Ofensas mutuas

&nbsp Y mucho menos ese triunvirato de déspotas engolados que la gestiona compuesto por unos tales Rouco, Cañizares y Amigo. Es más, si existe ese Dios, no sería de extrañar que viniese pensando desde hace mucho arrojar a los tres a los Infiernos: tan necios son…

&nbsp En efecto, la Conferencia Episcopal Española, que no tiene rival como agitadora social en el mundo y recuerda al cornúpeta, ahora afeitado, de la Inquisición de Torquemada, califica de “blasfemos”, “ofensores”, “lesivos” y “extraños” a los que hacen una pequeña campaña de ateísmo –más bien de agnosticismo- con la prudencia y discreción que comporta el adverbio&nbsp de su lema.

&nbsp Sin embargo, esos ateos convictos y organizados son hermanas de la caridad que exhalan espiritualidad en comparación con la hiel que se aloja en el páncreas de los que detestamos la religión admi­nistrada por la Conferencia. La Conferencia es una sociedad mer­cantil que trafica y hace simonía de la doctrina del Fundador; tam­bién es célula social que ofende los sentimientos religiosos tanto de los creyentes discretos y liberales cuyo convencimiento es tan inter­ior que no se resiente su fe ni por esta ni por ninguna otra campaña, como a los no creyentes. Su discurso siempre es, religiosa, teológica y cristianamente incorrecto. Aún más, la CEE es una especie de banda que blasfema contra los que no se callan frente a sus injerencias, intromisiones y desmesu­ras; que ofende a tantos y tantos que no creen en ese Dios que pre­dican, tan detestable como ellos, e injuria a quienes lo llevan en el cofre de su corazón sin aspavientos ni alharacas, ni con la inusitada afectación que ellos imprimen a todo cuanto tocan.

&nbsp La prueba de que la CEE&nbsp no deja margen a la libertad pública de afimar que Dios no existe es, que llama blasfemos y ofensores a quie­nes hacen pública su discrepancia lo mismo que es público el empeño&nbsp de la Conferencia en organi­zar a la sociedad española como los imanes rigen a las sociedades islámicas.

&nbsp Les trae sin cuidado a ellos, políticos camuflados, fascistas frustrados, dés­potas del espíritu,&nbsp ofendernos continuamente con sus manifestaciones, con sus misas y actos pú­blicos que monopolizan calles y plazas, con sus copes, con su frené­tico desparpajo en una sociedad que es laica por definición y, sin embargo, ellos, desarrapa­dos del alma y del seso, de hecho no lo permiten.&nbsp

&nbsp Es más, ellos agravian a tantos y tantos, que si éstos estuviesen más organizados y de ellos dependiera la existencia de la CEE y de su dios impresentable, los abolirían con un chasquido de dedos. Pero por más tercos que sean, no&nbsp pueden impedir que España haya dejado de ser católica…

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