Pandemia, globalización y crisis de gobernanza

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“Un hombre sin perspectiva, carece de valor” (Aristóteles)

El diario francés Le Monde del 3 de mayo decía que los USA ya no ejercen “el papel de liderazgo mundial”; pocos días después, Ignacio Ramonet, en un artículo publicado en varios medios de todo el mundo titulado “Ante lo desconocido… La pandemia y el sistema mundo”, afirmaba que “con el fracaso del liderazgo de los EEUU se abre un peligroso vacío de potencia”.

¿Está Le Monde expresando solo el viejo sueño de la burguesía francesa de romper con la dependencia norteamericana, o están poniendo de manifiesto un elemento de la realidad: la crisis del Covid-19 ha desnudado la “falta de gobernanza a nivel mundial”?.

La burguesía francesa fue, a partir de los 60 especialmente, la que más incomoda se sentía con el proteccionismo USA tras la II Guerra, hasta el punto de que bajo el mando del general de Gaulle se retiró del organismo militar de la OTAN y desarrolló una industria militar propia, tanto en la guerra convencional como nuclear. Aunque no llegaba ni a las suelas de los talones del potencial norteamericano, Francia tenía una gran independencia en tecnología militar en comparación al resto de Europa.

La derrota de la guerra de Vietnam, el principio del fin

La derrota del Vietnam no sólo fue un terremoto político, sino que tuvo profundas consecuencias económicas. Según estudios de 1974 e informaciones posteriores de analistas del Congreso estadounidense, la guerra de Vietnam desarrollada entre 1965 y 1975 le costó a EEUU unos 111.000 millones de dólares, lo que en precios de 2008 equivaldría a 686.000 millones de dólares. Esta cifra podría ser importante pero no decisiva para una potencia hegemónica como los EEUU, si no se diera el marco de una crisis económica equiparable a la del 29 o la del 2007/2008, la que estalló en el 72 y se conoció como la “crisis del petróleo”.

La crisis económica del 67/70 está en la raíz de lo que hoy se vive, pues alumbró a la forma neoliberal del capitalismo de los últimos 40 años. El crack bursátil de 1967 anunciaba que el periodo de crecimiento económico pos II Guerra Mundial estaba tocando a su fin, y en concreto la fórmula sobre la que descansaba la estabilidad del sistema surgido tras la II guerra: el binomio “dólar-oro”. Según este esquema en los acuerdos de Bretton Woods se establece que el dólar tiene una paridad fija con el precio del oro, haciendo casi sinónimos el “valor” del dólar y el del oro. Tal era la hegemonía norteamericana a nivel mundial que poseer dólares era como poseer su valor oro, de tal forma que cualquiera que tuviera dolares tenía la opción de canjearlo por el metal dorado.

A finales de los 60 el capitalismo comienza a sufrir una de sus crisis recurrentes de sobre-producción; el sistema produce más de lo que puede vender, generando una acumulación de capital muerto en forma de mercancías en stock que lastran toda la estructura. Países como Alemania o Japón, reconstruidos tras la devastación de la II Guerra, entran en el mercado mundial sumando su capacidad productiva a la de los EE UU y a la de las potencias europeas vencedoras, Gran Bretaña y Francia.

Por si fuera poco, el imperialismo yanqui, metido en la guerra del Vietnam hasta la cejas, tiene que emitir moneda para financiar la aventura militar, además de mantener el estado norteamericano, los servicios a la población, etc; mientras, la tasa de ganancia entra en una fase de descendente y los competidores europeos y asiáticos crecen económicamente, que, aunque no cuestionaban la hegemonía norteamericana, se rebelaban contra lo que el político francés Giscard d’Estaing calificó como un “privilegio exorbitante”, el patrón “dólar-oro”.

Así, según los cuadros manejados por M. Husson de la tasa de ganancia en aquel momento, en 1965 es cuando se produce la mayor diferencia entre las tasas norteamericana y sus competidores europeos, superando los 10 puntos porcentuales. Tras el crack del 67 y en 1970 se aproximan a no más de 6 puntos, corriendo paralelas a partir de ese momento. Los EE UU seguían siendo la gran potencia hegemónica, mas ya sentía el aliento de sus competidores en la nuca.

