Partido a partido

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Por Rafael Cid
Si el mayor espectáculo del mundo, el circo del deporte, es el fútbol, el mayor espectáculo de la política son las elecciones. Fútbol y política se basan en la misma lógica: la alta competición. Partido a partido, como quiere El Cholo Simeone. Uno y otro utilizan para propiciar éxitos en sus respectivos equipos tácticas, alineaciones, capitanes, entrenadores, socios e incluso hooligans, si llega el caos. Con ese parentesco, llama poderosamente la atención que por una vez el fracaso de los partidos salidos de las urnas el pasado 20-D no imite a su compañero de pupitre, que han sabido resolver el empate a base de penaltis. Una de las pocas ocasiones en que la política desmerece frente al deportes rey.

Por eso todas las quinielas que se hagan cara a la segunda vuelta del próximo 26-J son imprecisas y entran más en el terreno de las artes adivinatorias, cuando no de la quiromancia. Las mismas prácticas que suelen emplear con alevosía los medios de comunicación de masas, que serán los encargados al fin y a la postre de exagerar los atractivos y los defectos de los equipos en liza de acuerdo con sus particulares puntos de vista. En realidad, sus propios intereses empresariales disfrazados de solvencia informativa. De ahí que de nuevo se cumpla una predicción que también suele ser frecuente en el mundo del fútbol. La que señala que en última instancia lo importante es la recaudación que se logre con la retransmisión del evento en horario de gran audiencia, al margen de la mayor o menor destreza de los abanderados.

En este sentido, Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, uno de los partidos comprometidos en el próximo derby ampliado, siempre lo ha tenido claro: no se milita en los partidos, se milita en los medios. Por eso, en un primer tiempo ha salido al campo de juego con la ventaja de ser la estrella que todas las cadenas quieren tener en sus parrillas. Aunque luego, a medida que había que mostrar otras habilidades aparte del arte de la telegenia y la chispa del menudeo, no haya podido rematar la faena. Sus últimas críticas sobre algunos periodistas le trajeron los primeros descalabros en su hasta ahora brillante hoja de servicios como auténtico galáctico de los medios. Se ha propinado lo que en el argot de marras sería un autogol, anomalía que ya está rectificando con más y mejor inmersión televisiva en esta nueva campaña.

Ese tropezón, seguramente fruto de la fatiga que la propia competición provoca, lo está salvando con relativa soltura, aunque no tanto como para impedir que sea, tras Rajoy, el líder peor valorado. Eso, después de mandar al banquillo al secretario de organización de Podemos, Sergio Pascual, por no impedir que afloraran disidencias entre los miembros de su escudería. Y también por discrepar con las tácticas aplicadas hasta entonces por su número dos Íñigo Errejón, más proclive al método “partido a partido”, de Simeone, que a cifrarlo todo en el “sorpasso” de unos cuantos genios del balón. La metáfora es del fiel exdiputado Rafael Mayoral: “Es como las alineaciones de los equipos de fútbol cuando van a salir al campo. En estos casos es el entrenador el que hace la composición de los equipos al consejo ciudadano”.

Tal cual. Quien manda, manda y los de abajo a ver, oír y callar. En las gradas y en el consejo ciudadano. Porque cada maestrillo tiene su librillo, sobre todo cuando el fragor de las encuestas hablan de otra remontada a la formación morada con familia ampliada de IU bajo la marca Unidos-Podemos. Lo que pasa es que a diferencia de lo ocurre en el campo de fútbol, en el terreno de juego de los partidos institucionales quien suele pagar la factura es la gente. Los votantes y los abstemios. Y se da la curiosa circunstancia de que son precisamente los ciudadanos quienes, una vez depositada la papeleta-quiniela en la urna, menos pintan. Víctimas, todo hay que decirlo, del efecto delegación que supone haber sellado esas apuestas en la modalidad de listas cerradas y bloqueadas. De forma que, una vez con el cheque en blanco en su poder, son los partidos y sus directivas las que hacen de su capa un sayo. El eminente jurista Manuel García Pelayo denominó a ese tinglado “Estado de partidos”

Con semejante permisibilidad, podría darse caso, como ocurrirá en la nueva cita del 26-J, que equipo y entrenador incurran en la misma pifia sin tener en cuenta que somos todos los ciudadanos, el cuerpo electoral, los que sufragamos sus peripecias. Porque al fin y al cabo el público siempre se debe a sus equipos, y no al revés. Solo así se entiende que en esta segunda vuelta, partidos, entrenadores y jugadores, vayan a recibir otra partida de millones más para repetir la misma jugada que tras el 20-D quedó en tablas por sus constatadas limitaciones. Aunque el país corra el riesgo de descender a segunda división social por efecto de la crisis, los recortes y ajustes, a nuestros representantes no parece importarles demasiado que derrochemos la friolera de unos 130 millones de euros (21.580 millones de las antiguas pesetas) en desempatar. El Estado aporta a los partidos 21.167,64 euros por cada escaño obtenido en el Congreso o el Senado; 0,81 euros por voto al Congreso y 0,32 euros en el caso del Senado.

Botín al que no piensan renunciar. Porque la propuesta para reducir en un 30% los costes de los nuevos comicios, se limita a acortar el periodo de campaña. Nada dicen los partidos de apretarse el cinturón prescindiendo de esos espléndidos emolumentos que reciben a cuenta de los resultados. De hecho, solo 13 senadores de 194 (1 del PSOE, 1 de ERC, 1 del grupo Mixto y 10 del PP) han renunciado a recibir la indemnización en pago de la fallida legislatura.

Las indispensables mejoras en inversiones para la sanidad, dependencia o educación pueden esperar. Es la modalidad offshore de la lucha de clases.

Pero lo más chocante, en ese lógica inicial de que por primera vez la política no imita la fútbol, es que se vaya al pleonasmo del 26-J sin que haya la más mínima posibilidad de cambiar al cuadro del equipo, jugadores, capitán o entrenador, la alineación que fracasó estrepitosamente el 20-D. Estamos ante un caso único de repetidores que no asumen ninguna responsabilidad por la chapuza cometida. Lo han confirmado todos los partidos concursantes. PP, PSOE, Ciudadanos, Podemos e Izquierda Unida concurrirán a las nuevas elecciones con las mismas listas y candidatos. Hasta ahora se acostumbraba a cambiar algo para que todo siguiera igual. Esta es una nueva táctica para crear la ficción de otro escenario. Privilegios que solo tiene la casta política institucional. Porque cuando un profesional mete la pata en su trabajo y provoca un agujero económico de ese calibre en las cuentas de la empresa, lo menos que le ocurre es que lo ponen de patitas en la calle.

Conviene insistir en la diferencia entre ambas espectáculos, a favor del esférico en esta ocasión de gala frente al desempate político en el partido de vuelta. Porque al menos en las quinielas una parte de la recaudación tiene un destino solidario y la contribución es voluntaria. Mientras que en el rigodón electoral quienes se lucran son las burocracias de los partidos y el impuesto es obligatorio. Ocurre como con los gánsteres financieros cuya corrupción sistémica hemos padecido: que cuánto más ricos son ellos más pobres son sus accionistas. ¿Será que el vaivén electoralista también tiene un gen intrínsecamente especulativo?

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