Paco Fernández Buey (1943-2012): Un agitador de la utopía

Tras la pérdida de Fernández Buey, permanece su ejemplo y la caja de resonancia de sus ideas

Escribo conmocionado por la muerte de Francisco Fernández Buey, mi querido Paco, que me acaban de comunicar, y con la precipitación a la que obliga el cierre de la edición del periódico. Sin embargo, no me es difícil, como en un torbellino, evocar sucesivas imágenes de Paco, al que conocí hace ya tantos años.

Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi, recién entrado yo en la Universidad, en una asamblea de estudiantes que se celebraba en el paraninfo. Paco era ya un dirigente estudiantil famoso y enseguida pude apercibirme de las causas: pese a que no era corpulento, su capacidad de dominio del espacio y de persuasión de los oyentes eran enormes. Me cautivó su voz grave y bien modulada, pero, sobre todo, la mesura extraordinariamente armónica de sus argumentos. Aunque él era entonces muy joven —debía de tener unos 23 años— ya reunía toda la capacidad del que puede encabezar un proyecto por la limpieza y convicción de sus ideas. Aquella primera ocasión fue la piedra de toque para medir cuántas intervenciones públicas les escuché a Paco Fernández, siempre firmes, y siempre de una elegante elocuencia.

Con los años comprobé que esa imagen exterior de Paco, que le habían convertido en una leyenda en la ciudad, se conciliaba perfectamente con su existencia cotidiana. En privado, era un hombre muy afable, de fácil conversación, que emanaba continuamente una gran coherencia en sus convicciones. A lo largo del tiempo tuve la oportunidad de colaborar repetidamente en empresas editoriales e intelectuales en las que él participaba. Nunca falló en la transmisión de esta honestidad y hondura morales que tanto le caracterizaban. Como es sabido, siempre mantuvo posiciones políticas revolucionarias que, en su caso, estuvieron sostenidas por unos fundamentos culturales de enorme solidez. Su inconformismo y su rebeldía éticas se agrandaban en la misma medida que su profundidad intelectual las hacía consecuentes. Tras años de encuentros intermitentes, en los que se forjó un gran aprecio mutuo, tuve la fortuna de coincidir con él en estas dos últimas décadas en la misma Universidad Pompeu Fabra. Nuestros despachos estaban situados en el mismo pasillo y esto nos daba la oportunidad de conversar frecuentemente. Paco Fernández era un brillante profesor y ensayista, vertientes que él desarrolló siempre en paralelo a su inconmovible militancia política.

Su muerte significa una enorme pérdida desde todos los puntos de vista. Con él desaparece uno de los grandes agitadores de la utopía, si bien permanece su ejemplo y la caja de resonancia de sus ideas. Para mí la pérdida es doble porque se desvanece un referente intelectual y moral y, simultáneamente, se aleja un amigo querido. En el vértice del torbellino de imágenes que ahora me envuelve permanece, como una tierra firme inalterable, la amistad, complicidad y lealtad que nos ha unido durante tantos años.

Rafael Argullol es escritor.

El País (Cataluña), 25 de agosto de 2012

 

Carta a Paco

 

Conocí a Paco, es decir, a Francisco Fernández Buey, en Guadalajara, durante una Asamblea de CLACSO, en noviembre de 2001. En México, un país duramente machista encontrar un varón capaz de comprender la sensibilidad feminista y de acompañarme en los paseos por la ciudad fue un regalo de la vida.

Afinidades electivas nos ligaban, nos ligan aún, querido Paco: un rojo antifranquista, conocedor de Gramsci, lector atento de Marx, explorador del país de Utopía.

Paco y yo hicimos amistad, una amistad bonita, de charlas intensas durante esos días en los que discutíamos las lecturas de Gramsci, la incidencia del Althusserianismo en América Latina, y los horizontes de la utopía. Luego nos escribimos.

Recuerdo particularmente (y conservé) algunos de los correos que intercambiamos en una coyuntura en la cual mi país se derrumbaba, desangrado por los organismos internacionales y los ajustes neoliberales.

