Ofensiva planetaria contra la seguridad social

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I. Según las épocas, las culturas, las civilizaciones y la situación económico-social, el “problema” que significan los viejos, se “resuelve” de distintas maneras. Algunos pueblos nómades dejaban a los viejos al borde del camino y ciertos pueblos sedentarios los llevaban lejos del poblado y los abandonaban con un poco de comida y agua. Pero también en todas las épocas, distintos pueblos, reconociendo las virtudes propias de la ancianidad, como la experiencia y la sabiduría, han cuidado y respetado a los viejos.

Las sociedades modernas inventaron las jubilaciones, con sistemas diversos que van desde asegurarles un mendrugo a los viejos cuando ya no pueden trabajar más y están a las puertas del cementerio (si no murieron antes en su puesto de trabajo) hasta proporcionarles una remuneración relativamente confortable cuando todavía pueden disfrutar un poco de la vida, descansando y/o ocupándose de las cosas que les interesan.

 

II. Pero desde hace unos cuantos años hay una ofensiva generalizada contra la seguridad social.

La explicación es que como resultado de la concentración y acumulación del capital, tuvo lugar a la formación de grandes oligopolios y monopolios cuya base financiera se consolidó desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX con la fusión del capital industrial y el capital bancario.

La hegemonía actual del capital financiero es el resultado de un cambio profundo de la economía mundial a partir del decenio de 1970, momento que marca el fin del Estado de bienestar, caracterizado por la producción en masa y el consumo de masas, impulsado este último por el aumento del salario real, y por la generalización de la seguridad social y de otros beneficios sociales. Es lo que los economistas llaman el modelo “fordista”, de inspiración keynesiana, caracterizado en la producción por el trabajo en cadena (taylorismo), iniciado en Estados Unidos y que se extendió a Europa sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial.

El agotamiento del modelo del Estado de bienestar obedeció a varios factores entre los que cabe destacar dos: la reconstrucción de la posguerra, que sirvió de motor a la expansión económica, llegó a su término y el consumo de masas tendió a estancarse o a disminuir lo mismo que los beneficios empresarios. También incidió el “shock” petrolero de comienzos de los años 70. Para dar un nuevo impulso a la economía capitalista y revertir la tendencia decreciente de la tasa de beneficios, se hizo necesario incorporar la nueva tecnología (robótica, electrónica, informática) a la industria y a los servicios y eso requirió grandes inversiones de capital.

Alguien tenía que pagar la factura. Comienza entonces la época de la austeridad y de los sacrificios (congelación de los salarios y de las jubilaciones, empeoramiento de las condiciones de trabajo, aumento de la desocupación, deterioro de los servicios públicos, etc.) que acompañaron a la reconversión industrial. Al mismo tiempo, la revolución tecnológica en los países más desarrollados impulsó el crecimiento del sector servicios y se produjo el desplazamiento de una parte de la industria tradicional a los países periféricos, donde los salarios eran –y son- mucho más bajos.

 

III. Con la incorporación de las nuevas tecnologías la productividad aumentó enormemente, es decir que con el mismo trabajo humano la producción pasó a ser mucho mayor.

Se abrieron entonces dos posibilidades: o se incitaba el consumo de masas de los bienes tradicionales y de los nuevos bienes a escala planetaria con una política salarial expansiva, una política social al estilo del Estado de bienestar, se reducía la jornada de trabajo en función del aumento de la productividad para tender a una situación de pleno empleo y se reconocían precios internacionales equitativos a las materias primas y productos de los países pobres, o se tendía a mantener y a aumentar los márgenes de beneficio conservando bajos los salarios, el nivel de ocupación y los precios de los productos de los países del Tercer Mundo.

La primera opción hubiera sido factible en un sistema de economías nacionales, en las que la producción y el consumo se realiza fundamentalmente dentro del territorio y entonces es posible el pacto social de hecho entre los capitalistas y los asalariados en tanto consumidores. Pero en el nuevo sistema “mundializado” la producción se destina a un mercado mundial de «clientes solventes» y ya no interesa el poder adquisitivo de la población del lugar de producción.