Todos estos elementos hicieron que a finales de los 60 y comienzos de los 70 la cantidad de dólares que circulaban por el mundo era muy superior a la cantidad de oro que tenían en Fort Knox; el dólar, en realidad, ya no valía lo que el oro. En estas condiciones, el 15 de agosto de 1971 el presidente Nixon se vio obligado a reconocer la realidad, y puso fin “temporalmente” la convertibilidad de dólar por oro físico, dinamitando el acuerdo de Bretton Woods. Temporalidad que se convirtió en permanente, parafraseando al ideólogo del neoliberalismo, Milton Friedman.

El dólar estaba respaldado por su poderío militar y económico, pero había perdido ese carácter de dominación absoluta que le daba el patrón “dólar-oro”, y entró a formar parte del conjunto de divisas de las diferentes potencias; hasta el punto que los dirigentes de los países del OPEP (Organización de Productores de Petróleo) valoraron utilizar otras monedas para los negocios petroleros, lo que supondría el golpe de gracia a la hegemonía norteamericana.

Los petrodólares y globalización, primer balón de oxigeno

Se había acabado el orden económico construido tras la II Guerra Mundial, y los EE UU encaraban una situación novedosa donde su poderío podía ser cuestionado en cualquier momento. Henry Kissinger, para restaurar la posición dominante del dólar, y por extensión de los EE UU, negoció con Arabia Saudí un acuerdo para garantizarla. Los “petrodólares” fueron la consecuencia de estos acuerdos que el régimen saudí se encargó de imponer a la OPEP, convirtiendo el dólar en una moneda respaldada por el petróleo a cambio de garantizar su seguridad en Oriente Próximo, además de la compra de material bélico y productos norteamericanos.

El analista Marin Katusa escribe lo siguiente en la revista Oroyfinanzas, del 28 de febrero del 2015:

En 1975, todos los miembros de la OPEP acordaron vender su petróleo solo en dólares estadounidenses. Cada nación importadora de petróleo en el mundo comenzó a ahorrar sus excedentes en dólares estadounidenses con el fin de poder comprar petróleo; con la alta demanda de dólares se fortaleció la moneda. Además de eso, muchos países exportadores de petróleo como Arabia Saudita pasaron a invertir sus excedentes de dólares en bonos del Tesoro americano, con esto Estados Unidos consiguió una fuente profunda y permanente para financiar sus gastos. El sistema del petrodólar [ya que llegó a ser llamado así] fue un movimiento político y económico brillante. Obligó al dinero del petróleo del mundo a fluir a través de la Reserva Federal de Estados Unidos, creando cada vez una mayor demanda internacional, tanto en dólares como de deuda pública de los Estados Unidos, mientras que en esencia Estados Unidos obtiene el petróleo del mundo prácticamente de forma gratuita, ya que el valor del petróleo está denominado en una moneda que los Estados Unidos controla e imprime. El sistema del petrodólar se extiende más allá del petróleo, la mayor parte del comercio internacional se realiza en dólares estadounidenses.

Obviamente, esta “brillante” maniobra del imperialismo yanqui, la financierización de la economía, para reconducir una situación que lo había puesto contra las cuerdas, una derrota política y militar en Vietnam ligada a una decadencia económica, tenía una contrapartida: hacía depender a los EE UU de las inversiones extranjeras, de la compra de deuda del Tesoro por otras potencias, etc. De otra forma, si los inversores extranjeros dejaban de comprar en dólares, o los ponen en circulación, todo el edificio cae como un castillo de naipes.

Chinamérica” otro balón de oxígeno

En este marco de retroceso del imperialismo yanki, su burguesía encuentra otro balón de oxigeno que le permite recuperar el papel hegemónico de “única potencia realmente existente”, la restauración del capitalismo en los estados obreros burocráticos. Especialmente en uno, China; que entra a formar parte del entramado imperialista como “la fábrica del mundo”. Todas las multinacionales fueran de la potencia que fueran, se orientan hacia la mano de obra barata que ofrece la China pos maoísta, y el “chinamérica” aparece como un alternativa a los “petrodólares” para sacar al imperialismo yanki de la crisis.

De la misma manera que los “petrodólares” les había permitido pasar el mal trago de la derrota del Vietnam y sus consecuencias económicas, “chinamérica” fue un soplo de aire fresco aportando mano de obra barata para poder reducir el valor de la fuerza de trabajo, y así recuperar la tasa de ganancia. El imperialismo yanki, y no solo ellos, hicieron un verdadero desembarco de empresas deslocalizadas, que permitió, por ejemplo, que en China hubiera un trasvase del campo a la ciudad de 800 millones de seres humanos.

