Pablo

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Por Mikel Arizaleta

Sin duda que el papa Francisco está dando otro aire a la manera de gobernar la Iglesia. Cuando menos ha introducido la crítica en algún ámbito de gobierno de la misma, trata de afrontar algunos de los problemas graves, que le persiguen desde décadas: el Vaticano como paraíso fiscal, su banco como lavadero de dinero negro y de mafia, clarificación de sus cuentas económicas, democracia en la manera de gobernar, respeto a los derechos humanos… Pero sigue con su respuesta eterna y desde siempre a los problemas del hombre de hoy, incluso antes de terminarse de hacer la pregunta ya viene con su respuesta, ese deus ex machina para las cuestiones que afectan a la vida, moral y costumbres de las gentes… Principios como matrimonio, homosexualidad, el origen de la persona, el aborto… y ese su eterno “es así y sólo así siempre y en toda circunstancia” muestra que la Iglesia sigue temiendo a la razón y acudiendo al mito a la hora de abordar sus respuestas. Cubriendo con la apelación al eterno, cual hoja de parra, su ignorancia y carencia. O, con otras palabras, a la hora de abordar la realidad y debatir un problema huye del careo con la ciencia.

Con los hombres más sabios, surgidos en su seno, con profesores de renombre y de curriculum vitae espeso, con predicamento en las aulas y en la investigación, con amor terco y de años demostrado por la verdad científica… con esos hombres sigue teniendo problemas, un grave problema. Nunca se ha entendido con ellos en los 2000 años de cristianismo. No, no es cosa del pasado. La amenaza, el anatema, la expulsión… siguen siendo hoy su práctica y respuestas a quien le increpa y encara con los pies en y desde la ciencia.

El problema, que le aqueja a la Iglesia no es sólo su organización y democracia interna, que también. Es una sociedad con graves rasgos feudales en su seno, sus jefes echan mano del espíritu santo en todo momento, convierten su dedo índice y su querer en prolongación del querer del dios celestial. Hablan en nombre de dios a la mínima exigencia, son sus comerciales, su actuación es divina, en comunicación directa con un cielo abierto a su capricho. La desavenencia o insumisión para con ellos es calificada de inmediato de herejía, de traición, de apostasía…, viejos conceptos militares de trato y sumisión sacados del armario del medioevo.

La ciencia, la teología del aula universitaria y de la investigación, ha metido mano y  puesto en claro viejos principios, atribuidos con petulancia a dios y al espíritu santo. La investigación humana donde había  prejuicio y “dice dios” ha puesto claridad y fecha de hombre. Se ha descubierto que las iglesias cristianas tienen los pies de barro, se anclan en rumores sin fundamento, en palabras y escritos caducos. Todavía  quien quiera estar al tanto de los avances en este campo, quien quiera acceder a trabajos novedosos y rompedores, quien quiera enterarse de la cuestión de dios a la luz de la investigación actual debe indagar en editoriales extranjeras porque las del estado español son excesivamente pusilánimes, bien sea porque se hallan atadas por estar la enseñanza en su mayor parte en manos de la Iglesia o porque el mundo en el que se mueven sigue siendo más meditación que ilustración.

Uno de estos sabios científicos  sobre los dos primeros siglos del cristianismo es el profesor de la Universidad de Gotinga, Gerd Lüdemann, que ha estudiado a fondo también al san Pablo de los cristianos. Pablo, el apóstol de los gentiles. Tom I: Estudios sobre la cronología (1980); Pablo, el apóstol de los gentiles. Tom II: El antipaulismo en el cristianismo primigenio (1983); El cristianismo primigenio según las tradiciones de los Hechos de los apóstoles. Un comentario (1987); La otra cara  del cristianismo primigenio (1995). Con motivo de la segunda edición de su gran libro y excelente trabajo, titulado Paulus, der Gründer des Christianismus”, anuncio y mensajero de otro más completo a punto de aparecer y titulado “Paulus nach 2000 Jahren”, traduzco su epílogo: Pablo, in memoriam.

