Ochobre 2016. UHP

Reconocimiento a las energías e indignaciones que, en el año 34, dieron lugar a la revolución asturiana, y repulsa a la venganza posterior que supuso la enorme represalia y represión en los meses posteriores.

En momentos actuales en que…

obispos retrógrados y desobedientes al papa Francisco , como el de Oviedo, utilizan su púlpito no para contribuir a la lucha contra la desigualdad, sino para tratar de enterrar y mantener ocultos los hechos históricos de la represión, vulnerando la ley de Memoria, o en que alcaldes como el de Siero, en el mismo lugar y el año anterior, llamaban a pasar página y hacer olvidar a sus correligionarios de 82 años atrás. ¿qué dirían, si levantaran la cabeza los mártires de Carbayín de un alcalde amparado en siglas obreras y socialistas que se envuelve en un pacto sólido con la derecha local aunque para ello tenga que renegar de la Historia?

LOS MARTIRES DE CARBAYÍN.

Abortada la Revolución de Octubre por las fuerzas reaccionarias, se abre entonces una etapa de terror y represión, con el firme propósito de asfixiar el más mínimo aliento que le quedase al movimiento obrero asturiano. En este contexto, tuvo lugar el episodio de «Los mártires de Carbayín», uno de los más bárbaros de la Historia de Asturias. Entre los centenares de detenciones que se realizaron en Asturias los días 20 y 21 de octubre, se producirían las de veinticuatro hombres que pasarían a la historia unidos bajo un nombre terrible: los mártires de Carbayín.

No les unía su militancia política: había socialistas, cenetistas, comunistas, obreros sin partido ni filiación sindical, un carnicero melquiadista, e incluso un maestro de la

CEDA. No les unía ni tan siquiera su participación en el pasado movimiento, que oscilaba entre la intervención activa en las milicias de la apatía, e incluso la oposición.

Estaban unidos por una absurda, irracional y terrible operación montada por algunos guardias civiles de la zona de Langreo que tenía como objeto vengar a sus compañeros caídos en el cuartel de Sama.

Las detenciones se habían producido por los motivos más nímios; desde la sospecha de su participación en el movimiento (el caso de la mayoría), hasta por el hecho de ser hijo de un militante detenido (el caso de Laurentino Meana, de 16 años); el de haberse encontrado en su escuela armas abandonadas por los revolucionarios (el caso del maestro cedista Tomás Centeno, de la Hueria de Carrocera); el haber circulado por la ciudad a altas horas de la noche siendo detenido por una patrulla (el caso de Gerardo Noriega); el haber reñido con los guardias civiles días antes del movimiento a causa de un carnet de conducir (caso de Benjamín García, hijo de un carnicero melquiadista), o el ser hijo de un dirigente minero (caso de Ángel, hijo de Herminio Vallina).

Las detenciones de estos 24 hombres se había producido en el curso de los días 20 y 21 en Lada, Ciaño Santa Ana, Ciaño La Oscura, Vega, Torre de Arriba, Sama y La Felguera.

Habían formado parte de su detención, al igual que de la centenares más de hombres, soldados del Regimiento 32 y guardias civiles que condujeron a los detenidos al colegio de monjas de La Oscura y al convento de Sama, habilitados como prisiones provisionales.

Varios de los detenidos habían sido golpeados en las prisiones y se les había intentado sacar declaraciones que los incriminaran en los sucesos.

En la noche del 24 de octubre, un alférez bilbaíno de complemento que se encontraba a cargo del servicio rodado del Ejército en Sama, requisó un autocar nuevo a Quico el cojo, dueño de un servicio de transportes, al que rechazó como chofer, pues “se trataba de asuntos militares”. A las dos y media de la madrugada, 24 hombres eran sacados de la prisión del convento de Ciaño, del Convento de Sama, y de los sótanos de la Casa del Pueblo de Sama.

Habían           sido seleccionados arbitrariamente por el cabo Recio de El Entrego, que se había salvado durante la Revolución y quería cobrar en sangre la desaparición de sus compañeros; el sargento de la Guardia Civil Juan Ballesteros, el guardia Ramiro Sánchez y el teniente de Llanera Alonso de Celada. La operación fue dirigida personalmente por Rafael Alonso Nart, hermano del fallecido capitán de la Guardia Civil de Sama, José Alonso Nart.

De la premeditación de la masacre, habla claramente el hecho de que un día antes la Guardia Civil hubiera cavado las fosas en los montes de La Coruxona y El Roxellón, en las cercanías de Carbayín (cuando un vecino les preguntó qué estaban haciendo, tras decirle que estaban buscando armas, lo despidieron a cajas destempladas).

Sumando los múltiples informes, se puede obtener una lista bastante aproximada de la identidad de estos 24 hombres:

Benjamín García García, de Lada, 35 años, carnicero melquiadista

Agustín Amil Feito, 24 años, de Torre de Arriba, barbero, del PC

José Meana Menéndez, laminador de Duro Felguera, cenetista de 46 años.

Laurentino Meana Rodríguez, hijo del anterior, 16 años

Eloy Vallina García, minero del Fondón, del PC, 30 años

Honorio Vallina, cenetista, minero de Duro Felguera, 22 años

Faustino Freigedo, cartero de Sama, comunista de 38 años

Gumersindo Díaz Yáñez, minero de Sama y operador del Teatro Llaneza, socialista de 28 años.

Tomás Centeno Moreno, maestro de la Hueria de Carrocera, miembro de la CEDA, 28 años

José Vega Martínez, chófer, comunista de 23 años

Cándido Díaz Sánchez, cabo de municipales de San Martín del rey Aurelio, 35 años.

Alejandro García Castaño, guardia municipal de San Martín del Rey Aurelio, socialista

Ángel Vallina Menéndez, minero de La Vega, 16 años

Celso Rodríguez Iglesias, de Blimea, 30 años.

Ernesto Pérez (a) el Borrajo, minero del Sotón

Alejandro González (o Díaz), de Felechosa, minero.

Dimas Yáñez, de Sama.

Antero Valdés Peña, cenetista de La Felguera, trabajador de la Fábrica de

Nitrógeno, 28 años

Gerardo Noriega García, aserrador de madera, 29 años, socialista

Antonio Flórez (o Flores), minero de Sotrondio, 30 años.

Ernesto Vázquez de la Fuente (Ernesto Arroyo, según algunos autores), minero de 25 años, socialista

José Montes

Laudelino García

Que sólo fuera 24 lo determino el tamaño de la furgoneta, matrícula O-8999. Con las esposas puestas, los hombres fueron empujados a culatazos al interior. Se dijo a quien preguntó (no fueron muchos) que se haría un traslado de presos a Oviedo, en vista de que ya no cabían más elementos en las cárceles provisionales de Sama.

La camioneta hizo el viaje hasta la Coruxiona (Carbayín de Abajo), allí se hizo descender a los presos, a medida que bajaban se les fue amarrando a una cuerda.

En la noche del 24, se escucharon algunos disparos; más tarde sólo el aullido de los perros. Manuel D. Benavides ha dejado una macabra descripción de cómo se produjo el asesinato colectivo, formulada (según el autor)a partir del testimonio de uno de los asesinos.

Resumiendo el macabro informe, cuenta que se ató a los hombres amarrados a golpe de machete y bayoneta en medio de la oscuridad; un guardia disparó en la sien a uno de los detenidos, sonaron varios disparos, la matanza creció en medio de los gritos. Los guardias que participaron en ella se enloquecieron.

En medio de la euforia de sangre, se siguió acuchillando a los cadáveres. Luego se les quitaron las esposas a los muertos y se cubrieron con tierra de la escombrera.

Como no cabían todos, se transportó a una segunda zanja en las cercanías del pozo Mosquitera a once de ellos. La desaparición de 24 hombres produjo una conmoción entre los parientes de los asesinados que hicieron averiguaciones para verificar si era cierto que habían sido trasladados a Gijón o a Oviedo. Dos días más tarde las mujeres de la familias de Amil, de los hermanos Vallina y de Freigedo, se lanzaron a las escombreras de Carbayín. Sólo hizo falta remover un poco para que apareciesen las huellas del asesinato colectivo.

Según los testimonios de la época los cuerpos estaban mutilados, presentaban múltiples heridas de armas cortantes y algunos de bala; algunos cadáveres estaban irreconocibles: Gerardo Noriega tenía tres tiros en el pecho; José María Vega tenía el cráneo destrozado a martillazos; a Faustino Freigedo le faltaba un pedazo de cara. Por los gestos de algunos de los cuerpos se veía que habían sido enterrados aún con vida.

 

«Revolución del 34», Historia de Asturias, nº 8, página 108, Editorial Cañada.

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