Fue la mayor movilidad social de la historia, … En pocos años (no más de una década) cientos de millones de seres humanos abandonaron el campo para ir a trabajar a las ciudades, a las fábricas, casi todas ellas subcontratas de las grandes marcas occidentales. Se creó así un proletariado de proporciones épicas; pero todo proletariado conlleva consigo un capital correspondiente. El proletariado no existe si no hay en su opuesto un capital del mismo calibre, “el trabajador produce el capital, el capital le produce a él” (Segundo Manuscrito, de los Manuscritos de 1844, K. Marx); son inseparables.

La restauración del capitalismo en China tuvo unas características que la diferenciaron de la de la URSS y de otros estados obreros; fue un proceso controlado por el aparato del partido comunista. Tras la derrota del pueblo chino en Tiananmenn, el PC Ch toma el mando absoluto de los procesos políticos y económicos, pilotando la restauración bajo mano de hierro. Se mantiene la propiedad estatal de bancos e industria pesada, se mantiene la figura del “plan quinquenal” y se mantienen las estructuras políticas de partido único. De esta manera, la entrada del capital extranjero no se hace a borbotones como en Rusia, la ex Yugoslavia o los demás estados europeos; sino controladamente desde el aparato del Partido Comunista.

Bajo este control, las inversiones occidentales tienen que pasar muchos filtros y condicionantes, y por la misma lógica del neoliberalismo con la externalización de los procesos productivos y de distribución, van creando con la subcontratación una burguesía cada vez más poderosa. El ejemplo coreano de Samsung es en el que se van a mirar las actuales multinacionales chinas; Samsung comenzó como una subcontrata de la industria tecnológica norteamericana y japonesa, y hoy es una de las grandes de la tecnología mundial. En China los “samsung” crecen como hongos; y lo que eran meras subcontratas hoy compiten en los mercados mundiales, favorecidas por una banca estatal que las financia y una industria estatal que les vende insumos a bajo precio.

Al final estas fábricas sucontratadas terminaron por convertirse en “acumuladoras” de capital, y una vez realizada esa suerte de acumulación primitiva de capital sobre la proletarización de los cientos de millones de campesinos chinos, se transformaron en exportadores de capital; es decir, en firmas multinacionales que disputan la hegemonía a las de potencias en decadencia, como es el caso de la tecnología 5G para móviles.

El fin de la alianza llamada “chinamérica”

Este “acuerdo” entre la gran potencia norteamericana y el estado chino capitalista, llamado “chinamérica” se rompió cuando el yuan fue aceptado en la “élite” de las divisas, compartiendo rango con el dólar, el euro, la libra y el yen.

La hegemonía del dólar a través de los “petrodólares” y su papel en el comercio mundial le daba a Estados Unidos una posición ventajosa en el plano internacional, ya que le permitía tener frecuentes déficits presupuestarios, incurriendo en gastos extraordinarios que eran cubiertos con la emisión de moneda. Asimismo, como país emisor no asume los costos asociados a la conversión de su moneda por otras, dado que la mayor parte del comercio mundial se mueve en dólares. Según estimaciones, por este mecanismo monetario los EE UU se apropian, sin despeinarse, del 6% del PIB mundial que va a las arcas norteamericanas.

El crecimiento de la economía china a partir de finales del siglo XX ha dado vigor a su moneda, el yuan, que ha incrementado su valor respecto del dólar estadounidense. Esto posiciona a la divisa china como una posible alternativa para utilizarse como reserva a global. A partir de la década de 2010, el gobierno chino ha impulsado medidas orientadas a la internacionalización del yuan. Estas medidas incluyen la presencia de los bancos chinos en las principales plazas financieras del mundo, así como la realización de acuerdos de respaldo monetario mutuo con varios países. Asimismo, el FMI incluyó al yuan en la canasta de DEGs (Derechos Especiales de Giro) en octubre de 2016, que representan una moneda global respaldadas, en su origen, por el dólar estadounidense, la libra esterlina, el yen japonés, el marco alemán y el franco francés. Estas dos últimas fueron reemplazadas por el euro a partir de 1999. El yuan pasó a ser la tercera divisa con mayor peso dentro de la canasta, con un 10,92% del total, tras el dólar y el euro, y por encima del yen y la libra.

Es obvio que mientras los EE UU y China jugaban ligas diferentes, uno como “dominante” y la otra como “dominada”, la “chinamérica”, no había conflictos entre ellos. Pero en el momento en que el “dominado” pasa a jugar la misma liga, la de la “élite” monetaria, se acaban las tonterías. Octubre del 16 fue para el imperialismo yanki el momento en el que tuvo que aceptar un nuevo competidor por un mercado mundial reducido por la crisis del 2007 / 8. “Eramos pocos y parió la abuela”, dice un refrán español.