Mikel Arizaleta

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Epílogo

Pablo, in memoriam

Sólo como nostalgia y  autoengaño es todavía posible una relación con la vieja figura de la fe cristiana para quien le ha dedicado por entero la reflexión de los últimos siglos (Un teólogo de Gotinga)

A Pablo se le considera con razón como una de las personas más influyentes del occidente cristiano. Fue al mismo tiempo judío, romano y cristiano. A sí mismo se vio sobre todo como apóstol, llamado personalmente por el Jesús resucitado para llevar el Evangelio  al mundo pagano. Pero la obra llevada a cabo por él en servicio del resucitado aclara sólo en parte su poderoso y peculiar efecto o resultado.

Éste se basa sobre todo en que los paganos convertidos a la fe en Cristo hicieron del apóstol Pablo la columna fundamental y sustentadora de la Iglesia cristiana, otorgándole en ella un lugar permanente: primero como autor de cartas, convirtiéndose en parte del Nuevo Testamento, luego como presunto autor de seis nuevas cartas imputadas a él, que asimismo encontraron acogida en la sagrada escritura. Y no suficiente con ello: a las trece cartas paulinas se añadieron otras sietes cartas más, a las que se les surtió con falsos remitentes como “Pedro”, “Santiago”, “Judas” o se atribuyó por alusión a Juan. El origen de esta colección de cartas –denominadas “católicas”- fue suscitado siguiendo el modelo de los escritos de Pablo. Sin el apóstol de los gentiles y su obra  éstas no se habrían escrito.

El efecto de Pablo no se muestra sólo en las cartas auténticas, en las falsas o simuladas, también aparece claro en los Hechos de los apóstoles de Lucas, cuya segunda parte está dedicada exclusivamente a Pablo. Su persona está presente por consiguiente en el punto central de casi un tercio de todo el Nuevo Testamento. Por tanto nada extraño que esta persona haya desarrollado en la historia de la Iglesia un increíble efecto y que haya bibliotecas enteras que nos hablen de él. Pero también en la historia universal juega Pablo, todavía a inicios de la edad moderna, un papel decisivo. En el siglo dieciséis se dividió la cristiandad occidental en la interpretación de la doctrina de la justificación de Pablo en dos bloques. Que ha tenido políticamente hasta el día de hoy consecuencias graves.

En vista de esta importancia universal y del interés teológico, que se manifiesta en innumerables comentarios de sus cartas, merece la pena en cualquier caso que nos ocupemos de él.

El debate sobre Pablo seguirá existiendo porque ahora por primera vez se comienza a desarrollar la historia de la interpretación como disciplina propia y desde esta perspectiva comienzan a vislumbrarse nuevos horizontes.

Por lo que el camino hacia el Pablo histórico se complica. Y sobre este Pablo histórico es el que versa este trabajo. Pienso que hoy día, a pesar de la inmensa distancia de dos mil años, es posible y debemos acercarnos a Pablo mediante una reconstrucción crítico-histórica para valorarle como fenómeno total. Y esta tarea abordo en este Pablo in memoriam, en esta necrológica, escrita como un recuento de su vida.

Pablo nació en la misma época que Jesús, en la gran ciudad de Cilicia, en Tarso. Pablo fue un judío de la diáspora, que había heredado de su padre la ciudadanía romana. Por lo que formaba parte de dos mundos, del judío y del grecorromano. Es verdad que ciertas trabas le dificultaron el contacto con los griegos y que con seguridad en el círculo del joven Pablo no se estudió a los griegos clásicos. Pero sí se le transmitió una formación básica a través del judaísmo helénico, que incluía la enseñanza en lengua griega.

Quedan en él también grabadas impresiones, estampas, del entorno, que más tarde se reflejarían en las cartas. Pablo visitó el teatro, asistió  a competiciones en el ruedo y en la plaza fue testigo de discusiones y debates filosóficos. Con otras palabras, percibió, vivió el mundo heleno, su amplitud y belleza, pero también se dio cuenta de su inmanente racionalidad. Quizá ya en el alma del joven Pablo pudo engendrarse el anhelo de un día formar parte de este gran cosmos.

De momento la religión paterna le transmitió el sentimiento de la pertenencia y al mismo tiempo el conocimiento de su exclusividad. Aprendió de memoria gran parte de la sagrada escritura griega,  de la Septuaginta. En una religión hereditaria y de abolengo él no era un mero simpatizante sino alguien al que le preocupa el dios, que escogió a Israel y le entregó para que viviera los diez mandamientos. Por tanto nada extraño que Pablo, antes o después,  se marchara de la casa paterna y fuera a Jerusalén. Aquí estudió, donde su padre celestial había mandado construir el templo y donde se hacían sacrificios a diario por los pecados de los judíos, en el centro geográfico del pueblo escogido por dios. Aquí se completó  la carrera del joven fanático como fariseo, y aquí quiso actuar, allí donde dios le había puesto. Parecía pergeñarse una carrera de eruditos como la de su maestro Gamaliel.

