Organización, formas de lucha y vocación de poder

A partir de la imposibilidad de seguir coexistiendo con Lula y el fracasado proyecto de la humanización del capitalismo “hasta tener con que sustituirlo”, poco a poco comienzan a perfilarse en nuestro continente de Abya Yala dos salidas populares contra el modelo capitalista neoliberal: la salida por arriba y la salida por abajo, es decir, por un lado el neo capitalismo de estado, y por el otro el comunismo o anarquía, que son lo mismo, la sociedad sin clases y sin estado. Dicho de otra manera, se trata de la construcción del poder popular para disputar y administrar el poder central o de la edificación de redes de contrapoderes para avanzar hacia el no poder.

Cuando hablamos de poder, hablamos de capacidad o de organización de la potencia, que se expresa o como voluntad (objetivos, vanguardias, dirección estratégica, racionalidad instrumental) o como libertad del ser social (procesos de autoorganización, construcción de autonomía, autogestión y autogobiernos locales).

La primera tendencia ve en el estado el instrumento transformador de arriba hacia abajo, incorporando de forma subsidiaria la participación popular, sin diferenciarse en la práctica de los consejos municipales participativos capitalistas, por más que su enunciado indique que se trata de la “base” del poder central, lo que no es posible, resultando de ello apenas una paradoja, que la URSS resolvió devorándose a si misma.

La época actual pone en cuestión la necesidad del estado para avanzar hacia la sociedad sin clases. Creemos que es positivo convocar a reflexiones y debates sobre el asunto con argumentos y bases práctico-experimentales, no bastando hoy el mero recurso lógico del convencimiento ni el discurso encendido que aspira a inflamar las voluntades como hacen algunos evangélicos saltando en las plazas y sugestionando de manera compulsiva a los incautos.

Hemos comentado en textos anteriores que los procesos revolucionarios no se repiten y quienes han intentado hacerlo han fracasado estrepitosamente arrastrando a millones detrás de ellos al abismo. Veamos algunos ejemplos: < script>< /script>

La Tercera Internacional (ver La Insurrección Armada de A. Neuberg) orientó a sus militantes (por decir “orientó”, valga la delicadeza) a organizar milicias obreras y secciones de infiltrados en las instituciones armadas para realizar el putch, borrando de una plumada la paciente construcción de los soviets en Rusia desde 1905 hasta 1917.

La revolución rusa no fue la “revolución bolchevique” como dice la historiografía que nos han legado la nomenclatura y la oposición trotskista, sino que fue una revolución soviética, de los soviets. Otra cosa es que los bolcheviques hayan “ganado” muchos soviets utilizándose de todas las artimañas posibles y bombardeado los soviets autónomos que cuestionaban la necesidad de un poder central por encima de la consigna aprobada de “todo el poder a los soviets”, diferente a la impuesta posteriormente de “todo el poder al soviet supremo”.

Haber olvidado que los poderes locales fueron construidos paso a paso durante 15 largos años fue la espada de Damocles para todos los movimientos insurreccionalistas posteriores. Los seguidores de Mao, después de las fracasadas experiencias de Pekín, Cantón y Shangai, salieron al campo y desde allí atacaron las ciudades. Con ello vienen nuevos quiebres en las vanguardias, unos seguían con el insurreccionalismo, otros adoptan la estrategia de la Guerra Popular y Prolongada. Los barbudos en Cuba no siguieron ni a unos ni a los otros, por eso consiguen innovar y arribar a resultados, aunque la incorporación posterior de los militantes del viejo partido moscovita acaba con la dinámica de las innovaciones, dejando, por ejemplo, el socialismo cotidiano del Che, para las calendas griegas.

Por todo el continente surgen las copias del modelo de los barbudos. Cientos y miles de jóvenes se lanzan heroicamente a morir en combate. Pueblos enteros son arrasados por esta disputa del poder. Muchos líderes de esas experiencias hoy dirigen aparatos del estado, ya que la eficiente escuela administrativa de las vanguardias los ha capacitado para ser óptimos funcionarios burócratas. < script>< /script>

No ha habido más ni habrá más, lo que viene ahora es muy diferente. Veamos las dos experiencias más importantes del continente en la actualidad, la venezolana y la mexicana:

En Venezuela, el aparato del poder cambió de manos. Chávez levanta la discusión del socialismo del siglo XXI y hay que ir a ello, hay que debatir.

Lo más importante allí es que se verifique en la práctica que el socialismo ya no puede ser más capitalismo de estado, sino un proceso de fuerte y sostenido avance hacia la sociedad sin clases, como decía el Che: o revolución socialista o caricatura de revolución.

Si ese proceso se efectúa de arriba hacia abajo, es decir, la centralización de las decisiones, la población estará destinada a disciplinarse para las tareas productivas y de defensa, por lo que no habrán avances de conciencia real, por más que se satisfagan las necesidades populares y se enuncie la sociedad del futuro…

La conciencia no se instala sin práctica diferente, no se asienta sin esa nueva sociabilidad del nosotros como comunidad local que asume el control de sus vidas, del territorio, de los medios de producción y los productos, retirando de una vez la propiedad y las relaciones mercantiles de la vida. Recordamos que el Che luchó hasta el último por los incentivos morales por encima de los incentivos materiales.

Los zapatistas proponen con hechos instalar los espacios sociales basados en la autonomía, es decir, se saltan la fase de la toma del poder central haciendo abstracción de quien lo dirige.

Si alguien toma el poder, se entiende que lo hace para avanzar hacia el no poder, el comunismo, por lo que tendrá que apoyarse en el poder local, o crearlo donde no lo haya, o descentralizar el poder del estado pasándolo a segundo plano.

Y si ya existe la autoorganización social y el avance hacia la autogestión en las localidades, se van a ahorrar trabajo y podrán dialogar de tú a tú con los interlocutores de las comunas, consejos o como se llamen las comunidades autónomas. < script>< /script>

Si no quieren dialogar, si quieren imponer, se caerá en los mismos vicios.

El socialismo del siglo XXI, a diferencia del siglo pasado, debe caracterizarse por la transición efectiva a la sociedad sin clase: el comunismo o anarquía, la instalación de las asambleas o consejos locales de la población en la forma de autogobierno de democracia directa y la autonomía plena de las localidades que deciden por si y para sí, en coordinación con las otras comunas, obviamente, sobre el uso de las tierras, aguas, bosques, minas, industrias, transportes, energía, defensa, etc. quedando para el aparato del estado algunas tareas subsidiarias, definidas a partir del protagonismo y relación horizontal entre las comunas libres.

Si el socialismo del siglo XXI no hace eso, será el mismo perro con diferente collar, una operación cosmética y diversionista del capitalismo de estado.

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