Nuestro perro

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Por Mikel Arizaleta

Dos años antes de nacer nuestro hijo adquirimos este perro. Los dos habíamos cumplido los cuarenta, teníamos hijos mayores y no nos planteábamos  más descendencia, cuenta Harald Martenstein.

Pero el peque superó todas las barreras y trabas biológicas y quiso nacer. El perro provenía de la perrera con una difícil vida a sus espaldas; cuando sentía angustia o veía amenazada su zona mostraba los dientes, no a nosotros pero sí a los demás. Había que estar atento. Nos quería incondicionalmente, se pegaba a nosotros como una lapa, buscaba nuestra mirada, obedecía nuestras señas y deseos.

Y aunque las prioridades eran claras pensamos que, a pesar del hijo, el perro debía  tener también su oportunidad en nuestra vida. Eso sí, en caso de atisbarse peligro le entregaríamos en la perrera. Jamás dejaríamos al perro y al bebé juntos y solos.

No resultaba fácil vigilar al perro y al baby al mismo tiempo; el pasearlo por la calle, antes tan gratificante, resultaba de día en día más engorroso. Cargado con la sillita y el niño a la espalda (él cada vez más pesado) y el perro de la cadena me resultaba penoso agachar, doblar las rodillas y recoger las cacas del can. Más de una vez maldije mi suerte.

Apenas tenía tiempo para jugar con el perro o pasearlo con la bici, que tanto le gustaba. Cuando uno de los dos viajábamos lo depositábamos las más de las veces en la residencia canina; perro, niño y trabajo resultaba demasiado para el cuerpo.

El niño fue creciendo, caracoleando y correteando por el suelo, comenzó a lanzar pelotas y objetos contra el perro animándole a jugar, golpeándole a veces en la cabeza. El niño  a menudo se tumbaba en la cama del perro y éste hacía como si no se enterara. El hijo seguía al perro y, cosas de niños, en ocasiones le estiraba de la cola.

También el perro fue cambiando, fue entendiendo a la familia.  Quizá todo aquello no hubiera consentido de nadie, tampoco de nosotros, pero sí de la vida. Refunfuñó un par de veces y alguna vez bufó al viento. Se arrugó ante los gritos del niño, pero cuando éste se acostaba saltaba al sofá y se me arremolinaba como antes. A veces lamía la mano del niño, significando algo así como: eres parte de mi manada. A veces, cuando jugaba con el chaval, se acercaba e intentaba jugar con nosotros. Cuanto más crecía el niño menos entendía el perro lo que allí acontecía.

El perro se volvió más afable. Y en casos  en que antes enseñaba los dientes ahora se mostraba tranquilo; se había vuelto menos desconfiado, hasta se dejaba acariciar por los huéspedes. Admiraba al perro como se admira a un hombre, que traspasa sus fronteras. En la perrera se nos había dicho que vivió muchos años tirado en la calle, luchando y desconfiando para poder sobrevivir. Y esto, sin duda, le marcó. Las nuevas reglas de juego fueron muy otras y se quedó con nosotros.

Cuando voy con el hijo a jugar al patio le ato al árbol de la plaza y, echado, nos observa nostálgico. Cuando lo recojo de la pensión canina retoza de gozo y si el chaval no está busca su vieja pelota mordisqueada y me arroja a los pies moviendo la cola. Es sólo un perro y hace lo que puede. Pero a veces me pregunto si yo soy tal fiel como él.

Aj, ya sé que a los animales no se les debe tratar como a personas.

Mikel Arizaleta

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