Pero todo transcurrió de otra manera. Y tuvieron que ver con su celo y fanatismo. Pablo conoció en Jerusalén un grupo de judíos de habla griega, que habían asistido a la misma sinagoga de Cilicia que él, pero que sostenían la mesianidad de un judío crucificado llamado Jesús. Y no sólo esto, proclamaban que Jesús había sido elevado por dios y todo ello unían con una crítica a la ley. ¡Vaya, como si ya el anuncio del Jesús crucificado como el mesías no fuera suficiente! Todo esto colmó el vaso de Pablo. El fanatismo por la ley paterna, por la honra divina, le impulsó a la acción. E intentó extinguir en origen el nuevo movimiento mediante la violencia física.

Otros judíos, como su maestro Gamaliel, pensaron que no había razón para intervenir y menos para hacerlo de ese modo tan draconiano. El joven fanático lo veía de otra manera.  El desarrollo de este grupo de seguidores de Jesús, originariamente procedentes de la diáspora, le dieron la razón. Aquí se creó un movimiento, que se iba a evidenciar como una amenaza mortal para el judaísmo. Ahora bien, la idea de que él iba a ser partícipe de manera decisiva en la posterior propagación de esta nueva enseñanza, en estos momentos le hubiera cortado la respiración.

Pero sucedió lo impensable: En medio de una  acción persecutoria sangrienta se le apareció en las afueras de Damasco y con figura celestial el mismo a quien él acosaba a sus seguidores. Y cuando Pablo le vio en su majestad ya no tuvo dudas. Al instante comprendió qué era lo que tenía que hacer: ponerse al servicio de Jesucristo, ya que éste era realmente el hijo de dios, así le pareció a él. Justo lo que sus seguidores decían de Jesucristo. Pablo no pudo hacer otra cosa que ponerse en contacto con la comunidad a la que había perseguido hasta ese momento. Y todo ocurrió  con un Pablo muy emocionado. La luz interior alumbró con tal fuerza que le cegó durante algún tiempo. Y uno de los nuevos hermanos, Ananías, le curó –por supuesto, en nombre de Jesús-, le acogió en su casa y le instruyó en el nuevo credo, del que el hasta ahora perseguidor tan sólo conocía algunos puntos.

Ahora Pablo tuvo tiempo para meditar sobre la aparición de Jesús. Recordó aquellos pasajes de la escritura en los que se anunciaba un futuro mesías. ¿Pero cómo compaginar con el mesías cristiano muerto en la cruz, con el mesías doliente? Al menos Pablo en sus estudios hasta ahora jamás había oído hablar de un mesías doliente. Pero como a él le parecía infalible el encuentro con el señor celestial y éste no era otro que el Jesús crucificado, el ex-fariseo, perito en la Biblia, encontró fácilmente una respuesta.

En una hilazón discursiva osada Pablo combinó el ideal judío de mesías con el siervo sufriente de dios del libro de Isaías (1Cor. 15, 3b). Lo que le resultó aún más convincente al constatar que el sufrimiento en Jesús fue tan sólo un estadio pasajero, transitorio, un peldaño antes de la entrada en la gloria celestial. Pero esto no valía sólo para Jesús sino también era aplicable a todos los demás cristianos. Todos ellos, antes del gran día, debían padecer un breve momento de tribulación.

Y para sí mismo Pablo descubrió, leyendo la escritura, un papel especial. Recordó aquellos pasajes en los que los profetas Isaías y Jeremías hablaban de que dios les escogió desde el vientre materno. Y Pablo se aplicó a sí mismo (Gal. 1, 15s) y creyó sentirse, al igual que ambos profetas en el pasado, llamado a la promulgación desde el vientre de su madre –por supuesto, por dios mismo-.

En Pablo se desarrolló una arrogancia tal que superó incluso a la de su época precristiana.

