Palestina clama por una solución

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Por Soraya Misleh

Soraya Misleh habla de la Nakba, la Intifada y el fracaso de la solución de los dos Estados como resolución del conflicto Israel-Palestina.

Frente a la continua colonización de tierras y del régimen institucionalizado de apartheid por parte de Israel, se plantea un tema fundamental: ¿cuál es la solución justa para la cuestión palestina, que ya dura casi 70 años? La síntesis histórica y la realidad son esclarecedoras.

El estado de Israel fue creado unilateralmente el 15 de mayo de 1948, mediante la limpieza étnica deliberada del pueblo palestino. La creación de un Estado homogéneo, exclusivamente judío, en tierras palestinas –esencia del proyecto sionista, cuyo movimiento surgió hacia finales del siglo XIX– culminó en la expulsión de 800.000 palestinos de sus casas y la destrucción de aproximadamente 500 aldeas. La sociedad palestina fue destruida y fragmentada, originando el problema de los refugiados –hoy, 5,1 millones en campos en los países árabes vecinos. Por esta razón, ese momento constitutivo de la historia contemporánea de Palestina es denominado por los árabes en general como nakba (catástrofe).

La división en dos Estados –recomendada por la Asamblea de las Naciones Unidas el 29 de noviembre de 1947, presidida por el brasileño Oswaldo Aranha– abrió camino para la ejecución de los planes militares trazados por el movimiento sionista para tal limpieza étnica, como comprueba el historiador israelí Ilan Pappé en su libro La limpieza étnica de Palestina. Israel quedaría, de acuerdo con la división, con 56% del territorio, a pesar de que por entonces apenas 30% de los habitantes eran judíos, incluso luego de las olas de inmigración de hordas europeas como parte de sus planes de colonización y poblamiento local. No obstante, el Estado fue creado en 78% de la Palestina histórica, demostrando que el intento sionista nunca fue contentarse con menos que todo el territorio y la expulsión de toda la población no judía. En 1967, Israel ocupó, durante la llamada Guerra de los Seis Días, el 22% restante de Palestina, o sea, Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental. En la propuesta de los dos Estados, este sería el quiñón destinado a los palestinos.

Tal “alternativa” pasó a ser aceptada formalmente por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1988. Creada el 28 de mayo de 1964, bajo el liderazgo de Yasser Arafat, ella abrió mano, así, de su reivindicación histórica, que consta en su carta de principios, de formación de un Estado único palestino, laico, libre, democrático y no racista. Al final de la primera Intifada palestina (levante popular), iniciada en 1987, fueron firmados en setiembre de 1993 los acuerdos de Oslo entre la OLP e Israel, con la intermediación de los Estados Unidos, sobre la base de esa idea.

Segunda Nakba

Aun cuando algunos palestinos, a partir de entonces hayan apoyado esa propuesta –no por hallarla justa sino porque no ven otra salida–, otros no por casualidad se refieren a esa ocasión como una “segunda nakba” y una rendición por parte de la OLP. El intelectual palestino Edward Said denunció de inmediato el acuerdo, denominándolo “Tratado de Versalles de la causa palestina”. No podría haber acertado más. La Autoridad Nacional Palestina (ANP), constituida a partir de Oslo, sin ninguna autonomía, con cooperación de seguridad y dependencia económica integral de Israel, pasó a administrar la ocupación. Eso facilitó la colonización de tierras, que se amplió significativamente. Entre 1993 y 2000, como señala la periodista Naomi Klein en su libro La doctrina del choque – el ascenso del capitalismo de desastre, el número de colonos israelíes se duplicó.

Como demuestra la autora, Oslo fue un punto de giro en una política que siempre tuvo en su base la limpieza étnica de los palestinos. Desde 1948 hasta entonces, había cierta interdependencia económica, la cual fue interrumpida. “Todos los días, cerca de 150.000 palestinos dejaban sus casas en Gaza y en Cisjordania para limpiar las calles y construir las autopistas en Israel, al mismo tiempo que agricultores y comerciantes llenaban camiones con productos para vender en Israel y en otras partes del territorio”, describe Klein en la obra. Luego de los acuerdos de 1993, el Estado judío se cerró para esa mano de obra que desafiaba el proyecto sionista de exclusión de esa población.

Simultáneamente, Israel pasó a presentarse, en las palabras de la periodista, “como una especie de shopping center de tecnologías de seguridad nacional”. En su libro, la autora afirma que, a finales de 2006, año de la invasión israelí al Líbano, la economía del Estado sionista, basada fuertemente en la exportación militar, se expandió vertiginosamente (8%), al mismo tiempo que se acentuó la desigualdad dentro de la propia sociedad israelí, y las tasas de pobreza en los territorios palestinos ocupados en 1967 alcanzaron índices alarmantes (70%).

“Campo de la paz”

Escondiendo ese escenario, la solución de los dos Estados sigue siendo promovida por la llamada “izquierda” sionista, que se presenta al mundo como el “campo de la paz”. “En otras partes del mundo, tal significaría necesariamente una plataforma socialdemócrata o socialista, o por los menos, una preocupación acentuada con los grupos social y económicamente desfavorecidos en una dada sociedad. El campo de la paz en Israel se ha concentrado enteramente en las maniobras diplomáticas desde la guerra de 1973, un juego que tiene poca relevancia para un número creciente de grupos”, señala Ilan Pappé en Historia de la Palestina moderna.