En las condiciones de la mundialización acelerada, los dueños del poder económico y político a escala mundial con su visión de «economía-mundo» y de «mercado global» apostaron a la segunda alternativa (bajos salarios, bajos niveles de ocupación, liquidación de la seguridad social, precios bajos para las materias primas, etc.) para elevar su tasa de beneficios.

Esta opción tuvo como consecuencia acentuar las desigualdades sociales en el interior de cada país y en el plano internacional. La idea de servicio público y de un derecho irrevocable a los bienes esenciales para vivir con un mínimo de dignidad, fue reemplazada por la afirmación de que todo debe estar sometido a las leyes del mercado (1[1]).

Predominaron entonces tasas de crecimiento económico bajas, a causa de que un mercado relativamente estrecho imponía límites a la producción y surgió el fenómeno de las grandes masas de capitales ociosos puesto que no podían ser invertidos productivamente.

 

IV. Pero para los dueños de dichos capitales (personas, Bancos, instituciones financieras) no era concebible dejarlos arrinconados sin hacerlos fructificar.

Es así como el papel de las finanzas al servicio de la economía, interviniendo en el proceso de producción y de consumo (con créditos, préstamos, etc.) quedó relegado por el nuevo papel del capital financiero: producir beneficios sin participar en el proceso productivo.

Este último aspecto se concreta básicamente de dos maneras.

Una consiste en que los inversores institucionales gestores de fondos de pensiones, las compañías de seguros, los organismos de inversión colectiva y los fondos de inversión compran acciones de sociedades industriales, comerciales y de servicios (2[2]). Esos grupos financieros pasan a intervenir así en las decisiones de política de las empresas con el objeto de que su inversión produzca la alta renta esperada, imponiéndoles estrategias a corto plazo. Y la otra manera en que crece el papel del capital financiero especulativo es que los grupos financieros (fondos de inversión, etc.) invierten en la especulación (por ejemplo con los llamados productos financieros derivados) y lo mismo hacen las empresas industriales, comerciales y de servicios con parte de sus beneficios, en lugar de hacerlo en la inversión productiva.

Así se generalizó la práctica de obtener beneficios creando productos financieros o adquiriendo los ya existentes y haciendo con ellos operaciones especulativas.

Además de los productos financieros tradicionales (acciones y obligaciones) se crearon muchos otros. Entre ellos los productos financieros derivados, que son papeles cuyo valor depende o «deriva» de un activo subyacente y que se colocan con fines especulativos en los mercados financieros. Los activos subyacentes pueden ser un bien (materias primas y alimentos: petróleo, cobre, maíz, soja, etc.), un activo financiero (una moneda) o incluso una canasta de activos financieros. Así los precios de materias primas y de alimentos esenciales ya no dependen sólo de la oferta y la demanda sino de la cotización de esos papeles especulativos y de ese modo los alimentos pueden aumentar (y aumentan) de manera inconsiderada en perjuicio de la población y en beneficio de los especuladores.

Por ejemplo cuando se anuncia que se fabricarán biocarburantes los especuladores “anticipan” que el precio de los productos agrícolas (tradicionalmente destinados a la alimentación) aumentará y entonces el papel financiero (producto derivado) que los representa se cotiza más alto, lo que repercute en el precio real que paga el consumidor por los alimentos.

Las inversiones en productos financieros implican diversos niveles de riesgo. Con la esperanza de cubrir dichos riesgos se han inventado una compleja serie de productos financieros que inflan cada vez más la burbuja y la alejan aun más de la economía real.

