Noticias Uruguayas 29 julio 2017

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Venezuela: Hacia una guerra civil: Lo que busca Trump en Venezuela por Eva Golinger // Evo Morales: «Intervención de EE.UU a Venezuela será responsabilidad de Almagro» // La CIA y la contrarrevolución en Venezuela Por: Atilio Borón // Canales de financiamiento para la «Hora Cero» // EE.UU. ordena a familiares de sus diplomáticos que abandonen Venezuela // Estado español: ¿Por qué Venezuela? // Congresista de EE.UU.: «Debemos dejar de intentar gobernar el mundo entero» // Europa se rebela contra las sanciones antirrusas con las que EE.UU busca «su propio beneficio» // El muro de Trump: La Cámara Baja de EEUU aprueba destinar 1.600 millones de dólares

 

Hacia una guerra civil: Lo que busca Trump en Venezuela

Publicado: 26 jul 2017 18:56 GMT | Última actualización: 26 jul 2017 22:10 GMT – RT
Mientras América Latina celebra el fin del conflicto violento más largo de la región en Colombia, he visto con mucho dolor y decepción como su vecino, y mi otra patria, Venezuela, se acelera rápidamente hacia una guerra civil.  Yo viví más de una década en Venezuela, una gran parte de ese tiempo como amiga y asesora informal del presidente Hugo Chávez. Creí firmemente y defendí con fuerza y pasión sus iniciativas para erradicar la pobreza, fortalecer la democracia participativa, redistribuir la inmensa riqueza petrolera de Venezuela y asegurar la salud, la educación y la dignidad de todos los venezolanos. Hoy, muchos de esos programas bandera de Chávez que promovían la justicia social están siendo desdibujados debido a la crisis económica y política que parece seguir en escala incontrolable bajo el gobierno de su sucesor, Nicolás Maduro.
Más de cien venezolanos se han muerto durante meses de protestas anti-gubernamentales, algunos a manos de las fuerzas del estado y otros por los propios manifestantes usando armas letales.  Las manifestaciones son el resultado de varios factores, incluyendo el descontento con la situación económica del país y la falta de productos básicos de consumo, además de la alta inflación y lo que muchos ven como una erosión de las instituciones democráticas y la poca transparencia en la toma de decisiones oficiales. La oposición ni siquiera ha intentado encubrir su objetivo de lograr un «cambio de régimen» y los esfuerzos del Presidente Maduro para dialogar se han encontrado con oídos sordos. Un diálogo entre sordos tampoco puede abrir el camino hacia una resolución pacífica a la crisis en el país. Hasta ahora, ningún lado parece realmente dispuesto a negociar con sinceridad y seriedad para lograr una salida antes de que se convierta en la próxima guerra prolongada en la región.
Un manifestante durante una marcha de protesta contra el Gobierno de Nicolás Maduro en Caracas, Venezuela, el 26 de julio de 2017. / Carlos Garcia Rawlins / Reuters

