colaboradores del Cato Institute, que se ostenta como una organización ultra-libertaria, todo proyecto socialista está destinado al fracaso, debido a que "la intervención del Estado en la economía siempre produce instituciones escleróticas e ineficientes". Lo que no dicen los sesudos economistas del Cato Institute es que, aun en los regímenes capitalistas, el Estado siempre ha intervenido en la economía, y que la desregulación absoluta provocaría el caos absoluto, como, de hecho, ya está ocurriendo en todo el planeta.

Así pues, la intervención del Estado no es buena ni mala per se, siempre y cuando se trate de un Estado verdaderamente democrático y con un proyecto social bien definido. El socialismo soviético fracasó, no por la excesiva intervención del Estado, sino porque se trataba de un Estado no democrático, cuya finalidad primordial no era promover la autogestión de las empresas económicas, sino su control por parte de la élite gobernante (la Nomenklatura).

Para confundir al público lego, los intelectuales al servicio del Capitalismo "demuestran" con cifras macroeconómicas que sólo las economías capitalistas son eficientes, "aunque un poco injustas", y que la introducción de "políticas socialistas" no sólo no elimina las injusticias, sino que introduce ineficiencia y burocratismo en la economía, y ponen como ejemplo regímenes híbridos en donde la intervención de los gobiernos en el quehacer económico sólo ha producido despilfarros, como ocurrió durante los gobiernos populistas de México y Argentina.

De acuerdo con los economistas al servicio del Capitalismo, los gobiernos laboristas de Gran Bretaña y los regímenes socialdemócratas de Alemania no sólo no resolvieron el problema del desempleo ni elevaron el nivel de vida de los asalariados, sino que generaron fuertes problemas macroeconómicos, que "sólo pudieron ser resueltos por los posteriores gobiernos neoliberales". Sin embargo, en sus análisis económicos estos intelectuales orgánicos nunca mencionan el hecho de que el Partido Laborista de Gran Bretaña no representa los intereses de la clase obrera británica y que el Partido Socialdemócrata alemán tampoco representa a los asalariados germanos, ya que los cuadros dirigentes de ambos partidos están constituidos por políticos profesionales cuya principal preocupación no es el bienestar de la clase trabajadora, sino la consolidación de sus posiciones dentro de las estructuras del poder.

Pero si en el Primer Mundo el divorcio entre las élites del poder y la clase trabajadora es lamentable, en el Tercer Mundo, y particularmente en América Latina, resulta catastrófico, debido a la corrupción sindical, la voracidad de los capitalistas nativos y la injerencia del imperialismo norteamericano. Y ésta es la razón por la que regímenes "socialistas" como los de Chile y Brasil poco han hecho para avanzar la agenda de la autogestión obrera y campesina. Respecto al experimento socialista de Venezuela, todavía no es posible dar un veredicto definitivo.

En resumen, el verdadero socialismo no consiste en el control de la economía por el Estado, como ocurría en la Unión Soviética o en la implantación de un Estado benefactor paternalista financiado con altísimas tasas de impuestos, como es el caso de Dinamarca y Suecia. El auténtico socialismo consiste en la sustitución de las corporaciones por cooperativas autónomas y en la transformación de la democracia representativa en una democracia participativa que promueva un escrupuloso respeto a los derechos individuales y un auténtico proyecto de bienestar social.

Aun cuando tengo un gran respeto por el socialismo anarquista, pienso que el movimiento cooperativista, particularmente en el Tercer Mundo, todavía requiere del Estado, pero de un Estado verdaderamente democrático y popular, al cual sólo se puede acceder eliminando el control que actualmente ejercen las plutocracias sobre los gobiernos del planeta a través de partidos políticos absolutamente ajenos a los intereses de la clase trabajadora.

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