En reseña sobre la publicación “Falsos profetas de la paz”, de Tikva Honig-Parnass, el Ojan (Red Internacional de Judíos Antisionistas) demuestra que históricamente la “izquierda” sionista estuvo tan alineada con el proyecto de colonización de Palestina como la derecha. “Como ese libro muestra, desde antes de la fundación del Estado de Israel, la izquierda sionista habló demasiadas veces la lengua del universalismo, mientras ayudaba a crear y mantener sistemas jurídicos, gobiernos y el aparato militar que permitieron la colonización de tierras palestinas”.

La raíz de esa izquierda está en el llamado “sionismo laborista”, constituido a inicios de la colonización, a finales del siglo XIX y inicios del XX. Sus miembros reivindicaban la aspiración de principios socialistas y cultivaban, como informa el texto del Ijan, deliberadamente, esa falsa idea. Los diarios de los laboristas de la época demuestran su intención no declarada: asegurar la “transferencia” de los habitantes nativos (árabes no judíos en su mayoría) para afuera de sus tierras y la inmigración de judíos venidos de Europa para colonizar Palestina –un eufemismo para limpieza étnica–. “En uno de sus momentos más francos, David Ben-Gurion, principal dirigente de ese grupo y jefe del movimiento obrero sionista (que se tornaría primer ministro de Israel en 1948), confesó en 1922 que ‘la única gran preocupación que domina nuestro pensamiento y actividad es la conquista de la tierra, a través de la inmigración en masa (aliá). Todo el resto es apenas una fraseología’.” El artículo cita otra observación de Honig-Parnass: “En el 20° Congreso Sionista, en 1937, Ben-Gurion defendió la limpieza étnica de Palestina (…) para abrir camino a la creación de un Estado judío”.

Independientemente de autodenominarse de “izquierda”, de “centro” o de “derecha”, el sionismo visaba la conquista de la tierra y del trabajo, que sería exclusivo de los judíos. Para eso, la central sindical israelí Histadrut –aún existente y base del Estado colonial, propietaria de empresas que explotan palestinos– tuvo un papel central, y su fortalecimiento es defendido por sionistas de “izquierda”. En otras palabras, la diferencia entre los laboristas y los revisionistas (como Netanyahu) es que los últimos eran –y continúan siendo– más francos.

El único partido, hoy, que se autodenomina sionista de izquierda es el Meretz, creado en los años 1990. Como enseña Ilan Pappé en Historia de la Palestina moderna, el nuevo grupo de “palomas pragmáticas” surgió de la fusión del “movimiento de derechos civiles de Shulamit Aloni, un partido liberal de línea dura llamado Shinui (‘cambio, mudanza’) y el partido socialista Mapam”. El autor agrega: “Pragmatismo en este caso significa una veneración típicamente israelí de seguridad y disuasión, no un juicio de valor sobre la paz como concepto preferido, ni reconocimiento de su propio papel en la creación del problema”.

La “izquierda” sionista apoyó la invasión de Israel al Líbano en 2006 y subsecuentes ofensivas en Gaza, a excepción de la operación terrestre en 2014. Su alegación es que no abren mano del derecho de “defensa” de Israel. Es lo que cuenta Honig-Parnass en artículo publicado en The Palestine Chronicle. Durante la masacre en Gaza hace un año y medio, informa la autora, el Meretz se negó a participar de una manifestación conjunta con árabes-palestinos contra la ofensiva y por el fin del cerco a Gaza, porque cuestionaba ese “derecho”. En su artículo, Honig-Parnass cita la declaración de una dirigente del Meretz, Hain Orom, al respecto: “Nuestra posición es esencialmente diferente del denominador común de aquellos grupos que organizaron la manifestación: Meretz apoya la operación en Gaza. Esos grupos no aceptan el derecho básico de autodefensa del Estado de Israel, lo que nosotros apoyamos. La masiva mayoría del partido votó por la operación y por una resolución en oposición al acto terrestre”.

Enarbolándose a favor de la paz, la “izquierda” sionista intenta apagar o justificar la Nakba. Justifica la afirmación sobre la naturaleza democrática de un Estado judío y defiende la lógica de “separados, pero iguales”.

La idea de los dos Estados como única salida, si no bastase nacer injusta, por no contemplar la totalidad del pueblo palestino –incluida ahí la mayoría que está fuera de sus tierras y el millón y medio que vive en los territorios de 1948 (hoy Israel) y son sometidos a leyes racistas– se volvió absolutamente inviable frente al avance de la colonización y del apartheid israelí tras Oslo. Gaza y Cisjordania se encuentran totalmente segregadas y lo que se tiene en esta última área es un territorio recortado, sin conexión entre una ciudad y otra. Rutas exclusivas que interconectan los asentamientos también se han ampliado en los territorios ocupados.

Hoy, pensar en esta propuesta sería semejante a legitimar el régimen institucionalizado de apartheid, con un Estado dividido en bantustanes, sin ninguna autonomía, en menos de 20% del territorio histórico de Palestina. Esta “solución” está enterrada, como reconocen especialistas en el tema del porte de Ilan Pappé, y es menester desenmascarar su significado.

Soraya Misleh es periodista palestina-brasileña, especialista en Globalización y Cultura por la Fundación Escuela de Sociología y Política de San Pablo, profesora en Estudios Árabes por la Universidad de San Pablo (USP), y Directora del ICArabe – Instituto de Cultura Árabe.

Traducción: Natalia Estrada.

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