Noticias de Errico Malatesta

Hubo un tiempo en el que, como joven e inquieto lector, tuve acceso a la Biblioteca ambulante que guardaba en su casa un viejo cenetista del barrio de Coll-Blanch-Torratxa, y que distribuía entre la gente de confianza, preferentemente entre los jóvenes que teníamos todo por aprender. Recuerdo que entre aquellos libros habían algunos de Malatesta –su autor preferido-, y me viene a la mollera uno especialmente, Entre campesinos, un folleto que causó un gran impacto y en el que dice: «Quedó demasiado claro que el tener hambre, cuando no se tiene conciencia de los propios derechos ni idea-guía alguna, la acción no conduce a resultados revolucionarios: cuando más a rebeliones esporádicas que los amos, por poco sentido común que tengan, pueden controlar más fácilmente distribuyendo pan y tirando desde los balcones monedas de cobre…». Este y otros folletos fueron distribuidos entre amigos de confianza, y acabaron en mano de un joven de Sant Boi llamado José Borras, que los leyó con tanto entusiasmo que durante un tiempo no hacía más que hablar de ellos, por lo que le pusieron como nombre de guerra “el anarco”, y así fue conocido en la LCR a principios de los años setenta….

El trabajo de Bonnano trata de una guerra social constante durante la cual el Capital y sus servidores reprimen toda oposición obrera incluyendo la más pacífica y moderada –como lo fue por ejemplo la del “domingo sangriento” de 1905 en San Peterseburgo, con manifestantes que rezaban y rogaban mejor trato al “padrecito!”- , por lo cual, resultaba totalmente legitimo preguntarse por la violencia revolucionaria, que malatesta concebía como una respuesta necesaria…

Estamos hablando de alguien que fue al mismo tiempo un militante integral y un extraordinario publicista…Estamos hablando de Errico Malatesta  (Caserte, 1853-Roma, 1932), principal representante de la concepción llamada voluntarista y militante del anarquismo, cuyo pensamiento, «más próximo a Bakunin que a Kropotkin, sin embargo se destaca radicalmente de ambos, no en los sentimientos naturalmente ni siquiera en las conclusiones, ni en los objetivos deseados en la táctica general, sino en la explicaciones, argumentaciones e interpretaciones, las cuales, sí pueden a primera vista parecer secundarias y de poca importancia práctica, no dejan de ejercer una fuerte influencia, a veces decisiva, sobre la mentalidad y psicología de los anarquistas militantes, y, por lo tanto sobre el movimiento y sobre los hechos» (Fabbri).

En un texto que se puede encontrar en la Red, el historiador anarquista británico Vernon Richards complementa este retrato ajustando: «…si Malatesta no alcanzó el mismo grado de estima que Kropotkin en el movimiento anarquista es por la sola razón de que la mayor parte de sus escritos, publicados en periódicos que él mismo dirigía (seis en distintos lugares y etapas de su vida), desempañaban una función específicamente periodística en órganos de agitación y salían a la calle sólo cuando sabía que podía aprovechar una determinada situación política (…) El papel de Malatesta fue el de intentar crear un movimiento coordinado allí donde las energías anarquistas estaban dispersadas y desorganizadas» Malatesta, que en palabras de Fabbri, escribió su mejor libro con su propia vida, nació en el seno de una familia con cierta fortuna —que cuando estuvo en sus manos puso al servicio del movimiento—, y realizó estudios universitarios en la Facultad de Medicina de Nápoles, lugar donde se inició para la lucha. Entró entonces en las filas del republicanismo garibaldino, y no tardó en sentirse identificado con su tendencia más extrema y con las ideas socialistas.

Estos pasos llevaron a Malatesta junto con los «jóvenes leones» (Cafiero, Fanelli, etc.), que entraron en la órbita de Bakunin, al que uno de ellos llamó significativamente el «Garibaldi del socialismo». Malatesta interviene con fervor en las aventuras insurreccionales de la sección italiana de la AIT, y en 1872 su presencia se hará notar en el Congreso «antiautoritario» de Saint Imier, donde conoce personalmente a Bakunin, «al gran «revolucionario, aquel a quien todos nosotros miramos como a nuestro padre espiritual». Más tarde puntualizará su rechazo a la denominación de bakuninistas: «no lo somos, dice, ya que no participamos de todas las ideas teóricas y prácticas de Bakunin, y no lo somos, mayormente porque seguimos las ideas y no los hombres y nos rebelamos contra esa costumbre de encarnar un principio en un hombre». En 1874, de regreso a Italia, participa en el fracasado movimiento insurreccional de Bolonia. Después de visitar por última vez a su maestro en Suiza, se dirige a España donde se ocupa de la propaganda y organización de la Internacional y de la Alianza, e interviene en las luchas sociales de Jerez. Después de una breve estadía en Nápoles, llevado por su fiebre activista, procura de intervenir infructuosamente en la rebelión de Herzovigina contra los turcos.

En 1876, Errico se encuentra en el congreso internacional de Berna (de las federaciones nacionales libertarias) como representante del grupo italiano, que había celebrado un importante congreso en Florencia ese mismo año. Pasa privaciones en Suiza donde colabora con Kropotkin («Por aquel entonces, escribirá luego, éramos kropotkinianos, antes incluso que Kropotkin, de hecho, las ideas que Kropotkin descubrió e hizo suyas habían sido ampliamente barajadas por nosotros antes de que él entrara en el ala bakuninista del movimiento internacionalista»), y efectúa un viaje como agitador por Rumania, Bélgica e Inglaterra. En 1881 interviene en el Congreso de Londres.

De nuevo en Italia, Perseguido nuevamente por la policía, Malatesta emigra a América del Sur, propagando el ideario anarquista en Buenos Aires y Montevideo entre 1885 y 1889. Allí se reafirman sus dotes de organizador y de propagandista, pudiéndose decir que durante este periplo se convirtió en uno de los «profetas» del anarquismo sudamericano. En 1889 ya se encuentra en Londres. Se instala en la capital británica trabajando en múltiples oficios —la mayor parte de ellos agotadores—, y continúa sus actividades más allá de las fronteras y de las dificultades idiomáticas. Coopera activamente con Kropotkin como «consejero» intelectual del anarquismo internacional y hace cortos viajes para participar en congresos, mítines, campañas de agitación, etc., a Francia, Bélgica, España e Italia. En 1896 tiene una actuación importante en el Congreso socialdemócrata de Londres. Malatesta es una de las figuras del socialismo que ha tenido una actuación más diversificada internacionalmente.

En Italia publica L´ Agitazione, actuando en la ciudad de Ancona donde, según la policía, la llegada de Malatesta marcó el despertar «del partido anarquista, facilitando el hecho de que unos pocos «grupos desorganizados e inactivos comenzaran a organizarse a gran escala… Hizo propaganda subversiva mediante mítines y reuniones, así como de panfletos y artículos publicados en el semanario Volonta, del que es director, y que es el órgano del partido». Malatesta no muestra ningún criterio rígido respecto a los problemas organizativos planteados por el debate individualismo-sindicalismo, y se muestra abierto con relación a la propuesta de la huelga general revolucionaria. Huye de Italia y se dirige a los Estados Unidos, donde reanuda su infatigable acción propagandística.

De 1900 a 1913 vive definitivamente en Inglaterra de su oficio como obrero manual, colaborando asiduamente en la prensa Libertaria internacional. Kropotkin, que lo trató muy asiduamente en la época, escribió sobre él: «Sin tener siquiera una habitación que pudiera considerar como propia, vendía helados en las calles de Londres para ganar su vida, y escribía por la noche brillantes artículos para los periódicos italianos. Detenido en Francia, liberado y expulsado, condenado en Italia de nuevo, oculto bajo un disfraz: siempre en el punto álgido de la lucha…». En 1907 interviene en el Congreso Anarquista Internacional de Ámsterdam. Al regresar en 1913 a Italia tiene ocasión de encontrarse con Mussolini, a la sazón socialista de izquierda. Después de largas conversaciones su juicio fue inapelable: nada se podía hacer con él. Malatesta dio conferencias en las principales ciudades italianas: Roma, Milán, Florencia, Turín, Livorno…

Al parecer de Malatesta, el anarquismo tiene una única razón de ser, y es la rebelión moral contra la injusticia. El anarquismo nace cuando alguien ve que las causas de todo mal son las luchas entre los hombres con el dominio de los vencedores y la explotación de los vencidos; la sumisión de unos ante los otros a lo largo de la historia, con el consecuente nacimiento del capitalismo, el estado y la propiedad privada. Entiende que la base fundamental del método anarquista es la libertad. Según él, anarquía significa «no gobierno», es decir que el pueblo mismo tiene que decidir lo que hay que hacer y cuando hay que hacerlo. En el caso de darse situaciones que no se puedan resolver de manera instantánea se debería elegir delegados, los cuales serían personas escogidas entre las más inteligentes pero sin ninguna autoridad sobre las demás. Añade que la organización debe empezarse desde abajo e ir subiendo gradualmente (de lo simple a lo compuesto). Su concepción organizativa se basa en la existencia de muchas agrupaciones, dentro de las cuales existen los diferentes oficios, con sus respectivos delegados. Estos serían responsables de llevar las inquietudes de la agrupación a las asambleas, cuyas conclusiones serían devueltas a las agrupaciones. La finalidad de la anarquía se puede resumir en la necesidad de que surja una organización social cuyo objetivo sea el bienestar y la libertad, la reunión y la fraternidad humana.

Desarrolla pues una cierta crítica al movimiento anarquista que por más que no debe verse la anarquía como algo utópico y lejano, se ha descuidado mucho de qué manera se llega a ella, despreocupándose de los medios y caminos para implantarla. A la vez, hace algunas aclaraciones sobre el concepto de «anarquista» y critica el pseudoanarquista. Según Malatesta, no basta para ser anarquista creer en el ideal de la anarquía, sino que hay que luchar para alcanzarla, reclamando siempre libertad y justicia. También rechaza el hecho de aparejar el concepto de rebelde al de anarquista. Define a los rebeldes como individuos pertenecientes a la clase oprimida que no rechazan convertirse en opresores; individuos con mentalidad y sentimientos de un burgués frustrado. Por todo esto, rechaza la confusión entre rebelde y anarquista.

En junio de 1914, Malatesta fue uno de los principales detonadores de la «Semana Roja». La revuelta había estallado a continuación de la masacre por las fuerzas del orden contra manifestantes obreros. El pueblo se apoderó de la ciudad. Los sindicatos declararon la huelga general en todo el país y el ejército intervino. Malatesta tuvo que huir nuevamente. La «Gran Guerra» le coge en Londres y se erige en el más decidido representante de los anarquistas-internacionalistas en rechazo a las posiciones de Kropotkin, contra el que escribe que «parece haberse olvidado el antagonismo entre las clases, la necesidad de la emancipación económica y todas las enseñanzas anarquistas, y dice que un antimilitarista debe de estar siempre dispuesto, en caso de guerra, a tomar las armas para defender el país que sea invadido: lo cual considerando la imposibilidad, al menos para el trabajador corriente, de verificar a tiempo cual es el verdadero agresor, significa prácticamente que el antimilitarismo de Kropotkin debe siempre obedecer a las órdenes de su gobierno. Después de esto, ¿qué queda del antimilitarismo y también del anarquismo?…

No son muy conocidas las diferencias que Malatesta al que había admirado tiempo atrás. Malatesta no cree como Kropotkin,  que el anarquismo se puede basar en el cientifismo. En su opinión,  el anarquismo es un ideal ético y social propuesto a la voluntad libre de los hombres, siendo la anarquía un orden natural, armonía de necesidades e intereses de todos, libertad completa en el sentido de una solidaridad asimismo completa, dándole un sentido ético y no científico a la definición. Malatesta afirma sobre todo que la voluntad y la conducta del hombre no están predeterminados y por lo tanto el hombre se forma socialmente. Igualmente la teoría de Kropotkin  expresada en «Tomar del montón» (Tomar los necesario que haya en los primeros momentos revolucionarios), porque para  Malatesta  no se debe esperar para empezar a producir y que no hay tal montón porque para él solamente la abundancia se lograba con el socialismo. Pero estos desacuerdos fueron puntuales, hasta que llegó  la Primera Guerra Mundial que los separó radicalmente. Mientras que Kropotkin lideró el apoyo a  Francia e Inglaterra, y firmó a favor de que los trabajadores ocuparan su lugar en las trincheras, Malatesta fue un radical opositor a la participación de los obreros en la guerra, viéndola como una simple lucha entre dos bandos igualmente imperialistas y pro-capitalistas.

Al final de 1919, Malatesta pudo abandonar Londres para situarse otra vez en la primera línea de las luchas sociales que sacuden Italia, donde fue acogido por masas entusiastas. Dirige esta vez La nova humanita y orienta a la Unión Anarquista hacia una posición unitaria con el resto de la extrema izquierda. Nuevamente encarcelado —sus prisiones suman en total diez años—, es liberado pronto. Aunque recibe con entusiasmo la noticia de la revolución rusa de Febrero, y luego la de Octubre, su demarcación del marxismo no sufre mengua.