Nos hallábamos en pleno Delaruato.

El país ardía por los cuatro costados, la policía fascista heredada de la dictadura reprimía en forma salvaje a gente hambreada so pretexto de atentado contra la propiedad privada. La gente saqueaba por hambre y desesperación… inorgánicamente, con palos y piedras mientras la gendarmería y las policías, federal y provinciales arremetían contra gente desarmada, niños, embarazadas, viejas y viejos. Gentes sin dientes, sin trabajo, ni siquiera carne de explotación, se sublevaron en esas jornadas históricas del 19 y 20 de diciembre. De la Rúa convocaba en mi país los más horrorosos espectros del pasado invitando a los militares de nuevo. Entonces se trataba del general Brinzoni, el asesino de Margarita Belén.

Hoy, 25 de agosto de 2012, Paco deja de estar con nosotras y nosotros. Es su país el que ahora arde, acosado por la crisis del euro, la desocupación, el robo descarado de los ahorros de los viejos, el avance de la feroz derecha franquista. Una vez más nos hallamos en estado de emergencia.

Cuando aquello sucedía Paco me hablaba de las meigas. Transcribo sus palabras porque le debo esa chispa de risa y magia en un momento en el que sentía que mi país y mi gente transitaba lo más profundo de la noche. Paco deseaba que las meigas me acompañasen y me decía:

“Querida Alejandra:

¿Qué son las meigas? ¡Ay, las meigas! Es una palabra de origen gallego.

Son seres misteriosos, naturalmente de género femenino, a los que en Galicia se les atribuye la causa de casi todo aquello que no tiene una explicación conocida o racional.

Nadie sabe si existen o no, pero allí se dice (y se repite por toda España) que «haberlas, haylas».

Hace décadas, cuando Galicia era tierra de campesinos, se decía a los niños que las meigas vagaban por los montes entre las nieblas.

Ahora siguen vagando por las rías contaminadas y a veces por las ciudades.

Las meigas y la morriña (el recuerdo melancólico de la tierra, sus costumbres y demás) son la sustancia diferenciadora del galleguismo. Hay un par de escritores gallegos, Alvaro Cunqueiro y Castroviejo, que han escrito excelentes cuentos sobre las meigas… Veré de conseguirte alguno”.

Y Paco se fue y me quedé sin los cuentos sobre meigas, sin sus observaciones agudas y afectuosas, sin su generosidad (la de enviarme sus textos inéditos).

Sé que nos veremos, compañero, cuando los desharrapados y las oprimidas de la tierra volvamos a intentar, dondequiera que sea, tomar el cielo por asalto. Sé que las meigas también acompañarán a quienes sostengan la voluntad y el deseo de insurreccionar a España.

Hasta la victoria siempre, querido Paco.

Mendoza, 25 de agosto de 2012

Alejandra Ciriza es una militante por los derechos humanos, activista feminista y socialista, profesora de filosofía política en la Universidad de Mendoza, Argentina. Colabora habitualmente en Sin Permiso.

 

En la muerte de Paco Fernández Buey

Paco Fernández Buey falleció ayer, a la edad de 69 años. Sus amigos le sabíamos gravemente enfermo, pero yo no esperaba un desenlace tan fulminante. Todavía conmovido por la noticia, Público me pide un recuerdo.

Conocí a Paco en 1971. En una cita política antifranquista. Antiguo dirigente estudiantil represaliado, estaba fuera de la Universidad, ganándose el sustento en trabajos editoriales. Readmitido en buena medida por la presión del movimiento estudiantil, le tuve dos años después como profesor. En una facultad, la de filosofía de la UB de entonces, que contaba ya con algunos brillantes profesores jóvenes –Jesús Mosterín, Jacobo Muñoz, Miguel Candel—, Paco consiguió brillar enseguida con luz propia. Aunque entonces y luego, durante bastantes años, tuve mucha relación académica con él, nuestro trato y nuestra amistad estuvieron sobre todo marcados por la militancia y el combate político, y siempre tuve la impresión de que ni siquiera nuestras (raras) discusiones sobre problemas filosóficas abstractos o desencarnados conseguían aislarse de los debates políticos en curso.