Los EE UU han perdido toda la capacidad de definir las líneas maestras de la economía mundial a través del uso unilateral de su moneda, el dólar. Cada movimiento tiene que estar coordinado con la Unión Europea, con Japón y con China. Como la economía capitalista se basa en la falta de planificación y en las leyes de mercado, es obvio que esta situación solo puede agravar las tensiones políticas, y como pasaba con el “anillo de poder” de Sauron, que fue creado para dominarlos a todos, solo la fuerza determinará cual es la moneda que asume el papel de ese “anillo de poder”. Hasta ahora es el dólar, pero la tendencia en las relaciones internacionales es a la baja; cada vez más países establecen sus relaciones comerciales en euros o yuanes, comenzando por la misma China, dejando al margen al dólar.

¿El fin de los petrodólares?

Tras la disolución de Bretton Woods y la desaparición del patrón “dólar-oro”, la hegemonía de los EE UU se basaba en los petrodólares y en su incuestionable poderío militar, a lo que se sumó la disolución de la URSS, dejándole como única superpotencia a todos los efectos. Desde 1989 hasta hoy esto es indiscutible, como también lo es que está construido no tanto por su fortaleza interna como por la debilidad de los competidores. Su decadencia económica, social y política es una evidencia que solo niegan sectores del castro chavismo, para así tener un enemigo al que endilgarle todos los males de sus políticas.

La dependencia de los petrodólares lo deja en manos de las burguesías árabes, especialmente la saudí, y de los países productores de petróleo, puesto que cualquier modificación en el precio del crudo por el motivo que sea, sacude el valor del dólar como moneda referente para las actividades comerciales. Los EEUU son el estado imperialista por excelencia, en el sentido más leninista, vive del “corte del cupón” de las transacciones comerciales que, obligatoriamente, se tienen que hacer en dólares, apropiándose del 6%. Cualquier cambio en ellas los pone ante el abismo de no poder financiar un déficit comercial cada vez más grande, fruto de las deslocalizaciones industriales de los años 90 y el mantenimiento del “complejo militar industrial”.

El “estado usurero” leninista en el que se habían convertido es, actualmente, casi un “estado mendigo”, que tiene que esperar a que sus competidores compren su deuda, o no se deshagan de ella, para seguir financiándose como primera potencia mundial. Hoy son Japón con 1,12 billones de dólares (1,01 billones de euros) y China 1,1 billones de dólares (0,9 billones de euros) los principales detentadores de bonos del tesoro norteamericano. De esa manera, en sus manos y en la de los dueños de los petrodólares, está su supervivencia como primera potencia mundial. De ahí la tremenda agresividad del imperialismo norteamericano, que no se va a resignar a perder su papel hegemónico por las buenas.

En medio de estas contradicciones salta una pandemia mundial que tiene paralizado la fuente de ingresos fundamental de los EEUU, el comercio mundial, y el precio del petróleo cae a niveles negativos. En los contratos de futuros de las bolsas de materias primas, a primeros de mayo, llegaron a pagar por que los compradores se llevaran barriles de petróleo.

La paralización abrupta de todas las economías mundiales ha llenado hasta el tope las reservas de petróleo, con decenas de petroleros cargados de crudo paralizados por todos los océanos, obligando al gobierno Trump a comprar millones de barriles excedentes para engrosar la “reserva estratégica” de petróleo que los EE UU mantienen desde la crisis del 72. La guerra de precios entre Rusia y Arabia Saudí, que tenía como objetivo debilitar a Rusia, y sus aliados Irán y Venezuela, se ha unido a esta paralización del comercio, tumbando los precios. Y lo que era un arma para reforzar a los EEUU y sus aliados, se ha convertido en su contrario.

La burguesía yanqui había encontrado en el fracking, el petróleo de esquisto, una manera de superar su dependencia energética de las naciones productoras de petróleo. Tanto es así, que había vuelto a ser exportadora neta de petróleo, además de cubrir prácticamente sus necesidades internas. Pero el fracking es una tecnología cara que solo es rentable con precios del petróleo superiores a 50 dolares el barril; todo lo que baje de ese precio son pérdidas.

Además, es una tecnología altamente invasiva con la naturaleza lo que conduce a un gran endeudamiento. Una bolsa de petróleo de esquisto se agota en más o menos 24 meses, con lo que hay que cerrar la explotación e ir a otro lado. Para sostener este cambio las empresas que se dedican a este sector están muy endeudadas; tanto que antes del verano las 200 empresas norteamericanas que se dedican a este negocio tienen que pagar la friolera de 120 mil millones de dólares en préstamos.