La convocatoria del Presidente Maduro a una asamblea constituyente para reescribir la constitución que fue promovida por el Presidente Hugo Chávez y aprobada por la inmensa mayoría de los venezolanos en 1999 ha sido rechazado con fervor por la oposición y ha causado grandes divisiones dentro del movimiento oficialista. Maduro alega que la asamblea – previsto para ser electo el 30 de julio – traerá paz a la nación y profundizará los derechos del pueblo y la democracia comunal. Sin embargo, él ha ofrecida razones ambiguas y retóricas para fundamentar esa afirmación, y los críticos de la iniciativa cuestionan como se puede lograr la paz si la oposición rechaza participar en este proceso. Los críticos acusan al Presidente Maduro de utilizar la Constituyente para prolongarse en el poder, dado a que los propios promotores de la Constituyente han dicho que tendrá un poder supremo sobre todas las otras instituciones y poderes constituidos en el país, particularmente sobre la Asamblea Nacional con su mayoría opositora. Han dicho que podrían hacer leyes y ejecutarlas, y hasta actuar como un supra-sistema judicial. Hasta ahora la Constituyente no tiene una fecha prevista para terminar su trabajo y podría mantenerse activa por un tiempo indefinida. No obstante, los que apoyan el proceso constituyente lo ven como una oportunidad de ampliar los derechos protegidos por la constitución, incluyendo la formalización de las misiones sociales como derechos constitucionales, y la oportunidad de diversificar la participación de los sectores populares en un diálogo político nacional. Existen sectores en pro y en contra, y aunque está agitando las tensiones, hasta ahora la oposición no ha ofrecido otro escenario más allá de un cambio de gobierno.
La cobertura internacional de las protestas anti-gubernamentales ha sido abiertamente sesgada y pro-opositora. Ni siquiera han intentado mostrar la realidad venezolana de forma balanceada. Las únicas voces representadas en los principales medios internacionales son anti-gubernamentales y hasta los mismos reporteros no esconden su postura crítica contra el gobierno de Maduro. Es como si no existieran las millones de personas que siguen creyendo en el proyecto chavista, lo cual es un grave error. Los grandes medios internacionales desestiman y censuran este importante sector, invisibilizando e ignorando su existencia.  A cambio, las manifestaciones violentas han sido tratadas como «pacíficas» y «democráticas» en casi todos los medios internacionales. Periódicos de influencia mundial como el New York Times han glamorizado y tratado la imagen de los jóvenes encapuchados con bombas molotov en mano con romanticismo, como si fueran los ‘freedom fighters’ (luchadores por la libertad) del siglo XXI. Si transportáramos esos manifestantes a las calles de Washington con sus armas letales caseras y su discurso golpista, serían inmediatamente calificados como terroristas y la reacción del estado sería sin merced.  En Estados Unidos cualquier manifestante que desobedece la ley o intente protestar sin permiso se enfrenta la detención y cargos penales. Si usara armas contra las fuerzas estatales o empleara un discurso violento contra el gobierno o el Presidente, pagaría con muchos años de prisión.

Varios manifestantes durante una protesta contra el Gobierno de Maduro en Caracas, Venezuela, el 26 de julio de 2017. / Carlos Garcia Rawlins / Reuters

La cobertura manipulada sobre la situación en Venezuela no es nada nuevo y forma parte de una estrategia más amplia de justificar alguna intervención o acción para lograr la instalación de un gobierno favorable a los intereses estadounidenses. Hay que siempre recordar que Venezuela es un país petrolero, y no cualquiera. Tiene tal vez las más grandes reservas petroleras del mundo y está a pocos kilómetros de la frontera estadounidense. Washington considera a los recursos estratégicos de Venezuela como parte de sus intereses, porque están en su zona de influencia y los perciben necesarios para su seguridad nacional.
Desde antes del golpe de estado contra el Presidente Chávez en 2002 los principales medios internacionales han compartido una agenda de «cambio de regimen» en Venezuela y han moldeado la opinión pública internacional para justificarlo.  Y cuando sucedió ese golpe contra Chávez, medios como el New York Times, Washington Post, Wall Street Journal y otros aplaudieron esa grave erosión de la democracia en Venezuela, simplemente porque Chávez era inconveniente para los intereses de Washington. No tenía nada que ver con la protección de la democracia y el orden constitucional. El interés de Estados Unidos nunca es la protección de los derechos del pueblo, es el control de los recursos estratégicos. Su alianza con el más grande abusador de los derechos humanos en el mundo, Arabia Saudita, es una prueba contundente de eso.  Esto no quiere decir que todo marcha bien dentro de Venezuela porque no es así.  Venezuela tiene sus problemas, y son los venezolanos que deberían resolverlos dentro de su marco constitucional. Pero la sistemática manipulación de los sucesos en Venezuela para favorecer a la oposición representa un peligro muy grande para la soberanía y la salud democrática de América Latina.
Ahora Donald Trump se ha metido en la tarima contra Venezuela. Es verdad que el Senador republicano cubano-americano Marco Rubio tiene su oído y está detrás del incremento en agresiones contra el gobierno venezolano, pero no es la única razón. Trump tiene un desprecio total para los latinos y para América Latina. El es una persona racista y xenófoba. Su odio hacia el Presidente Barack Obama no tenía nada que ver con temas políticas ni nada ideológica porque incluso Trump antes era miembro del partido demócrata. Era por su color de piel.
Durante toda su campaña presidencial y ahora como presidente, Trump ha mantenido un discurso totalmente racista y agresiva hacia los latinos. Ha calificado a los mejicanos como «violadores» y «criminales». Su política anti-migrante está dirigida a los latinos principalmente, y claro, también a los árabes y musulmanes. Ha ya tomado acciones contra Cuba y se ha rodeado por un equipo sumamente conservador, racista y extremamente empresarial, capitalista de lo más salvaje. Y allí está realmente el interés de Trump en Venezuela. Tal como dijo en un discurso durante la campaña cuando mencionó a Irak, él hubiese tomado el control completo de todo su petróleo, sin importar la soberanía de los iraquíes. Igual piensa y planifica sobre Venezuela. Sus múltiples reuniones con dirigentes de la oposición venezolana y con empresarios venezolanos le han dado las garantías para las inversiones de Estados Unidos si ellos lleguen al poder.