Este acontecimiento resulta tanto más alucinante  cuanto uno más en la cuenta cae que el hombre de Tarso jamás conoció personalmente a Jesús de Nazaret, por tanto ¿cómo podía derivar de modo directo e inmediato del mismo señor celestial su propia autoridad en vez de ir a la escuela con los perseguidos por él? ¿Qué es lo que tuvo que haber experimentado para reclamar esa inmediatez del cielo, que le autorizaba a presentarse y colocarse incluso en el mismo plano que los sucesores personales de Jesús? Así se atribuye sencillamente las palabras sacramentales de la cena del señor, que él tuvo que conocer en la catequesis de la comunidad, a una intervención y comunicación directa del señor mismo: “Yo he recibido del señor, lo que os he transmitido…” (1Cor. 11, 23). Y de modo semejante todo lo que se le transmitido por el señor. Era automáticamente santificado por la autoridad del señor, que había determinado personalmente que fuera su apóstol. Y como estaba permanentemente en contacto con él, recibía siempre según necesidad una indicación especial –él denominaba revelaciones o misterios- con consecuencias inmediatas para los demás.

Para Pablo el cielo siempre estaba abierto. Pero también podía ocurrir que un ángel de Satán le castigara a él, si así lo quería el señor, y cuando el exceso de revelaciones se le subía a la cabeza. Al mismo tiempo él era lo suficientemente fuerte para situar la violencia satánica allí donde pecados graves tenían que llevar a una muerte justa. Así en  un ritual solemne, con participación de la comunidad, entregó él a un incestuoso a Satán (1Cor 5). Todo esto tenía un objetivo doble: preservar a la comunidad de la contaminación e impureza y garantizar en el día del juicio la salvación del espíritu (imaginado cuasi corporalmente) del pecador –convertido por el bautismo en inmortal-. Además Pablo reconocía  al ángel de Satán allí dónde éste, revestido de falsos apóstoles, le dificultaba y complicaba la vida en las comunidades. Satán y sus ángeles en cualquier caso tenían siempre solamente una tarea determinada de antemano por dios y nunca para  actuar violentamente contra Pablo y sus comunidades. Su poder real en ningún caso se imponía al de Pablo o al de dios, que envió a su hijo al mundo para liberar a los hombres del pecado.

Pablo se sentía agente de dios y de Jesucristo. Juntamente con éste era él parte de un drama salvacional de dimensión cósmica. Un pensamiento fundamental en Pablo es que la salvación vale, rige, se dirige también a los paganos –pero ahora no en el sentido de que estos antes tienen que hacerse judíos, sino que pertenecen a la Iglesia de Jesucristo  con el mismo rango que aquellos judíos que creen en Cristo-. Y esto fue también dentro del judaísmo una idea nueva, que para Pablo era evidente tras una mezcla de anhelo, experiencia y reflexión sobre la escritura.

Pablo experimentó en su inicio la realidad de la unidad de la Iglesia de judíos y paganos de manera casi delirante. Alude a ello en dos pasajes en donde reproduce la liturgia con motivo de los bautismos de convertidos: “Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3, 28; 1Cor. 12, 13 sin “hombre-mujer”). Esta nueva realidad, recordada en el servicio divino,  quiebra todas las barreras, que la tora había erigido en torno a Israel. “Quien está en Cristo es una nueva criatura, murió lo viejo, ahora todo es nuevo” (2Cor. 5, 17), éste es el grito de júbilo de Pablo. Pero esta realidad sólo ha podido ser causada por la muerte conciliadora del hijo de dios, como muestra la continuación de la frase ya citada: “Y todo proviene de dios, que nos reconcilió consigo por Cristo” (2Cor. 5, 18). La liberación, realizada de esta manera, es también en otras cartas paulinas objeto de palabras laudatorias. Por ejemplo aquella pregunta jubilosa: “¿Si dios con nosotros, quién contra nosotros?” (Rom. 8, 31b), y la aclaración inmediata: “Él, que no perdonó ni a su propio hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rom. 8, 32).

Las experiencias de Cristo en el presente eran experiencias del espíritu. Pero el espíritu apuntaba a un suceso aún mayor, a la consumación del reino con la llegada de Jesús sobre las nubes del cielo. Y ahora se hallaba Pablo ante un gran problema. ¿Cómo hacer comprensible esta experiencia, que él había vivido en su comunidad nativa, a aquellos que habían conocido a Jesús mismo y esperaban en Jerusalén  la gloria futura y la recompensa del reino futuro? ¿Cómo les podía hacer creíble que el mismo Jesús, a quien ellos habían conocido y se les había aparecido tras su muerte, también se le había aparecido a él? ¿Cómo convencerles de que él mismo poseía el mismo poder que ellos para predicar el Evangelio y que en adelante incluso debía anunciar a los paganos la buena nueva?

