“Nueva economía” o “viejo” imperialismo capitalista

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Por Roberto Laxe

La sociedad burguesa fue la sociedad del siglo XIX y parte del XX, la sociedad de consumo fue la de los años 60, la del bienestar fue la de los 80, y, ahora, la de la información y el ocio. Los intelectuales de la burguesía cambian las denominaciones de la sociedad, y parece como si el mundo se moviese, cambiase y mejorase constantemente y que los problemas son, simplemente eso, problemas coyunturales de una sociedad homogénea, con intereses comunes, que no acaba de integrar a los pobres de antaño, ahora conocidos como “excluidos sociales”. El mundo se divide en dos partes, los incluidos sociales (sean burgueses u obreros) y excluidos (parados, emigrantes y pobres en general).

Sí una consecuencia nefasta tuvo la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS fue que reforzó esta falsa conciencia entre los trabajadores. Para los trabajadores que, guste o no, asociaban la URSS, Cuba, China, etc. al socialismo, su desaparición fue la muerte del socialismo y en su conciencia esto se transformó en una ideología reformista: lo más que podemos hacer es reformar el sistema, aunque sea malo de solemnidad, pues no es posible ninguna transformación social de profundidad que no nos haga saltar de “la sartén a fuego”.

Esta contradicción entre la reducción de las condiciones objetivas para la existencia de aparatos reformistas y el reforzamiento de la falsa ideología reformista es la que está en el fondo de la aparición de organizaciones sociales y políticas que desvían la respuesta de los trabajadores y de los oprimidos; organizaciones que van desde las nuevas sociedades filantrópicas, las ONGs, hasta las religiosas o nacionalistas, a las que se incorporan los sectores de la vanguardia más combativa, perdiéndose para la revolución social. Sí algo tienen en común todas esas ideologías es su carácter profundamente burgués.

Por este motivo es más urgente que nunca desmontar todas las teorías que justifican esas falsas conciencias, que se fundamentan en frases, en muchas ocasiones vacías de contenido, como globalización, mundialización, nueva economía, excluidos sociales, etc., que no son más que eufemismos de mercado mundial, de imperialismo, de capitalismo y de clase obrera. Y con ella sólo pretenden mantener el status quo estructural, pues lo que sigue actuando como motor de la historia son las “viejas” leyes de la lucha de clases y supervivencia de la humanidad.

La lucha de clases hoy

Es cierto que a lo largo de los años 80 y, sobre todo, los 90 se han producido profundos movimientos dentro la sociedad capitalista. Unos ya los hemos visto cuando analizábamos la desaparición del equilibrio mundial sostenido por el dominio hegemónico del imperialismo norteamericano y la reaparición de los viejos conflictos interimperialistas, los otros son una derivación de estos conflictos, la recolonización y la restauración del capitalismo.

A partir de aquí hay que analizar, en concreto, las condiciones en los que se produce la lucha de clases, es decir, el “viejo” conflicto entre los explotados y los explotadores, que, desde que se existe capitalismo, esto se traduce en la lucha entre obreros y burgueses, y que saltó a las primeras páginas de los periódicos de todo el mundo en diciembre del 99, en uno de los centros del imperialismo, los EEUU.

Primero quitemos la paja con la que adornaron esas movilizaciones. En las calles de Seattle confluyeron muchos sectores opuestos a la “globalización”, desde los campesinos franceses enfrentados a las multinacionales de la alimentación (sea la producción o la distribución), de las que algunas de las más importantes son francesas (Carrefour), hasta los ecologistas en defensa de un equilibrio ecológico tan “desequilibrado” como el mismo sistema capitalista. Pero lo que fue cualitativo es que el grueso de las manifestaciones la componían obreros, metalúrgicos de la Boeing y portuarios fundamentalmente.

¿Porqué los obreros salieron a la calle, si ya no existen, son “sociedad civil”? La participación de los trabajadores con sus organizaciones y sus consignas desmintió en los hechos esa afirmación. Pero no nos debemos quedar aquí, pues como se dice habitualmente, detrás de toda mentira hay un elemento de verdad, y esta verdad es la que llama a engaño a sectores mismo de la vanguardia obrera, confundiendo los pasos que hay que dar.

Producción vs distribución

Marx definía la sociedad capitalista como una sociedad de producción de mercancías9. Lo que la marcaba a fuego era la necesidad imperiosa del sistema de producir mercancías de forma compulsiva. Y esto, viendo la superproducción que hoy vive el mundo no ha cambiado.