Un grupo de manifestantes construye una barricada durante una protesta contra el Gobierno de Nicolás Maduro en Caracas, Venezuela, el 26 de julio de 2017. / Ueslei Marcelino / Reuters

Es irónico, porque el gobierno de Maduro ha gastado millones de dólares en el último año en esfuerzos de lobby a través de su empresa petrolera en Estados Unidos, CITGO, para lograr una buena relación con Trump. Y hasta ha sido dispuesto a abrir a Venezuela aún más a las inversiones estadounidenses, logrando hace poco un acuerdo con Horizontal Well Drillers de Oklahoma, una empresa perforadora del petróleo y gas. Pero no ha sido suficiente para Trump, el auto-proclamado maestro del «buen negocio».
La política de Washington hacia Venezuela fue decidida hace años y es una política definitiva. Tanto como nunca reconocieron a Hugo Chávez como un presidente legítimo, tampoco reconocen ni reconocerán a Maduro. Las múltiples sanciones impuestas contra altos funcionarios del gobierno venezolano muestran que Washington no tiene vuelta atrás en su política hacia Venezuela. Es un hecho. Seguirán fomentando, financiando y apoyando un cambio de régimen.
¿Qué significa esto para Venezuela? Un creciente porcentaje de venezolanos no apoyan las manifestaciones violentas de la oposición que se han vueltos anárquicos y mortales y no tienen ninguna propuesta alternativa para salvar al país de su crisis. La oposición sigue dividida sin un plan coherente para ofrecer a los venezolanos. Ahora, frente a la Constituyente inminente, la oposición está intentando montar un estado paralelo, lo cual tampoco puede ser visto como una opción democrática. Pero hay millones de venezolanos que tampoco apoyan al gobierno de Maduro y quieren un cambio en el país. Más que todo, quieren resolver la situación económica, la cual afecta a todos.
Sin duda una salida de esta situación incendiaria tendría que ser negociada, con ambos lados haciendo concesiones. No hay manera de salir del conflicto si todas partes rechazan reconocerse uno al otro. Esto ha sido uno de los principales obstáculos el país ha enfrentado desde que la oposición intentó derrocar a Chávez en 2002. La oposición tiene que reconocer la legitimidad de la presidencia de Maduro y dejar que termine su mandato en 2019.  A cambio, la Asamblea Nacional debería asumir su mandato completo, sin mayores obstáculos y maniobras jurídicas.  Las voces moderadas y criticas merecen ser escuchadas, sin tacharlas de «traidores» u «oportunistas».  Hay también elecciones retrasadas para gobernadores y alcaldes que según la constitución se tienen que realizar. Resulta curioso lo rápido que se pudo organizar la elección de la Constituyente, mientras las elecciones regionales van retardadas desde diciembre 2016 sin ninguna justificación.
Me parece que una negociación que tome en cuenta los derechos de todos de existir y participar en la política del país es una mejor opción que una guerra civil o una intervención extranjera. A Donald Trump no le importa el bienestar de los venezolanos, ni sus derechos. Le importa el petrolero, los negocios y el control estratégico de la región. ¿A que la CIA tiene un plan contra el gobierno venezolano? Obvio. Siempre tiene un plan para proteger los intereses estadounidenses, incluso cuando ni siquiera son estadounidenses sino intereses deseados. Ahora depende de los venezolanos para resolver sus diferencias y evitar que intereses externos aprovechen de sus debilidades y vulnerabilidades para tomar control de la situación.
Sería bueno recordar el lema que fue ampliamente promovido al principio del gobierno bolivariano de Hugo Chávez, «Ahora Venezuela es de todos». Que así sea.