De la historia de la relación de Pablo con la comunidad de Jerusalén se ve muy bien que ésta era todo menos clara. Una primera visita, unos tres años después de la visión de Cristo por parte de Pablo, duró dos semanas y sirvió para una toma de contacto cauta con el guía de la comunidad de allí, Pedro, el primer discípulo de Jesús. Durante la visita se habló ya del tema de la misión pagana y de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Pablo se quedó contento con el encuentro y con su acuerdo sobre la misión pagana, especie de licencia para su actividad predicadora en el mundo gentil, que iba a iniciar a continuación.

Pero se precipitaron los hechos, la misión pagana, acordada con Pedro como tarea de Pablo, fue extraordinariamente exitosa. Pero también surgieron comunidades judeo-cristianas: Lidia, Joppe, Cesarea, Sidón etc. Además el “santo espíritu”, presentado como un bien misterioso y maravilloso, se hacía oír y  se habría paso, primero en Siria, luego bajo la dirección de Pablo también en Galacia, Macedonia y Acaya. Había nacido un movimiento y llevado al mundo entero por un hombre, que conocía a Jesús de oídas, y de ahí que por eso  hablara sobre todo de su honroso puesto celestial y que estaba en relación directa con su señor.

El hecho del nacimiento del cristianismo, unido inseparablemente a la vida de Pablo, quizá se entienda mejor si comparamos el entorno espiritual  con una olla de agua hirviendo, por dentro a una altísima presión y con escaso escape. El judaísmo se había acercado a su punto de ebullición poco antes de la aparición de Jesús. A menudo era sacudido por nuevas oleadas de final de los tiempos, dividiéndole en muchos grupos. Juan el Bautista y su antiguo discípulo Jesús de Nazaret habían desatado de nuevo una oleada de llegada cercana delirante. Cuando ahora también el movimiento de Jesús, con la hechura de los helenistas,  acogen a paganos la temperatura se desata. El agua sale de la olla con toda su fuerza, llevándose consigo a Pablo, que en un principio trató de poner diques y encauzar. Las masas se desparramaron por los alrededores con una violencia  desenfrenada hasta  abocar con el paso del tiempo en sendas algo más tranquilas.

Repentinamente surgieron numerosas nuevas comunidades –más allá de la religión judía y pagana-, que se situaron entre judíos y cristianos. Con lo que se anunciabas conflictos próximos en el horizonte. Era imposible que no ocurriera nada, que  inmediatamente judeocristianos estrictos no observaran con gran escepticismo el impulso ilegal, anárquico, en las comunidades ahora mezcladas, e intentaron intervenir. Podía darles igual lo que los cristianos paganos hacían, pero para ellos era sobre todo importante que estos no se mezclaran con los judeocristianos porque de ese modo corría peligro su identidad judía. La exigencia de una separación estricta de los judeocristianos de los hermanos paganos era tan sólo una cuestión de tiempo. Y vino lo que tenía que llegar: Enviados de la comunidad de Jerusalén se enzarzaron en una dura disputa en la comunidad mixta de Antioquía a la vista de Pablo sobre la pureza de los judeocristianos, cuestionando todo lo conseguido hasta ahora. Pablo recibió una revelación de su señor celestial para que fuera a Jerusalén, catorce años después de la primera visita. Debió partir orgulloso y con corazón imperturbable porque llevó consigo al griego incircunciso Tito, al objeto de poner los puntos sobre las íes.. Ni tampoco por casualidad  le acompañó un antiguo compañero de Pablo en la misión, Bernabé, si bien formaron también parte aquellos judeocristianos estrictos, que tras las palabras de Pablo se habían colado en la comunidad para espiar la libertad de los cristianos paganos.

El punto de partida era muy otro comparado  con el de la primera visita. En Jerusalén el poder había cambiado tanto que ya no era Pedro sino el hermano carnal de Jesús, Santiago, quien ostentaba el poder al frente de un trío formado por Santiago, Pedro y Juan.  Cabe destacar también que aquí, al frente de los dos discípulos personales de Jesús, es decir, Pedro y Juan,  se halla alguien (Santiago), que no sólo no tuvo contacto con Jesús durante su vida sino que se mantuvo escépticamente  enfrente –al igual que los restantes miembros de la familia, incluida la madre María- .

Tras duras disputas en Jerusalén se llegó a un acuerdo, que fue rubricado con un apretón de manos formal: En la misión los de Jerusalén eran  los competentes para los judíos, pero Pablo y Bernabé para los paganos. Pero más importante que esta regulación necesitada de interpretación fue el hecho del acuerdo en sí. Con ello se salvaba de momento la unidad de la Iglesia  y es sobre todo a Pablo a quien corresponde el debe.

La unión, como en muchos acuerdos,  consistía en una especie de parágrafos flexibles que permitía a las partes interpretarlos a su manera. En lo referente a los judíos  se podía entender  tanto en los del país natal Palestina como en los de la diáspora. A pesar de todo el tema más acuciante no se trató, a saber: cómo iba a ser en adelante la vida conjunta en las comunidades mixtas. En todo caso el acuerdo no excluía que fuera interpretado en favor de una separación estricta entre judeocristianos y cristiano-paganos. Además la “fórmula del acuerdo” de Gal. 2, 9 tenía también una cláusula adicional clara, el acuerdo  de la colecta (Gal. 2, 10), que debía ser  una piedra de toque para la relación de la Iglesia judeocristiana y  pagano-cristiana. Sobre el acuerdo de una colecta no hubo discusión posible. Las comunidades pagano-cristianas, representadas por Pablo y Bernabé, eran las que debían aportar. Ello dio la posibilidad a Pablo de  hacer responsables y garantes a los de Jerusalén del cumplimiento del acuerdo y al mismo tiempo de fortalecer el sentimiento comunitario de sus comunidades entre sí. La colecta  corroboraba también  su propio estatuto como apóstol de los gentiles. Sin esta unidad de la Iglesia, es la convicción de Pablo, su apostolado entre los paganos era nulo, no tenía efecto.

Lo que ahora había que hacer era asegurar esta unión, y eso a pesar de que hacía ya tiempo que Pablo tenía entre ceja y ceja el gran plan de misionar España, al objeto de conquistar para su señor la última parte  del mundo, un objetivo apremiante por ser inminente la llegada del señor del cielo. Pablo emprendió un viaje a sus comunidades para recoger la colecta y así estrechar con fuerza el lazo de unión entre sus iglesias y la comunidad de Jerusalén.

Acompañado por sus colaboradores recorrió Galacia, impartió aquí algunas indicaciones sobre el modo de la recolección de la colecta, al igual que lo hizo con otras comunidades en Macedonia y Acaya sobre el modo de proceder. Cada primer día de la semana los miembros de la comunidad debían apartar algo para garantizar una considerable suma para cuando Pablo llegara para recogerla. Cantidad que Pablo mediante una delegación pretendía entregar en Jerusalén. Pero el viaje de la colecta no servía sólo para objetivos políticos-financieros. Pablo intentó también conseguir nuevos cristianos cuando se le presentó la ocasión como en Éfeso. También sirvió para aconsejar personalmente a las comunidades existentes o para consolidarlas mediante enviados como Tito y Timoteo.

Pero llegó la desgracia. De pronto entraron violentamente enviados de Jerusalén en las comunidades de Pablo. Amenazaron con destruir todo lo que él con tanto esfuerzo había levantado y que con tanta energía había defendido en Jerusalén. Los “falsos hermanos”, vencidos en Jerusalén,  combatieron a Pablo en sus propias comunidades. Cuestionaron su autoridad apostólica, introdujeron nuevas imposiciones legales y para Pablo destruyeron e hicieron trizas aquella comunión con Jerusalén. De modo que la lucha por la unidad se convirtió en lucha por la colecta, o la lucha por la colecta se convirtió también en lucha por la unidad de la Iglesia. Para asegurar que la colecta todavía era bien acogida por los jerosolimitanos, Pablo alteró su plan. Él mismo tuvo que zanjar todavía una disputa mediante una intervención personal, que él pensó haber superado en la segunda visita a Jerusalén.

