Paraguay. Celda 12, ¡Control!

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Retazos de mi testimonio carcelario (I)

Con este grito me despertaron una madrugada de 1977 en el campo de concentración de Emboscada, a 45 km. de Asunción. Eran las cinco de la mañana y hacia frío dentro de aquella montaña donde se había construido el campo. Era durante el gobierno de “Paz y progreso sin comunismo” del dictador Alfredo Stroessner.

Un sargento de carácter brutal nos ordenó ponernos de pie, pasó lista de los prisioneros políticos y a continuación nos ordenó volver a nuestros respectivos lugares. Yo estaba sentado en una esquina de la mugrienta celda 12, que compartía con otros 45 prisioneros, y envuelto en una vieja frazada trataba de comprender la situación. Miraba los barrotes de aquella celda y no me resignaba a aceptar la realidad. Contemplaba, sin acabar de entender la razón del porqué estaba entre ellos, aquellos hombres que se acurrucaban para defenderse de la baja temperatura y que estaban acusados de ser comunistas, es decir de  ser, nada más y nada menos, que enemigos de la civilización occidental y cristiana, contra la que atentaban intentando acabar con ella.

La celda 12 estaba destinada exclusivamente a estos prisioneros. Gente que pensaba que, ciertamente, Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza y que Marx descubrió la ley de la evolución de la historia. Gente que tenía una clara conciencia de las injusticias sociales y que luchaba contra la dictadura y por una sociedad más igualitaria bien que el himno nacional contempla UNIÓN E IGUALDAD. En el campo de concentración éramos más de 400 prisioneros, y para evitar la contaminación ideológica, los de la celda 12 teníamos horarios diferentes, sobre todo en los momentos destinados a los recreos.

Supuestamente, en la celda 12 estábamos recluidos  la flor y nata del marxismo-leninismo, con trotskistas, maoístas, ligas agrarias campesinas, Teología de la liberación, independientes, liberales, Organización Política-Militar, Febreristas, miembros del Partido Obrero Revolucionario Armado,…

Yo pertenecía al Movimiento Popular Colorado (MOPOCO), de orientación reformista creado en Buenos Aires, en la década del 60. El objetivo principal de mi lucha era mejorar la condición económica y social de los trabajadores del magisterio, consiguiendo un salario digno y una vivienda igualmente digna. Como parte de la lucha por dignificar la educación aplicamos en mi escuela Alberdi, en San Lorenzo, la metodología de la educación liberadora de Paulo Freire, cuya fuente era el materialismo dialéctico, método de pensamiento que se aplica a los problemas sociales en el proceso de transformación de la sociedad. Finalmente, y por ironías del destino, cuando salimos de este infierno la mayoría habíamos adoptado las ideas socialistas. Nos habíamos convertido en socialistas por contaminación.

Recuerdo que durante aquel control, como otras muchas veces, hubo un intenso barullo al que siguió, impuesto por los guardias, un silencio inquietante. El silencio de las cárceles es un silencio más intenso que los silencios normales. Un silencio siempre acompañado por la angustia que generan los pensamientos del preso. Entre mis pensamientos, por ejemplo, siempre tenía presente a mi hija Celeste, de 7 años. En vez de asistir a la escuela estaba en la celda de las mujeres sufriendo el frío igual que nosotros. Por suerte, en su misma celda estaba la heroica luchadora contra la dictadura de Stroessner, la Dra. Gladys M. de Sanneman, cosa que me tranquilizaba, convencido que la protegería de cualquier eventualidad.

Aproximadamente a las seis nos reunieron, como cada día, en el comedor, bajo la sombra de un frondoso árbol de “Guapo y”  bajo la atenta mirada del tristemente famoso coronel José Félix  Grau, conocido como el “carnicero de la muerte”, comandante de la prisión. A su lado el jefe de la Guardia, mayor Fidel Larramendia, gordito él, y de tan baja estatura que su sable de acero, muy largo, tocaba el suelo produciendo un particular y continuado ruido metálico.

Con Celeste, mi hija, nos instalamos en la cola del desayuno para poder conversar muy discretamente, pues estaba prohibido hablar y queríamos evitar el castigo del coronel Grau, borracho consuetudinario. El desayuno era servido en un jarro de lata con mate cocido negro con tres galletas “tipo cuartel”, es decir, duras como una piedra. El mate cocido tenía un gusto de nafta debido a que el agua que traía hasta la prisión el burrito procedía del contaminado río Piribebuy  y lo transportaba en un recipiente vacío de nafta de la marca Shell de 200 litros. Hasta nuestras tripas sentíamos pues al Imperio.

