Odio

Lo aviso desde el principio, estoy muy cabreado. No indignado, no harto, simplemente, cabreado. Y lo malo de este sentir es que uno se aturulla, se le agolpan los pensamientos y entonces, ¿quién sabe por dónde se tirará para adelante?. Porque lo que sí está claro es que tirar, se acaba siempre tirando.

Son varios los síntomas que, poco a poco, voy percibiendo de mi cabreado estado actual. Por ejemplo, yo, que soy una persona educada y respetuosa, me sorprendí a mi mismo cuando, el otro día, al cruzarme con un sacerdote, me abalancé sobre él y le abofeteé hasta que se me cansó la mano. El hombre, sorprendido, no tuvo tiempo para reaccionar y mejor para él que no lo hiciera porque, repito, estoy muy cabreado. Luego, cuando me calmé, le pedí disculpas, le dije que detestaba la violencia y que sentía haberme comportado así. El cura, todavía amedrentado por el abofeteamiento, intentó quitarle hierro al asunto atribuyendo el hecho a un pasajero ataque de locura debido, tal vez, al estrés y a la perdida de valores en la sociedad. Sus palabras me cabrearon aún más. ¿Es que una persona cuyo oficio, supuestamente, es comprender a la humanidad no era capaz de entender que mientras a nosotros nos quitaban de todo, a él y a sus secuaces no les quitaban nada?; ¿qué yo malvivía cada día peor de mi trabajo, entre otras cosas, porque del fruto de mi trabajo salía su sueldo?; ¿tanto que había estudiado para cura y no sabía que su trabajo no valía para nada, excepto para lavar cerebros y llevarse la pasta?. Lo siento, pero por muy cabreado que yo estuviera, no me podía creer que no supiese que él era tan responsable como sus superiores y tanto como los que mantienen el Concordato y los privilegios de la iglesia. Así que le di otra colleja y me marché dándole la espalda tras advertirle que, o dejaba de robarme, o la siguiente vez que nos encontráramos sería mucho peor.

Otro día entré en un restaurante de lujo, de esos en los que los causantes de la crisis hablan de la crisis mientras se atiborran y hacen negocios aprovechándose de la crisis, palabra que, aunque no venga en el diccionario, significa estafa. Bueno, pues entré y, antes que me sujetaran dos fornidos camareros, conseguí escupir en casi todos los platos. ¡Aquello fue la leche! ¡Hasta hubo una señora que se desmayó! La mujer estaba tratando la conveniencia de un E.R.E. en su empresa arguyendo que ésta no rendía tanto como antes, cuando, entre bocado y bocado de solomillo deconstruido con salsa de grosella y pimienta de ajonjolí, aparecí yo y, ¡hala!, todo el escupitajo en medio de la grosella. ¡Toma E.R.E.! ¡Hija de su madre!. Si tenía que despedir a los trabajadores porque su empresa iba tan mal, ¿cómo podía pagar el pastón que costaba el trocito de carne que se estaba comiendo?.

Conseguí escabullirme en un descuido de mis represores y antes de salir del lujoso palacete de un lujoso barrio donde estaba situado el restaurante, aún me dio tiempo a darme una pasadita por el parking y pinchar dos o tres ruedas de un par de Audis y un Lexus.

Son cosas sin importancia y que no llevan a nada, pero yo al menos me quedo más tranquilo y además me río. ¿Me putean? Pues yo lo mismo dentro de mis posibilidades.

Ahora tengo en mente varias cosas. Hay donde elegir, jueces, banqueros, responsables de educación y sanidad, expertos economistas, periodistas que no cuentan lo que pasa en realidad, militares,…

Lo vengo avisando. Estoy muy cabreado. Y mañana seguramente más.

BENITO RABAL (Ni dios ni amo)

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