 

Chesnais escribe:

…”los inversores financieros, como así también los bancos centrales creyeron tener finalmente una técnica milagrosa que garantizaba al sistema bancario contra el riesgo: la titulización generalizada. ¿Qué es esta titulización (en francés “titrisation”, aunque la expresión original en inglés es “securitization”)? Pues consiste en “transformar las acreencias en manos de establecimientos de crédito, sociedades financieras, compañías de seguros o sociedades comerciales (las cuentas-cliente) en títulos negociables”. Estos títulos tienen nombres estrafalarios pero es obligado mencionarlos. Están en primer lugar los RMDS (Resiential Mortgage Backet Securities), adosados a los préstamos inmobiliarios. Se encuentran luego los CDS (Credit Default Swaps), derivados de crédito que conllevan la transferencia con intereses y elevadas comisiones del riesgo ligado a la posesión de obligaciones de empresas (estos CDS eran instrumentos de cobertura de riesgo, pero pasaron a ser instrumentos de colocación especulativa). Están finalmente los CDO (Collateralized Debt Obligations), que son “títulos derivados de títulos” que suponen dos operaciones sucesivas de titulización y una total opacidad sobre la composición del “producto sintético” (3[3]).

 

Michel Drouin, por su parte, escribe:

«El desarrollo de los flujos de capitales internacionales, impulsado por la desregulación y la descompartimentación casi general de los mercados financieros, hizo de los años 80 el decenio de la mundialización financiera… Las operaciones financieras, cuyo volumen estaba ya desconectado del volumen de las transacciones en bienes y servicios, se hicieron autónomas, es decir movidas no por la lógica de las transacciones corrientes sino por la de los movimientos de capitales. La esfera financiera basó su desarrollo sobre ella misma a partir de la búsqueda de un beneficio surgido de la variación de los precios de sus propios instrumentos. El carácter especulativo de esta lógica de crecimiento permite hablar del surgimiento de una economía internacional de la especulación» (4[4]).

 

Con esta «economía internacional de la especulación», se aceleró la acumulación de grandes capitales en pocas manos a expensas sobre todo de los trabajadores, de los jubilados y de los pequeños ahorristas.

En el caso de las participaciones del capital financiero (fondos de pensiones, compañías de seguros, fondos de inversión, bancos, etc.) en industrias y servicios, la elevada renta que exigen y obtienen dichos capitales está fundada en la degradación de las condiciones de trabajo en esas industrias y servicios. Es bien conocido el fenómeno de que cuando una empresa anuncia despidos sus acciones suben.

Estas fueron las formas en que el capital transnacional mantuvo y mantiene una alta tasa de beneficios y un acelerado ritmo de acumulación y concentración a pesar del crecimiento económico lento y de la existencia de un mercado restringido (5[5]).

La base permanente de la economía capitalista es el capital productivo, sin el cual el capital financiero no podría existir.

Por esa razón el gran capital transnacional no sólo desempeña el papel principal en el sistema financiero sino que participa en actividades productivas en las esferas más diversas: desde la extracción de materias primas hasta la prestación de toda clase de servicios (Bancos, seguros, salud, comunicaciones, información, fondos de pensiones, etc.) pasando por la producción de una gran variedad de mercancías: bienes de consumo inmediato como los alimentos, bienes durables como automóviles, etc. y también en la esfera de la investigación en todos los órdenes, especialmente en la tecnología avanzada: electrónica, ingeniería genética , etc.

La enorme acumulación de beneficios por parte del capital financiero parasitario se pretende justificar con teorizaciones acerca de que el dinero y otros productos financieros son creadores de valor.

Pero el problema es que el dinero no es un valor sino que representa un valor. Y que el valor se crea sólo en la economía real y el dinero por sí mismo no puede generar valor y producir beneficios.

De modo que a la tradicional expropiación del fruto del trabajo que practica el capital en el proceso de la economía real (obtención de plusvalía), se ha venido a sumar la que realiza el capital financiero especulativo sin participar en dicho proceso.

 

V. Una de las formas que permiten al capital financiero transnacional apropiarse en forma parasitaria del fruto del trabajo ajeno, es decir sin intervenir en el proceso productivo, son la privatización de la seguridad social, de la que se han hecho cargo fondos privados de pensiones, la sustitución de parte del salario o de otras remuneraciones de que es acreedor el personal de las grandes empresas por acciones o por opciones sobre acciones de la misma empresa (stock-options), etc., que son distintas formas de robar o estafar, como escribieron los economistas Labarde y Maris (6[6]).