Para Marx existía otro proceso clave en la economía capitalista, el proceso de distribución, donde el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de mercancías se transformaba en capital en su forma monetaria, es decir, en dinero. Para Marx era la producción la que determinaba la distribución; de otra forma, la sociedad capitalista industrial había sustituido al capital mercantil, comerciante, de siglos anteriores.

De la contradicción entre la capacidad productiva del capitalismo industrial y los límites que le imponen de las relaciones de propiedad burguesa (propiedad privada de los medios de producción, fronteras nacionales, etc.) se derivó el imperialismo de la forma que lo conocemos actualmente. El mercado se hizo planetario, las condiciones sociales de producción se establecieron a nivel mundial, pero la apropiación del plusvalor generado se sigue realizando a nivel nacional o, como mucho, de zona económica (la UE, TLC, etc.) que no dejan de ser expresiones de esa contradicción.

En el fondo de todos estos cambios está la necesidad del capital de reducir el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías que le permitan competir en el mercado en mejores condiciones que los demás. Primero lo hizo en el mercado nacional, después fue en el internacional y hoy en el mundial. Esta es la esencia de la tan traída y llevada “globalización”10.

Por otro lado, el desarrollo de las fuerzas productivas, y en especial, la fundamental, la capacidad del ser humano, ha generado que, actualmente, un trabajador pueda producir lo que 100 hace 100 años, convirtiendo la posibilidad de la sociedad del ocio en algo real.

Esta reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de mercancías se ha reflejado en las mentes de los ideólogos de la burguesía y en muchos intelectuales de “izquierdas” en la reducción del papel social de la clase obrera.

El esquema lógico que les mueve es el siguiente: hoy para producir se necesitan menos manos que en periodos históricos anteriores, pero el sistema sigue generando mercancías que hay que vender, de aquí que la venta (en términos de Marx, el proceso de distribución) se haya convertido en el centro de la cuestión, al que se le han incorporado otros sectores que lo “facilitan” (publicidad, información, etc.).

Además, la extensión del ocio a la sociedad, por lo menos a la sociedad occidental, ha generado la aparición de nuevos sectores, denominados de servicios (el cine, la TV, la diversión, etc.).

La conclusión no puede ser más que una, la clase obrera industrial, la que genera valor a través de la producción, ha perdido el papel central que le otorgaba el “viejo” marxismo, y ha sido sustituida por una clase media asalariada que se expresa políticamente en la “sociedad civil”.

A estos ideólogos se les ha invertido la imagen, y han convertido, en sus ojos, una sociedad de producción de mercancías –que lo sigue siendo- en una sociedad de mercancías a secas, olvidando que el valor de esas mercancías no lo va a determinar el proceso de distribución, ni mucho menos los sectores parasitarios generados en la sobreproducción, sino el sector que siempre lo ha determinado, el del tiempo necesario socialmente para la producción de mercancías. El capitalismo sigue siendo igual a si mismo. De hecho, esto encuentra su demostración en la obsesión de los capitalistas y sus gobiernos por “abaratar los costes de producción”, lo que traducido a términos marxistas, significa reducir el valor la fuerza de trabajo necesaria para la producción de mercancías. Dicho de otra forma, los capitalistas no le darían tanta importancia a la reducción de los costes de producción si esta fuera secundaria en la sociedad.

Los mitos de la sociedad de servicios

La fuerza de la ideología de la desaparición de la clase obrera industrial es muy poderosa, por que se basa en “elementos de verdad” que hay que desbrozar.

Primer mito: Los grandes centros fabriles han desaparecido.

Sí bien es cierto que muchas grandes fábricas en todos los países han cerrado sus puertas, no es menos cierto que muchas de ellas han cerrado como tales, o reducido su capacidad productiva, para aumentarla a través de la subcontratación, generando la aparición de un nuevo proletariado industrial, joven y desorganizado, en torno a las grandes ciudades, localizado en los inmensos polígonos industriales, donde la reducción de costes es un hecho. Por el salario que antes cobraba un trabajador el empresario tiene tres, y además, sin tradición de lucha y organización.

La subcontratación cubre el mismo papel que la deslocalización de empresas a los países dependientes, reducir el valor de la fuerza de trabajo, con la diferencia que no se sale del país. Pero esto no significa la desaparición del proletariado industrial ni, mucho menos su reducción númerica, sino el cambio de lugar, el recambio generacional, la modificación en la organización del trabajo. Los grandes centros fabriles siguen existiendo, sólo que ahora se llaman “polígonos industriales”, llenos de pequeñas empresas que trabajan exclusivamente para las grandes firmas.

