¡Noviembre para mes de la Patria!

Diez años después de que Francis Fukuyama decretara el fin de la historia, Karol Wojtyla aclaró —a quienes no lo tenían claro— que el infierno —y el cielo, se sobrentiende—, más que un lugar, es parte del lenguaje simbólico que utilizaron los escribidores del libro de los libros: una simple alegoría. Si esto último se hubiera enunciado antes, miles de personas se hubieran ahorrado miedos y sin duda hubieran sido un poco menos infelices en la vida, amén del detrimento que hubiera sufrido la literatura porque, por ejemplo, nos hubiéramos privado de sentir la fuerza del desinteresado amor que transmiten los versos que rezan “que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera”: “No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por ello de ofenderte” —ya no es novedad que el Vaticano se entere tarde de las novedades, sobre todo si de dan en el ámbito del pensamiento. También es posible que los mexicanos careciéramos de referencias para dividir en niveles los altares de muertos; o quizá, a falta de alegorías religiosas, los altares ahora fueran una alegoría de la lucha de clases: en el primer nivel, el cielo, la burguesía; en el segundo, la tierra, la clase obrera; y en el tercero el lumpen: el inframundo… claro: si Fukuyama no hubiera suicidado a las ideologías —aunque, después del no francés a la constitución europea, no importa mucho lo que haya dicho el posmoderno.

Pero, a pesar de lo anterior, lo cierto es que los mexicanos, de cualquier manera, continuaríamos con nuestras fiestas de noviembre. Lo dice el poeta, en su laberinto: “Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros. En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros y sus danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados”. La fiesta, continúa Octavio Paz, “es una de las formas económicas más antiguas, como el don y la ofrenda”. Traduzco: tras el aserto de Wojtyla Todos Santos, Día de muertos, no es más que una fiesta que reactiva la maltrecha macroeconomía; la otra, la del micro bolsillo, no: “Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares” (miren por dónde se viene uno a enterar de que el proyecto económico del sexenio estatal tiene profundas bases literarias). No lo digo yo; lo dice nuestro nobel de las letras.

Todo esto viene a cuento porque, después de leer la pulp fiction que son los best sellers de Og Mandino, Lara Castilla y Carlos Cuauhtémoc Sánchez, me dio un no sé qué por trascender a todo mundo y me propuse decir algo original a propósito de la festividad de muertos. Tarea nada fácil, si se me dispensa la vanagloria. Y es que, después de miles y miles de años de historia humana, con sus respectivos miles de millones de muertos y cienes y cienes de textos sobre el tema, qué se puede decir sobre la muerte sin caer en el típico tópico del folclore. Mucho, con un poco de cacumen, pero lamentablemente no es el caso. Al principio, lo confieso, ocupe mi tiempo en bagatelas, como intentar superar el ensayo de Paz emulando a Monsiváis —del que aquél decía que, más que ideas, tenía ocurrencias— y equiparar la celebración de la muerte con un dossier para documentar nuestro optimismo: cada 24 horas, sin diferenciar los días hábiles de los inhábiles y los festivos, mueren en el mundo 100 mil personas de hambre, 30 mil de ellas niños. Asimismo pretendí contabilizar los muertos que vamos desde el ataque a las Torres Gemelas hasta el Stan, pasando por el Tsunami, el 11 M —en Madrid—, el 7J —en Londres— y los miles de caídos tras la invasión a Irak, más los que se acumulen, pero un reportero de La Crónica de hoy me ganó la nota —lo sé porque le dieron la primera plana. Quise asimismo parodiar el himno a Cleto, de Chava Flores —cuando vivía el infeliz:/ «¡Ya que se muera!»/ y hoy que ya está en el veliz:/ «¡Qué bueno era!»—, pero un escritor de grandes ligas se me adelantó —fue Carlos Fuentes, con la posibilidad de equivocarme, el que lo hizo— cuando, a propósito de la muerte de Colosio y tras los zalameros pésames del respetable, incluidos sus detractores, hizo notar que “los hijos de puta nunca mueren”. Trabajé también un cuento en el que un Jesús moderno cantaba, tras salir de esa especie de cripta que viene siendo la resaca, una estrofa de El son de la muerte, de Frank Delgado, que dice “te jodí cabrona”. Bagatelas, ya dije.

