Pacifismo letal

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Al parecer jamás hubo tantos pacifistas en el mundo como ahora, cuando en todos los países los hombres se matan entre ellos. Cada época histórica tiene, no sólo su propia técnica y su propia forma política, sino también su propia hipocresía.

Si alguna vez las personas se destruyeron entre ellas en nombre de la enseñanza cristiana de amar a la humanidad, ahora sólo gobiernos muy atrasados apelan a Jesucristo y las naciones progresistas se cortan unas a otras las gargantas en nombre del pacifismo. Trump arrastra a los Estados Unidos a la guerra en nombre de salvaguardar la democracia, la paz perpetua y el destino manifiesto de los Estados Unidos de América.

A nuestra época le falta la sátira indignada de un Juvenal. De cualquier manera, hasta las armas más potencialmente satíricas están en peligro de ser impotentes e ilusas en comparación con la infamia y la estupidez servil de muchos gobernantes. Para muestra el que nos toca a nosotros los chilenos.

El pacifismo pertenece al mismo linaje histórico que la democracia actual. Los burgueses han hecho el gran intento al ordenar las relaciones humanas de acuerdo a la razón para suplantar las tradiciones por la institución del pensamiento crítico. La democracia burguesa demandó igualdad legal para la libre competencia y puso el parlamentarismo como la única manera de gobernar los asuntos públicos. Buscó también regular de igual manera las relaciones internacionales. Pero aquí se volvió en contra de la guerra, es decir en contra de un método de resolver todos los problemas. Lo cual es negación total de «la razón». Empezó a aconsejar a la gente en poesía, en filosofía, en ética, en moral y en los negocios pues, para la clase dominante. es mucho más útil introducir la paz perpetua. Estos son los argumentos lógicos del pacifismo.

Sin embargo, el fracaso real del pacifismo es el demonio que caracteriza a la democracia burguesa. Su crítica sólo toca la superficie del fenómeno social pues no tiene la intención ni el coraje para profundizarse en los hechos económicos. El realismo capitalista maneja la idea de la paz perpetua basada en la armonía de la razón, quizás más despiadadamente que la idea de la libertad, la igualdad y la fraternidad y, el capitalismo, que desarrolló una técnica sobre una base racional, falló en regular racionalmente las condiciones. Preparó y prepara armas para la exterminación mutua que no se les hubiesen ocurrido ni en sueños a los «bárbaros» de tiempos medievales.

La rápida intensificación de las condiciones internacionales y el crecimiento incesante del militarismo, han destrozado el piso debajo de los pies del pacifismo. Pero, al mismo tiempo, estas mismas fuerzas le han dado nueva vida, tan distinta de la anterior como un atardecer sangrientamente rojizo lo es de un amanecer rosado.

Los años que sucedieron a la última guerra llamada “mundial” fueron el período de lo que se dio en llamar la «Guerra Fría». Todo este tiempo no fue sino una guerra ininterrumpida en tierras del subdesarrollo. Estas guerras fueron peleadas en los territorios de gente económicamente débil y socialmente atrasada: en África, Asia y Polinesia y en América Latina han pavimentado el camino hacia el presente. Pero, al no haber habido una guerra europea desde 1945 (aunque hubo un número sustancial de conflictos agudos pequeños), la opinión pública entre los pequeños burgueses fue sistemáticamente incentivada para considerar una pax armada como una garantía de la Paz, lo cual gradualmente dio sus frutos en una nueva organización de ley internacional.

Los gobiernos capitalistas y las grandes empresas no vieron naturalmente nada que objetarle a esta interpretación «pacifista» del militarismo. Mientras tanto, los conflictos mundiales se preparaban y la catástrofe mundial está ya a un paso.

Teórica y políticamente, el pacifismo tiene la misma base que la doctrina de armonía social entre diferentes intereses de clase; y la oposición entre Estados nacionales capitalistas tiene la misma base económica que la lucha de clases. Su corolario oculto es que, si estamos listos para asumir la posibilidad de una contracción gradual de la lucha de clases, entonces debiéramos también asumir la contracción gradual y la regulación de los conflictos nacionalistas.

Los verdaderos guardianes de la ideología democrática, con todas sus ilusiones y tradiciones, son los pequeños burgueses. Los grandes burgueses de la clase dominante, que son pocos, saben esto: la clase autollamada media vacila siempre entre la izquierda y la derecha, al menos en la práctica.

En el mismo momento que el desarrollo de la técnica capitalista ha estado permanentemente socavando el rol económico que la pequeña burguesía, la franquicia universal y el servicio militar obligatorio le estaban dando, gracias a su fuerza numérica, la apariencia de ser un factor político y donde los pequeños capitalistas no han sido extinguidos por las grandes compañías, han sido subyugados por el sistema de créditos.