Los asalariados, ante la perspectiva de tener una jubilación insuficiente en el sistema público – que ya es una realidad dadas las actuales políticas gubernamentales en la materia – tienden a poner lo mucho o poco que pueden ahorrar en los fondos privados de pensiones. Así engrosan el capital financiero especulativo por un lado y por el otro se someten al riesgo de perder sus ahorros.

Por ejemplo en Estados Unidos, el gigante transnacional de la energía Enron se declaró en quiebra reconociendo una deuda de 40 mil millones de dólares y dejó en la calle a su personal (12000 personas), al que, por añadidura, despojó del capital previsional de su jubilación, invertido en acciones de la propia empresa. En otras quiebras de grandes bancos o grupos financieros transnacionales, miles de pequeños ahorristas han visto evaporarse el fruto de muchos años de esfuerzos e incluso de privaciones.

Después de Enron se sucedieron otros casos similares como el de WorldCom y resultaron implicados los dos más grandes bancos estadounidenses: Citygroup y JP Morgan Chase (7[7]) .

En el caso de WorldCom, un pequeño ahorrista que en marzo de 2000 compró 10.000 dólares en acciones se encontraba en julio de 2002 con que sus acciones valían sólo 200 dólares (Despacho de AFP del 21/07/02 ).

Calpers, que administra el dinero de 1.300.000 funcionarios californianos , CalSTRS (687000 docentes del mismo Estado) y Lacera (132000 empleados de Los Angeles) perdieron 318 millones de dólares a causa de la quiebra de WorldCom (más de 7 mil millones de dólares evaporados). El fondo de pensión de los funcionarios del Estado de Nueva York (112 mil millones de dólares de activos) perdió 300 millones de dólares en la quiebra de WoldCom.

Una situación similar se produjo también en algunas transnacionales basadas en otros países, como Vivendi y otras en Francia. La acción de Vivendi llegó a cotizarse a 141,60 el 10 de marzo de 2000 y valía sólo 9,30 el 16 de agosto de 2002.

En Grecia se acumuló una enorme deuda por mala gestión, por pago de intereses muy elevados sobre las deudas y por compras desproporcionadas de armamentos. Grecia ocupó el quinto lugar en el mundo entre los compradores de armas convencionales en el periodo 2005-2009. El 31% de esas armas las compró a Alemania, el 24% a Estados Unidos y otro 24% a Francia, sus principales acreedores. La “troika” (la Comisión Europea , el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) le impusieron a Grecia “condicionalidades” consistentes en privatizar buena parte del patrimonio nacional para recaudar miles de millones de euros destinados a pagar a los acreedores, le exigieron congelar y en muchos casos bajar los salarios y las jubilaciones y en general reducir considerablemente los gastos sociales. Esto ocurrió durante el Gobierno “progresista” sometido a una brutal presión y continúa ahora con un gobierno conservador.

Todas estas quiebras, operaciones fraudulentas, escándalos financieros, fugas de capitales, etc., que han tenido lugar a la vista y paciencia (y con la complicidad) de los gobiernos, que no utilizaron los mecanismos de control de que disponen, significan un fenomenal despojo de recursos a enormes masas de la población y la concentración de dichos recursos en los grandes centros del poder económico-financiero transnacional.

En síntesis, el capital financiero transnacional está funcionando como una bomba aspirante de las riquezas producidas por el trabajo a escala mundial, que de esta manera se concentran en pocas manos. Una de cuyas manifestaciones es lo que hemos llamado la ofensiva planetaria contra la seguridad social.

Los Gobiernos pueden tratar de engañar a la gente de una manera u otra pero la realidad es que se han sometido incondicionalmente a las reglas impuestas por el gran capital. Con el aval de políticos, economistas, burócratas sindicales, etc., que tienen amplio acceso a los grandes medios de comunicación.

Rige entonces una “lógica económica” propia del sistema capitalista en su estado actual, que consiste en despojar sistemáticamente a las grandes mayorías: trabajadores, jubilados, desempleados, parados por enfermedad, etc. en beneficio exclusivo de una ínfima minoría de grandes capitalistas y especuladores.