Compartí el desayuno con Celeste, que había venido envuelta en una frazada acompañada de la Dra. Sanneman. Me dio un fuerte abrazo y nos dispusimos a probar aquel indigerible desayuno. Noté al instante que no le gustaba en absoluto, pero teníamos tanta hambre atrasada que no teníamos más opción que tomarlo. O Shell o nada, o Shell o Esso, marcas preferidas en Paraguay para los lujosos vehículos de los poderosos dueños del poder político y económico.

Al poco rato el sargento ordenó: ¡Cada uno a su celda!

Cuando volvimos a la celda varios de mis compañeros se volvieron a dormir, a pesar que se sentía en el ambiente el fuerte olor de la nafta. Recordé entonces un anuncio que oía frecuente por la radio: “Cargue nafta Shell, un tigre en su motor”, aunque nunca pensé al oírlo que, efectivamente, cargaríamos ese veneno en nuestro motor estomacal, cosa que nos provocaba permanente diarrea.

Yo intenté también dormir, pero en mis oídos resonaba todavía el grito del sargento, un analfabeto seguramente entrenado en técnicas de tortura en la Escuela de las Américas, el la zona del Canal de Panamá, : Celda 12, ¡Control!. Aquel grito me resultaba familiar, estaba seguro que lo había dio antes. ¿Cuando? ¿Donde? Me puse a pensar hasta que me di cuenta de que lo que me era familiar no eran los términos sino el volumen de la voz, la expresión de la prepotencia militar/policial propia del poder  dictatorial.

La historia de esta pesadilla había empezado tres años antes.

El 26 de noviembre de 1974, en mi pueblo, San Lorenzo, estando en el local del Instituto “Juan Bautista Alberdi” donde me desempeñaba como Director, fui detenido por la policía política de Alfredo Stroessner junto con mi sobrino argentino de 17 años, Lorenzo Lidio Jara Pérez, que estaba de visita proveniente de Clorinda. Nos lanzaron como “papas” al interior del famoso “Centro de tortura móvil”, una camioneta marca Chevrolet de la General Motors utilizada para “precalentar” a los detenidos a cargo de policías especializados en kárate. El vehículo era conocido popularmente como la famosa “Caperucita Roja” que, al pasar por las calles de nuestro barrio, provocaba  terrible pánico entre la población.

Fuimos trasladados a Asunción, a la que llegamos alrededor de las 20.00 pm. A Lorenzo Lidio lo llevaron a la Sala del Tormento donde debido al “tratamiento” recibido perdió un ojo. A mi me llevaron directamente la oficina del Jefe de Investigaciones, Pastor Coronel, donde se instaló un tribunal militar compuesto por militares y policías de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Uruguay y Paraguay, o sea una auténtica representación de la “Operación Cóndor”.

Durante 30 días me sometieron a intensos interrogatorios, con continuadas torturas. Me tuvieron desnudo y engrillado, solamente faltaba que me colocaran en la frente la palabra INRI, que en este caso significaría “Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices”, parafraseando al destacado poeta salvadoreño, Roque Dalton.

Finalmente decidieron que yo era un MAESTRO SUBVERSIVO y mi delito ser un TERRORISTA INTELECTUAL. Posteriormente me comentaron que durante los interrogatorios y torturas, el dictador Stroessner estaba sentado al fondo del tribunal para ver y escuchar mis declaraciones y finalmente la  injusta condena.

Luego de recorrer varios centros de tortura, el 6 de septiembre de 1976  me llevaron por primera vez al campo de concentración de Emboscada, donde una madrugada de 1977 un grito, a modo de aullido de un bruto sargento, nos conminó a ponernos de pie al grito de: Celda 12, ¡Control!. Un grito que se repite hoy en mis terribles pesadillas nocturnas y que forma parte de mis especiales recuerdos carcelarios.

(*)  Víctima del Plan Cóndor y descubridor de sus  Archivos Secretos  en Asunción  el 22.12.1992  más bien  conocido como el ARCHIVO DEL TERROR.

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