Pensar y actuar

America no es un país, es un negocio. Así que ¿dónde está mi jodido dinero? Así termina, y cito de memoria, “Killing Them Soflty”, la película. Nadie va a salir herido, dice el atracador, es sólo dinero. El cine negro, heredero de la novela negra, no muere. Su extraña lección de moral recuerda, como recordaban las novelas de caballerías, que quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir. Que no basta para entender las cosas con saber de ellas, que hay que vivirlas.

    Pasa con lo de “entender qué está pasando” lo mismo que sucede con lo de “entender de flautas”, que hay dos maneras de interpretar ese saber, pues tanto el lutier como el flautista saben de flautas, pero lo que cada uno entiende de ellas es muy distinto. También pasa con la naturaleza. Lo natural es entender cómo funciona pero puede considerarse también natural humanizarla, intentar cambiarla. En un paso más allá también en ella pasa como con respecto a los caballos, que el mucho andar a caballo a unos hace jinetes, a otros caballeros y a otros caballerizos.

   Los animales no tienen esperanzas, los animales no sonríen. Sin embargo a veces pensamos que están tristes, y sabemos que pueden sufrir. El más famosos de los libros de caballerías lo recuerda, recuerda que uno puede volverse “caballería”. “Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuesa merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas de Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes”.

   La verdad novelesca y la mentira filosófica. Escritos de ficción que desembocan en lecciones de filosofía, y estas arrastrando hacia compromisos políticos, hacia compromisos vitales. La filosofía es ese instinto tiránico mismo, la más espiritual voluntad de poder, de “crear mundo”, la voluntad de ser  causa prima. El caballero de la triste figura es el paradigma del pensador.

    La idea de qué es un caballero se va por la memoria larga, removiendo con viejos pies las hojas secas. En la novela negra pasan a veces como sombras los caballeros andantes. Pero desde que el machismo nos ha cubierto de vergüenza lo de caballeros parece haberse reducido a una cuestión escatológica. Se ha olvidado, en la práctica, la acepción pascaliana del término: un “caballero” como alguien que ni se encarga ni se ocupa de nada que no sepa hacer.

   Los escritores, los pensadores, los hombres de libros son como niños pequeños, que andan siempre un poco en los paraísos de los amores infantiles, que pretenden seguir en aquellas islas que han dejado de figurar en los mapas. Sin embargo la vida no es un caleidoscopio, no basta mirar, una cosa es ver una cosa, otra entenderla o explicarla, otra tratar de serla y otra efectivamente serla. No es de extrañar la admiración que el hombre de libros siente hacia el hombre de acción. Pero, sea cual sea el contenido de los libros, el hombre de acción no admira al hombre de los libros. Está siempre pensando en ellos como si fueran niños, un poco como San Pablo que:“Cuando era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño. Pero cuando me hice hombre, dejé de lado las cosas de niño”. 

  Esperar lo mejor y preparase para lo peor implica darse cuenta de la oposición entre pensar y actuar.  Los mayores hombres de acción han sido unos perfectos animales comunicándose “con otros medios”. Los más osados pensadores han sido incapaces de un gesto osado o de un paso al margen del paseo público.

    Mounier, el personalista, se mostró inflexible en un punto: «ninguna revolución espiritual sin una revolución  material”. Hasta Gandhi pedía que se le devolviera la mano al manco antes de predicarle la no violencia. Cuando el margen de maniobra se reduce, el que hace como si eso no pasara es un quintacolumnista de la catástrofe. A medida que la sombra de lo irreversible va cerrando los caminos en las sociedades democráticas el difundir esperanzas debe ser sustituido por el establecimiento de protocolos de urgencias.

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