Nuestra igualdad y libertad generalizables

 Los personalistas se mostraban inflexibles en un punto: «ninguna revolución espiritual sin una revolución  material». Los llamamientos a una «vida sencilla» realizados sin desafiar la producción y las relaciones sociales capitalistas, significan potencialmente salarios más bajos, consumir menos y una mayor explotación laboral, pudiendo acelerar de este modo tanto la acumulación capitalista como la degradación ecológica. 

   Sin embargo antes de que la libertad y la igualdad vuelvan a la bronca de siempre necesitamos generalizar la posibilidad, enaltecer la capacidad de poder vivir con poco, precisando pocos bienes y servicios, poco dinero. La desenvoltura en lo basal es nuestra libertad e igualdad generalizables, hay para las necesidades de todos, para la codicia de todos no hay, ni tampoco para todos cuando muchos empiezan a necesitar de todo.

  El que nos identifiquemos con los que más tienen, con los más guapos, con los que ganan el partido, con los más brillantes, con los mejores, ayuda a hacer creer que eres de los que hacen bien las cosas, aun sabiendo que eso no un vale por la agencia. Porque la vida no es una película, ni un programa de televisión, ni un juego con los del otro lado de la pequeña pantalla de tu dispositivo. El culto al genio, al ganador es una supervivencia de la veneración a los dioses y a los príncipes. Nos reduce a aquella vanidad de la que pudo decirse que es todo lo que era. El vanidoso no busca tanto distinguirse como sentirse distinguido, razón por la que no desdeña ningún medio de engañarse y embaucarse a sí mismo. No es la opinión de los otros,  lo que le tiene a corazón, sino la opinión que de su opinión se hace. Las proyecciones iconográficas ayudan a ello.

  Y uno se pretende Nadal, Alonso, Messi… incluso el Rey de España. Las leyes de la conciencia que decimos nacer de la naturaleza, nacen de la costumbre, del contagio. Cada uno tiene en interna veneración las opiniones y costumbres aprobadas y aceptadas en torno suyo, y no puede desprenderse de ellas sin remordimiento ni ejecutarlas sin aplauso. Antaño, cuando los cretenses querían maldecir a alguno de los suyos, pedían a los dioses que les enviaran alguna costumbre. Pues el principal efecto del hábito es apresarnos de tal modo, que no nos deja apenas lugar para razonar y discurrir sobre sus ordenanzas.

    Una de las armas que utilizó Bizancio para defender su poder centralizado frente al modelo latino de autoridad repartida, y también frente a cualquier género de espíritu democrático o resistencia popular fue la prohibición de las santas imágenes o iconoclastia. En el 726, León el Isaurio emitió un edicto prohibiendo a sus fieles súbditos la veneración de los iconos o imágenes santas, hasta entonces tenidas por vehículos de salvación. La iconoclastia era también un proyecto político, no sólo religioso; o mejor dicho, los proyectos político y religioso eran uno o lo mismo. Era el propio principio de representación lo que estaba en juego.

  La capacidad de veneración es un carácter discriminador, que traza fronteras en la naturaleza humana. Frente a cualquier grandeza se despierta en algunos individuos un sentido de reconocimiento, de disponibilidad a recibir y agradecimiento por lo recibido. Quien no posee esta naturaleza rechaza instintivamente todo lo grande, lo aleja de sí, intenta averiguar sus puntos débiles. Intenta hacerse grande, defenderse de él, guardarse de admirarlo, sabe qué fácil es ser aterrorizado por un enemigo al que admiras.

   La coincidencia de la aparición del deporte de aficionados, de que alguien nos represente como equipo y el parlamentarismo está documentada. Así como la aparición del deporte profesional con la industrialización de las empresas o el deporte de masas y el boom de los media. La proliferación de anuncios de máquinas para hacer ejercicio solitario en la horas insomnes de las cadenas televisivas, la proliferación de jóvenes haciendo el penitente de los últimos días por los green ways de las ciudades o la procesión de osteopénicas y osteoporósicas, diabéticos e hipertensos siguiendo disciplinadamente las consignas del Ministerio de Sanidad: ¿Son deportivos? Y los dispositivos: ¿Qué nueva era anuncian? ¿La de la mística? ¿Alcanzaremos así a dejar de derrochar, conseguiremos así la revolución material que haga posible la espiritual?

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