O se marcha usted o lo echamos nosotros

 

Usted y yo jamás nos encontramos en un cine para ver Sierra de Teruel o Morir en Madrid, ni coincidimos jamás en la cola de una fuente pública para coger el agua con la que lavar la ropa y bañarnos, cuando en los hogares más humildes de aquella España de hace setenta años aún no había agua, ni luz, ni libros.

También escaseaba la justicia, el pan, el petróleo con que nos alumbrábamos y las bolas con que se guisaba el “puré de San Antonio”, con el que inútilmente intentábamos quitarnos el frío y el hambre (en cierto modo cómo ahora).

Está claro que usted y yo jamás coincidimos en la misma celda, cuando la policía -ésta misma de hoy, pero de otros colores- nos secuestraba en ese odiado edificio de Sol -en el que también torturaron a Julián Grimau- por vender prensa obrera, por vender libros que nos contaban cómo había sido realmente aquello de los fusilamientos masivos en Badajoz, de qué “mal” habían muerto el poeta Federico García y el presidente Lluís Companys, y Francisco Cruz Salido y el periodista Julián Zugazagoitia; mientras nos íbamos enterando de que el bombardeo de Gernika no lo habían realizado los propios vascos, si no la Legión Condor. Aquella España en la que tan fácil era rodar por el suelo con una bala alojada en el pecho, mientras los botes de humo volaban por encima de nuestras cabezas y se corrían las voces de que en Granada mataron a tres, que en Vitoria fueron cinco los muertos, y que en Madrid asesinaron a una joven de la Liga Comunista, también a un joven, Carlos González, que escribía poemas, a otro más, por llevar una chapa del PC en la solapa, otro más, por no recuerdo qué….

Es evidente que usted y yo jamás coincidimos en una de aquellas celdas donde nos arrojaban en el ejército, por el simple hecho de haber vendido al moro una camisa o un pantalón, para luego quitarnos el hambre en el poblado con un panecillo untado de aceite y azúcar, porque, mientras el capitán de cocina se enriquecía en el cargo, los míseros soldaditos teníamos que recurrir a los frutos secos o a los higos chumbos, en el poblado, para matar el hambre. Mientras, poco después, un joven caía al pie de aquel muro donde la muerte, vestida de guardia civil, le impediría terminar de pintar un clamoroso: PAN, TRABAJO Y LIBERTAD.

Nunca me quitaré la pregunta de encima: Dónde estaría este señor el día que el joven estudiante de Derecho, Enrique Ruano, “caía” al vacío “en circunstancias nunca aclaradas”.

Dónde, mientras caían ante los pelotones de fusilamiento Cristino García, Gómez Gayoso, Antonio Seoane y los dirigentes del Partido Comunista.

Sí, dónde, en que juegos andaba usted mientras se llevaban a cabo aquellas interminables ejecuciones en Montjuich, en Hoyo de Manzanares, en los tapiales del Cementerio del Éste, cuando se fusilaba sin ningún reparo a las jóvenes “trece rosas”. Sí, ya vimos la foto, ya sabemos con certeza dónde estaba usted aquella mañana del 1 de octubre de 1975, mientras el dictador hacía su última aparición en público ante sus numerosos “fans”, en su balcón favorito del Palacio de Oriente y mientras éstos se emborrachaban y se destrozaban la garganta a los gritos de ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!, lo que me gustaría es saber cómo discurría su vida mientras agonizaba en Colliure el poeta republicano Antonio Machado y, mujeres cargadas con enseres domésticos, con niños que aún mamaban de aquellos agotados pechos, ancianos, gentes apoyándose en muletas, soldados del Ejército Popular desmovilizados, huían despavoridos de la aviación que ametrallaba, sin pararse a pensar, sobre todo lo que se movía; qué hacía usted mientras las gentes del pueblo se enteraban de la muerte del poeta comunista Miguel Hernández, en una celda de Alicante. Sí, siempre me cabrá la duda de dónde andaba usted mientras este pueblo enterraba a aquellos abogados y trabajadores del despacho de la calle Atocha; con quién se reunía, mientras el general les aplicaba “garrote vil” a Juan García, “El Corredera” y a Salvador Puig Antich, qué deporte practicaba mientras la Guardia Civil cazaba y remataba a los antifascistas que entraban por la frontera con Francia para hostigar a las fuerzas represivas que oprimían al pueblo, o quemaba los restos de unos jóvenes, tras torturarlos, en un cuartel de esa misma Almería a la que canta el Manolo Escobar.

Además de montar poderosas motos y mujeres más o menos fáciles, de conseguir suculentos beneficios por los contratos con “progresistas” jeques y de abrazar al “liberal” rey de Marruecos, a qué dedica usted su tiempo libre, mientras los empresarios echan el cierre a sus negocios y ponen en la calle a millones de obreros. Qué cadena de televisión ponen ustedes en esa casa, qué prensa leen, que allí no se hable de los cerca de 30 suicidios que la mal llamada crisis ha ocasionado en este país en los 9 meses que llevamos del año 2013. Qué hacía usted ayer, mientras, en torno a siete millones de españoles nos manifestábamos por calles y plazas, en las urnas mismas de este país, en contra de nuestra integración en la OTAN.

