Panama: la carrera docente universitaria

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El rector de la Universidad de Panamá, Eduardo Flores, ha convocado en  los primeros días de este mes  un congreso universitario para analizar la actual ley orgánica y proponer modificaciones. Ocasión que aprovechamos para opinar sobre uno de los aspectos más absurdos e injustos de la institución, según sea la suerte y las amistades de cada profesor: su carrera docente.

Como egresado de la institución en todos sus grados académicos, desde licenciatura hasta doctorado, pasando por maestría, y de asistir a una cantidad infinita de seminarios y cursos de formación continua, a lo largo de casi un cuarto de siglo de ejercer el profesorado, incluso como dirigente gremial y exsecretario general de la APUDEP, puedo afirmar con motivo de causa y toda la responsabilidad que ello conlleva, que la carrera docente actual es irracional y está hecha para manipular de manera clientelista al educador.

Como denunciaba un colega hace unos meses, en la Universidad de Panamá hay  al menos 19 categorías docentes, con sus respectivas escalas salariales, pero con funciones confusas: cinco categorías de asistente, cinco categorías de profesores “especiales”, eufemismo que quiere decir  “eventuales”, que su prolongación en el tiempo divide en dos subcategorías, “banco de datos” y “nombramiento por resolución” (para poder tener acceso al crédito), a las que siguen las categorías de “regulares” (permanentes): adjuntos, auxiliares, agregados y tres categorías de titulares.

Algunos, como en mi caso, permanecemos varados por años tratando de escalar todo este complejo sistema de categorías, pese a méritos y esfuerzos académicos de todo tipo. Veinticuatro años de servicio, media docena de libros publicados, artículos (indexados y demás), investigaciones, estudios y, recién, acabo de ganar un concurso de cátedra que dice que soy regular, es decir, permanente y que he llegado a la última categoría, creo. Otros han tenido mejor suerte y han podido escalar meteóricamente, en una mezcla de suerte, méritos, buenas amistades y “la mano de Dios”.

A lo que hay que sumar la dedicación de “tiempo parcial, medio o completo”, según sea la relación del docente con el rector de turno, pues de él depende su adjudicación. Hay casos de docentes que llevan una carga de horas de clase igual los tiempos completos, pero su salario es tiempo parcial porque no han podido conseguir la anuencia de las autoridades. Peor aún, un docente concursa, gana la cátedra, pero si el dedo del rector no le acompaña, se queda como tiempo parcial sin ver mejoría salarial. El rector Flores se ha comprometido a que haya continuidad de la dedicación, pero hasta ahora no varía el procedimiento.

Bajo diversos argumentos pseudo académicos, las autoridades y la rosca se han opuesto a una reforma racional de un sistema que obedece a un esquema del siglo XIX, pero que sirve para la manipulación política del docente. Es hora de cambiarlo.

La médula del problema son los llamados “concursos de cátedra formales”, que  solo se convocan a conveniencia de la rectoría, en tiempos electorales, y a cuenta gotas, lo que  ha producido la aparición de tantas subcategorías, que dan mejoras salariales, pero no la permanencia.

Además, habría que discutir qué se entiende por “cátedra”, que no tiene que ver nada con la universidad medieval de la que surgió el concepto.

En su momento, en la directiva de APUDEP propusimos la simplificación del sistema, de la siguiente manera: que el concurso formal de entrada a la carrera docente sea el de “banco de datos” y su periodo de prueba, a partir del que se escala a través del ascenso de categorías, basado en un sistema de méritos (puntajes) más tiempo, que puede ser cada cinco años.

Con esto  habrían dos categorías docentes: eventuales y regulares. Estos últimos en una escalerilla de categorías de I a V, llegando a la última a los 25 años de servicios, si se cuenta con el puntaje de méritos requerido.

 

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