Nuevas Miradas Indígenas en las jornadas de Mundubat y Komité Intermacionalista

Las Nuevas Miradas Indígenas en el Siglo XXI se hacen con los ojos puestos en la historia. En la larga y dolorosa historia de pueblos y culturas que alumbran el nuevo siglo. Éste, de convulsiones y porvenires, que se suma y escapa a los cinco anteriores, en los que se vivieron ocupación, destrucción, humillación, pero también batallas de dignidad, en 516 años de resistencia, de luchas y esperas en un continente que de nuevo grita. Tiempo todo de búsquedas, mientras las fuerzas de la diversidad humana y el cambio, bajo el aprendizaje complejo entre la sobrevivencia, se forjan para bien ser y bien estar en y con la Madre Tierra.

Las miradas que cultivamos no son una simple visión, ni una sola cosmovisión, ni una romántica concepción del ser y estar indígena, ni ayer ante la invasión, ni hoy frente a la globalización neoliberal. No es ingenua, pasiva y espontánea mirada ante lo que sucede no sólo con los pueblos indígenas sino con el mundo entero, con la Madre Tierra. Son miradas profundas, complejas, diversas, plurales, a historias comunes y a contextos, hacia fuera y hacia dentro. Reconociendo las desigualdades en mayúscula y las iniquidades en minúscula, las estructurales y estructurantes de un sistema perverso, y las discriminaciones con semejantes y con no similares en los espacios de construcción social. Miramos entonces las injustas relaciones que especialmente cruzan y cargan la vida de las mujeres indígenas, cuyas luchas por derechos son luchas por y desde sus propias definiciones, por decisiones libres ante necesidades y capacidades para no sólo participar en lo ya instituido, sino por crear nuevos escenarios para ellas y sus organizaciones.

Esquemáticamente, sin rotundas fronteras, podemos hablar de miradas hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro, recobran comprensión del despojo y la negación que continúan, por lo tanto potencian la conciencia de recuperar y afirmar, ampliando el lugar social y político en particular de la mujer dentro del propio proceso de reivindicación de los pueblos indígenas y sus múltiples experiencias de identidad y producción social, cultural y política. Muchas y complicadas son las tareas que implican esas miradas. La lucha de género, la perspectiva de las mujeres, de sus derechos específicos, enfrentan condiciones adversas, tienen retos en diferentes planos, por ejemplo en lo legal afirmando una igual condición y titularidad jurídica, en la gestión y dirección comunitaria, la co-propiedad, la co-responsabilidad, bien en demandas y respuestas colectivas, como ante concretos intereses y espacios de las mujeres. Así como en lo político, para fortalecer en todas sus dimensiones las capacidades o potencialidades de formación, organización, movilización y construcción de decisiones, para consolidar además los avances que se vienen registrando en función de cambios más definitivos.

Sin la tensión de una mirada crítica hacia dentro, o lo que es lo mismo: sin una auto-crítica constante, transparente y madura, que revele contradicciones y obstrucciones a los derechos de las mujeres, las luchas indígenas estarán permanente y seriamente amenazadas, desde afuera y desde dentro, ante sociedades globales que se rigen por las leyes de la segregación, el individualismo, el desequilibrio, la sumisión, el avasallamiento, ya porque corresponden al expolio diario que está en la razón de ser del capitalismo, como en el dominio que está en la absurdidad del patriarcado y el machismo.

Las miradas indígenas hacia fuera también se conciben y en ellas o son más o son menos las luchas de sus pueblos, ya porque consientan y porque confronten el mundo globalizado para el mercado capitalista, que extiende su dominio como única e imperial ley, de la mano de la militarización y para-militarización, modelo que se basa en el saqueo y la impunidad del mismo. Las miradas indígenas han sabido impugnar ese orden, rebelarse contra sus normas y lógicas, no someterse a sus designios. De ahí que esas miradas deben no renunciar a señalar a los responsables directos e indirectos de la injusticia global, regional, nacional y local que rodea y cerca las expresiones de resistencia.