Sólo les restaba a los representantes de las grandes corporaciones subyugar a los pequeños burgueses también en la arena política, tomando todas sus teorías y prejuicios, otorgándoles un valor real ficticio. Esta es la explicación del fenómeno que habríamos de observar en los años previos a la guerra, cuando el imperialismo y la reacción crecieron a un nivel pavoroso mientras el florecimiento ilusorio de la democracia burguesa, con todo su reformismo y pacifismo, tomó lugar.

Las grandes empresas han subyugado a los pequeños burgueses a sus fines imperialistas por medio de sus propios prejuicios.

Francia e Inglaterra son ejemplos de este doble proceso. Francia es un país de capital financiero, sostenido en la base por una pequeña burguesía numerosa y generalmente conservadora. Gracias a sus antiguas colonias, y a la alianza con USA e Inglaterra, el estrato superior de la población fue arrastrado y usó para sus intereses, todos los conflictos del capitalismo mundial. Mientras tanto, el pequeño burgués francés e inglés se ha mantenido provinciano hasta la médula. Tiene un miedo instintivo a la geografía, y toda su vida le ha tenido gran terror a la guerra, principalmente porque tiene un solo hijo a quien le dejará su negocio y moblaje.

El pequeño burgués manda a otro pequeño burgués a representarlo en el parlamento, ya que este caballero le promete que preservará, por Él, la paz por medio de la ONU por un lado, y los rusos y chinos –quienes le cortarán las cabezas al Imperio, por Él– por el otro lado…

El diputado radical llega a París o a Londres, o a Santiago de Chile, –los del PPD, los socialistas y hasta algunos DC… –, no solamente lleno de los deseos de paz, sino también y únicamente con una noción mínima de dónde se encuentran las colinas del Golán, el Golfo Pérsico, Irán, Colombia o El Salvador y sin ninguna idea clara de por qué o para quién sirve bombardear a Bagdad o desarmar las FARC, si es necesario.

Estos diputados «pacifistas radicales» ayudan o permiten que el presidente elija a un ministro radical, que inmediatamente se encuentra tapado hasta el cuello en los engranajes de todas las obligaciones diplomáticas y militares previas llevadas a cabo por los variados intereses financieros de la Bolsa Global.

El ministerio y el parlamento nunca han cesado de entonar fraseología pacifista, y las poquísimas veces que se han salido de madre se retractan al mismo tiempo que ejecutan una política exterior que lleva a la guerra.

El pacifismo inglés y el norteamericano, –a pesar de toda la variedad de condiciones sociales y de ideología o de la ausencia de cualquier ideología como en Estados Unidos o en el Chile de los chicago boys–, llevan a cabo esencialmente el mismo trabajo: otorgan una salida para el miedo de los ciudadanos pequeño burgueses a eventos que sacuden el mundo, los cuales después de todo sólo pueden privarlos de los restos de su independencia. Se calman, al dormir su vigilia, gracias a nociones inútiles de desarme, leyes internacionales, tribunales de mediación y compromisos firmados. Luego, en un momento dado, le entregan cuerpo y alma al imperialismo capitalista, el cual ya ha movilizado todos los medios necesarios para sus fines; es decir, conocimiento técnico, arte, religión, pacifismo, «socialismo patriótico» y… poder militar.

«Estamos en contra de la violencia”, claman nuestros académicos, nuestros diputados, nuestros ministros. “Estamos todos en contra de la guerra». Por ende, resulta que la guerra fue forzada contra nuestra voluntad, y para cumplir nuestros ideales pacifistas debemos seguir la guerra hasta un “final victorioso». Así el representante del pacifismo grita luego: «¡Guerra hasta el final!»

Lo que más requieren la Bolsa de Valores, los bancos y los administradores de AFP para su buena ganancia, son pacifistas como el socialista Lagos, el demagogo Auth o el gordo repugnante ex de la OEA. «Si esos encapuchados terroristas están ejecutando la violencia, dicen, entonces tenemos a la razón de nuestro lado. Hay que liquidarlos sin ninguna vacilación.”

Es así como el pacifismo tiene su parte asignada en el mecanismo de la guerra, es así como lo tiene el lanza aguas venenoso y el incesantemente creciente personal para la guerra. «Si se llega a la guerra entonces, por supuesto, apoyaremos al gobierno, pero hasta ese momento es nuestro deber más sagrado el hacer todo lo que esté en nuestro poder para salvar a la gente del horror.»

En estas pocas palabras tenemos todo el programa del pacifismo pequeñoburgués: «Todo lo que esté en nuestro poder para evitar la guerra», significa proveer una salida para dar a la oposición del pueblo la forma de marchas, vociferaciones y manifiestos inofensivos, en los cuales el gobierno garantiza que, si la guerra llega, la oposición pacifista no pondrá obstáculo alguno a su camino represivo.

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