Evo Morales: «Intervención de EE.UU a Venezuela será responsabilidad de Almagro»

Para el presidente de Bolivia el secretario general de la OEA, Luis Almagro «está loco. Solo quiere derrocar y sancionar al hermano Maduro». A través de su cuenta de Twitter señaló que la «intervención del gobierno de EE.UU. a Venezuela será su responsabilidad», y advirtió que la misma «podría derivar en un conflicto armado».

Evo Morales: "Intervención de EE.UU a Venezuela será responsabilidad de Almagro".

Evo Morales: “Intervención de EE.UU a Venezuela será responsabilidad de Almagro”.

El presidente de Bolivia, Evo Morales, volvió a cargar contra el secretario general de la OEA, Luis Almagro y denunció este jueves que una “intervención de Estados Unidos a Venezuela será su responsabilidad”.
“Almagro está loco. Solo quiere derrocar y sancionar al hermano Maduro. Intervención de Gobierno de EE.UU. a Venezuela será su responsabilidad”, expresó el mandatario en su cuenta de Twitter.
Morales también se refirió a las nuevas sanciones de EE.UU. contra 13 funcionarios venezolanos, y consideró que “la sanción a hermanos venezolanos es intromisión. El próximo paso será la intervención. Es inaceptable y condenable”, pero se mostró seguro “de que bolivarianos y chavistas van a resistir la intervención del Gobierno de EE.UU., que podría derivar en un conflicto armado”.
“CIA admite que EEUU busca transición, y Trump ejecuta sanciones contra Venezuela. Pero el pueblo triunfará ante el golpismo intervencionista”, expresó y condenó la “doble moral de EE.UU”, que “sanciona a hermanos venezolanos dizque por violar DDHH, pero mata miles en intervenciones militares para saquear los recursos naturales”.

Accionar de Almagro

La semana pasada, Almagro pidió al Gobierno estadounidense “mayor presión económica” contra Caracas cuando durante una audiencia del Comité de Asuntos Extranjeros del Senado bajo el supuesto argumento de “restaurar la democracia” y frenar la Asamblea Nacional Constituyente convocada por Nicolás Maduro.
Almagro instó nuevamente este miércoles al gobierno venezolano a cancelar la Constituyente durante la discusión de la situación en Venezuela por parte del Consejo Permanente de la OEA, que una vez más finalizó sin un documento final sobre el tema.
“La OEA no ha guardado silencio, el silencio es cómplice de la impunidad”, dijo Almagro al tiempo que realizó un recuento de los hechos en Venezuela en los últimos tres meses por las protestas contra el gobierno.
En ese marco Panamá leyó una propuesta de declaración sobre Venezuela que tuvo el respaldo de trece países: Colombia, México, Chile, Argentina, Estados Unidos, Canadá, Honduras, Guatemala, Perú, Paraguay, Costa Rica, Jamaica y Brasil. En la misma los países reiteraban sus críticas hacia el gobierno venezolano, proponían la creación de un grupo de países para “mediar” en el conflicto interno; legitimaban los resultados del referéndum opositor del pasado 16 de julio, y exigían al gobierno del Presidente Maduro, el retiro de la propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente.
Sin embargo el resto de los estados miembros no apoyaron la declaración y reiteraron la decisión de sus gobiernos de respetar la soberanía venezolana, evitar la intervención en sus asuntos internos y apuntalar el diálogo como única vía para superar la actual confrontación política.
El ex canciller uruguayo designó además al exfiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno Ocampo, como “asesor especial” en temas de crímenes de lesa humanidad para analizar la situación de ese país sudamericano y determinar si el gobierno de Maduro incurrió en esos delitos.