Precisamente, procesos de resistencia y rebeldía, verdaderos valores de humanidad que se gestan desde los pueblos indígenas, sin idealismos falsos pero sí con ideales y utopías valederas, han afirmado derechos humanos y de los pueblos, así como derechos de la Madre Tierra, trascendentes hoy día, aportes genuinos para otras rebeldías que insurgen en el planeta. Vemos y aprendemos de los movimientos indígenas que mediante procesos instituyentes y constituyentes en Bolivia y Ecuador, han sido capaces de decir no más al servilismo y la corrupción, como hoy también lo expresan organizaciones y mingas indígenas en confrontaciones políticas con regímenes autoritarios, neoliberales y represivos, los de los gobiernos de Colombia y México, donde Chiapas no claudica. O como en dinámicas de recomposición organizativa tras años de guerra, marginación e incumplimiento de acuerdos, lo hacen pueblos en Nicaragua, o en Guatemala, país éste donde un genocidio tuvo lugar, permaneciendo aún en la impunidad. En diversos pueblos, como el Mapuche en Chile o Argentina, se lucha en enorme desventaja entre y ante moldes y pensamientos sociales y políticos de Estados-nación de hecho racistas, como en Paraguay, Perú y Brasil se reaniman otras luchas ocultadas. Todos esos movimientos para romper la negación y afirmar la identidad, para generar el gobierno autónomo y empoderarse en el contexto y frente a su supuesta y falsa igualdad, para impulsar radicales procesos sociales de desobediencia ante el mercado, de interposición ante la mercantilización total de los bienes comunes de la naturaleza y la humanidad. Por eso un concepto restablece la inteligibilidad de lo que se lucha: el territorio, como unidad desde la Madre Tierra, de los derechos a ser y estar, frente a la voracidad capitalista y la privación, que ha generado muerte, miseria, sufrimiento, apartamiento histórico e indignidad.

Las nuevas miradas indígenas que portan la vista de siglos, que corresponden a hondos procesos de superación de iniquidades desde la invasión y el colonialismo hasta la globalización imperial de hoy, que buscaron anular o aniquilar a los pueblos, exigen así mismo nuevas miradas de la solidaridad. Ya más nunca podemos afirmar lo que ya era una mentira: que la solidaridad con los pueblos, y en particular con los pueblos indígenas puede y debe ser apolítica. Falso. Puede y debe ser política. Solidaridad con sus procesos de lucha por el cambio. Nunca más con asistencialismos, paternalismos, tutelas, imposiciones o conducciones de ninguna clase, bajo ningún discurso. Ni el de las civilizaciones, ni el de los derechos humanos, ni el de la cooperación, ni el del género, ni el del desarrollo y ni siquiera el de una supuesta cultura de paz-pacificación.

Son ellas y ellos, somos nosotras y nosotros los que nos miramos, allá y acá, y nos acompañamos en igualdad, para confrontar el orden patriarcal, el capitalismo y la impunidad; para recuperar la tierra y el territorio, la bio-socio-diversidad, la cultura, la identidad, con conceptos alternativos y no funcionales de ruptura y territorialidad; para defender básicos instrumentos internacionales de derecho y buscar con reales garantías su puesta en marcha, su ampliación y consolidación, tanto en la lógica de pactos y obligaciones claramente exigibles a los Estados, como en la recuperación, recreación y proyección de la justicia indígena, dentro de las juridicidades no dóciles sino reivindicativas y alternativas, para denunciar y confrontar las políticas racistas, las estrategias de neofascismo, incubadas por el sistema de opresión, como lo ha hecho en Colombia o lo está intentado de nuevo en Guatemala y Bolivia incitando al odio contra los pueblos indígenas, cuando son éstos los que han efectuado la defensa de la humanidad y de la Madre Tierra, a veces en soledad, a veces junto a otros sujetos populares, enfrentado el statu quo que se creía inamovible.

Pueblos indígenas nos han enseñado y fraguan, no sin trasfondos de conflicto, formas superiores de construcción de otros caminos, para proyectos económicos sostenibles y respetuosos con la naturaleza, modelos políticos y sociales de convivencia y verdadero desarrollo humano, que por un lado requieren de rebeliones para desatar sus energías, y por otro lado sembrando el valor transformador del límite, que se desprende de la mirada de que no nos es posible seguir destruyendo, sino que se requiere imponer un límite contra el ansia del dominio, la usurpación y el consumo.

Las miradas indígenas no tienen punto final y un solo horizonte. Ellas, y nosotros y nosotras en ellas, nos ratifican que sí es posible el encuentro diverso hacia lo común, la vida, para puntos seguidos, para reemprender esfuerzos colectivos de pensamiento propio y acción crítica, como de auto-crítica para el avance de la conciencia rebelde, no retórica, ante el capitalismo globalizado y el patriarcado, ante los Estados – Nación dominantes y cegados, ante sus reformas para volvernos a engañar y atomizar, para despojarnos del bien común, arruinando la naturaleza y sumando infelicidad en los corazones.

Ya esa rapiña no será posible. La producción material y espiritual del futuro no está ya en manos de los de arriba y sus capitales. Está en nosotros y nosotras; está en otros calendarios, desde las miradas de mujeres y hombres, indígenas que cantan rompiendo el silencio de la ignominia, con su fuerza-amanecer. Por eso con el grito mapuche saludamos, hacemos punto seguido y volvemos a decir para recomenzar: Marici Weu!! Marici Weu!! Diez veces estamos vivos!! Diez veces venceremos!! Diez veces estamos vivas!! Diez veces venceremos!!

CAR-Mundubat

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS