Nueva edición de Hacia la estación de Finlandia. Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia, de Edmund Wilson (*)

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Edmund Wilson, crítico, fue comediógrafo, poeta, novelista, narrador e historiador, es conocido sobre todo por su faceta de “formidable eminencia  erudita”, uno de lo hitos de la cultura norteamericana más europea. Proveniente de una culta familia burguesa, Edmund fue testigo de los innombrables horrores de la Gran Guerra, experiencia que lo puso  en complicidad con Walt Whitman, el primer gran enfermero de una literatura de un profunda vertiente libertaria como la que el propio Wilson expresa en su libro, Patriotic Gore (1962), un alegato contra el militarismo contextualizado  en la Guerra Civil americana. Wilson pues, formaba parte de una leite ligada con el movimiento obrero, la revolución mexicana en la estela de John Reed y del que fue su principal discípulo,  Max Eatsman. Su nombre figura entre los que dieron la cara por Saco y Vanzetti, a favor del derecho de Diego Rivera de pintar a Lenin en el Rockefeller Center, estuvo en la URSS a mediados los años treinta y repudió tempranamente el estalinismo. Si bien nunca militó,  Wilson tuvo su área política más próxima entre los comunistas disidentes divididos  entre los “bujarinistas” de Jay Lovestone y Bertram D. Wolfe, y los trotskistas entre los que encontraba su propia compañera de entonces, la novelista Mary MacCarthy, un intenso capítulo en el que arte y la revolución conectan en un cuadro que aparece  al fondo del Manifiesto por un arte revolucionario e independiente, culminación de un encuentro que quizás hoy puede parecer cosa de otro planeta.

De este encuentro surge su obra más militante To the Finland Station, publicada en 1940, reeditada con un nuevo prólogo en 1972,  cuando el autor ya había hecho un largo viaje como componente de “Liga de la Esperanzas Perdidas”, en la que militan la mayor parte de los artistas e intelectuales ”desencantados”. Sin embargo, su historia no fue paralela a la de otros que, como el propio Max Eatsman o John Dos Passos, Edmund nunca se arrodilló ante los poderes establecidos ni renunció a sus ideales, de ahí que su nombre figurara entre los que escupieron sobre la tumba de Joe McCarthy, y entre los que denunciaron la guerra del Vietnam. El libro fue editado aquí por Alianza en 1972, y regresa ahora, después de otra viaje de la historia, cuando hace más de dos décadas del desplome del “socialismo real”, o sea en un momento histórico en el que el capitalismo financiero anda suelto destruyendo las conquistas soñadas en el tren que viajaba hacia Finlandia para rehacer la creación.  

Gracias a la perspectiva que ofrece los setenta largo años de su redacción, esta es una obra que se puede percibir de manera diferente. En 1940, Wilson escribe un libro hermoso, compacto, de una erudición desbordante, todo un  clásico del socialismo, un “Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia” que reforzaba la metáfora marciana de la “locomotora de la historia” que viajaba en pro de las grandes premisas de transformar el mundo y cambiar la vida. La obra narra vigorosamente como algunos personajes emblemáticos soñaron con dominar la historia volvió a encantarme, como la primera vez, en la adolescencia. Es notorio que lo que Wilson sabía de Giambattista  Vico y de Jules Michelet no era mucho o que Hippolyte Taine tuvo en el crítico estadounidense al único lector del siglo XX incapaz de avergonzarse de él. Lo que cuenta de Marx y Engels como arquitectos de una concepción del mundo, es denso y hermoso. Pero la culminación del viaje, el momento en el que las ideas y el movimiento social se encuentran en plena efervescencia en sus estampas románticas de Lenin y de Trotsky, situadas en concordancia con lo que escribió John Reed en su célebre testimonio sobre 1917. El genio de Wilson, como historiador de las ideas (y de una idea, la comunista), radica en la distancia tan artísticamente labrada que interpone entre él y su tiempo, en una piedad humorística, casi dickensiana, ante la gravedad de la historia, a la cual no deja de ver como una consecuencia práctica del errar humano. Habiendo escrito un libro sobre la historiosofía, y sobre un sentido de la historia en la que la esperanza sobrevive a los mayores cataclismos.

Aquellos que huyendo de las “utopías”, se han instalado en final de una historia que se está mostrando como garantía del infierno,  ahora se agarran al prólogo parcialmente desencantado de 1972 para convertir a Edmund Wilson en uno de los suyos. Nos dice que sus retratos de Lenin y de Trotsky son el “dos seres implacables en los que los rasgos de humanidad brillan por su ausencia”, lo cual demuestra que estos señores ni tan siquiera han leído el libreo.

