Olvida el Brexit

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Alguna vez te conté que en Europa la crisis de los subprimes echó más gobiernos abajo que dos siglos de revoluciones. El jolgorio continúa. Puedes agregar la caída de Cameron después de su payasada del Brexit, y ahora la inminente caduta de Mateo Renzi en Italia, visto que de algún modo los temblores de hoy son consecuencia directa de la borrachera de ayer.

Las trapacerías de la banca o, para ser justos, de la ‘comunidad financiera’, siguen generando dolores de cabeza. No es de extrañar si tomas en cuenta que Europa y los EEUU intentaron curar la adicción a la deuda insolvente con más créditos, algo así como lanzar la desintoxicación de un grupo de alcohólicos anónimos descorchando unas cuantas botellas.

Los EEUU y Europa –dizque para prevenir un desastre como el de la Gran Depresión– se lanzaron en una frenética campaña de emisión de moneda trucha sin precedentes. Los famosos quantitative easing que aún perduran sin haber logrado sus objetivos declarados: relanzar la economía y crear empleo facilitando el crédito.

Billones (millones de millones) de euros y dólares fueron distribuidos generosamente para rescatar a los bancos rufianes y devolverles una solidez digna de Atlas. Para ofrecerle al mundo la prueba de la eficacia del rescate, las ‘autoridades’ organizaron curiosos bank stress tests, simulaciones que, olvidando precisamente que no son sino simulaciones, debían garantir bancos con una salud en oro macizo (si oso escribir). Otra payasada. Quienes definieron las condiciones de la simulación evitaron –voluntaria o involuntariamente– incluir situaciones de stress demasiado ‘stressantes’. Se comportaron como un economista cualquiera: le impusieron sus dogmas y deseos a algo que no comprenden: la economía real.

Como resultado, henos aquí de regreso a la desconfianza entre bancos que no saben cual de sus colegas está o no está quebrado. El tema es sistémico. El primer recurso de un banco a la hora de requerir liquidez no es el banco central, sino la ‘comunidad financiera’. Pero una situación de desconfianza genera los llamados credit crunchs, –renuencia a ofrecer crédito–, el mismo fenómeno que intentaron eliminar emitiendo moneda trucha desde los bancos centrales.

Dicho sea de paso, los billones de euros y dólares lanzados por la ventana –‘desde un helicóptero si hace falta’, decía el inenarrable Ben Bernanke – no sólo no fueron a parar a la economía real, sino que fueron alegremente utilizados para amenizar la especulación planetaria. Si mañana o pasado estalla alguna ‘imprevisible’ burbuja, no digas que no lo sabías: ya estabas prevenido.

El caso es que la alerta sonó en Italia aunque hubiese podido sonar en Alemania o en otro sitio. La prensa titula en grandes letras: “La crisis bancaria amenaza a Renzi con un estallido social y político.” Tú ya sabes: una crisis financiera deviene rápidamente económica, se transforma en crisis social, para terminar en sus orígenes, en el ámbito político.

Al lado de este pánico el Brexit hace mutis por el foro y queda como lo que siempre fue: un no acontecimiento.

El subtítulo del diario que cito precisa que “El 12% de las obligaciones de deuda de las entidades italianas está en manos de pequeños ahorradores”, señalando así la inminencia de un drama social. ¿Hacía falta? Es claro que una vez más, quién pagara el pato de la boda será el personal.

La cuenta será muy salada: un 13% del total de los créditos ofrecidos por la banca italiana se revela ‘dudoso’, o sea insolvente. Eso da la módica suma de 350 mil millones de euros, la nada misma. Renzi le ruega a la madonna que no se produzca un efecto dominó.

The Financial Times y The Economist, –publicaciones poco sospechosas de ‘estatismo’ y que suelen criticar el llamado gasto social que beneficia al pobrerío ‘asistido’–, le aconsejan a la UE cerrar los ojos ante sus propias reglas y autorizar otro rescate de la banca privada con dinero público. ¿Quién es el asistido? ¿Quién impulsa la participación del Estado en el mundo de las finanzas?

Los Estados europeos, que ya ‘rescataron’ una y otra vez la banca privada, generando de paso la crisis de la deuda soberana (deuda pública), deben socorrer una vez más la banca privada para evitar el contagio hacia toda Europa y muy posiblemente al mundo.

Con los capitales ya inyectados en la banca, los Estados europeos podían haber nacionalizado el sector, evitando así sus crisis recurrentes y concentrando su actividad en el financiamiento de la economía real. Esa que crea empleos.

Pero eso no se les ha ocurrido ni a los economistas, ni a los políticos. Curioso. Regentar este burdel financiero es su oficio. Lo cierto es que no son idiotas: hace ya mucho tiempo que socializaron las pérdidas y privatizaron los beneficios. ¿Per secula seculorum? Hasta que los pueblos europeos se los quiten de encima. Eso es lo que temen.

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