Por último, los mismos que hablan de “globalización” de la economía, lo hacen para referirse a los procesos financieros y especulativos, pero olvidan que esa “globalización” incluye el trabajo asalariado, y es un hecho que la proletarización de la humanidad ha aumentado de acuerdo con la tendencia definida por Marx el siglo pasado. Los sectores de la clase media (los técnicos, especialistas, etc.) y la pequeña burguesía tienden a caer en el trabajo asalariado, polarizando la sociedad entre los propietarios de medios de producción, los capitalistas, y los que venden su fuerza de trabajo a aquellos.

Segundo mito: la era de la información.

Sí algo define el final del siglo XX y el comienzo del XXI es la “inflación” de noticias, de información, a la que tiene acceso el común de los humanos. Con sólo encender una TV, una radio o un ordenador se accede, en tiempo real, a cualquier acontecimiento en el mundo. La “aldea global” de Macluhan se ha convertido en una realidad.

Los intelectuales de finales del siglo XX, impresionados por este acceso a la información, sólo ven el aspecto de que la información, en abstracto, son hechos de la realidad que se transmiten a través de medios, los medios de comunicación. Pero han olvidado que bajo el capitalismo todo se convierte en una mercancía. Es decir, la información como tal es un producto igual que un coche, una casa o una ordenador, y detrás de su fabricación existen miles de técnicos y trabajadores de la información, obreros que trabajan día y noche en la fabricación de una mercancía que llega a los hogares de todo el mundo, y que pagan un precio por ella. El hecho de la realidad a transmitir es la materia prima, el que se ve en el telediario es el producto final. De uno a otro ha habido trabajo humano que lo ha transformado, convirtiéndolo en una mercancía.

Este es el doble aspecto de la información, por lado la transmisión de los acontecimientos de la realidad, por otro, el medio que lo hace es empresa capitalista igual a cualquier otra de cualquier otro sector de la producción. De hecho, entre los “antiguos” periódicos escritos y los actuales medios de comunicación no existen diferencias cualitativas, siguen sirviendo para exactamente lo mismo, transmitir las ideas de los propietarios de los medios de producción en la comunicación, sino solamente cuantitativas, hoy llegan a más personas.

Tampoco contradice ese doble aspecto el hecho que hoy se tenga acceso más información y más rápido, simplemente acelera los ritmos de los acontecimientos. Pero no ha modificado el aspecto cualitativo de la cuestión: hace cien años la prensa escrita informaba de lo que el propietario del medio de comunicación quería, y hoy el propietario de la TV o del portal de Internet sigue informando de lo que él quiere. El capitalismo sigue siendo el eje de la cuestión.

Tercer mito. La sociedad del ocio.

Como veíamos antes, el desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo ha creado la posibilidad del tránsito de la “sociedad de la necesidad a la sociedad de la libertad”. La capacidad productiva del ser humano ha abierto perspectivas desconocidas en la humanidad de hacer efectiva la reducción del tiempo de trabajo necesario para generar la riqueza necesaria para la supervivencia de la especie sin ningún tipo de restricción.

Esto ha generado la falsa conciencia de que ya hemos llegado a la “sociedad del ocio”, como definió Marx al socialismo. Dicho de otra forma, que exista la posibilidad no quiere decir que ya lo hayamos conseguido, pues las necesidades de los propietarios de los medios de producción y distribución, los capitalistas, son incrementar sus ganancias, no extender el ocio a la sociedad. De forma desvirtuada y, en algunos de sus manifestaciones, decadente, esa sociedad del ocio se expresa en el tejido social. El aumento de la cantidad de parásitos sociales que viven sin trabajar de las migajas de la riqueza generada por la sociedad es una de sus expresiones más regresivas y podridas (la jet set).

Pero la clase obrera, con sus luchas y en los países más desarrollados, donde se concentra la industria basada en la intensificación del trabajo, puede arrancar elementos de esa “sociedad del ocio”, la lucha por las 35 horas en Europa, o la reducción de jornada 32 horas entre los metalúrgicos alemanes, es una manifestación de esa potencialidad.

Es evidente que esta realidad, que afecta a pequeños, aunque centrales, sectores de la clase obrera está lejos de ser la realidad de la inmensa mayoría de los trabajadores en todo el mundo, incluidos los países imperialistas, donde cada vez más trabajadores ven como la prolongación de la jornada es la tendencia dominante, ya sea de manera directa (los EEUU), ya sea por las horas extras necesarias para cubrir los bajos salarios (Europa).

A los ojos de los ideólogos del sistema, sean de derechas o de izquierdas, la realidad se les invierte, y convierten lo que es una potencialidad del sistema, solo vivida por un pequeño sector, en la norma de vida del conjunto de la sociedad.

Pero el mito de la sociedad del ocio tiene otro aspecto, el desarrollo de nuevos sectores de la producción de bienes de consumo. Durante todo un periodo los bienes de consumo destinados a las amplias masas se reducían a los bienes necesarios para su reproducción física (vivienda, vestido, alimentación). La reducción de jornada a las 8 horas hace cien años, el aumento del nivel cultural de las masas, provocado por el desarrollo de las fuerzas productivas y las necesidades de obreros cada vez más especializados, y el consiguiente aumento de la producción de mercancías (el Ford T de principios de siglo fue el primer paso al consumo de masas de bienes no estrictamente necesarios) ha generado en el capitalismo el desarrollo del sector de la producción que va dirigido a cubrir las necesidades (reales o ficticias) de las masas11

Al lado de las necesidades reales de las masas, cubiertas por sectores tradicionales como el textil, la alimentación o el calzado, se han desarrollado toda una serie de necesidades, en muchas ocasiones creadas, que han provocado el desarrollo de sectores productivos que produzcan las mercancías que las satisfagan12. Algunos de estos sectores son tan viejos como el capitalismo imperialista, el cine o la industria de la cultura, otros, como la TV o, más recientemente, los juegos informáticos o los parques temáticos, se han incorporado en los últimos años. Pero lo que es indudable es que todos ellos son sectores industriales, del sector II que hablaba Marx, donde se agrupan miles de trabajadores para la fabricación de mercancías cuyo destino final es ser consumido por las masas. A través de las cadenas de distribución cinematográfica, de la exhibición en TV o de la compra de la entrada al parque temático, se está realizando la plusvalía contenida en el producto (el film, el programa de TV o el viaje en la noria).

La sociedad del ocio no es cualitativamente diferente del “viejo” capitalismo. Los sectores que muchos califican de servicios no son más que nuevos sectores industriales. Tal y como Ford “inventó” el consumo de masas con el Ford T, sin modificar la esencia del sistema, los productores cinematográficos, los dueños de cadenas televisivas o los fabricantes de productos informáticos (sea hardware o software), simplemente amplían la base productiva del sistema capitalista.

Cuarto mito, la disolución de la clase en trabajadores autónomos.

Los autónomos son trabajadores por cuenta propia que venden el producto de su trabajo, ya sea este una mercancía, el transporte de esa mercancía ya un servicio, no su fuerza de trabajo. Por contra, el asalariado vende la fuerza de trabajo, no el producto de esa fuerza de trabajo. Esta diferencia cualitativa se traslada a las necesidades de unos y otros y a la forma que tienen de incrementar su nivel de vida. Los autónomos tienen como reivindicaciones las mismas que cualquier otro burgués (grande o pequeño), reducir los costos de producción de las mercancías que, en su caso y por el escaso papel que el trabajo asalariado cumple en sus beneficios (en muchas ocasiones el individuo autónomo trabaja más que nadie), suele traducirse en la exigencia del abaratamiento de mercancías dominadas de forma monopolística por grandes consorcios o en una reducción de los costes financieros de los préstamos (bajadas de tipos de interés, créditos blandos, reducción de las cargas fiscales), que provoca choques con los gobiernos y los consorcios.

Por ejemplo, los patronos del transporte franceses se movieron por la reducción del coste del petróleo y contra la ley de 35 horas, mientras, los camioneros franceses no le dieron ni bola a lo del petróleo, pero exigían la reducción de jornada. Los españoles, poco después, se movilizaron, qué casualidad, por la reducción de precio de gasóleo (exigían un precio subvencionado como el gasóleo agrícola), y ni se acordaron de la reducción de jornada.

¿Retroceso en la conciencia respecto a los trabajadores franceses?. No, sino situación de clase distinta. El camionero español (la mayoría de ellos, más de 100.000, son “autónomos”, no asalariados) no vende su fuerza de trabajo, sino el resultado de su trabajo, por esto la manera que tiene de incrementar su renta no es a través de una reivindicación salarial, ni la mejora de sus condiciones de vida viene por la reducción de jornada. Para él la mejora de la renta y las condiciones de vida viene por una reducción de los costes de producción, y esto los separa cualitativamente de los camioneros franceses y de los 40.000 asalariados españoles.