Wilson sin embargo estima: “La verdad es que fuimos bastante ingenuos. No previmos que la nueva Rusia habría de conservar muchas características de la antigua Rusia: la censura, la policía secreta, el desorden originado por una burocracia incompetente y una autocracia todopoderosa y brutal. Mi libro da por supuesto que la Revolución representó un importante paso adelante en el camino hacia el progreso, que se había producido una ruptura trascendental y que nada de lo que afecta a la historia del hombre volvería a ser igual. Pero no sospeché que la Unión Soviética pudiera convertirse en una de las tiranías más odiosas que jamás existieron, y que Stalin pudiera llegar a ser el más cruel y amoral de todos los despóticos zares rusos…»

En 1972, se aparta de un “romanticismo leninista” que había heredado del Max Eatsman trotskiano, el interesante autor de Marx y Lenin. Pero el trayecto de Wilson fue muy diferente al del maestro. Wilson nunca fue un anticomunista. De hecho,  sus cuadros están lleno de pinceladas en la que la humanidad de cada personaje respira sin dificultad.  El trayecto atraviesa varias estaciones, dedica una gran atención a los socialistas tratados de utópicos, a Marx y Engels y sus debates con Lasalle y Bakunin, y el cuarto y último encuadra a Lenin y a Trotsky para volver al Lenin que llega a la estación de Finlandia con sus Tesis de abril, y su idea de que la revolución socialista era posible como prólogo de una revolución mundial que, desde luego, no llegó, pero cuyo fantasma recorrió el mundo, de hecho, la URSS no hubiera subsistido sin el miedo a la extensión de la revolución. Este es un territorio normalmente árido cuando lo tratan los historiadores, pero con Wilson se convierte en una narración tan atractiva como una sólida obra literaria. En general, los comentaristas tratan de ocultar este Wilson detrás del prologo de 1972 al que añaden sus propias lecturas conservadoras.

Éste y no otro,  es el caso del historiador Juan Avilés, el autor de La fe que vino de Moscú (Editorial: Biblioteca Nueva,  1999),  que  en su reseña de “El Mundo”, introduce un rechazo donde había una distancia: “La admiración hacia Lenin que revela, comprensible en un progresista del año 1940, fecha en que se publicó la edición original, resulta hoy desfasada. Lo mejor hubiera sido que aquel tren hubiera descarrilado antes de llegar a San Petersburgo”  (El Cultural, 29/07/2011). En su fervor revisionista,  no falta quien citando dicho prólogo dice Hacia la estación de Finlandia es un cuento de hadas, algo que habría obligado a su autor, no ya a puntualizar sino a efectuar una enmienda a la totalidad.  Cierto, Wilson ya no es el mismo, han pasado demasiadas cosas, pero lo que hace es puntualizar de tal manera que tenemos dos cosas diferentes: un libro de 1940, y un prólogo de 1972. No son la misma cosa. Ni tan siquiera se puede decir que se trate de partes contrapuestas. Wilson reconoce que en su kilometraje francés ha sido injusto con Jean Jaurés y Emile Zola, puntualiza sus fuentes, anota datos oscuros que añade una parte oscura a su retrato de Lenin, conecta el de Trotsky con la trilogía de Deutscher, después de la cual cree que no está obligado a rectificar nada.  Si el Wilson de 1940 estaba posicionado por la revolución, el de 1972 se encuentra en otro lugar,  podría parecer que se ha olvidado de los abismos en los que la revolución se convirtió en otra cosa, solo puntualiza.

Así pues, lo más triste de todo esto sería que la obra Hacia la estación de Finlandia sea confundida con su prólogo (como lectura recomendada  sé de algunos que no han pasado de las primaras páginas creyéndose encontrarse delante de un “cold warrior”), y mucho peor sería que se le prestará atención a los apólogos de nuestro “mundo feliz”, y que entre una cosa y otra no se llega a la cita con una de las más hermosos y brillantes ensayos sobre una historia, la del socialismo, que se hace posible en la medida en que crezca la conciencia de su necesidad por los caminos más amplios. Una obra escrita por alguien que nunca se  doblegó de sus ideas.

(*) Edmund Wilson  Hacia la estación de Finlandia. Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia. Traducción de R. Tomero, M.F. Zalen y J. P. Gortazar. RBA. Barcelona, 2011. 475 páginas.  Estas notas fueron publicadas en “El Viejo Topo”  nº 293 (junio, 2012)

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