Pataleo silente

Más claro, el agua. Quien no haya visto aún lo que cabe esperar de esta democracia, ahí va esta advertencia, para que reflexione y abra los ojos y se deje de sueños y acepte con entereza la realidad amarga.

Lo vieron claro quienes protagonizaron la “transición”, y se subieron al carro de la “monarquía parlamentaria” porque era el único que en aquel momento circulaba. O eso o seguir a pié, de escondite en escondite por los tiempos de los tiempos hasta que el olvido los borrase de todas las memorias. Porque lo tenían claro, sabían bien que nadie les iba a dar otra oportunidad. Sabían que era eso o nada, y que otros con otro pensamiento más impuro y con otras entrañas más podridas ocuparían su lugar en este carro al que va uncido el pueblo.

Se subieron de un salto en plena marcha, porque no para el carro de la vida, y barbudos y sin siquiera corbata se acomodaron como mejor pudieron entre quienes venían ya instalados en cómodos asientos, trajeados y bien encorbatados, afeitados y religiosamente perfumados para que no se notase el hedor de sus conciencias. Y siguió andando el carro mientras entre todos pactaban como iban a repartirse los asientos en adelante.

Y lo que son las cosas, al poco trecho vieron que tenían también ellos que perfumarse para que a nadie molestara su olor a pueblo. Y con tal fin acordaron con los antiguos viajeros un perfume común, llamado democracia, para que no se notase diferencia entre viejos y nuevos, y así poder pasarse sin repulsión el palo del cual pende la zanahoria que sirve para que tire el pueblo hacia donde mas conviene a quienes hacen camino sobre ruedas. Luego, vestirse con corbata fue lo de menos.

Han pasado los años y les llegó el relevo a los “transicionistas”, y tenemos ahora en los estrados gentes crecidas ya en olor de democracia. A base de perfume poca conciencia queda en las alturas ni del olor a pueblo ni de la peste que emanan las entrañas podridas. Pero lo grave, lo más grave de todo es que hasta el pueblo ha perdido la nariz, y al no percibir peste ni aroma a otra cosa no aspira sino a subir bien alto e ir montado.

Las cosas están claras. Hoy al igual que ayer, otra opción no tenemos quienes aún conservamos algo de olfato sino tirar del carro con cerebro. Ellos tienen el palo del cual pende la zanahoria y con él señalan el camino a toda la reata, en la cual somos franca minoría. Otra cosa no queda sino abrir bien los ojos para ver donde metemos las pezuñas y tirar con ahínco cuanto podamos hacia donde nos guíe la conciencia.

Derecho al pataleo sí nos dan, pero silente, pues saben bien que poco daño les hace este consuelo nuestro. Unos y otros van a seguir montados en el carro, y aunque no sean ellos quienes lleven el palo y lo conduzcan, tanto les da si cumplen su objetivo principal que no es otro sino tener asegurado un cómodo viaje.

Más que a los de arriba nos importa quien gobierna a quienes vamos a pié y además tirando. Nos importa que quien maneja el palo tenga algo de conciencia y nos evite algún que otro bache y alguna cuesta, aunque no todas las que debieran porque saben muy bien que para ir arriba hay que tener bien claro que lo importante es no perder el rumbo y seguir bien la ruta marcada de antemano por el amo del carro. O esto o verse irremisiblemente apeados.

Y esto es lo que hay. «Los olmos no dan peras», y un político de ahora en estos pagos no es un idealista como algunos de antaño, que los hubo, sino un profesional de la política que sigue el guión que le da el amo. Y ante esta realidad debemos preguntarnos: ¿es posible actualmente en la Europa opulenta una política estatal de izquierdas?

En el 2002 la izquierda francesa descontenta de Jospin lo castigó negándole su voto y luego tuvo que elegir entre Chirac y Le Pen o no elegir. Y así pensando, con esta sabia manifestación de descontento la gran nación de la República ha llegado a la histriónica presidencia de Sarkozy. ¡Glorioso rumbo el suyo!

Poco va a cambiar esta sociedad nuestra con que sean unos u otros quienes gobiernen pues fascistas, cobardes y traidores y unos más perros que otros, tanto si lo son como si no, todos van a seguir la misma ruta. Pero sabemos bien, aunque por rabia queramos ignorarlo, que con unos vamos a ir peor que con otros. Y también sabemos que tenemos dos opciones: elegir entre peor y malo, o dejar que elijan otros por nosotros.

No se me ocurre a mí, aparte de actuar con sensatez en cada caso, sino tomar conciencia de que el verdadero mal viene de arriba, de los amos del carro. Y puesto que en lo alto de la clase política instalada no parece haber nadie que cuestione la ruta que nos marcan, poco cabe esperar mientras no consigamos que la cuestionen quienes tiran del carro desde abajo. Así que me pregunto: ¿cómo puedo ayudar YO en este trabajo?

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