Panamá: Ricaurte Soler, Diógenes De la Rosa y la “versión ecléctica” sobre 1903

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(Fragmentos del libro “La verdadera historia de la separación de 1903”)

 

El problema central de la versión “ecléctica” es que, aceptando el papel desempeñado por los intereses imperialistas norteamericanos, y los fines crematísticos de la oligarquía panameña, acaba lavándoles la cara o justificando los hechos del 3 de Noviembre de 1903, porque supuestamente son la culminación de un proceso de conformación de la nación panameña.

Quien inaugura la versión “ecléctica” es Diógenes De La Rosa, el cual considera que, al 3 de Noviembre, “lo han maltraído el panegírico y la diatriba”, pero que en todo gran acontecimiento intervienen intereses personales y “conflicto de lealtades”. Pero: “Tales intereses son legítimos cuando están vinculados a las necesidades de progreso de porciones considerables de la humanidad y mezquinos, cuando se ligan a ambiciones exclusivas de estrechos grupos sociales. La realidad rara vez los separa categóricamente…”[1].

¿La separación de Colombia y el canal significaron el “progreso de porciones considerables de la humanidad”? Evidentemente los pueblos de Colombia y Panamá fueron los menos beneficiados. Si se adopta acríticamente el concepto de “progreso” y “civilización” como lo ha interpretado la burguesía imperialista europea y anglosajona llegamos a un equívoco, pues en base a esa ideología se ha justificado el despojo de muchos pueblos, que luego han sucumbido a la miseria y explotación capitalistas.

Volviendo a Diógenes, después de admitir en su artículo los fuertes vínculos nacionales que nos unían a Colombia en 1903 reafirma, sin basamento fáctico, el mito de los “anhelos separatistas” del pueblo panameño: “Anhelo primario, ochenta años antes, de incorformes minorías, severas peripecias lo habían transformado en inequívoco querer popular”; y luego parece contradecirse: “… sería absurdo suponer que ocho décadas de asociación con Colombia hubieran dejado de crear sentimiento de dependencia e identificación hacia ella en el espíritu de muchos panameños… Siendo cada vez más los panameños, los naturales del Istmo que se sentían también colombianos. Y a la inversa…”[2].

Luego viene el obligado dictamen moral sobre los sucesos: “Pero con toda la injerencia de lo toscamente crematístico, resulta inexacto afirmar que el 3 de noviembre fuese mera subasta a la gruesa o feria del crimen según lo calificó uno de los más ácidos impugnadores (Oscar Terán, agregamos). Como cualquier trance parecido, actuaron allí, sobre el fondo de una aspiración colectiva legítima, los aprovechadores que calculaban al centavo los riesgos y en dólares los posibles réditos de su actuación[3].

Ricaurte Soler, seguramente el pensador que ha producido más páginas para reflexionar sobre la nación panameña, en este caso particular adopta un criterio semejante al de Diógenes (sin citarlo):

“En estas circunstancias los individuos actuaron dentro de las posibilidades que ofrecían estas determinaciones históricas. Con el agravante de que las mejores posibilidades no fueron siempre realizadas.

“La tardanza en la realización del estado… conjuró en su contra todas las fuerzas negativas y mediatizadoras que hemos señalado. Es por ello que, y es indudable que, Manuel Amador Guerrero, Federico Boyd y José Agustín Arango proyectan una triste figura en la historia panameña. Sobre todo si se compara con los próceres del período progresivo del proyecto nacional panameño: Mariano Arosemena, Tomás Herrera, Santiago de la Guardia, Justo Arosemena. En esta afirmación queremos sólo dejar sentado que las actuaciones individuales están también sujetas a la explicación y juicio de la historia…

(Ojo: los próceres “del período progresivo” que nombra Soler son conservadores o liberales moderados, e realidad eran más reaccionarios que progresivos, una grave confusión que impide entender la historia concreta del siglo XIX panameño).

Con los datos históricos destacados y ya en trance de conclusión, queremos afirmar el carácter progresivo de la independencia de Panamá de Colombia[4].

Preguntamos: ¿Por qué ese afán de calificar como “progresivo” un acontecimiento cuya realidad muestra la cruda intervención de los intereses imperialistas norteamericanos? Volvemos a la pregunta ya formulada, y que cada quien tiene que hacerese para valorar los hechos en su debida dimensión:

Aunque hubiera un legítimo “anhelo separatista” o “independentista” en los panameños respecto a Colombia, cosa que nosotros cuestionamos (ver anexo), es evidente que no se consagraba con la intervención de 1903.

Llegados a este punto, los defensores de la teoría “ecléctica”, suelen apelar al “realismo político” y concluyen: “es que no había otra alternativa”; “dentro de las posibilidades era lo mejor”; “por una vía espúria fundamos la República, pero al menos tenemos un Estado”, etc.

Argumentos que sólo conducen a un atoyadero y contradicciones mayores, porque tanto Diógenes De La Rosa como Ricaurte Soler, ante otra invasión norteamericana, de 1989, la condenaron. Pero, usando el mismo método del “realismo político”, los sempiternos defensores del intervencionismo yanqui le respondían a quienes, como Soler y Diógenes, la condenaron: “no había otra forma de quitarnos al dictador”; “fue una Causa Justa, aunque con un método violento”; “recordémosla como una liberación”.

¿Qué explica que la versión “ecléctica” haya prevalecido por tantos años en un gran sector de historiadores panameños? Evidentemente, Diógenes De La Rosa como Ricaurte Soler, y tantos otros “eclécticos”, no pueden ser catalogados como aduladores de la oligarquía panameña y, mucho menos, como pronorteamericanos. Por el contrario, hicieron gala de acendrado e incuestionable antiimperialismo.