Qué hacía usted mientras las gentes más humildes de Andalucía, de Extremadura, de Madrid y de Albacete cargaban sus maletas de cartón y de madera en los trenes que les llevarían a las minas de Bélgica, a los viñedos de Francia, a las fábricas de automóviles de Alemania; mientras en los controles policiales fronterizos eran detenidos los activistas del PC y los poetas Carlos Álvarez y Marcos Ana cumplían condena, que llegaban a los 22 años, en el caso del último; mientras en los escenarios españoles triunfaban “clamorosamente” Joaquín Calvo Sotelo, Pemán, Alfonso Paso y las astracanadas de Celia Gámez, pero eran vetados el teatro de Lorca, Max Aub, la poesía de Cernuda, Neruda y Pedro Garfias, y moría en el exilio mejicano el poeta León Felipe?

¿Qué hacía usted exactamente aquel día de 1971 en el que los trabajadores nos vinimos a enterar que el activista del PC y de CC.OO, Pedro Patiño, había sido asesinado por la Guardia Civil, por el “horrendo crimen” de pegar carteles en apoyo de una huelga, en un barrio obrero? Dónde, en qué cama descansaba en las noches, mientras Genoveva Forest y otras mujeres se manifestaban con los capachos vacíos, por la carestía de la vida, ante Gobernación. Qué libro lee usted, mientras aumenta en nuestras calles el número de mendigos y de prostitutas, mientras se cierran pequeños comercios y la policía persigue a los negros que huyeron del hambre y de las guerras en sus propios países, y ahora venden abanicos en Sol, mientras se invierten fortunas en vigilancia en las calles para controlar a la población descontenta, así como para impedir que los más miserables del Planeta se coman un mendrugo en paz y al sol en las plazas mayores de nuestro país. En qué piensa usted mientras oye en la tele que ayer su Gobierno aprobó subir las pensiones un 0’25 %, en tanto los precios de los productos básicos se incrementan en un 1,7 y la calidad de los alimentos baja. En qué piensa usted cuando lee en la prensa que en los hospitales públicos nos van a empezar a cobrar los tratamientos. Qué piensa usted de este país, mientras desfila la tropa por la Castellana y se reducen las ayudas para los enfermos dependientes, mientras se recorta en solidaridad y en proyectos sociales, mientras usted se fotografía con “la roja”; mientras intercambia sonrisas con los nuevos dignatarios cuando éstos le entregan sus credenciales, mientras cada vez se oye gritar más alto…”¡los Borbones: a los tiburones!”…”¡Rajoy: dimisión!”,…”¡nosotras parimos: nosotras decidimos!”,…”¡obrero despedido: patrón colgado!”,…”¡huelga, huelga, huelga general ya!”

Qué piensa usted exactamente mientras se dedica a abatir mansos paquidermos, cuando en las manifestaciones obreras son centenares ya las banderas republicanas, crece la indignación y se oyen los acordes de La Internacional; cuando vuelven a rodar por los suelos, envueltos en pancartas reivindicativas y en banderas obreras, jóvenes cabreados que vieron incrementados los costes de su acceso a la Universidad en torno a un 60%, los que ya no pudieron acceder a ésta este curso porque la economía de casas sin ingresos o con escasos recursos lo impiden; juntos y confundidos con ancianos estafados y con amas de casa que cada vez ven más menguados los productos en su carrito de la compra. Un pueblo al que ya se le regatean los pocos beneficios de aquella democracia de hace unos años, la que se nos prometía a la muerte de su “padrino” de usted; aquel general al que tanto estima usted y tanto respeta. Por último, para dónde mira usted cuando le muestran una foto de la celebración de la liberación de París y allí no aparece la bandera monárquica, si no los colores de aquellos hombres y mujeres que expulsaron por criminal a su difunto abuelo de usted, combatieron a su general y derrotaron a los nazis en los campos de batalla hace sesentaiocho años. Para dónde mira usted cuando cuatro diputados son obligados a abandonar la tribuna del Congreso por no respetar el orden del día, pero, en cambio, sí llevan allí la voz de la calle. Qué opina usted del presidente de ese país americano –elegido democráticamente, que no puesto allí por ningún caudillo carnicero golpista- que renuncia al 90% de su sueldo, entendiendo que no debe cobrar más que cualquier otro trabajador de su país; o de ese exparlamentario de IU que renuncia a su sueldo de exdiputado, por coherencia política, por entender que con su pensión de maestro ya tiene bastante. A qué juega usted mientras le dicen que más de venticincomil personas se fueron al paro en septiembre, mientras a usted le operan en una clínica privada, que no en la de la SS, donde sí murió aquel joven Arturo Ruiz, acribillado por los tiros de los “grises”.

Ángel Escarpa Sanz

 

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