Poco antes de la partida a la metrópolis judía Pablo escribió la carta a los romanos, como así se puede ver todavía porque su destinatario secreto es la comunidad de Jerusalén. En este documento memorable el apóstol expone su mensaje de la justificación por la fe, que hay que tomar como una gracia libre por razón de la reconciliación de Jesús en la fe, válida tanto para judíos como para gentiles. Parece que no se da cuenta que él en Rom 9-11 revoca todo lo que ha escrito antes. De pronto embelesa y hechiza a Pablo un patriotismo, que se creía superado. Ahora piensa en serio: Que todo Israel, incluso sin creer en Cristo, será salvado al final de los días, después de que hayan expirado los paganos. De modo que la pertenencia al pueblo elegido por nacimiento tiene más valor de lo que cabría esperar tras leer los primeros ocho capítulos de la carta a los romanos.

Este viraje obedece a una razón especial. Pablo alude a ella en las notas introductorias al inicio del capítulo 9. Él sufre tormentos atroces porque la mayoría de sus compatriotas no ha aceptado la salvación en Cristo, y expresa el deseo, incluso a costa de por ello ser  abominado por Cristo. Aquí aparece la otra cara de Pablo, que tras los duros ataques a la ley en la carta a los gálatas y romanos 1-8 deja un regusto extraño, una impresión rara, pero que al mismo tiempo certifica, también en Pablo, la primacía del sentimiento sobre el pensar.

Pero con todo esto hizo poco favor a los judíos. En la iglesia cristiano-pagana, cuyo auténtico fundador es Pablo, su actividad de palabra y obra desató una avalancha en dirección a ella, la invención de un atajo especial de salvación para Israel no pudo impedir que un judío ateo, al igual que un pagano increyente, fueran condenados para siempre también en época posterior. A ambos se dirigía la palabra del Jesús resucitado del epílogo secundario de Marcos: “Quien crea y sea bautizado se salvará, quien no se condenará” (Mc. 16, 16).

Pablo mismo tuvo que experimentar lo mucho que la Iglesia judeocristiana había  contribuido a cortar el lazo de unión con la iglesia cristiano-pagana. Los hermanos cristianos de Jerusalén se pasan tanto en su enemistad contra Pablo que incluso le denuncian ante la autoridad romana de supuestamente  haber introducido a una persona de Éfeso, de nombre Trofimo, en el templo (Hech. 21, 29).  Se conoce lo ocurrido después. Pablo, como ciudadano romano, apela al césar, llegando hasta su objetivo en Roma, pero allí fue ejecutado bajo Nerón. El viaje a España se quedó tan sólo en proyecto.

Por trágico que esto fuera, en honor a la verdad hay que decir que las acusaciones lanzadas por los enemigos contra Pablo en Jerusalén  respondían a la realidad. Le echaban en cara que Pablo adoctrinaba  a los judeocristianos en la diáspora a ya no circuncidar a sus vástagos machos, alejándolos de la ley judía (Hech. 21, 21). Es verdad que no se halla recogido expresamente de esta manera en las cartas paulinas –Pablo exhorta enérgicamente a los judíos a permanecer en su estado- , pero hay que recalcar que la actividad y eficiencia paulina entraña como consecuencia lo echado en cara. Realmente los jedeocristianos, que vivían en las comunidades paulinas, se alejaron de la religión materna. Naturalmente, la minoría de los judeocristianos ya no circuncidaba a sus vástagos machos. En otras palabras, los judeocristianos de las comunidades de Pablo estaban en la práctica abocados, antes o después, a perder su identidad. A esto se añadió que la doctrina de la justificación del apóstol, según la cual la gracia sólo se consigue por la fe y no por las obras, dejaba incontestada la cuestión ética (véase Rom. 3, 8) y fácilmente podía conducir al libertinismo, al espíritu libre.

A fin de cuentas el modo  teológico de proceder de Pablo con la ley era todo menos unívoco. De hecho Pablo ya no se ceñía a la ley sino que hacía afirmaciones sobre la torá excluyentes o contradictorias entre sí, porque a través de Cristo tenía, encontraba, recibía ya una respuesta. Con una persona así ya no era posible entenderse por parte judía.