El origen de este error de perspectiva, a nuestro juicio, tiene una base metodológica que a su vez se apoya en una realidad social. El problema metodológico se basa en el uso equívoco del conflictivo y elusivo concepto de  “Nación”(para una reflexión más profunda ver el ya mencionado Capítulo 1 de Estado, Nación y Clases Sociales en Panamá).

Trayendo esta relación compleja al caso colombo-panameño, enontramos que tanto las clases poseedoras istmeñas, como las clases populares, la mayor parte del tiempo se sintieron cómodas dentro del marco estatal colombiano, pese a la existencia real de dichas contradicciones, expresadas magistralmente en el citado libro de Justo Arosemena.

Como ya hemos dicho, los momentos en que se consideró la separación, por sectores de las clases mercantiles istmeñas, fueron pocos y muy breves, y siempre en una relación de subordinación a una potencia extranjera.

En esto consistió la propuesta de proclamar un “país hanseático” en la zona de tránsito, en la primera mitad del siglo diceinueve. Es decir, crear una zona de libre comercio bajo la forma de un protectorado de Inglaterra o Estados Unidos, o de ambos. La burguesía panameña nunca tuvo un proyecto propiamente nacional autónomo, claro y acabado, ni mucho menos la fuerza y la voluntad de llevarlo a cabo. Y no podía ser de otro modo dado su carácter de agente local de capitales extranjeros.

 

Prueba de la inexistencia de un real movimiento independentista, antes de que fuera evidente el rechazo del Tratado Herrán – Hay, es decir, mediados de 1903, son las citadas cartas de 1902 firmadas por Obaldía, Arias, Terán, etc. Tampoco existen evidencias de que los derrotados liberales de la Guerra de los Mil Días se propusieran ninguna independencia. Por el contrario, las palabras de Porras son bastante claras en el sentido opuesto.

Es eso precisamente lo que dice Justo Arosemena (El Estado federal de Panamá), el cual cada vez que usa el concepto de nación lo hace para referirse al conjunto del estado colombiano. Por ejemplo, cuando considera la posibilidad de la separación del Istmo afirma categóricamente: “Es esto más de lo que el Istmo apetece…, mucho más cuando solo quiere un gobierno propio para sus asuntos especiales, sin romper los vínculos de la nacionalidad”[5].

 

Pero los pensadores panameños leen a Justo Arosemena al revés, y ponen en él argumentos que no están dichos en esta obra, para presentarlo como supuesto precursor de una independencia que supuestamente alcanzamos en 1903.

 

El segundo aspecto problemático del concepto Nación, es que en él suele presentarse como unitaria una realidad que es contradictoria. Porque el concepto Nación suele ocultar las contradicciones de clase, y presenta los proyectos sociales y económicos de la clase dominante como las aspiraciones de “toda la Nación”, cuando en realidad las diversas clases sociales tienen intereses y perspectivas contradictorias, que se expresan a través de sus partidos, líderes y organizaciones.

 

Esta perspectiva sobre la Nación y la unidad nacional se vio agravada por la influencia en la intelectualidad latinoamericana del marxismo stalinista a mediados del siglo XX. El stalinismo soviético, basa su concepción política e histórica en lo que se denominó la “teoría de la revolución por etapas”, según la cual, los países capitalistas atrasados, las colonias y las semicolonias debíamos repetir el proceso histórico seguido por las naciones capitalistas desarrolladas de Europa y Estados Unidos.

Desde esta perspectiva, la lucha por la emancipación nacional frente al dominio imperialista, requiere un gran frente nacional de clases sociales, dirigidas por la “burguesía nacional” o “burguesía progresista”, que confronte al imperialismo extranjero y su aliado interno (la “oligarquía”), haciendo una primera revolución nacionalista burguesa, que inaugure una fase histórica de desarrollo económico capitalista nacional. Luego, en algún momento del distante furturo, cuando alcanzáramos el mismo nivel de desarrollo socioeconómico de Europa, estaría planteada la fase de la revolución socialista.

Esta teoría, probadamente falsa, tenía por resultado el apoyo político a un sector de la clase dominante, de la cual se exaltaban sus supuestas contradicciones con el capital extranjero. Pese a los devaneos de Diógenes De La Rosa y Ricaurte Soler con el trotskismo (la perspectiva opuesta), se hace evidente, tanto por la vida pública del primero, como por la obra del segundo (en especial su concepción del régimen torrijista[6]) que su visión estaba permeada por la perspectiva stalinista del problema nacional.

La historia ha demostrado que: por un lado, no hay una autonomía de la burguesía nacional de los países oprimidos respecto al capital imperialista, sino más bien una estrecha relación y dependencia, que es más cierta en la fase dela globalización neoliberal; y que las revoluciones del siglo XX que triunfaron no se detuvieron en una fase intermedia, sino que combinaron tareas burguesas (como la industrialización) con socialistas (como la expropiación de la industria). Es lo que León Trotsky  llamó “revolución permanente”.  Cuba es el ejemplo típico.

 

 

[1] De La Rosa, Diógenes. “El conflcito de lealtades en la iniciación republicana”. Revista Temas de Nuestra América No. 189. GECU. Panamá, noviembre de 1997.

[2] Loc. Cit.

[3] Ibidem.

[4] Soler, R. “La independencia de Panamá de Colombia”. En Ricaurte Soler. Pensamiento filosófico, histórico, sociológico. Revista Lotería No. 400. Panamá, diciembre de 1994. Pág. 67.

[5] Arosemena, Justo. El Estado federal de Panamá. EUPAN. Panamá, 1992. Pág. 13-14.

[6] Soler, R. Panamá, nación y oligarquía. En: Las clases sociales en Panamá. CELA. Panamá, 1993.

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