Pedagogía, razón y Alzheimer

  Me apena mucho ver que en el modo de entender y practi­car la pedagogía actual, se encuentra una de las semillas de mu­chos desbarajustes e insatisfacciones que a unos más y a otros menos nos causa esta sociedad (aparte la precarie­dad generalizada: la otra causa). Pero si se acepta que la anomia, es de­cir, la falta de normas y de referentes, y la au­sencia de valo­res no materiales son signos crepusculares de los pueblos, no cabe duda de que la sociedad occidental en su conjunto ha entrado en franca decadencia. Y la espa­ñola, que en tantas cuestiones siempre ha caminado siem­pre a trompi­cones y a contrapelo precisamente del resto de Europa, se lleva el trofeo de las sociedades en que sus ge­neraciones más activas se dedican a poner un palo entre las ruedas complicando más el equilibrio y la estabili­dad, dos valores precisamente siempre difíciles y deseables, creo yo, para todo.


  Pero desmitificarlo todo: pri­mero las creencias, luego la re­ligión, luego la Etica, luego la Filosofía, luego las Humani­dades… y al final la sabiduría que pueda encerrarse en la experiencia vital, es decir, en la senectud, es el recorrido que sigue en general el estragado ins­tinto de las generacio­nes punteras de este país (tan dado actualmente a imitar casi lo peor del norteamericano), desde el «Dios ha muerto» hasta hoy. Hoy, tiempos en que algunos pési­mos pero rui­dosos pedagogos se han suicidado moral­mente, han acribi­llado la Etica que enseñaron y hacen alarde de su hazaña… Y también todo sin ofrecer suplencias. Todo sin normas ni valores de recambio. Lo que se propone es el puro vacío, y la pedagogía no encuentra el modo de encajar fórmula al­guna eficaz que pueda orientar a padres, a educadores y a maestros, para ponerse de acuerdo con el educando. Los logros de una buena, aunque imprecisa en su bondad, «educación» suelen ser siempre aventuras indi­viduales de padres, gracias a su pe­ricia y aptitudes -tan difícil es el asunto. Para colmo, teorías como la preventiva o anticipatoria tarde o temprano enlazan en la psicología co­mún con la de la competitividad feroz como única fuerza propulsora vital y creativa; creativa, claro está, exclusiva­mente de dinero… Las bellas artes están en regresión, el amor ha pasado a ser asunto de la zoología, la amistad se ha convertido en amiguismo, la prudencia y el recato son debilidad, y el tono sereno, discreto, pausado y respetuoso del antiguo régimen axiológico, valorativo moral, un recurso personal que está llamado a ser fuente de fracaso y depre­sión. Una prueba de lo que digo es la acusación que hace Chávez a Aznar cuando le ofreció (seguro que como man­dado del otro) el oro y el moro… porque «los pueblos pobres y oprimidos estan condenados a desaparecer» (y él y sus compinches se encargan de hacer buena la jactancia contribuyendo a precipitar esa condena). ¿A quién se le puede ocurrir semejante aberración, como tantas que nos llegan de los in­dignatarios norteamericanos, si no a prototi­pos de 45 á 50 años, la edad a que pertenece la mayoría de los que forman parte del poder?

  Es cierto, lo sabemos bien, que la mayor edad no garan­tiza, efectivamente, sabiduría. También se babea… Pero si para debatir asuntos ha de invocarse el peligro del Alzheimer que les acecha cuando razonan los mayores como arma arrojadiza para desautorizarles, no hay más remedio que invitar a consultar las pavorosas cifras y tasas que publica la OMS sobre en­fermedades nerviosas, principalmente asociadas a la ansie­dad y a la depresión hoy día, que alcanzan cada año a eda­des más tempranas. Algo que, por sí mismo explicaría por qué en lu­gar de aferrarse a Noes y a enrocarse en Noes acompañados de exigencias pro­gramáticas que se saben inutiles sin ofrecer alternativas a cambio, las poblaciones más jóvenes, juveniles y activas en materia política, para enfrentarse de­cididamente al capitalismo feroz, no van a las barricadas, que sería el espacio saludable y natural de la contienda y se contentan con vociferar en la Red…


  Les aseguro que nosotros, es decir, el espíritu de los ma­yores, los contestatarios, para luchar contra el capitalismo hubiéramos preferido sumarnos a la algarada permanente que al cómodo Internet… De hecho, los que estamos en la brecha a pesar de vivir materialmente acomodados, expo­nernos a la constante refriega en estos foros no nos da vida: a diferencia de lo que les ocurre a muchos, nos cansa o nos aburre. Por eso agradecemos los filtros que cada Colectivo editorial pone a los inútiles provocadores que no ofrecen nunca recetas positivas…


 «Cuando los dioses quieren castigar a un pueblo entregan su gobierno a los jóvenes»,
reza un proverbio de la antigua Grecia. Y aquí, entre nosotros, no tenemos más que ver la irrelevancia del Senado, la institución política que debiera encargarse de velar y validar, de manera vinculante, lo acordado por los gobernantes y parlamentarios «jóvenes»… y que sin embargo no es más que decorado destinado a fin­gir que sirve para algo.


  Yo tengo la impresión de que los pueblos que no tie­nen en cuenta para nada a sus mayores, están condenados a derrumbarse moralmente con estrépito.


  Pero insisto en mi optimismo personal. Confiemos en que yo esté equivocado o en que aletee sobre mi pobre cabeza el Alzheimer. Aun así, téngase en cuenta lo que digo muchas veces: más que presumir de ser muy inteligentes o de intentar por encima de todo tener razón, los mayores pensantes prefe­rimos mil veces encontrar la razón y la lucidez en los demás, y siempre aso­ciadas ambas a los valores humanistas. Aquí está el punto de in­flexión entre una edad y otra, entre dos concep­ciones del mundo y de su devenir, entre la temeridad, la pretenciosidad y la insolencia sin dar nada propio, sino lo tomado de otro, y la verdadera madurez.

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