Maduro a Trump: “Detén la agresión contra Venezuela”

Por su parte, Nicolás Maduro en una entrevista exclusiva con RT hizo un llamamiento a su homólogo estadounidense, Donald Trump, para que deje de intervenir en su país.
El mandatario venezolano aseguró que la Constituyente se celebrará y expresó a Trump: “Detén la agresión contra Venezuela, Venezuela es una base fundamental de estabilidad de todo el Caribe, de América del Sur. Si Venezuela fuera desmembrada y la revolución bolivariana fuera golpeada hasta el punto de llevarnos a tomar las armas, nosotros combatiríamos nuevamente con la misma bandera e iríamos más allá de nuestra frontera. Piénsenlo bien los estrategas de EE.UU: Venezuela está en disposición de vivir en paz, de vivir tranquilamente, cesen en sus agresiones. Ojalá esta palabra algún día tuviera algún efecto positivo”.
De todas maneras reiteró su disposición de sostener en el futuro un encuentro con el mandatario norteamericano: “Si de algo sirve, a mí como presidente me gustaría algún día hablar con él y estrecharle la mano para decirle que estamos en el siglo XXI, que se olviden de la doctrina monroísta, que ha llegado el tiempo de aceptar la diversidad, de un nuevo tipo de relación de altura”, expreso.
Finalmente instó a Trump a no seguir la senda injerencista de su antecesor Barack Obama, y reiteró que de producirse una incursión extranjera en su territorio, estaría dispuesto a combatir. “Mi mensaje es en particular al presidente Trump: cese en su agresión a Venezuela, cese en su intervencionismo en América Latina”.

 


La CIA y la contrarrevolución en Venezuela

La sociedad capitalista tiene como uno de sus rasgos principales la opacidad. Si en los viejos modos de producción precapitalistas la opresión y la explotación de los pueblos saltaba a la vista y adquiría inclusive una expresión formal e institucional en jerarquías y potestades, en el capitalismo prevalece la oscuridad y, con ella, el desconcierto y la confusión. Fue Marx quien con el descubrimiento de la plusvalía descorrió el velo que ocultaba la explotación a la que eran sometidos los trabajadores «libres», emancipados del yugo medieval . Y fue él también quien denunció el fetichismo de la mercancía en una sociedad en donde todo se convierte en mercancía y por lo tanto todo se presenta fantasmagóricamente ante los ojos de la población.
Lo anterior viene a cuento de la negación sobre el papel de la CIA en la vida política de los países latinoamericanos, aunque no sólo en ellos. Su permanente activismo es insoslayable y no puede pasar desapercibido para una mirada mínimamente atenta. Peso a ello al hablarse de la crisis en Venezuela –para tomar el ejemplo que ahora nos preocupa- y las amenazas que se ciernen sobre ese país hermano a la «Agencia» nunca se la nombra, salvo pocas y aisladas excepciones. La confusión que con su opacidad y su fetichismo genera la sociedad capitalista se cobra nuevas víctimas en el campo de la izquierda. No debería sorprender que la derecha alentara ese encubrimiento de la CIA. La prensa hegemónica –en realidad, la prensa corrupta y canalla- jamás la menciona. Es un tema tabú para estos impostores seriales. Ni a ella, la CIA, ni a ninguna de las otras quince agencias que constituyen en conjunto lo que en Estados Unidos amablemente se denomina «comunidad de inteligencia». Eufemismos aparte, es un temible conglomerado de dieciséis pandillas criminales financiadas con fondos del Congreso de Estados Unidos y cuya misión es doble: recoger y analizar información y, sobre todo, intervenir activamente en los diversos escenarios nacionales con un rango de acción que va desde el manejo y la manipulación de la información y el control de los medios de comunicación hasta la captación de líderes sociales, funcionarios y políticos, la creación de organizaciones de pantalla disimuladas como inocentes e insospechadas ONGs dedicadas a inobjetables causas humanitarias hasta el asesinato de líderes sociales y políticos molestos y la infiltración en – y destrucción de- toda clase de organizaciones populares. Varios arrepentidos y asqueados ex agentes de la CIA han descrito todo lo anterior en sumo detalle, con nombres y fechas, lo que me excusa de abundar sobre el tema.
Que la derecha sea cómplice del encubrimiento del protagonismo de los aparatos de inteligencia de Estados Unidos es comprensible. Son parte del mismo bando y protege con un muro de silencio a sus compinches y sicarios. Lo que es absolutamente incomprensible es que representantes de algunos sectores de la izquierda –notablemente el trotksismo-, el progresismo y cierta intelectualidad atrapada en los embriagantes vapores del posmodernismo se inscriban en este negacionismo donde no sólo la CIA desaparece del horizonte de visibilidad sino también el imperialismo. Estas dos palabras, CIA e imperialismo, ni por asomo irrumpen en los numerosos textos escritos por personeros de aquellas corrientes acerca del drama que hoy se desenvuelve en Venezuela y que, ante sus ojos, parece tener como único responsable al gobierno bolivariano. Quienes se inscriben en esa errónea – insanablemente errónea- perspectiva de interpretación se olvidan también de la lucha de clases, que brilla por su ausencia sobre todo en los análisis de supuestos marxistas que no son otra cosa que «marxólogos», esto es, cultos doctores embriagados por las palabras, como a veces decía Trotsky, pero que no comprenden la teoría ni mucho menos la metodología del análisis marxista y por eso ante los ataques que sufre la revolución bolivariana exhiben una gélida indiferencia que, en los hechos, se convierte en complacencia con los reaccionarios planes del imperio.
Toda esta horrible confusión, estimulada como decíamos al comienzo por la naturaleza misma de la sociedad capitalista, se disipa en cuanto se recuerda el sinfín de intervenciones criminales que la CIA llevó a cabo en América Latina (y en donde fuera necesario) para desestabilizar procesos reformistas o revolucionarios. Una somera enumeración a vuelo de pájaro, inevitablemente incompleta, subrayaría el siniestro papel desempeñado por «la Agencia» en Guatemala, en 1954, derrocando al gobierno de Jacobo Arbenz organizando una invasión dirigida por un coronel mercenario, Carlos Castillo Armas, quien luego de hacer lo que le fuera ordenado sería asesinado tres años después en el Palacio Presidencial. Sigamos: Haití, en 1959, sosteniendo al por entonces amenazado régimen de François Duvallier y garantizando la perpetuidad y el apoyo a esa criminal dinastía hasta 1986. Ni hablemos del intenso involucramiento de la «Agencia» en Cuba, desde los comienzos mismos de la Revolución Cubana, actividad que continúa hasta el día de hoy y que registra como uno de sus principales hitos la invasión de Playa Girón en 1961; o en Brasil, 1964, asumiendo un activísimo papel en el golpe militar que derribó al gobierno de Joao Goulart y sumió a ese país sudamericano en una brutal dictadura que perduró por dos décadas; en Santo Domingo, República Dominicana, en 1965, apoyando la intervención de los marines luchando contra los patriotas dirigidos por el Coronel Francisco Caamaño Deño; en Bolivia, en 1967, organizando la cacería del Che y ordenando su cobarde ejecución una vez que había caído herido y capturado en combate. La CIA permaneció en el terreno y ante la radicalización política que tenía lugar en Bolivia conspiró para derribar el gobierno popular de Juan J. Torres en 1971. En Uruguay, en 1969, cuando la CIA envió a Dan Mitrione, un especialista en técnicas de tortura, para entrenar a los militares y la policía para arrancar confesiones a los Tupamaros. Mitrione fue ajusticiado por estos en 1970, pero la dictadura instalada por «la embajada» desde 1969 perduró hasta 1985; en Chile, desde comienzos de los años sesenta e intensificando su acción con la complicidad del gobierno democristiano de Eduardo Frei. La misma noche en que Salvador Allende ganara las elecciones presidenciales del 4 de Septiembre de 1970 el presidente Richard Nixon convocó de urgencia al Consejo Nacional de Seguridad y ordenó a la CIA que impidiera por todos los medios la asunción del líder chileno y, en caso de tal cosa ser imposible, no ahorrar esfuerzos ni dinero para derrocarlo. «Ni un tornillo ni una tuerca para Chile» dijo ese patán que luego sería desalojado de la Casa Blanca por un juicio político. En Argentina, en 1976, la CIA y la embajada fueron activas colaboradores de la dictadura genocida del general Jorge R. Videla, contando inclusive con la desembozada ayuda y consejo del por entonces Secretario de Estado Henry Kissinger; en Nicaragua, sosteniendo contra viento y marea a la dictadura somocista y, a partir del triunfo del sandinismo, organizando a la «contra» apelando inclusive al tráfico ilegal de armas y drogas desde la misma Casa Blanca para lograr sus objetivos; en El Salvador, desde 1980, para contener el avance de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, involucrándose activamente durante los doce años que duró la guerra civil que dejó un saldo de más de 75.000 muertos. En Granada, liquidando al gobierno marxista de Maurice Bishop. En Panamá, 1989, invasión orquestada por la CIA para derrocar a Manuel Noriega, un ex agente que pensó que podía independizarse de sus jefes, ocasionando al menos 3.000 muertos en la población. En Perú, a partir de 1990, la CIA colaboró con el presidente Alberto Fujimori y su Jefe del Servicio de Inteligencia, Vladimiro Montesinos para organizar fuerzas paramilitares para combatir a Sendero Luminoso y, de paso, cuanto izquierdista se les pusiera a tiro, dejando un saldo luctuoso que se mide en miles de víctimas.
Dados estos antecedentes, ¿alguien podría pensar que la CIA ha permanecido de brazos cruzados ante la presencia de las FARC-EP y el ELN en Colombia, donde Estados Unidos cuenta con siete bases militares para el despliegue de sus fuerzas? ¿O que no actúa sistemáticamente para corroer las bases de sustentación de gobiernos como los de Evo Morales y, en su momento, de Rafael Correa y hoy Lenin Moreno? ¿O que se ha retirado a cuarteles de invierno y dejado de actuar en Argentina, Brasil, y en toda esta inmensa región constituida por América Latina y el Caribe, considerada con justa razón como la reserva estratégica del imperio? Sólo por un alarde de ignorancia o ingenuidad podría pensarse tal cosa.
¿Puede, por lo tanto, alguien sorprenderse del protagonismo que la CIA está teniendo hoy en Venezuela, el «punto caliente», del hemisferio occidental? ¿Puede la dirigencia norteamericana –la real, el «deep state» como dicen sus más lúcidos observadores, no los mascarones de proa que despachan desde la Casa Blanca- ser tan pero tan inepta como para desentenderse de la suerte que pueda correr la lucha planteada contra la Revolución Bolivariana en el país que cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo? Puede que para el trotskismo latinoamericano y otras corrientes igualmente extraviadas en la estratósfera política la MUD y el chavismo «sean lo mismo» y no provoque en esas corrientes otra cosa que una suicida indiferencia. Pero para los administradores imperiales, que saben lo que está en juego, son conscientes de que la única opción que tienen para apoderarse del petróleo venezolano –objetivo no declarado pero excluyente de Washington- es acabar con el gobierno de Nicolás Maduro dejando de lado cualquier escrúpulo con tal de obtener ese resultado, desde quemar vivas a personas a incendiar hospitales y guarderías infantiles . Saben también que el «cambio de régimen» en Venezuela sería un triunfo extraordinario del imperialismo norteamericano porque, instalando en Caracas a sus peones y lacayos, mismos que se enorgullecen de su condición de lamebotas del imperio, ese país se convertiría de facto en un protectorado norteamericano, montando una farsa pseudodemocrática –como la que ya hay en varios países de la región- que sólo una nueva oleada revolucionaria podría llegar a desbaratar. Y ante esa opción, imperio versus chavismo, no hay neutralidad que valga. No nos da la mismo, ¡no puede darnos lo mismo una cosa o la otra! Porque por más defectos, errores y deformaciones que haya sufrido el proceso iniciado por Chávez en 1999; por más responsabilidad que tenga el presidente Nicolás Maduro en evitar la desestabilización de su gobierno, los aciertos históricos del chavismo superan ampliamente sus desaciertos y ponerlo a salvo de la agresión norteamericana y sus sirvientes es una obligación moral y política insoslayable para quienes dicen defender al socialismo, la autodeterminación nacional y la revolución anticapitalista. Y esto, nada menos que esto, es lo que está en juego los próximos días en la tierra de Bolívar y de Chávez, y en esta encrucijada nadie puede apelar a la neutralidad o la indiferencia.
Sería bueno recordar la advertencia que Dante colocó a la entrada del Séptimo Círculo del Infierno:

«este lugar, el más horrendo y ardiente del Infierno, está reservado para aquellos que en tiempos de crisis moral optaron por la neutralidad.»

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