Publicado en: 10 febrero, 2018

Panamá: ética, familia y sociedad

Por Olmedo Beluche

La resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sobre el matrimonio igualitario, para parejas del mismo sexo, ha abierto un interesante debate sobre ética, moral, valores, religión, familia y derecho.

 

La resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sobre el matrimonio igualitario, para parejas del mismo sexo, ha abierto un interesante debate sobre ética, moral, valores, religión, familia y derecho.

Los valores emanan de la realidad social y cambian con el tiempo

La primera afirmación que corresponde hacer es que la ética, la moral, los valores y el derecho, como en general el mundo de las ideas y la cultura, no caen del cielo, sino que son producto de la sociedad. El grado de desarrollo tecnológico y la existencia o no, y de qué tipo clases sociales, que posea una sociedad determinada, produce el orden moral   que calza con sus necesidades.  Como dijera Carlos Marx, “el ser social determina la conciencia”.

Lo que quiere decir que, en términos generales, en una sociedad dividida en clases sociales los valores prevalecientes serán los que impongan los grupos dominantes y sus intereses. Aquí la moral es un mecanismo de control social tan efectivo como el aparato represivo del Estado. Por supuesto, los grupos dominados también pueden forjar valores alternos que salen a flote eventualmente por algunos “resquicios”, pero la moral prevaleciente siempre será la que convenga a la clase dominante, la que cuenta con el derecho y el Estado para imponerla.

Claro que la frase de Marx no debe ser interpretada en sentido mecanicista, pues puede haber individuos de la clase dominante que desarrollen criterios éticos confrontados con el interés de su clase, así como de hecho hay elementos de las clases dominadas que asimilan los valores que sirven a sus explotadores.

La segunda afirmación general que debemos hacer es que los valores, el derecho y los tipo de familia, cambian conforme cambian las sociedades, no son eternos. Y se nos dirá que esto es una “locura” pues hay valores fundamentales que son inherentes al ser humano. A lo cual responderemos que esos valores son interpretados acorde con la situación del momento y nunca han sido tomados por la sociedad de manera absoluta.

Por ejemplo, “no matarás”. Pareciera que estamos ante el valor más absoluto, pues lo dicta la preservación de la especie y, sin embargo, las sociedades siempre lo han relativizado. La autopreservación y el dominio de algunos pueblos o grupos sociales sobre otros siempre las ha permitido “justificar” la muerte de los contrarios. Es la ley de todas las guerras. La propia Iglesia católica y evangélica, defensora de los “diez mandamientos”, muchas veces justificó la muerte de los “infieles” en nombre de la Fe. Quien lo dude que repase la historia de la Conquista de América, de las Cruzadas o la lucha entre la Reforma y la Contrarreforma.

La religión no es terna, también cambia

La religión misma, generadora y transmisora de valores, cambia con el tiempo. No siendo igual las religiones animistas de los pueblos primitivos, basadas en la absoluta incomprensión y el estado de impotencia frente a las fuerzas de la Naturaleza; que las religiones de las primeras civilizaciones, mucho más volcadas al control de las sociedades, en que gobernantes y sacerdotes, reyes y dioses, se confundían en las mismas personas; que las religiones modernas, mucho más sofisticadas.

Incluso dentro del propio cristianismo hay múltiples variantes, surgidas históricamente por claras razones sociales: ortodoxos y católicos romanos, dos vertientes surgidas de la división del imperio romano; el cisma protestante nacido al calor de los nuevos valores capitalistas confrontados con el catolicismo medieval, etc.

Así mismo podríamos decir que, aun dentro del catolicismo, no es lo mismo el Opus Dei que la Teología de la Liberación; como tampoco se puede reducir a todos los musulmanes a sinónimos de talibanes. Cada versión depende del contexto social que le ha dado origen.

No hay un “diseño natural de familia”

Las formas de familia también han variado con el tiempo: en muchas comunidades primitivas, como las estudiadas por el antropólogo L. H. Morgan (citado por F. Engels en su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”), en las que prevalecía ciertos tipos de promiscuidad sexual; a la familia patriarcal heredada de la antigüedad romana, en la que “famulus” era sinónimo de esclavitud o propiedad del “pater”; a la sociedad moderna capitalista, en la que las mujeres, luchando, han pasado de subordinadas legales a sus padres, hermanos y maridos, a lograr espacios de igualdad legal.

Ni hablemos de sociedades como la Grecia clásica, tan querida de los defensores de la cultura occidental, de cuyas ideas se nutrió el cristianismo, en la que prevalecía tal grado de obcecación patriarcal que, los matrimonios heterosexuales, sólo servían para la reproducción, puesto que la mujer era considerada inferior.

Por ende, el verdadero amor (“platónico”) solo era posible entre iguales, es decir, entre hombres. Donde era común que los hombres de las élites tuvieran amantes jóvenes varones (efebos). De manera que siempre han existido parejas del mismo sexo, lo único que ha cambiado es la moralidad pública, que a veces acepta y otras rechaza, las relaciones homosexuales, las cuales siempre han existido de hecho.