Elucubré 997 ocurrencias más, pero el espacio no da para anotarlas todas. Además, en bloque, fueron a parar a la papelera de reciclaje de la computadora porque, cuando abrí el periódico, me percaté de que, con el estúpido que nos gobierna —no se equivoquen: me refiero al de las botas; y, de nuevo, no se equivoquen: no hago referencia al zorro, sino al que lidera a los halcones—, la muerte tiene permiso. Vaya cuento el que vivimos y que Miller, ni en sueños, imagino cómo terminaría. “Durante cien años o más”, escribió en alguno de sus trópicos, “el mundo, nuestro mundo, ha estado muriendo. Y en estos cien últimos años aproximadamente, ningún hombre ha sido lo bastante loco como para meter una bomba por el ojo del culo a la creación y hacerla saltar por los aires”. Pésimas noticias que harán que te revuelques en la tumba, mi estimado Henry: el loco ya nació, creció —es un decir—, se reprodujo —urge promover el uso del condón entre los miembros de la ultraderecha— y estamos esperando a que se muera antes de que nos asesine a todos —no siempre es de mal gusto desear la muerte ajena. Se llama y se apellida como el padre y, para más inri, lo supera. Así que, como se aprecia, escribir de la muerte, en estas horas bajas de la historia —¡y en noviembre!— no sólo no es original, sino hasta baladí, para decirlo amablemente.

Estoy seguro de que, ante un dique así, el lector hubiera hecho lo que hice: estimular las neuronas con sustancias que no mencionaré para que no se me acuse de panegirista de las drogas —de las blandas y las duras y cuyo efecto no siempre dura lo que debe… Pensándolo bien, como sé que están pensando mal y no quiero ensuciar con un antidumping mi camino al nobel, les diré que fui al mercado a mercar incienso al natural, tablillas de chocolate —para aprovechar su amandemide, sus compuestos fenólicos y su teobromina— y cajas repletas de esos chochos enormes que tienen forma de calaverita (es más: los invito a que lo intente, pero sin sobrepasarse. Lo digo por experiencia: cuando era niño mis progenitores me llevaron a visitar a toda, pero toda la familia en Todos Santos y en todas las casas me obligaron a tomar tazas y tazas de chocolate; el resultado de la sobredosis fue mi malinchismo: durante años, si el chocolate no era suizo, lo vomitaba). Por días enteros, con sus respectivas noches, mientras me documentaba, no ingerí más sustancias que las que anoté; gracias a ello —y a Wojtyla y al PRI y también al PRD— me di cuenta de que noviembre es el penúltimo timo del año y que el último es diciembre. Y que si quería aportar algo original al tema, la tarea era dotar de nueva cuenta a la fiesta de muertos con algún significado.

Fue así como se me ocurrió la idea de quitarle el cero al veinte de noviembre, igual que Salinas de Gortari le quitó tres ceros al antiguo peso. Las ganancias, igual que en aquel entonces, serían enormes; en el aspecto económico, verbigracia, la gente no sólo iría al mercado a vaciar sus bolsillos para llenar sus bolsas con frutas, chocolate, mole, pan de yema y calaveritas sino —magia de la globalización y el sincretismo— también para adquirir el traje del halloween de Hollywood con imbricaciones de falsas carrilleras y atuendos de adelitas. A nuestros políticos, partidos en democráticos e institucionales —los de acción, que no accionaron nada, no juegan estas ligas porque le temen a la chusma—, también les convendría: obligados, como están, a soltar su verborrea esa fecha, en vez de sus alocuciones huecas de revolución el 20, se limitarían a gritar “viva la muerta” el Día de muertos. Si la idea, como espero, prospera, el 2 de noviembre terminaría por ser el día patrio por excelencia; y no lo digo por los millones de compatriotas muertos de hambre, sino por la lección implacable de historia que recibirían los infantes que salen en la noche a pedir ofrenda: como, en vez de gritar “queremos muertos” estarían obligados a pedir “tierra y libertad”, los dueños de la casa les podrían pintar caracolitos: serían sus calaveritas. Es seguro que se están preguntando qué sucedería con el desfile deportivo y el monumento a la revolución. Como nuestra propuesta es integral, tenemos algunas sugerencias: el desfile se trasladaría al 21 de marzo, acción con la que, de paso, se evitaría que los niños de los jardines de niños hagan el ridículo al que se les obliga cada año —¿a qué se debe el que los padres, que sin ningún inconveniente son capaces de vestir a sus críos de abejitas, o mariposas, años después se indignen de que se perforen hasta el ombligo?

Lo del monumento está bien fácil: se convertiría en un altarzote dedicado al General Zapata.

Oaxaca, Méx. Noviembre de 2005

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