Pablo Iglesias, sobre la criminalización de la protesta social: “Hay más delincuentes potenciales en esta Cámara que fuera”

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, se emancipó hoy del pragmatismo administrativo del debate de investidura propuesto por Mariano Rajoy con la evidente intención de colocar su discurso en el diario de sesiones como jalón de un cambio de rasante en la historia política de España, eje de la bisagra temporal que asiste a un pasado que fenece, “el del turnismo” y un futuro que se insinúa, en el que “el miedo no será ya un operador político. Los únicos que tienen miedo son las élites y sus papagayos”. La pretensión del tono y texto de Iglesias fue más allá de encarnarse en primera voz de la inminente oposición –ante los evidentes problemas dialécticos de Antonio Hernando, portavoz del PSOE, para defender el sentido de Estado y el liderazgo de la oposición simultáneamente–, pues latía la reclamación de la condición de alternativa de poder. Presidenciable de un orden nuevo, el que, recordó en sucesivas ocasiones, gobierna las principales urbes del país, el que gana en la España plurinacional, y el que reclaman los menores de 45 años.

Por eso planteó su discurso en relación dialéctica con el de Mariano Rajoy, y realizó una aviesa tarea de descarte con el PSOE y Ciudadanos. Hernando había dejado botando el balón de las sucesivas renuncias del socialismo español, la renuncia al marxismo, la entrada en la OTAN, las reformas liberales…, con el corolario de que fueron muy duras, pero el tiempo acabó dándoles la razón, así que a Iglesias le costó poco asestar la puñalada mortal sugiriéndole incorporar al discurso una traición postrera: “Fue muy duro descabalgar a Pedro Sánchez pero el tiempo me dará la razón”. La idea le servía para recoger ese testigo simbólico de oposición, e incluso se permitió reprender a Hernando por apelar a la memoria de los viejos socialistas, sus luchas y sus conquistas, de las que, sin decirlo de forma expresa, se erigió el albacea. “Le pediré una cosa, señor Hernando, no manche el nombre de los viejos socialistas. No se comparen con ellos porque no tienen nada que ver”.

Iglesias desplegó su discurso de adversario principal del PP en torno a dos ejes, el cronológico, el de un tiempo histórico que hoy muta con la rendición socialista, y el anímico, el del fin del miedo, una idea en la que incidió reiteradamente: “La Brunete mediática existe, pero ya no asusta, da risa; los editoriales contra nosotros, no asustan, hacen el ridículo; sus diputados, cuando mencionan Cuba o Venezuela, no dan miedo, hacen el ridículo”, como forma de invitar a los ciudadanos a rebelarse contra el atributo de incertidumbre que sobre Podemos arrojan sus adversarios. Y el mecanismo argumental para conjurar ese sambenito fue la apelación al orden y la inusitada dureza con la que lanzó la sospecha de corrupción sobre los escaños del PP. “Nosotros somos una fuerza política de orden; lo que en estos años ha defendido la gente en las movilizaciones es el orden porque la gente humilde sólo tiene las instituciones para que la protejan, esas que ustedes convierten en su cortijo”. Y categorizó esa condición institucional y de defensa del Estado en el modo en que las movilizaciones defendían la sanidad pública, la educación o los derechos laborales frente a “los antisistema” del parlamento. “Hay más delincuentes potenciales en esta cámara que allí fuera”, dijo provocando una indignada reacción de los diputados populares y una llamada al orden de la presidenta del Congreso, Ana Pastor, que le pidió respeto al honor de la Cámara: “Me debo al honor de mi patria y de los ciudadanos de mi país, no al honor de esta cámara”, dijo antes de prevenir a los populares ante una reacción instintiva: “Va a ser divertido si después de hablar de delincuentes algunos diputados piden turno de palabras por alusiones, será su forma de retratarse”.

Y lanzó un dardo punzante al corazón mismo del PP: «Ustedes no le temen a las manifestaciones, es cierto que le deben tener más miedo a los jueces».

Lejos de tratar de abrir fisuras entre los tres partidos que propiciarán la investidura, hizo lo contrario, empatarlos, e incluso se atrevió a elevar un responso por Ciudadanos, el tercer actor, “que a mi juicio hoy agota su función histórica” al actuar de oficiante del matrimonio de PP y PSOE, al que también dedicó un réquiem: Completó su discurso citando a su homónimo fundador del PSOE: “Merecer el odio de las oligarquías será la mayor de nuestras honras”.

Agencias/Prensa

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