Y, por último: el teólogo judío Pablo se había hecho para los paganos un pagano, con los judíos seguía siendo judío y él mismo no se sentía ni pagano ni judío. ¿Dónde colocar ahí obligatoriedad alguna? Todo su comportamiento portaba no sólo un plus de arrogancia sino también de flexibilidad, que tenía que provocar confusión en espíritus rectilíneos. Pero como certifica su gran obra, esta apertura hacia todos los lados fue un método eficaz para el éxito. Solamente una vez sufrió con este modo de proceder un sonoro fracaso, fue en Atenas, cuando intentó impresionar a una población de intelecto despierto, madurado en siglos de debates públicos. Esta población, según Lucas, le marcó sus fallos y límites a través de filósofos estoicos y epicúreos, no pudiendo intimar ni acordar ni en el tema del futuro juicio de Cristo, ni en su resurrección corporal. La religión de Pablo, basada en experiencias místicas, era incapaz de  dar respuesta al desafío intelectual de Grecia, por mucho que Pablo reclamara una y otra vez el  uso  verdadero de la razón a modo de hoja de parra.

La Iglesia cristiana debe a este hombre judío de Tarso casi todo. Él es el verdadero fundador del cristianismo. Tiene razón: Trabajó más que nadie, creó las bases en la Iglesia para todo. Trasladó la religión de Jesús, tal como él la malinterpretó, a territorio pagano, y ocasionó y produjo, sin quererlo, la separación persistente entre la Iglesia e Israel.

Y con esto se toca el lado trágico de su obra. El antijudaísmo cristiano en suelo pagano recibió un decisivo impulso de Pablo, produciendo un influjo devastador. En este momento uno puede hacer un alto en el camino y preguntarse si no hubiera sido mejor que Pablo no hubiera existido (ob es Paulus besser nicht gegeben hätte). Porque en ese caso ¿se hubiera dado un judaísmo judío reformado con nombre cristiano, con la posibilidad de desarrollar una religión altruista, al amparo de la valiosa herencia de la religión materna judía? En cualquier caso sin Pablo y sus discípulos el judaísmo no hubiera sido conducido al precipicio.

Al mismo tiempo Pablo se ve por parte de la razón crítica ante argumentos insuperables. Hacen referencia al requisito más importante de su teología, la idea de un dios exclusivo y a todas las particularidades o cualidades de la doctrina desarrollada por él: a) la idea de que el hijo de dios tuvo que expiar por los pecados del mundo, b) la equiparación absurda de Jesús y Cristo con la petulancia aparejada de ser el  portavoz de un hombre a quien jamás conoció personalmente, c) la idea del mito cristiano de la salvación como único camino para la bienaventuranza eterna, d) las confusas teorías sobre la ley, que  ocultan tenazmente sus requisitos, entre otros, la aceptación de que se ha encontrado una solución ya antes de poder plantearse la pregunta, e) la exigencia de que un hecho histórico pueda significar la salvación del mundo.

Es verdad, quizá se pueda entender que un hombre del primer siglo sostenga tales  insensateces. Pero se convierten en peligrosas cuando se ve que esas insensateces se siguen defendidas hasta el día de hoy por las Iglesias cristianas e incluso por teólogos formados. Por aducir sólo un ejemplo, todavía se sigue diciendo y manteniendo que la resurrección de Jesús tendría una importancia objetiva para la historia del mundo, que juntamente con la muerte de Jesús sería su punto de inflexión,  y que al mismo tiempo sería un suceso de importancia cósmica.

Narrar la historia de Pablo significa al mismo tiempo emitir un juicio crítico sobre él. Sin duda que fue una figura verdaderamente grande en el cristianismo primigenio, sí, fie su fundador. Pero la idea defendida hasta hoy de que sus cartas contienen la palabra de dios es una perfidia y una lamentable traición a la razón, y una huida ante la vida. La gente actual –en intensa disputa con él- no puede obviar el conocimiento de que  su modo de pensar ha trazado vías peligrosas que conducen a graves errores. Su idea de dios suscita no respetar a los “increyentes”, les reclama  obediencia para evitar el castigo eterno del infierno. El monoteísmo se convierte en él, en definitivas cuentas, en un verdadero fanatismo.  Los rasgos  humanos de Pablo, que sin duda existen, están siempre ligados a un mayor servicio a dios y, en caso de conflicto como enseña la historia, se posicionan irremisiblemente contra los hombres. Soli Deo Gloria.

(trad. Mikel Arizaleta)

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