En ningún lado ha existido algo como “el diseño natural” de familia, ni siquiera en la Biblia, donde se aprecian todo tipo de familias, patriarcales, por supuesto. Desde Abraham, que tenía dos mueres, a Salomón que tuvo más de doscientas, de acuerdo al libro sagrado. Lo que tienen en común la Biblia, como El Corán, es la descripción de un tipo de familia, prevaleciente en la Edad Media, en la que la mujer se supedita a la voluntad omnímoda del marido. Una época en que la Iglesia, la nobleza y el Estado se fundían.

Sobre el “matrimonio civil”

Ese tipo de familia pertenece al pasado. Desde la Revolución Francesa, la Independencia de Estados Unidos y la de Hispanoamérica, y a lo largo del siglo XIX, los valores de la modernidad capitalista han ido sacando a la religión y a la Iglesia de las relaciones entre “civiles” y con el estado.

El derecho civil moderno, impuesto en Europa por Napoleón, establece que es el Estado, mediante la Ley, el que regula las relaciones entre civiles, quitándole ese poder que en la Edad Media tuvo la Iglesia católica. La educación, los registros de nacimiento y defunción, además del matrimonio son regidos por el Estado a través de autoridades designadas por la ley.

De manera que el matrimonio que no se hace en una iglesia, sino ante un juez o notario debidamente autorizado por la ley, es un MATRIMONIO CIVIL.

Por ende, que las iglesias católica y evangélica pretendan que las parejas homosexuales pueden tener una “unión civil”, pero no un matrimonio, es una falacia lógica, porque toda unión de parejas regulada por el Estado es un “matrimonio civil”.

Por supuesto, las iglesias tienen el derecho de negar al “matrimonio religioso” a parejas del mismo sexo si eso contraviene sus convicciones. Pero las iglesias no pueden pretender imponerle al Estado sus valores religiosos para regular las relaciones civiles, eso sería retroceder a la Edad Media, en materia de ética, moral y derechos.

Eso es lo que debiera defender cualquier estadista o político que se jacte de “liberal”, para no decir “progresista”, menos de izquierda. Pero en la actual crisis moral de este capitalismo decadente, en que los principios no valen nada, y lo que impera es la corrupción y el oportunismo, los supuestos liberales y progres juegan con el silencio o se inclinan ante las Iglesias a ver si así ganan votos a costa de lo que sea.

La “crisis de valores” y la familia

En este sentido, la llamada “crisis de valores” de la sociedad moderna no es más que el reflejo de la crisis de la sociedad misma. Crisis compleja, donde elementos arcaicos chocan con la modernidad “globalizada” del capitalismo, así como con incipientes esfuerzos por una sociedad nueva, que chocan contra los dos anteriores. Es decir, hay un conflicto de valores provenientes de varios planos distintos de la realidad.

Por ejemplo, se habla de la crisis de la familia como el origen de la crisis de los valores, lo que supuestamente es germen de diversos males sociales como la delincuencia, la drogadicción, la sexualidad libre, etc.

Frente a los descarnados valores capitalistas, centrados en el lucro y el dinero por encima de todo, algunos añoran la familia, y la sociedad tradicional, supuesto modelo de felicidad y encarnación de valores estables. Si los jóvenes se vuelcan a las pandillas o la delincuencia, se culpa a sus familias, por descuidar su crianza. Si las jóvenes se convierten en madres adolescentes, se culpa de su desenfreno a sus padres, y en especial a sus madres, por no moldearlas en los valores de la castidad y la continencia.

Pero este enfoque es doblemente equivocado. Por un lado, porque exonera de responsabilidad al verdadero causante de los males sociales y de la crisis de la familia, el sistema capitalista, sustentado en la explotación y la ley de la ganancia. Si padres y madres no pueden criar y atender a sus hijos, no se debe a que el “mal” se haya entronizado en sus mentes, sino porque el capitalismo los obliga a trabajar desaforadamente para arañar algo del sustento diario.

Por otro lado, la familia tradicional estaba lejos de ser el emporio del amor y comprensión mutua entre sus miembros. La familia tradicional, apoyada por la religión y el Estado era un centro de la opresión de los hijos y la mujer, donde padre era el “rey de la casa”.

Las conquistas democráticas de la modernidad están mediatizadas por el capitalismo

La modernidad y sus valores es un fruto contradictorio. Por un lado, ha significado la conquista de derechos y nuevos valores democráticos para sectores sociales anteriormente subordinados, como la mujer. El divorcio, la anticoncepción, la ciudadanía y el derecho al trabajo son conquistas de las mujeres que la sociedad, la familia y los valores tradicionales les negaban. Son conquistas, no depravaciones, ni antivalores.

El aspecto negativo de la modernidad es que sigue siendo una sociedad escindida en clases, donde la clase dominante obtiene su riqueza y poder de la ganancia capitalista. Entonces todas las conquistas democráticas y los nuevos valores positivos están mediatizados por el lucro. La familia se ha vuelto esclava del trabajo, la sexualidad se ha convertido en objeto de consumo, la democracia un instrumento de los ricos, y por encima de todo reina el dinero venerado como ídolo.

Cambiar esta situación no puede resolverse en el mero plano de los valores, menos mediante la restitución de dudosos valores arcaicos, sino transformar la sociedad para que, sobre una base de equidad social puedan prevalecer nuevos valores centrados en la solidaridad humana.

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