«Público», el diario redentor

&nbsp Sé que me acusarán de tener intereses materiales en el periódico o de que hago propaganda sin merecerla. Lo siento, ya digo, pero también he de confesar que adoro, necesito, expansionarme cuando los pocos motivos de regocijo que hay en la vida pública se nos ponen ante los ojos…

&nbsp Digo esto a propósito del alivio que resulta para mí el diario Pú­blico. Desde que vio la luz por primera vez el 26 de setiembre de 2007 veo y siento a Público como un bálsamo para mis neuronas tensas; un ungüento in­esperado en un país donde no digo ya la inte­ligencia sino la mera calidad intelectiva, sobre todo cuando se trata de la res-publica, tanto brilla por su ausencia enlatada ordinaria pero también amane­radamente en los círculos académicos y aca­demi­cistas. Desde entonces ha amainado la supuración de la costra que amenazaba infectarme…

&nbsp La ele­gancia existe, pero no es necesariamente un pro­ducto bur­gués. Más bien al contrario. La elegancia no es atilda­miento, que es lo que em­papa a la sociedad burguesa española por los cuatro cos­tados… Quiero decir que así como hay que distinguir a la elegan­cia del atildamiento, también hay que calcular hasta dónde pueden al­canzar las coordenadas de posibilidades reales políticas. Los que no siendo más que simples mortales profesamos el talante de la verda­dera iz­quierda, tenemos el deber de juzgar a quienes tie­nen respon­sabilidades públicas según esas/sus posibilidades. Y los que mili­tando en esa misma izquierda forman parte de alguna ma­nera del po­der institucional, incluido el informativo y mediático, tres cuartos de lo mismo. Y la verdad, reconozcamos que no es muy lejos: esta­mos permanentemente en el ojo de la aguja de las policías y de los para­policías, de los ve­cinos ultraliberales, de la ul­traderecha y de la amenaza de ser imputados por apologistas de terrorismo. Por eso salirse de lo manido, del tópico y de la ortodoxia que comparte el re­sto de la prensa, es muy de agradecer en un país tan único o uni­forme en el pensamiento público predominante, como plural es&nbsp en el pensamiento privado.

&nbsp En cuanto a qué podemos esperar de la política y de la propia so­ciedad donde (al igual que Berlusconi hace últimamente para des­acreditar a sus perseguidores) cualquiera nos puede llamar comu­nista como el peor de los insultos, creo que nunca podremos pasar mucho más los límites en gobernabilidad e influencia que tienen quienes las tienen. La izquierda comunista, la socialista real, la que encierra el pensamiento y el espíritu de los que participamos en es­tos sitios de la Internet, nunca podrá aplicar sus normas éticas ni sus puntos de vista prácticamente a nada. Apenas algún detalle apor­tado por Llamazares e IU al poder legislativo…

&nbsp Así es que dicho esto, lo único que puedo constatar es que desde que irrumpió Público en escena lo he ido sintiendo cada día más como un bálsamo para el espíritu. Hasta que llegaron las certeras, punzantes y elegantes columnas de una publicación que no se ex­cede en nada (si acaso en lo que nos conviene: en lo que no aborda la prensa competidora), yo sólo escribía desde la indignación viendo que no podía leer a nadie que compartiese mi rabia ante una socie­dad que lo soportaba todo sin rechistar y que no quería calar, desde los medios, la sandia sandía de una política infame y de una volun­tad ausente por cambiar o al menos denunciar lo grave.

&nbsp Ahora no es que hayan cambiado mucho las cosas sino a peor. Pero al menos tengo la posibilidad de que al levantarme cada día, el periódico Público y sus plumas inefables son capaces de drenar en buena medida la mala leche que se me ha ido acumulando a lo largo del día anterior. Público tiene una virtud añadida: sabe condensar y sintetizar las verdades como puños en renglones con­tados. Público es el enemigo número uno de la retórica, del es­cribir para no decir nada o para la galería; también, de la “cul­tura” de no hacer perder el tiempo al lector. Otrosí digo que hasta es crítico con el propio perio­dismo al uso. Algo im­prescindible para ser objetivo y ecuánime. (Léase, por ejemplo, hoy, la columna de Antonio Orejudo). Si traspasase los márgenes -lo mismo que los que publicamos aquí-&nbsp de este sistema cerrado burgués, sería un panfleto que no ejercería influencia alguna.

&nbsp Lo que queda por ver es cuánto tiempo le queda al periódico pese a que cada día va a más. Las fuerzas ocultas en esta sociedad mal­dita de capitalismo y abusos mafiosos, siempre hacen temer que aquellas cosas de verdadera calidad no perduren por mucho tiempo.

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