Orinoterapia para los políticos chilenos

En alguna de las frenéticas cacerías de conocimiento en las que uno participaba en los ochenta para ganar el concurso al mejor “cuadro” (lo que dada mi estructura física más bien circular era bastante difícil, aun cuando creo ser el único idiota en este planeta que se leyó las obras completas de Lenin), recuerdo haber dado con un texto de Edgard Morin, que por aquel entonces nos hacía “rayar la papa” con la sociobiología, donde planteaba que a la actual escala de consumo de televisión y videojuegos, la especie humana podría sufrir una regresión al estado primitivo, dado el deterioro progresivo de la calidad de los procesos de pensamiento, generación tras generación.

Después de dos años de rigurosa investigación, poniendo mi propia vida en riesgo como conejillo de indias, he decidido compartir con la humanidad un hallazgo asombroso: se puede vivir sin televisión. Como serendipia de este estudio, estoy en condiciones de afirmar, con absoluta seriedad, que las ventanas son muchísimo más entretenidas que las pantallas, incluso más que las planas.

He llegado a la absoluta certeza que no tiene ningún sentido pretender informarse o entretenerse por este medio. Es una ilusión. Todo lo que dicen los canales es un sofisticado montaje para hacernos sentir que estamos informados y que lo pasamos estupendo. Pero en lo esencial, todo lo que se dice es parcial o totalmente falso, interesado y fatuo, ya sea porque se resguarda el interés de alguien mejor ubicado o con más dinero que uno o, lo que es peor, porque la sociedad ha firmado un acuerdo tácito, un pacto siniestro: es mejor no saber.

Sin darnos cuenta, todos nos hemos ido convirtiendo en los vecinos de las casas de tortura: nunca nadie escucha quejido alguno; nunca nadie ve nada.

Por eso prefiero la radio. Sirve para todo, como despertador y como somnífero. Hay en ella un universo completo de curiosos personajes, desde monjitas españolas que rezan el rosario toda la noche hasta autoproclamados “naturólogos” que alaban las propiedades curativas de la orina bebida en cantidades razonables. Menos mal que la propuesta terapéutica se circunscribió a los líquidos.

Sin desmerecer en lo más mínimo a nuestro noble pueblo evangélico, haga usted la prueba de sintonizar los programas nocturnos de la amplitud modulada. Los pastores del aire son infalibles, mucho más efectivos que cualquier inductor del sueño, especialmente cuando entran en una especie de trance y comienzan a hablar en «lenguas», emitiendo frases como sama raba yaba. Es algo simplemente genial.

Pero además, como la mayoría de las radioemisoras de Amplitud Modulada andan al tres y al cuatro y no tienen grandes compromisos con los poderosos sino más bien un par de avisos comerciales de hierbateros y tipos que venden pócimas para no defraudar a la pareja, a veces puede decir las cosas tal como son.

Seamos honestos: nada está funcionando, casi todo anda mal.

Ellos, los poderosos de siempre y los poderosos de nuevo cuño, han diseñado su propia versión del paraíso, un modelo de relojería consistente en que un pequeño porcentaje de la sociedad está permanentemente procurando afilarse a la inmensa mayoría, por donde pueda, por donde quepa, por donde haya un mínimo orificio.
Es lo que que hacen las isapres, los bancos, las casas comerciales, las clínicas, los talleres mecánicos, el agua potable, la luz, etcétera, etcétera. Y no es tan distinto a lo que está a punto de ocurrir en Pascua Lama ni a lo que está haciendo la industria del alcohol con su estrategia de seducción de los segmentos adolescentes, con vinos de sabores y presentaciones especiales y cervezas con limonada. Y no es diferente a la corrupción, a la falta de oportunidades, al desempleo, a lo que hace que siete mil chilenos vivan en la calle y un tercio de la población bajo la línea de la pobreza.

La norma es cagarse el prójimo en todo aquello que sea posible; el amor es una excepción.

Estoy cansado de esto, me quiero cambiar de mundo.

Urgen cambios, cambios que vengan del corazón, de un mirar al otro con amor, con ternura, como si ese otro o esa otra tuviera el mismo derecho a vivir y ser feliz que un diputado, que un senador, que un gran empresario o que la mismísima Presidenta de la República. Quiero cambios que procedan del honesto reconocer que ya no damos más, que ya no tenemos ganas de cagarnos, pegarnos, delatarnos, robarnos, traficarnos, vendernos, engañarnos, manipularnos, matarnos, hacernos desaparecer, dictarnos, despedirnos, adelantarnos, hacernos quebrar. Cambios que vengan de un humilde pedir perdón a la gente se levanta a las 4 ó 5 de la mañana para tomar el primero de los varios autobuses que lo llevarán a tiempo a su trabajo. Cambios que vengan de tomar conciencia que fabricar y promocionar licores para niños y jóvenes es una inmoralidad no diferente a la que mueve al peor de los traficantes de La Legua; cambios que reconozcan el derecho de los seres humanos a formar familia con quien les plazca, independientemente de lo que legítimamente hagan con sus genitales; cambios que surjan de un mirar que ya no queda absolutamente ninguna excusa para que subsistan la pobreza, la inequidad, la falta de oportunidades y esta distribución del ingreso que constituye la más cruel burla a la dignidad, al esfuerzo, a la decencia, al progreso humano.

El problema es determinar de dónde vendrán esos cambios tan necesarios. Si escuchamos los planteamientos de nuestros flamantes candidatos a Presidente de la República, encontramos con asombro que, salvo Arrate, todos ofrecen más de lo mismo o, lo que es aún peor, más de lo más indeseable de lo mismo: la perpetuación de un sistema en que la premisa fundamental es todos contra todos, una especie de desenfrenada orgía, donde la completitud fálica está dada por los símbolos más absurdos: dinero, poder, prestigio. Ninguno de los candidatos cuyos resultados de encuesta favorecen, ofrecen cambios relevantes al modelo económico imperante. Nadie habla del término de las AFP’s ni de las ISAPRES, emblemas del valerse por sí mismos. Nadie habla de un real cambio de la estructura del sistema educacional que hoy consagra oportunidades a quien puede pagarlas, condenando al resto a una educación de segundo nivel y a un futuro de segunda mano.

Parece que a la clase política le interesa mantener circos como los que vemos en televisión, donde prevalece la superficialidad de cuerpos bonitos por sobre el debate de ideas que nos lleve a madurar como sociedad. Claro, es mejor mantener al pueblo en una edad mental de quinceañeros que enfrentar las demandas de una sociedad organizada y consciente de derechos que no se están respetando, burlando incluso los compromisos adquiridos tras la derrota electoral de la dictadura.

Quizás no sea tan mala idea lo de la orinoterapia.

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