Observaciones sobre la inmigración

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Puede percibirse en el ambiente que el asunto de la inmigración se está convirtiendo en algo serio para nacionales y residentes en el Estado español, pese a que la propaganda no abunde en el tema, para quedarse solo con las estadísticas oficiales, y la publicidad airee el aspecto humano, pero sin que se aborden soluciones de calado. Hasta ahora, según la primera, para los gobernantes la migración no era preocupante y casi se desentendían de la cuestión; mientras que la segunda, promovida por quienes de alguna manera obtienen beneficios derivados de la situación de vulnerabilidad de un amplio colectivo humano, llamaba la atención sobre su dramática situación e improvisaba arreglos puntuales. A la sombra, operando en gran parte con impunidad, quedan los que obtienen beneficios ilegales de la actividad criminal, a la que, pese a las buenas intenciones de los Estados, nadie pone coto de forma radical. El hecho es que, sin comerlo ni beberlo, quien ya paga y acabará pagando todavía más las consecuencias de esta actividad creciente serán los contribuyentes.

Pese a ser ya inquietante el número de migrantes que por su cuenta o con ayuda de otros venían invadiendo el país lentamente sin prestarles mayor atención, lo que resulta preocupante ahora, ante la avalancha reciente, es que no se atisbe una solución política eficaz. Pero si se pretende ser responsable, habría que señalar que la inmigración no parece tener arreglo ni a corto ni a largo plazo, porque es una realidad a la que es difícil poner freno. Ya se ha demostrado que las barreras físicas no sirven, las de carácter político no funcionan y las económico-políticas carecen de efectividad, porque el dinero dado como limosna a los países deprimidos o implicados en el problema entra en un saco sin fondo que le priva de su eficacia. Lo único claro es que, tratando de eludir la cuestión fundamental, se sigue una política de paños calientes carente de significado social. Es probable que fuera más efectivo que algunas empresas de primera línea, lejos de limitarse a explotar las riquezas de los países económicamente deprimidos y dejar caer algunos billetes, crearan otra forma de riqueza local, llevando hasta allí una nueva formula de deslocalización, seria y no depredadora, que animara las economías de los países abiertamente afectados por la hambruna o inmersos en conflictos endémicos que nadie parece interesado en erradicar. Pero algunas empresas están a lo suyo, esperando obtener resultados positivos de la situación, aprovechando el sentimiento de humanidad de las personas, más que en disposición de invertir en lo productivo para la mayoría.

El control sobre la migración se resiente, por no decir que es un fracaso político por falta de soluciones. Sobre el tema pesan, de un lado, la propaganda para no perder votos y, de otro, la publicidad con la finalidad de ganar seguidores de esta nueva causa. Sobre las pequeñas arribadas, siguiendo la trayectoria iniciada años atrás, se venía guardando silencio, tal vez porque se trataba de un goteo permanente en el que pocos reparaban porque no era noticiable, pese a ello venía sumando e incrementando las cifras. Incluso en lo que se refiere a las grandes avalanchas, la propaganda no está tan interesada, salvo que suene en el panorama europeo, y se limita a soltar la noticia sin demasiada insistencia en los titulares. Asistidas por el legalismo, las soluciones para el caos provocado por el coladero auspiciado por el viejo lema papeles para todos van lentas, quedan a la espera de recursos y más recursos, hasta que simplemente casi todos los que entran terminan por quedarse, salvo los que siguen camino hacia otras latitudes, porque creen ver a este país como demasiado pobre para sus expectativas. Si oficialmente, por ejemplo, se cuela un millón, acabarán por quedarse realmente dos millones, aunque si se escucha la voz de la propaganda son algunos menos porque se habla de expulsiones, puramente simbólicas. Las cifras cantan y se observan a pie de calle, e incluso en las estadísticas no manipuladas, puesto que resulta que la población del país, pese al descenso de los nacimientos, parece ser que va en aumento.

Se habla de que la solución -que por ahora no existe- es cosa de los gobernantes, pero el problema les desborda. Sean del color político que sean, en el plano práctico no pueden hacer gran cosa. Tampoco es posible señalar responsables de la situación. Cada mandatario trata de interpretar el papel que le ha tocado en suerte y escurrir el bulto, aguantando en el poder el mayor tiempo posible, intentando confraternizar con sus votantes y los colegas del poder mundial. El testigo se pasa de unos a otros, los siguientes lo toman pretendiendo resolver el problema, pero acaban haciendo lo mismo que sus predecesores; por lo que verdaderas soluciones no aparecen, acaso debido a la falta de imaginación, ausencia de ideas realizables y limitación de medios.

España es un país rico, cuanto menos en ilusiones, así se vende a los inmigrantes. En el plano real, está claro que lo es más que otro, pero no tanto como se cree, y así despierta las apetencias de quienes viven en los que no lo son; lugares donde no se toca a nada en el reparto del bienestar. Se dice que para los más ambiciosos es visto como lugar de tránsito, buscando otros países para ver quien da más. Existe la creencia entre los desfavorecidos foráneos que continuando el viaje hasta llegar al cogollo del imperio la vida será más dulce. Los que dan por terminado el periplo, se encuentran con que aquí la existencia, aunque perra para algunos, no admite comparación con la que se masca al otro lado del charco. Lo relevante del asunto es que, ya sea aquí o allá, gran parte de los condenados a la migración ignora que la proclama de buscar una vida mejor, puesta al alcance de todos, es un mito que ofertan los promotores del negocio al objeto de vender billetes para un viaje, a menudo, sin retorno para algunos.