La paralización del comercio mundial y la guerra de precios entre Rusia y Arabia Saudí han enviado al desagüe todos los acuerdos de los “petrodólares”, pues los ha convertido en papel mojado; y el papel mojado no tiene ningún valor. El “amor” de Trump por el petróleo no es platónico, ni su obsesión por no cerrar la economía es una locura, es bien interesado: representa directamente a los sectores del capital ligados a la industria de la energía.

Crisis de gobernanza, ¿hasta cuándo?

La pandemia del Covid-19 cogió a todo el mundo mirando para otro lado; fue como el crack del 29, que detonó cuando el mundo vivía los “locos años veinte”, de despilfarro y juerga constante; el mundo parecía que había entrado en una fase de felicidad y el crack le recordó que “solo eran humanos”. El Covid-19 ha tenido exactamente la misma repercusión; cada burguesía se ha metido dentro de su caparazón nacional, en un “sálvese quien pueda” desbocado.

Los organismos internacionales no han cumplido ningún papel para “coordinar” la respuesta a lo que fue un ataque de la naturaleza a la sociedad en todo el planeta. ¿Dónde están la ONU, la Organización Mundial del Comercio o la OMS? Esta se ha limitado a dar bandazos y recomendaciones que nadie siguió, para bien o para mal. La Unión Europea, por su parte, se enzarzó en una discusión sobre quién va a financiar, no la defensa de la salud pública sino los platos rotos provocados en la economía por el Covid-19.

De la misma manera que el capitalismo como sistema demostró su inutilidad para garantizar medios materiales en cantidad que permitieran enfrentar la pandemia, como test, mascarillas, EPIs, UCIs, etc., llegando a provocar una “guerra de las mascarillas” entre los estados, los organismos internacionales hicieron patente que son verdaderos cascarones vacíos de contenido; porque, cuando vienen mal dadas, los estados, los aparatos burocrático militares nacionales reaparecen como las únicas instituciones capaces de adoptar medidas.

Los estados como las tortugas cuando sienten el peligro, se metieron para dentro de sus caparazones cerrando fronteras, declarando estados de alarma, limitando movimientos, confinando a las poblaciones, … destruyendo definitivamente las tesis pos marxistas que habían surgido a lo largo de los 90 y 2000, según las cuales “el estado nacional” había perdido todo su papel, y el mundo estaba dominado por una suerte de “hiperimperialismo” que flotaba por encima de las burguesías nacionales. La crisis del Covid-19 ha demostrado que “el capital como relación social es genéticamente internacional, la burguesía como clase social es genéticamente nacional” (José Martins), destruyendo todos los mitos sobre la globalización capitalista.

La crisis ha hecho crecer el papel de los estados, comenzando por los más poderosos, el norteamericano, los europeos, con Merkel intentando evitar que los “polluelos” se le vayan de la jaula de grillos que es la Unión Europea, China, etc. Son los estados nacionales los que han salido “triunfantes” de esta crisis; pero, como no es una crisis cualquiera, sino que se da en el marco de una profunda decadencia de la que hasta ahora ha sido la potencia hegemónica, los EEUU, el mundo ha quedado sin “liderazgo”.

Los EEUU bastante tienen con aguantar una situación social interna al límite, sin poder contar con el poderío económico e industrial que tuvieron para contener el desastre del 29 a través del New Deal de Rooswelt. Ahora tienen un presidente histriónico, al que sus propios asesores le tienen que prohibir hablar en ruedas de prensa para que no haga recomendaciones absolutamente estúpidas como que “inyectarse lejía” puede ser una cura para la enfermedad. No están para asumir el liderazgo mundial como hicieron en Yalta y Potsdam, o para “coordinar” la salida de la crisis como hicieran en la Primera Guerra del Golfo, cuando encabezaron la “coalición” contra Irak, o, ya más debilitados, cuando impusieron las tesis de “las armas de destrucción masiva” de Irak en la ONU, tras los atentados del 11S.

Esta es la base de la crisis de goberanza a nivel mundial; la debilidad de la potencia hegemónica magnifica el poder de los aspirantes, pero que no dejan de ser eso, aspirantes a un trono que está en disputa, y al que los norteamericanos no van a renunciar caballerosamente; como si del “fair play” deportivo fuera. Nada más lejos de la realidad; por eso todas las variantes para resolver esta contradicción están abierta y frente a ello hay que preparar a la clase obrera.

