Para desactivar las bombas de la desesperanza

Para desactivar las bombas de la desesperanza

MICHEL HERNÁNDEZ
michelher@granma.cip.cu

Cuando la voz personal se abre a miles de voces y se reconoce como una más de ellas, cuando existen guitarras que van marcando el acento de canciones comprometidas, cuando los hombres no titubean a la hora de desactivar las bombas de la desesperanza, florecen conciertos como el que se efectuó el martes en la comunidad pinareña Las Terrazas.

En una tarde con olor a tierra mojada, trovadores cubanos y de América Latina despertaron a este hermoso sitio para volver a reeditar el reciente espectáculo de la Universidad Central Marta Abreu por el aniversario 40 del asesinato del Che, y así continuar las jornadas cubanas del Año Guevariano.

Esta idea del trovador argentino Gabriel Sequeira, abrazada por Vicente Feliú, convocó al chileno Pancho Villa, la peruana Miryam Quiñónez, el dúo boliviano Blanco y Negro, el paraguayo Ricardo Flecha, el cubano Pepe Ordaz y por supuesto, a sus principales promotores. Todos, con la emoción apretando por dentro, habían visitado horas antes algunas zonas donde reside la memoria del Guerrillero.

Él habita en aquellas calles, se fusiona en el paisaje que ofrece calma lejos del vértigo y la grasa de las capitales. Está naturalizado en sus parajes y rincones. Viaja por todo el continente americano en el sagrado fuego de la solidaridad y por Cuba, donde no pocos jóvenes reactualizan su visión para desalambrar por ellos mismos el camino al futuro.

Con la atención aún puesta en la mañana en que se develó una escultura dedicada al Comandante Guerrillero, se respiraba una rara sensación que bajaba desde las montañas: calaba hondo, hacía temblar al silencio.

Al comenzar el homenaje al «nacimiento del símbolo Che Guevara» el recinto, inundado de miembros de la localidad, entre ellos decenas de niños, y otros invitados, parecía provocar en los cantautores un fogonazo de inspiración.

O al menos eso era lo que se podía palpar en sus impetuosas palabras: «!El Che no ha muerto, Viva el Che!», lanzó desde sus entrañas Gabriel mientras sostenía la guitarra como si fuera un explosivo a punto de estallar.

Pleno de fuerza en la mirada de quien ha visto mucho, Sequeira dijo a Granma: «Haber participado en este homenaje significa que nada está perdido. Indica que el Che no ha muerto. Para nosotros el 8 de octubre es el día que surgió para el mundo, para todas las personas que sienten su rebeldía y sus esperanzas.

«Yo soy un trovador —asegura el argentino—, que está junto a su pueblo. En Buenos Aires canto con los Movimientos Sociales, en los piquetes, en las asambleas populares. Ahí me pueden encontrar».

La diferencia cronológica entre los lugareños más jóvenes y los que, portadores de un intenso pasado afirmaban haber conocido personalmente a Guevara, ya apenas se percibía. Uno de ellos, de cara quebrantada por el tiempo, había tomado un cuadro del Guerrillero desde una pared de su cuarto para transportarlo a la recordación y lo cargaba en sus manos como un talismán.

El Che parecía observar desde su puesto a los músicos con su rostro no de mito, ni tampoco de personaje inalcanzable, sino de hombre magnético, capaz de atravesar generaciones con una coherencia que asumió como pocos. Eso lo protegió de la muerte. Por eso los trovadores le regalaron canciones. Al final se unieron para traer a Carlos Puebla y su célebre himno que no nos permite zafarnos del recuerdo del Comandante.

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