Para Malatesta,  el comunismo no es el resultado lógico y necesario de las fuerzas económicas sino el producto de una conciencia generalizada de la solidaridad entre los hombres, diferenciándose del concepto marxista y bolchevique de comunismo. Igualmente critica el concepto de revolución que tiene por meta instaurar el marxismo ya que para él no consiste en la toma del poder por parte de la clase obrera ni en implantar una dictadura del proletariado; en oposición a esto, Malatesta considera la revolución como un medio para liquidar a todo gobierno y para la toma de posesión, por parte de los grupos trabajadores, de la tierra y los medios de producción. Desde su punto de vista, la edificación de una sociedad comunista debe concebirse como resultado de un largo proceso evolutivo y no puede ser uniforme ni simultáneo. Cree que «ningún sistema puede ser vital y liberar realmente a la humanidad de la atávica servidumbre, si no es fruto de una libre evolución». Finalmente, en relación a la definición que hace  de los rebeldes, entiende que estos no pueden por menos que  disentir de los bolcheviques y de sus ideas sobre la dictadura del proletariado.

En 1920, El Corriere della Sera lo define como «uno de los más grandes personajes de la vida italiana». De 1919 a 1922, Malatesta conoce el apogeo de su vida militante. Transportó a Roma su periódico y se esforzó por establecer una «Alianza del Trabajo» antifascista, con los partidos políticos y los sindicatos, que proclamaron en 1922, una gran huelga general, que aunque mostró el potencial revolucionario de la clase obrera, no fue suficiente para detener el ascenso fascista por la incapacidad de una socialdemocracia dividida entre una derecha minimalista y una izquierda maximalista, y con una mayoría atada a una legalidad liberal burguesa que la propia burguesía no había dudado en abandonar. Para Malatesta este potencial había logrado aterrorizar a la clase dirigente, pero no había alcanzado el objetivo factible de derrotar al fascismo: la revolución social. Poco después de la «marcha sobre Roma», los anarquistas comenzaron a conocer una represión creciente y el retrato de Malatesta fue quemado públicamente por los «camisas negras». No obstante, todavía logró poner en pie una revista bimensual: Pensiero e Volontá, que sí bien fue muy censurada, se mantuvo hasta 1926. Al final de este año, Malatesta ya muy envejecido, fue reducido al silencio por la dictadura que no se atrevió a atentar contra su vía. Estuvo bajo arresto domiciliario, y aunque pudo escribir todavía algunos artículos que destacaban por su madurez, no pudo salir al extranjero, en concreto a España donde quiso venir después de la proclamación de la República.

Para algunos autores, Malatesta ha sido algo así como un revisionista del anarquismo, al que nunca llegó a considerar como una verdad absoluta, ya que, «por el contrario, creemos que la verdad social no tiene un valor fijo, adecuado para todos los tiempos, universalmente aplicable, o que pueda determinarse por adelantado… Nuestras soluciones dejan siempre la puerta abierta a distintas y, esperamos, a mejores soluciones». Como militante preocupado más por la respuesta a las exigencias de las luchas sociales que por el sistema filosófico o por las normas de vida futura, piensa que el motor de la revolución radica en lo subjetivo, en la voluntad, ya que «la evolución marcha en el sentido que le impulsa la voluntad de los hombres», pues la «existencia de una voluntad capaz de producir efectos nuevos, independiente de las leyes mecánicas de la naturaleza es una presunción necesaria para quien sostiene que es forzoso reformar la sociedad». Su influencia en el movimiento anarquista internacional ha sido comparada con la que ejercieron Bakunin y Kropotkin. 

Sobre Malatesta se puede encontrar una espesa información en la Red, donde además está digitalizada la mayor parte de su agitada obra. En papel hay que hablar de dos viejas ediciones, primero de: El pensamiento de Enrique Malatesta  selección, prólogo y notas de B. Cano Ruiz (Ed. Mexicanos Unidos, 1979), así como de Malatesta Vidas e ideas, de Vernon Richards (Tusquest, Col. Acracia, Barcelona, 1975). Que yo sepa, el trabajo de conjunto más reciente es Anarquía y comunismo en el pensamiento de Malatesta, de Luigi Fabbri (Numa, Valencia, 2002, con prólogo de Paco Madrid)…

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