La era de la revolución vs la crisis de gobernanza

Hace unos meses escribí en un artículo, refiriéndome a la crisis del 2007/8 que era una de esas “que no dejan títere con cabeza”. ¡Me precipité!; era objetivista y economicista, no tenía en cuenta que el capital no había tocado fondo ante la población mundial… Después del descubrimiento que tras el Muro de Berlín no había socialismo, todavía aparecía como “el menos malo” de los sistemas posibles. El desastre del capital para garantizar la salud pública ante la pandemia se ha hecho obvio para millones que no es ni tan siquiera “el menos malo”, es simplemente inútil para esa tarea.

Esta sí es de las que no dejan títere con cabeza porque desde lo más alto del imperialismo, los EE UU hasta el último gobierno del mundo (la pandemia ha afectado a prácticamente todo el mundo), los gobiernos burgueses no han podido evitar millones de contagios, decenas de miles de muertos, en un proceso que todavía no ha llegado al final: ya anuncian rebrotes y recaídas, sin haber encontrado un remedio / vacuna que la frene en seco.

A los propagandistas del capitalismo, en todas sus versiones, ésta es la «mano oscura del mercado», que parece la de la muerte; esta es la «eficiencia» del mercado libre que solo sabe abrir abismos para la humanidad. Porque cuando llega un asunto serio, que va más allá de la rutina de la explotación/beneficios, y hay que poner la economía a salvar vidas, el mercado y sus dueños, los capitalistas, hacen mutis por el foro. Todo lo más, hacen unas donaciones, y se lavan la cara.

O sacamos conclusiones, o mal le va a ir a la sociedad, y la única conclusión es que «la economía de mercado», es decir, el capitalismo, es el mayor freno para que la sociedad disponga masivamente de recursos para enfrentar la pandemia. Por eso tienen que recurrir a medidas represivas, que esas sí, esas aparecen rápidamente y sin necesidad de ir a los mercados; los gobiernos tienen la potestad de sacar a las fuerzas represivas a la calle, pero no la de poner todo los recursos al servicio de población.

Marx dijo en una ocasión que cuando las fuerzas productivas entran en conflicto con las relaciones sociales de producción, se “abre la era de la revolución”. Esta pandemia esta demostrando que una sociedad que tiene los recursos técnicos suficientes para enfrentarla sin que se produzcan demasiados muertos, son las relaciones sociales de producción, es decir, el mercado, quién lo impide.

Una “era” que se manifiesta no solo en la lucha entre las clases sino también en la lucha entre las fracciones de clase. Se ha abierto la veda para resolver la “crisis de gobernanza” entre las potencias imperialistas que la pandemia ha puesto sobre la mesa. En términos capitalistas la resolución de esta crisis supone que el “trono del reino del norte” está en disputa entre las potencias de siempre, las euro-norteamericanas y las aspirantes, las asiáticas con China a la cabeza, en una lucha que sólo está dando los primeros pasos. El premio del ganador es, ni más ni menos que el control del mercado mundial.

Lenin caracterizaba una situación revolucionaria cuando “los de arriba ya no pueden ” y “los de abajo ya no quieren”; está claro que esta crisis de gobernanza y las contradicciones que la generan, demuestra que los de arriba ya no pueden seguir gobernando hasta ahora… La cuestión para el futuro está en lo que vayan a hacer los de “abajo”, y en esto un partido revolucionario internacional es la clave.

“La crisis de la humanidad se reduce, en última instancia, a la crisis de la dirección revolucionaria”, escribió Leon Trotski en el Programa de Transición en 1936, cuando el mundo se acercaba al abismo de la II Guerra Mundial. Hoy, a otro nivel de crisis -aunque el futuro no sabemos lo que deparará-, la crisis de la humanidad a la que ha conducido el capitalismo, tiene los mismos ingredientes. ¿Estaremos los marxistas revolucionarios a la altura de los retos que nos ha tocado vivir?

No enfrentar la realidad tal cual es, sino bajo los esquemas del pasado, es condenarse a ser un mero espectador de los acontecimientos que están por venir. No está en la esencia del marxismo “interpretar” la realidad, sino transformarla; entender las claves por las que esos acontecimientos mundiales van a discurrir es inexcusable en la construcción de la herramienta fundamental para evitar que el capitalismo conduzca a la sociedad a la barbarie, el programa de la internacional obrera y revolucionaria.

Corriente Roja

 

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