Parece que los que no cuentan en el problema de la inmigración son los gobernados, a quienes se entretiene, aprovechando la bonanza coyuntural, con melodías para acompañarla, al objeto desconectar o para que la conexión con la realidad sea más suave. Esto pudiera ser lo que por aquí sucede. Es evidente que no se puede prescindir de la etiqueta de quijotes porque se ha nacido en esta tierra, que ha dado muchos y muy grandes a la historia mundial, pero que a estas alturas sigamos con lo mismo, para que otros se aprovechen, resulta demasiado. Ciertamente, con ocasión del negocio del turismo como principal industria del país, hay una tendencia inevitable a mostrarse serviciales, desinteresados y hasta solidarios con causas que asoman cada día en el panorama mundial, pero no se debiera abusar de tan noble carácter, porque a este paso se nos pondrá la etiqueta de salvadores de Europa. Aunque una cosa es ser solidarios y otra muy distinta es que se se les tome por tontos.

Ayer mismo, me comentaba con cierta ironía un colega paseante si sería cierto, porque había oído el rumor, de que en breve estaríamos obligados por decreto todos los nacionales, y no solamente los solidarios confesos, tal como debiera ser, a acoger emigrantes en nuestra propia casa, a darles de comer, vestir, educar y financiarles el ocio, todo ello a cargo de nuestros bolsillos, porque los centros oficiales están desbordados y, además, las cuentas del Estado amenazan derrumbarse. Haciendo un esfuerzo y según las condiciones, lo de arrimar el hombro le parecía asumible a mi interlocutor, al menos de palabra y ocasionalmente; lo de acoger ya no lo veía bien, pero lo de aflojar el bolsillo quedaba totalmente excluido. Concluí que semejante bulo era una exageración o simplemente una ocurrencia del alguien que quiso alarmarle, pero dejé caer que con el paso del tiempo algo de eso sería posible. La idea de atender al necesitado como muestra de solidaridad, tan en boga hoy, dada la publicidad que hacen los que viven del negocio, expresa sensibilidad, desinterés y, ante todo, permite renovar esas dosis de quijotismo tradicional. Y si las cosas van bien, el personal de por aquí resulta ser más desprendido que el de otras latitudes del imperio. El problema está en sus reacciones si se sienten burlados y la realidad les despierta abruptamente porque se ha desbordado. Por el momento, no hay que preocuparse, porque todo parece que sigue bajo control o al menos lo parece.

No obstante las buenas palabras de las autoridades, la situación creada es compleja, no solo por el hecho de la llegada incontrolada de inmigrantes, sino por la pluralidad de posiciones que concurren en ella. Con el auge de la inmigración hay beneficiados, como son los que viven de ella y los que hacen negocio; un director, que sería el gobierno de turno, y los nacionales o simples perjudicados en ciernes.

Los que se dedican a buscar soluciones humanitarias al problema, ya sea porque cobran sus salarios de la empresa o porque de forma altruista, mirando al currículum o a la autosatisfacción personal, ofrecen sus servicios para aliviar la situación, no están destinados a resolver el problema de fondo, simplemente se dice que tratan de aliviarlo. Para los que utilizan la inmigración al objeto de negociar y hacerse publicidad en términos de solidaridad aparente, sin perder de vista el aspecto comercial del asunto, la inmigración vende. La pluralidad de empresas que van desde los suministradores de bienes y servicios a los que explotan la publicidad y los dedicados a la fabricación de noticias, la inmigración es una fuente de ingresos para seguir con el negocio. La clave estaría en el capitalismo, como verdadero poder y promotor de la marcha de los Estados, pero no parece interesado en la resolución del problema, porque de una manera o de otra el conglomerado empresarial obtiene beneficios de la situación, dado que con ella la venta directa de determinadas mercancías aumenta y las compraventas de futuro se están gestando. Quedan aquellos otros que, al margen de la legalidad, explotan directamente el negocio sin consideraciones, a sabiendas de las consecuencias; esto es una conducta reprobable en extremo. Los gobernantes simplemente improvisan tratando de frenar la avalancha, sin el menor resultado, ayudándose de la propaganda para tratar de salir del atolladero. Por último los perjudicados,es decir, los ciudadanos, no dicen nada abiertamente, tal vez hacen algún comentario en el marco de la privacidad, aunque internamente estén preocupados por lo que se les viene encima.

Unos por una cosa y otros por otra, pese a las buenas intenciones de palabra, nadie se implica decididamente en la resolución del problema, sencillamente porque no hay voluntad de resolverlo. En el plano político poca cosa se puede hacer, pero requiere soluciones inmediatas y radicales. Para evitar la rotura de la presa, los que gobiernan tienen que buscar consenso generalizado, porque no basta el instinto político, a fin de llegar a prever hasta donde puede subir el nivel del agua sin acudir a los aliviaderos. Aunque la ceguera propia de quienes ejercen el poder, los compromisos políticos, la imagen internacional y toda la parafernalia que acompaña al hecho de mandar, a menudo son obstáculos difíciles de salvar y pesan mucho en la toma de decisiones. Este tema, según se oye, no va por buen camino. Tampoco se ofrece una solución social, porque cada uno va a lo suyo y el asunto queda como una parte más del espectáculo cotidiano. Acaso se encuentre algún remedio en el plano económico. En este último punto, quien puede colaborar es el capitalismo, pero actualmente no está en ello, porque solo se centra en los beneficios de la inmigración para algunas de sus empresas, mientras que en la solución al drama que genera no se aprecia por el momento con perspectiva de negocio empresarial.

Antonio Lorca Siero
Agosto de 2018.

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