Paco fue un derrotado político. Como español de izquierda, lo fue por partida doble. Primero, porque el veterano luchador antifranquista no supo ni quiso acomodarse a las componendas de la llamada Transición democrática. Y segundo, porque el desplome internacional tanto de la izquierda socialista revolucionaria  como de la reformista radical a partir de los 80 pareció secar completamente el mar en que esas ideas eran respetablemente vivideras. El famoso “fin de la historia”, ya saben. Los intelectuales sólidamente críticos, cultos a la antigua –prosa tersa, elegante, jugosa, la de Paco— y políticamente insobornables quedaron quieras que no fuera de foco.  Vinieron a ser desplazados por la legión de valets de plume superficiales y acomodaticios que han configurado mediáticamente el lado “cultural”, espantosamente mediocre, de la segunda restauración borbónica.

Paco era algo menos pesimista que yo en lo tocante a las posibilidades de aprovechamiento político de las tribunas mediáticas que alguna que otra vez se entreabren aún al pensamiento inconforme. Hace seis o siete años me llamó, desalterado. Estaba enojado porque uno de esos que escriben regularmente en los periódicos sobre los mares y los peces se había permitido, encima, criticar a los “intelectuales de la izquierda” acusándoles de estar “callados”. Faltaba la “a”, claro, lo que están es acallados, y además, con pitorreo. “No te publicarán la réplica”. No se la publicaron, creo; tal vez ni siquiera se animó al final a escribirla..

En febrero de 2008 presenté en el CCB de Barcelona su último libro sobre el pensamiento utópico y su historia, estupendamente editado por nuestro amigo común Miguel Riera. Allí, y en la cena posterior, salió lo de la derrota política. Porque –se ve muy bien en el libro de Paco— los rebrotes de pensamiento utópico han solido acompañar a las grandes derrotas políticas de los movimientos sociales liberadores. Todavía no había estallado oficialmente la Crisis –Lehman Brothers no quebró hasta septiembre—, pero para los economistas y los científicos sociales serios (en SinPermiso acabábamos de publicar un premonitorio texto del historiador económico Robert Brenner, además de razonados augurios de Michael Krätke) era evidente que se gestaba una crisis capitalista mundial de grandes dimensiones. Recuerdo que salió en la cena la idea de que estábamos asistiendo al fracaso final del llamado “neoliberalismo” (remundialización de la economía y reliberalización de los movimientos de capitales; congelación de los salarios reales y estímulo de la demanda efectiva a través de políticas intervencionistas de inflación de burbujas de activos; financiarización de la economía y multiplicación del fraude de control). Que el “neoliberalismo” había conseguido aplazar o eclipsar por tres décadas los grandes problemas que el capitalismo y la crisis de civilización por él inducida planteaban ya en los 70. Y que esos problemas seguían ahí, y volvían a plantearse, inocultables a la vista de todos, en nuestro tiempo: el cambio climático y la crisis ecológica, la creciente dificultad del capitalismo tardío para restaurar tasas de beneficio sostenibles y para convivir con formas mínimamente democráticas de vida política.

La penúltima vez que nos vimos, hará cosa de dos años, y ya en pleno fragor de esta crisis del capitalismo que podría terminar siendo la más grave de su historia, volvimos sobre la idea. Todos los problemas económicos y de civilización que tanto discutimos de jóvenes en los 70 siguen ahí,  pero superlativamente agravados. Y en el caso español, además, con una crisis evidente del régimen político fraguado en la Transición. Acariciamos vagamente la idea de escribir sobre eso en forma de diálogo, un diálogo que fuera, de paso, una especie de reivindicación de la lucidez de nuestros mayores: de Manolo Sacristán, de Wolfgang Harich, de Ernest Mandel, de Edward P. Thompson, entre otros. Los crueles achaques de la vida nos privaron de la ocasión de hacerlo. Hasta siempre, Paco.

26 de agosto de 2012

Antoni Domènech es el Editor general de SinPermiso.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS