Obsesiones democráticas

El rechazo de las clases políticas es cada vez más profundo y general. Partidos y funcionarios causan desencanto universal. Al mismo tiempo, las instituciones a su cargo caen a pedazos y se vuelven contraproductivas. Nuestro flamante sistema electoral es ya una vergüenza. ¿Quién puede defender, seriamente, el sistema de educación, el de salud, el de seguridad pública? Y este desastre político e institucional ocurre en medio de la peor crisis en un siglo y constituye una auténtica pandemia.

¿Cómo es posible, en estas circunstancias, insistir en que la participación en los procesos electorales es la única vía para enfrentar el desastre? ¿Que no tenemos más opción que elegir al menos malo de los miembros de esas clases políticas que rechazamos para que en nuestro nombre opere alguna de esas instituciones en bancarrota? Ante el fracaso creciente del gobierno y los partidos en el acarreo de votos, se confía ahora la tarea a los personeros de la más antidemocrática de las instituciones, la Iglesia católica.

La vía electoral se postula como alternativa sensata a la armada para conquistar el poder político, como si éste se redujera a los aparatos estatales en bancarrota y ocuparlos fuese la única fórmula posible para enfrentar todas nuestras dificultades.

Pero el horno no está para bollos. No se puede ya tapar el sol con un dedo… o darnos atole con ese mismo dedo. La opción existe. La gente necesita recuperar para sí el poder que en mala hora delegó en sus supuestos representantes, para reorganizar la sociedad desde su base. Se trata, como en su momento dijo Marx, de desmantelar ese aparato estatal, al que se dio el monopolio de la violencia para proteger y administrar el capital –no para estar al servicio de la gente. En la hora de su crisis se dispone a usar toda la violencia de que es capaz para proteger de la gente al capital y a sus administradores. Usará todo género de pretextos: Bin Laden, el narco, la gripe o la necesidad de salvar a la madre tierra. Pero el propósito está claro: someter a control a la población, usando contra ella la fuerza pública constituida supuestamente para protegerla.

El Comité Invisible, que se presenta como tendencia de la subversión actual, anticipó lo que está pasando, en un libro publicado hace un par de años: La insurrección que viene (La Fabrique Editions, www.atheles.org). En la presentación del libro los autores señalan: “El comité considera que todos los remolinos que agitan la superficie del presente emanan de un crujido tectónico en las capas más profundas de la civilización… Los acentos de fascismo desesperado que infestan la época… atestiguan una extrema tensión en la situación:… percibimos intuitivamente la extensión de la catástrofe, pero carecemos de los medios para hacerle frente”.

Según el comité, el análisis exige a menudo revertir las evidencias de la época para encontrarse que la policía es lo único que queda en pie en el orden existente. “El juego de las próximas elecciones… se remite a la cuestión de saber quién tendrá el privilegio de ejercer el terror; la política y la policía son ya sinónimos.” Esto nos consta. Lo hemos estado viendo y viviendo en México, particularmente en las áreas indígenas. No importa cuál partido, qué funcionario. Política y policía son ya sinónimos.

Se nos ha estado machacando, dice el comité, que nadie puede saber de qué estará hecha la revolución que viene. Pero al igual que Blanqui señaló cuáles barricadas serían efectivas y cuáles no, antes que la comuna las levantara, podemos determinar cuáles vías con practicables para escapar del infierno existente, y cuáles no lo son. Lo que puede hacerse, sostiene el comité, gira alrededor de la apropiación local del poder por la gente, el bloqueo físico de la economía y el desmantelamiento de la fuerza de la policía.

Habría que examinar todo eso, explorar cuidadosamente las vías practicables. Es urgente hacerlo. Por lo pronto, está claro que la toma del poder político, de eso que ostentan allá arriba unos cuantos que pretenden actuar en nombre de todos, en las urnas o con las armas, no es camino para escapar del infierno existente. Política y policía se han vuelto sinónimos. Recuperar la política –el compromiso con el bien común– exige arrancársela a la policía y a los aparatos del Estado. No puede hacerse desde ellos. No basta sustituir poco a poco a sus operadores actuales, que agravan cotidianamente el desastre con su incompetencia e ilegitimidad. La democracia no puede estar sino adonde la gente está. Cualquier intento de sacarla de sus manos para llevarla hasta arriba constituye su negación.

gustavoesteva@gmail.com

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