Obama y Afganistán. Nueva hoja de ruta, viejos principios

Barack Obama va presentando poco a poco los diferentes elementos de su nueva hoja de ruta para Afganistán, que parte de un acercamiento regional y tiene en cuenta tanto el fracaso militar en la ocupación como la peligrosa falta de estabilidad de Pakistán, aliado de EEUU en la zona. La insostenible situación en la región se deriva de la estrategia política y militar por la que apostó el anterior Gobierno estadounidense, y que sus aliados apoyaron incondicionalmente al menos hasta que se mostró inviable. Hace ya varios meses que militares británicos han alertado de la imposibilidad de ganar militarmente esta guerra, y de la subsiguiente necesidad de actuar políticamente y, antes o después, de negociar un acuerdo o una salida.

Bajo el mandato de Pervez Musharraf, Pakistán ha tenido apoyo absoluto de EEUU, siendo uno de los principales receptores de ayuda militar. Pero esa ayuda ha servido a los servicios secretos pakistaníes para convertirse en un poder fáctico aún más poderoso. No conviene olvidar que Pakistán es una potencia nuclear ilegal fuera de control gracias al apoyo estadounidense.

No cabe duda de que Obama tiene razón al presentar su nueva estrategia como «más inteligente», al menos desde la perspectiva de los intereses norteamericanos. Lo cual no quiere decir ni que sea lo más inteligente en sí ni que responda a las necesidades, deseos o intereses de los habitantes de la región. Lo cierto es que la nueva Administración norteamericana tiene un gran reto para superar la herencia que George W. Bush ha dejado, pero no es menos cierto que Obama y su equipo no pretenden renunciar a una herencia histórica aún mayor, de la que la época de Bush no sería sino una leve desviación derivada de una mala gestión: el hegemonismo norteamericano. En todo caso, la Administración Obama, por convencimiento o por necesidad, ha considerado que en este momento necesita el apoyo de algunos de los países que a medio plazo pueden disputarle ese hegemonismo, como Rusia o China, o incluso de enemigos acérrimos como Irán. «Soft power» para rehacer un imperio en apuros.

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