Dentro de los “autónomos” hay un sector, no el mayoritario, pero existe, que si son asalariados. Son los que cobran un salario fijo al mes, o por trabajo realizado (es decir, venden su fuerza de trabajo), pero pagan a la seguridad social como autónomos, ahorrándole al patrón la cuota de la Seguridad Social. Estos son trabajadores asalariados

5.- EL NEORREFORMISMO

El razonamiento de los ideólogos del sistema es bien político. Pueden intentar ocultarlo detrás de datos estadísticos, sociológicos o de lo que quieran, pero el objetivo es renovar la vieja teoría burguesa de que domina la contradicción “sociedad civil/estado”, que la “vieja contradicción” entre clase obrera y burguesía ha perdido todo su componente revolucionario, y a lo más que se puede aspirar es a que la sociedad civil defienda sus conquistas frente a la intromisión de los poderes públicos. Y sobre esta base levantar un nuevo programa de reforma del sistema.

Lo contradictorio es que se trata de un fenómeno que se está dando cuando la decadencia del sistema capitalista es más evidente. Los datos sociales, descriptivos, aportados por prácticamente por todos los organismos burgueses, ya ligados a instituciones internacionales como a la ONU, ONGs y la misma Iglesia, abundan en un diagnóstico: la riqueza se acumula cada vez más en menos manos mientras la pobreza se extiende a más zonas del mundo. Incluso llega países como los EEUU, gigante con los pies de barro, donde la miseria alcanza al 30% de la población, con millones de seres humanos por debajo del nivel pobreza.

El sistema capitalista, a pesar de haber conseguido devolver a su seno a los países que fueron llamados del “socialismo realmente existente”, es incapaz de resolver los males que atraviesa la humanidad. Esto se ha comprobado claramente estos últimos diez años.

A pocos años de la caída del muro de Berlín y la desaparición de los Estados Obreros (mal llamados socialistas) las condiciones de destrucción de la naturaleza, aumento de la miseria, del endeudamiento, de la precariedad laboral, etc., se ha incrementado de manera geométrica, poniendo al planeta al borde del desastre, no ya nuclear sino social y ecológico.

Este desastre viene determinado por la no-resolución de la contradicción que Marx señaló como decisiva para la revolución social. “En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de propiedad existentes o -lo cual sólo constituye una expresión jurídica de lo mismo- con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían estado moviendo hasta ese momento. Esas relaciones se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces un época de revolución social.”13.

El mundo capitalista hace años que está instalado en esta contradicción, y al no resolverla la decadencia del sistema se mueve hacia la barbarie, de aquí la reaparición de viejas formas de explotación que se creían olvidadas (esclavismo, salarios miserables, trabajo infantil, jornadas de 14 y 16 horas, etc.). Abrir la disyuntiva hacia el socialismo, hacia la desaparición de la explotación del hombre por el hombre, supone enfrentar los nuevos retos teóricos, políticos y programáticos sobre la base del análisis de los acontecimientos reales con las herramientas que la humanidad, y especialmente el movimiento obrero y el marxismo, han generado a lo largo de la historia.

La burguesía hace cien años que dejó de desarrollar las fuerzas productivas, actualmente cualquier paso que da, es sobre la destrucción de la capacidad del ser humano y de la misma naturaleza, dos guerras mundiales y las actuales condiciones de barbarie en amplias zonas de la tierra son trágicas demostraciones de su capacidad destructiva. La degeneración burocrática que supuso el stalinismo frenó en seco las posibilidades abiertas por la revolución, abriendo las puertas al tremendo retroceso que hoy están sufriendo, ya bajo las condiciones del capitalismo, los que fueron los estados del “socialismo realmente existente”.

La alargada sombra de Seattle son las movilizaciones de Praga o Melbourne, las luchas de los obreros argentinos, es, en fin, la alianza de amplios sectores sociales enfrentados al capitalismo con la única clase que, por su situación en la sociedad, puede generar una alternativa global anticapitalista, la clase obrera. Lo que les asusta es que esta clase se reorganice sobre la base del marxismo revolucionario en el camino de resolver la contradicción señalada por Marx, y abrir el periodo de la revolución social.

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