En lo que se refiere a los jubilados, su situación se asemeja a los tiempos en que dejaba a los viejos lejos de los poblados con un poco de comida y agua. Y la gran mayoría de los trabajadores se encuentran en condiciones similares a la esclavitud, pues se les paga un salario que alcanza apenas para sobrevivir a cambio de estar prácticamente todo el tiempo a disposición del empleador, pues la jornada laboral se ha vuelto elástica y el tiempo realmente libre ha pasado a la categoría de un sueño inalcanzable.

Esta ofensiva planetaria contra la seguridad social y los derechos de los trabajadores no es coyuntural y temporaria, como pretenden o creen algunos, sino que es inherente al sistema capitalista en su estado actual y es – mientras el capitalismo perdure- irreversible, estructural y permanente.

 

1[1] En el informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (documento E/CN.4/Sub.2/2002/9 de 25 de junio de 2002) se dice, con referencia al comercio de servicios que una inversión privada extranjera puede producir como resultado el suministro de servicios de dos niveles, uno para sanos y ricos y otro para pobres y enfermos, la pérdida de personal especializado en los servicios públicos, una excesiva insistencia en los objetivos comerciales a expensas de los objetivos sociales y un sector privado cada vez más amplio y poderoso que puede amenazar la función del gobierno como principal responsable de los derechos humanos (pàgina 3 de la versión en español).

2[2] Los fondos de inversión colectan fondos provenientes de los fondos de pensiones, de empresas, compañías de seguros, particulares, etc, y los emplean en la compra de empresas industriales, comerciales o de servicios, que conservan si son muy rentables o por razones estratégicas o si son deficitarias o poco rentables, las “sanean” despidiendo personal y luego las venden con un margen de ganancia considerable. Las compras las realizan utilizando el llamado Leverage Buy-out (LBO) que podría traducirse como “operaciones con efecto de palanca”, que consiste en financiar la compra con una parte de capital propio (generalmente el 30%) y otra parte (el 70% restante) con préstamos bancarios, garantizados con el patrimonio de la empresa adquirida. Se estima que los fondos de inversión disponen en el mundo de unos 350 mil millones de dólares para invertir y que sólo en Europa recogieron en 2005 setentidós mil millones de dólares de fondos de pensiones y de grandes fortunas.

 

3[3] François Chesnais, El fin de un ciclo. Alcance y rumbo de la crisis financiera. Publicado en castellano en Herramienta Nº 39, Buenos Aires, octubre 2008 y en francés en Inprecor Nº 541-542, Paris, septiembre/octubre 2008.

4[4] Michel Drouin, Le système financier international, Edit. Armand Colin, Paris, enero 2001

5[5] En un artículo publicado en el diario Le Monde del 5-6/9/2004 ( Eric Le Boucher, Les multinationales sur leur tas d’or– Las multinacionales sobre su montón de oro) se dice que ningún acontecimiento –guerras, atentados, etc.- hace disminuir los beneficios de las sociedades transnacionales sobre sus fondos propios: 15% en los Estados Unidos, 12 % en Francia. A ese fin, todos los medios son buenos para bajar los costos en caso de necesidad. En total 374 empresas del índice Standard &Poors tienen en sus cofres 555 mil millones de dólares de reservas. Esas reservas aumentaron un 11% en 2004 con relación a 2003 y, a pesar de la recesión de 2001, se duplicó desde 1999, según la revista Bussines Week. Bouygues, Exxon, Intel y British Telecom han recomprado masivamente sus acciones para hacer subir su cotización. Es un fénomeno mundial. El resultado es que los medios financieros de las empresas superan a sus necesidades y la tasa de su autofinanciación aumenta: 115% en Estados Unidos, 110% en Alemania y 130 % en Japón… Las empresas podrían aumentar los puestos de trabajo y los salarios, pero no es el caso…

 

6[6] Philippe Labarde y Bernard Maris, La bourse ou la vie, la grand manipulation des petits actionnaires, edit. Albin Michel, Paris, mayo 2000. Véase también Michel Husson, Les fausses promesses de l’épargne salariale, en Le Monde Diplomatique, febrero 2000 y Whitney Tilson, Stock options, perverse incentives, en www.fool.com/news/foth/2002/foth020403.htm, 03/04/02.

 

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